Ejercicio de jóvenes que leen “El río fue testigo”…

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No dejan de sorprenderme los lectores de El río fue testigo.

Al cabo de dos años, por obra del azar, aparece esta breve misiva que se hallaba refundida de manera inexplicable, escrita por Helena García Martínez, activa participante de las sesiones del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín y en la que habla de sus impresiones al leer el libro de cuentos Palabras al viento. Con alegría y gratitud, y como desagravio con ella, por esta jugada del duendecillo invisible que a veces esconde las palabras manadas del corazón, me atrevo a publicarla hoy sin omitir ni una coma.

Carta a un “héroe de barrio”
Al Brujo mayor

Querido Ángel:

En este encuentro de martes quiero que conozcas mi impresión sobre el libro Palabras al viento y otros cuentos que comienza con acierto la Colección El Aprendiz de Brujo.
La dedicatoria de tu obra para las dos mujeres que han acompañado tu pasión por escribir saliéndote de cánones establecidos para narrar los aconteceres cotidianos, y para vivirlos, me parece muy merecida.
“De una sentada”, me fui con cada renglón que ingeniaste para concretar con palabras sencillas los hechos reveladores que se instauran a diario en tus viajes por la escritura.
Los personajes que pasean por las páginas de tu libro están teñidos de encanto, de ternura, de soledad contagiosa. Algunos que no son visibles con los ojos, —un tanto espectros como el que transita por la obra de Shakespeare que ahora leemos—, son tangibles mientras visitan tu casa, tu escritorio. Quizás, por su compañía inspiradora hayas pintado con palabras y gran habilidad estos 16 relatos amenos.
Viajé expectante por todos los espacios que elegiste: las calles, los árboles con sus hojas y sombras, las moradas familiares y de amigos del alma, los claustros educativos. Cada sitio escogido albergó con sencillez y maestría a los protagonistas de tus historias.
La forma como te atreves a poner el desenfreno en El otro viaje, me ubicó de pasajera en la silla de atrás del auto, para esperar el desenlace. Ella va… ocupa el primer puesto en mi corazón, y punto. Al contrario de lo que quiera pregonar el título de tu libro, que bien merecía ser re-editado, a las palabras que coleccionaste en bonito formato, no se las llevará el viento.
Agradezco la puesta de tu obra en mis manos de aprendiz. Espero que tus palabras en cada sesión de martes y en tus obras literarias, visiten a menudo el propósito de concebir otros relatos con mi propio sello.

Helena García Martínez
Integrante del Grupo Literario
El Aprendiz de Brujo
Junio 14 de 2016

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Nota: “Héroe de barrio“, se refiere al trabajo audiovisual realizado por Alejandra Ortiz, Simón Marín, Sara Londoño, Leidy Alzate, Adriana Echeverri, Melanie Tobón, estudiantes de periodismo de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, sobre la labor literaria y de periodismo desarrollada por Ángel Galeano Higua: https://www.youtube.com/watch?v=kg8NV6M4pXM

Ecos de un Encuentro con el Escritor

Más que un periodista

Ángel Galeano Higua

 

El 10 de mayo, Alberto Salcedo Ramos vino invitado por el Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia para la franja “Encuentro con el escritor”. Ese día pensó en voz alta delante de estudiantes y periodistas invitados, sobre su búsqueda estética a través de la palabra. Dijo que la literatura de ficción le producía una mayor elevación estética que el periodismo. Palabra más, palabra menos, esta fue la esencia de su excelente conversación.
Muchos de los estudiantes y los colegas periodistas expresaron su contrariedad por esa, para ellos, minimización del periodismo. Inclusive no faltó quién dijera que estaba “renegando” de la crónica, el reportaje. La presentadora anunció que quizás muy pronto tendríamos a Alberto Salcedo presentándonos su primera novela.
Creo que un invitado así es lo que hace mucha falta en los eventos públicos. Que revuelque ideas, sacuda prejuicios, desempolve sueños. Contrasta con aquellos que llegan a dictar cátedra, eruditos de costumbre y por costumbre, que pontifican sobre todos los temas. Aquellos que tienen un océano de “conocimientos” con un milímetro de profundidad. No conmueven, sólo buscan congraciarse con el público, robarles los aplausos y marcharse impolutos e intocables.
Alberto ha pensado en voz alta y en público, un gran riesgo para su “imagen”. Pero para un escritor como él eso no lo pestañea. Sabe que su responsabilidad, además de escribir magistrales crónicas y reportajes, es ayudar a empujar el pensamiento hacia nuevos horizontes. ¡Que escandalice por la fuerza de su atrevimiento!

