Entre Barcelona y París

Ángel Galeano Higua

En un pueblito español

Mi cuerpo ya está aquí, pero el compuesto inmaterial e invisible que me contiene sigue caminando por Barcelona y París. Deambulo como un fantasma entre la Rue Christine y el boulevard de Saint Germain y Saint Michel, buscando a Valjean y esperando a que pase la carroza en que viaja Balzac con su traje alquilado…

En Barcelona sigo el rastro de la lagartija multicolor en el parque Güell y busco el Mediterráneo al final de las ramblas, donde han levantado bolardos contra los lunáticos. Y en Cerdanyola de Vallés escuchamos la guitarra de Miguel Ángel Sanz, que acaricia los poemas de Lucía Estrada, Rubén Darío Lotero, Luis Hernán Rincón, Miguel Méndez Camacho y Jorge Debravo, que descubrió en el libro La última página.

Creo saber, Valjean, por donde corriste, qué río te acompañó en tu desdicha

 Hicimos maletas a mediados de diciembre y en el equipaje incluimos nuestros libros para entregarlos a Maryuth Contreras, una de las protagonistas de El río fue testigo, que ahora vive en Barcelona, y a Anne Lise, una amiga investigadora de la Universidad de París. Tenía que aprovechar aquel viaje, regalo con que mi esposa y mi hija me celebraban mis primeros 70 años, para llevar también la novela de los descalzos a mi hermano Andrés, que vino con su familia a pasar navidad con nosotros en la capital francesa. Para mis sobrinos Ana María y Juan Camilo: Palabras al viento. Y a Marta Lucía: Mompox, una victoria sobre el tiempo, el libro de Bárbara.

 Corrí hacia el primer vagón para ver si ese tren se dirigía al Palacio de Versalles, cuando lo comprobé quise avisarle a mi esposa y a mi hija, pero ellas ya lo estaban abordando en ese instante y apenas si alcanzaron a hacerme señas de que subiera. Antes de que el metro cerrara las puertas salté al interior del primer vagón. A mis espaldas sentí el golpe al cerrarse la puerta. Carmen corrió a la ventanilla de su vagón para comprobar que yo sí había alcanzado a subir. Al verme sonrío con tan dulce alegría que se me grabó su imagen como una de las más bellas. Dos estaciones más adelante cambié de vagón y me reuní con ellas.

Música de guitarra compuesta por Miguel Ángel Sanz, para el poema “El río sin agua”, de Luis Hernán Rincón.

 Las mujeres son incansables. Versalles les queda chiquito. No se cansan de mirar vitrinas, medirse zapatos y trajes, mirar espejos y bolsos… Así en Lafayatte o en las tiendas de Saint Germain.

Lo mejor de Versalles son sus jardines, aún en esta época de invierno. Son un laberinto y a la vez una creciente ramificación. Los árboles duermen mientras nosotros tiritamos.

 Creo saber, Valjean, por donde corriste, qué río te acompañó en tu desdicha. Qué edificios vieron tu dilatada fuga, qué callejones te protegieron… Ya lo sé.

 Al frío de París sólo se le puede derrotar recorriendo sus calles con la imaginación ardiendo, ancha y hambrienta. Beberse esta lloviznita pertinaz, este aguacero de medianoche…Mientras escucho una historia dolorosa y triste en un bar de Saint Michel…

Faro de hierro, proscenio para las fotografías testimoniales, dama esbelta que rige los Campos Elíseos.

 No sabía de tus pinceles, Rodin, sólo de tus esculturas. Por eso, al descubrir tus acuarelas admiré aún más tu obra, como si hubieras guardado el secreto de tus pinturas para enseñármelas ahora. Y Camille ronda todos tus atrevimientos.

 Sólo estando adentro sentimos necesidad de estar afuera. Amanece tan tarde y anochece tan temprano, que uno se pregunta ¿dónde queda el día? ¿Dónde está el sol?, ¿qué se hizo el cielo? El gélido silencio de la neblina los contiene.

 Y en la noche conocemos la famosa, empinada e inútil “chatarra” mitificada, que forma parte del mapa turístico de París. Faro de hierro, proscenio para las fotografías testimoniales, dama esbelta que rige los Campos Elíseos.

 Entro en una tienda de antigüedades en Montmartre atraído por el guiño de tres campanas exhibidas en la vitrina. Una en especial, sostenida por un pájaro liviano que está a punto de levantar el vuelo. Me atiende un hombre mayor, casi un anciano, de cabello blanco y pulcro chaleco de lana, me saluda con una sonrisa amistosa. Le pregunto si habla español y me responde que un poco, reforzando sus palabras con una seña del índice y el pulgar dando la medida pequeña. Correspondo a su sonrisa y le digo que me interesa ver las campanas… Abre la vitrina y tomo la que más guiños me hace. Es de bronce, dice. Le he dejado la pátina porque hace parte de la historia de las cosas. Además, afirma, esa capa protege su brillo y el tiempo. El pájaro sujeta la campana con sus patas dando la sensación de un solo cuerpo aéreo. La hago sonar y el tintineo es claro, limpio, como si tuviera en él los sonidos de su cuna ancestral. La compro, digo. ¿Cuánto vale? Mira en un cuaderno: 15 euros. ¿Sabe de dónde procede? Es de algún país de África, pero no tengo el dato preciso, me responde. La envuelve despacio en un papel especial, como si fuera un regalo.

Para no sucumbir en invierno, los árboles se despojan de sus hojas, flores y retoños

 Parecían, pero no lo estaban. Con sus instrumentos esperan en aquella acera a que un detonante los ponga en acción. Son hombres mayores, blindados contra el frío por sus chaquetas. Al comienzo pienso que están borrachos. ¿Qué los impulsa a salir de noche bajo aquella férula helada? Admiro su presencia que por sí sola alegra la calle, los restaurantes y cafés a esta hora repletos. El silencio con que pasan los transeúntes contrasta con nuestra espera. De repente, a una señal del trompetista, empiezan a tocar un jazz… Empiezo a grabarlos. Al momento aparecen varios turistas con sus celulares y los enfocan… La noche adquiere otro semblante y por unos minutos el frío de París sufre una deliciosa derrota. Más que borrachos, están embriagados de música.

 Para no sucumbir en invierno, los árboles se despojan de sus hojas, flores y retoños. Como esqueletos despeinados, impertérritos, recogen al máximo su ser para ahorrar energía y sostenerse de pie.

 Tanto fue lo que nos previnieron sobre el invierno en París que, confieso, llegué a sentir pánico por el frío. En los inconvenientes que tendría si me sucediera lo que en Lima, cuando una noche de viento y atmósfera amenazante, cuando visitamos el parque del agua, tuve necesidad de orinar una y otra vez… Pensaba también en mi garganta, la posibilidad de un resfrío como lo tuve en Suiza. O el peor caso: que se helaran mis pies hasta la hipotermia, como lo viví en Bogotá. Pero nada de esto sucedió y el paseo por Barcelona y París lo disfruté de lo lindo.

París sí existe y está aquí, miren.

 Sí existe. París sí existe y está aquí, en París mismo, donde ha