Un excelente lector para “El río fue testigo”. (Foto de Andrés Osuna)

Eso es lo reconfortante. Como él mismo lo dijo, Colombia necesita abrirse camino hacia nuevas expresiones.

Gracias al Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia por invitar autores de este calado. Los necesitamos.

 

Coletilla: Ese día Alberto se llevó El río fue testigo, un honor tener un lector como él.

Primera declaratoria de guerra contra Débora

Ángel Galeano Higua

(Ensayo)

Bailarina en descanso – acuarela

A comienzos de 1938 el grupo de pintoras reinició sus labores pero no invitaron a Débora. Fue la primera declaratoria de guerra contra ella. Débora habló con Pedro Nel, le pidió una explicación, pero el grupo no la quería por su propósito de pintar desnudos. Entonces Débora le pidió que le dictara clases a ella. “Está bien”, le dijo Pedro Nel, “vaya a mi casa de Aranjuez y allá le enseño”.

Débora fue con su hermana Elvira a casa del maestro donde conoció a Giuliana Scalaberni, su esposa, con quien estableció amistad. Ese día, Débora pintó un retrato de Elvira, una acuarela. Pedro Nel también la pintó. Días después pintó varios bodegones. Y así Débora siguió practicando la acuarela, aunque su sueño era hacer grandes formatos, ojalá desnudos al tamaño natural. A Giuliana le encantó el trabajo de Débora e hizo comentarios muy positivos delante de Pedro Nel, llegando inclusive a proponer que ella la llevaría a Italia, a Europa, para que pintara allá. Empezó a enseñarle italiano. Débora se entusiasmó con la idea e iba a casa del maestro a clases de pintura y de italiano. Tuvieron algunas discrepancias por el deseo que tenía Débora de pintar en grandes formatos. El maestro la criticó por juntar varios pliegos de papel y le dio a entender que era un error ponerle fecha a las pinturas. Débora lo admiraba tanto que llegó a borrar varias fechas que ya había puesto. Pero aquella atmósfera de trabajo no duró mucho, porque Pedro Nel, de manera inexplicable, cambió su relación con Débora, modificó su acostumbrada calidez por el trato frío y distante, a tal punto que empezó a negarse cuando Débora iba a las clases, y Giuliana ya no pudo seguir enseñándole italiano. Débora comprendió que aquellas puertas se las habían cerrado y, con dolor, decidió continuar adelante por sí misma. Sabía que la práctica la llevaría por el camino que ella soñaba y que si seguía con el maestro Pedro Nel se convertiría en una imitadora. Era consciente de que su estilo, su color, su temperamento eran diferentes y que el precio que tendría que pagar por su independencia sería muy alto, aunque ella no alcanzaba a sospechar cuánto.

Una de las mayores dificultades que se le presentaron a Débora fue conseguir una modelo para sus desnudos. Luisa Montoya, una atractiva vecina, aceptó servirle de modelo. Durante largas sesiones realizadas en su casa, con el visto bueno de su familia, Débora pintó su primera acuarela de gran formato, como si quisiera plasmar su plástica al tamaño de los grandes frescos de Pedro Nel.  Tituló esa pintura Cantarina de la rosa, ésta marcaría un hito en la producción de Débora.

Del grupo de amigas sólo la acompañó su inseparable amiga Luz Hernández, quien aprovechó para confesarle que no volvería a pintar porque había tomado la decisión de internarse en un convento. También le contó que el grupo de Pedro Nel había seguido pintando en El Bosque y que si quería irían a verlas. “Allá están, pero no quieren que usted vaya más al grupo porque ellas no van a pintar desnudos… No se le dé nada”, dijo Luz Hernández, “yo me voy en julio o sea que le voy a posar a usted todo este tiempo. Después buscamos a otra que me reemplace, quédese tranquila Débora, que usted va a salir adelante”. Débora tomó una lindísima jarra de cristal que tenía su madre, la llenó de agua, ambas se fueron a una de las piezas de adelante y Luz posó para que Débora la pintara. Los padres de Débora no se opusieron, se declararon muy respetuosos del arte de su hija. Así, las dos amigas duraron seis meses en esos ejercicios, de los cuales brotó otra acuarela La Amiga, que corresponde a una mujer desnuda en actitud de reposo, acostada boca abajo en su lecho con una especie de toga que le cubre parte de sus piernas y con la cabeza descansando sobre los brazos. Para lograr aquel formato unió tres pliegos que alcanzaron las dimensiones de 0,61 x 1,44 metros, una acuarela de gran formato.

Hasta que llegó el día en que Luz, muy joven todavía, se marchó para el convento. Quizás fue el llamado de una vocación o quizás fue una decepción amorosa, pero para Débora esta última posibilidad era muy extraña pues no le conocía romance alguno, ni pretendiente. Ellas vivían tan sumergidas en la pintura que no tenían tiempo para novios. Luz Hernández era una joven muy bella, alta y espigada, de trenzas y de muy buen ánimo. A pesar de que Débora presentía la falta que le haría su amiga y cómplice, la apoyó en su determinación de tomar los hábitos. Le obsequió una maleta de cuero, de las que vendía don Cástor en su almacén, para que recogiera allí su ropa. Al principio Luz no se amañó con las Hermanas de los Pobres y se retiró, pero su interés no decayó y Débora visitó las monjas de La Presentación para mediar que la admitieran.

Por esos días, Jesusita Vallejo le sugirió a Débora que fuera donde Carlos Correa que estaba pintando lo mismo. Débora ya lo conocía. Sabía que a la edad de 13 años él había estudiado música, pero que tres años después había ingresado al taller de fotografía de Rafael Mesa como retocador de negativos, oficio con el cual se ganaba la vida. Sabía que luego se dejaría llevar por su inclinación a la pintura y recibió clases de varios maestros, entre ellos Pedro Nel Gómez, quien le enseñó a mirar el mundo con ojos de artista y le despertó el interés por la figura humana.  También sabía que Carlos Correa había presentado su primera exposición individual en 1936 y que en la invitación que hizo a los periódicos había declarado que su exposición era un reto a las fosilizadas formas del arte imperante. A Carlos Correa le atraía el tema la sexualidad en la adolescencia, por el cual estudió la maternidad, el desnudo y la muerte. De aquellos ejercicios quedó Maternidad blanca, un desnudo que traza la línea de unión de su búsqueda en el mismo sentido que lo hacía Débora. Así pues, la pintora lo visitó y le pidió que pasara por su casa porque quería mostrarle su trabajo. Cuando Carlos Correa conoció los desnudos pintados por Débora, quedó deslumbrado ante aquellas acuarelas en grandes formatos.

Ya con varias pinturas terminadas, Débora llamó a Pedro Nel para mostrárselas. Al fin y al cabo él seguía siendo su maestro admirado en cuya obra ella había encontrado el camino que buscaba. Al ver semejante trabajo, Pedro Nel le dijo que no se metiera en eso tan grande. “Pero a mí me gusta mucho, maestro”, le respondió Débora. “Pues usted sabrá…” Y hasta ahí llegó la visita, porque Pedro Nel se marchó sin decir nada más.

Sor Josefina, acuarela

Antes de que Carlos Correa dejara la ciudad para atender el cargo de director de la Escuela de Pintura de Cali, acompañó a Débora, junto con Rafael Sanz, a ciertos lugares donde no quedaría bien que ella fuera sola, porque lo que Débora quería era tomar algunos apuntes de aquellos ambientes fuertes, diurnos y nocturnos, de calles y cantinas, donde la vida era una lucha. El sector de Guayaquil hervía como un puerto donde las expresiones culturales autóctonas antioqueñas contrastaban con el flujo de personajes picarescos, trabajadores, ladrones, prostitutas, curanderos, culebreros, hierbateros, campesinos con los productos de su terruño, mendigos, chulos, carteristas y cuchilleros peleadores. En las noches el tango se apersonaba en la multitud de cafés y adquiere esa fascinante popularidad. Débora trabajaba de manera incansable y en ese trajín recordó haber dejado, entre sus bocetos que esperaban turno, a uno que hizo de Sor Josefina Posada. Entonces pintó una acuarela en la cual la monja, sentada en el borde de su cama de enferma, escribe apoyada en la mesita auxiliar. En la cabecera aparece un crucifijo como única compañía. Era una acuarela de homenaje a una de sus maestras más queridas, como si al pintarla pagara una deuda del alma y cada pincelada fuese un conjuro contra el dolor y la muerte.

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Débora: El Arte, venganza sublime, Ángel Galeano Higua. Edit. Panamericana.

 

Pabellón 17  Stand 1513

FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO DE BOGOTÁ – FILBO

 

Gaitán y la masacre del 9 de abril

Ángel Galeano Higua

(ensayo)

Gaitán, acuarela de Débora Arango.

Débora está sentada en mitad de la calle junto al Parque de Berrío, con su caballete, entre ingenua y avispada, tomando apuntes para una pintura de la manifestación. Gaitán es un potente imán que atrae a la multitud. Su llegada ha sido apoteósica. Medellín se ha volcado detrás de él en un río de fiesta. Todos quieren verlo, saludarlo, tocarlo. Para la iglesia y los sectores más conservadores, él es el anticristo, el demonio liberal, el revolucionario. Para los liberales y el pueblo, Gaitán representa la esperanza, la dignidad, la oportunidad de una sociedad más justa y respetuosa. La multitud se agita y ondea las banderas multicolores. Al comienzo Débora puede recoger algunos trazos, pero la gente pasa, empuja, los trazos se desvían. Alguien tropieza con el caballete, otro tumba los frascos… la avalancha circula detrás del caudillo y a duras penas Débora logra salvar algunas cosas. Entre empellones traza unas cuantas líneas más y luego se marcha a su estudio. Así le ha tocado muchas veces, correr a su paleta con la imagen que acaba de recoger en la memoria. Ese ejercicio repetido a fuerza de circunstancias para retener en su mente los colores llenos de vida, los gestos, las actitudes y ademanes, la atmósfera palpitante de humanidad.

De aquella vivencia surge Gaitán, una abigarrada acuarela en la que se puede observar la gigantesca figura del caudillo que avanza sobre el lomo de la multitud. El colorido es una cita de seres humanos entusiasmados rodeados por banderas de diversos países. El cuadro parece haber sido creado como los murales, por secciones. Gaitán es el homenaje de Débora a aquel hombre que una vez la acogió con fraternidad y respeto.

Ahora Gaitán ya no ocupa ningún cargo en el gobierno, pues el conservador antioqueño Mariano Ospina Pérez ha ganado la presidencia en las elecciones de 1946. Es un período difícil para el país. A pesar de haber logrado la presidencia, los conservadores no controlan el congreso, ni los consejos municipales, ni las asambleas departamentales. Se desata una ola de violencia en las zonas rurales de Santander y Boyacá contra los liberales. Pronto el país entra en una zozobra dolorosa. En ese ambiente Gaitán consolida su liderazgo y es elegido jefe único del liberalismo. La violencia se acrecienta, las autoridades de policía toman partido quebrando su imparcialidad constitucional, los periódicos también se alinean en uno u otro bando dedicando sus páginas a exaltar a sus favoritos y a denigrar del contrario. A estos gravísimos hechos se le suma que la iglesia acrecienta su protagonismo político hasta llegar a puntos extremos como el de Monseñor Builes cuando declara desde el púlpito que los liberales no pueden ser considerados católicos. En medio de esta atmósfera de exacerbada violencia la población vive injustas condiciones de vida: salarios de hambre, carencia de servicios de salud, educación y vivienda. La mujer continúa marginada sin derechos civiles.

Masacre del 9 de Abril, acuarela de Débora Arango.

Al acercarse la fecha de la celebración de la IX Conferencia Panamericana, que se realizará en Bogotá, cierta paridad que tenía el gobierno de Ospina Pérez se rompe, los pocos liberales que hacían parte del gabinete renuncian y Ospina Pérez conforma un gobierno enteramente conservador. Es entonces cuando en plena celebración de la IX Conferencia, el 9 de abril de 1948, cae asesinado Jorge Eliécer Gaitán en pleno corazón de Bogotá. El criminal es detenido, linchado por la turba y su cuerpo arrastrado por las céntricas calles de la capital.

A partir de ese instante Bogotá entra en una catarsis monstruosa. La ira de la población se desborda y se suceden los saqueos, crímenes, incendios. La ciudad se parece a las de Europa bombardeada durante la segunda guerra mundial. La violencia se riega por todo el país, campos y ciudades chorrean la sangre fratricida de los colombianos.

Débora plasma con sus pinceles el dolor que la embarga. Su obra adquiere otro vuelo y recoge las imágenes desgarradoras que en compañía de su padre y hermanos escuchan por la radio en su casa finca de Envigado. La acuarela Masacre del 9 de abril, es una magnífica condena a los violentos hechos que generaron la sangrienta racha. La pintura es una composición de cinco movimientos unidos alrededor de una edificación que simboliza la república. En primer instancia aparece Gaitán en una camilla que sus seguidores suben, algunos de ellos con improvisadas armas rústicas. Al lado derecho el asesino es arrastrado por las calles. En el mismo costado en la parte superior, aparecen entre incendios, los uniformados matando a varias personas. Al lado izquierdo, varios curas escapan por una escalera, ayudados en la parte superior por otros religiosos. Y en la parte central superior, una mujer de la bohemia toca las campanas sostenida por las piernas por un monje. Y en mitad exactamente de toda la acuarela las palabras “Viva Gaitán”.

Se suceden hechos inauditos en todo el país. Setecientos liberales de Puerto Berrío son apresados en sus casas para sofocar una posible revuelta a raíz del asesinato de Gaitán y enviados en trenes a Medellín, los encierran en la plaza de toros durante tres días, a la intemperie, en condiciones humillantes y sin alimento. Débora pinta El tren de la muerte, una acuarela dramática en la que se ve el tren rodando por la carrilera y en uno de los vagones se muestran cabezas y cuerpos mutilados que llevan como macabra mercancía. En las puertas resaltan las huellas de unas manos ensangrentadas. El humo blancuzco sobre el tren es una avalancha de espirales. Débora ha complementado esta escena con un viaje al puerto sobre el Gran Río.

La obra pictórica de Débora se hunde en los momentos históricos que vive el país. Es el testimonio de una artista que no puede callar su grito de horror ante tanta barbarie.

En medio de ese baño de sangre, vienen unas elecciones presidenciales a las cuales no concurre el liberalismo por razones obvias. Laureano Gómez resulta presidente y de inmediato constituye un gabinete conservador con el cual se propone instaurar una hegemonía absoluta. Un ataque al corazón lo obliga a retirarse del poder por un tiempo, pero cuando quiere retornar sucede un golpe militar encabezado por el general Gustavo Rojas Pinilla y Colombia entra en otra etapa tenebrosa de su historia. Débora, muy atenta desde Casablanca, plasma este episodio con una nueva fuerza satírica. Salida de Laureano es una acuarela con nuevos elementos simbólicos que inaugura en la obra de Débora una nueva etapa. La representación de personajes con figuras animales se perfila en este cuadro que muestra a Laureano como enorme y horrible sapo que va en una camilla cargada por cuatro chulos. La marcha va encabezada por un esqueleto cuya bandera lleva impresa la calavera cruzada por dos fémures. El cuadro está pintado en diagonal y en la parte superior izquierda, oscura, se ven varios curas de camándula al cuello con los brazos en alto saludando a Laureano. Una hilera de cañones los custodia. En el extremo opuesto de la diagonal están los militares enfilados. Cierra el desfile un militar con gorra y un fusil en la mano en ademán de aplastar con la culata algunos bichos que hay en el piso. Esta pintura la repitió Débora al óleo.

En esta nueva metáfora zoomorfa de la obra de Débora están las pinturas La danza, La justicia, La República, Junta Militar, Doña Berta y Plebiscito, que son un inventario de nuestra historia durante esos aciagos tiempos.

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Tomado de Débora Arango: El arte, venganza sublime. 100 Personajes, 100 Autores. Edit. Panamericana.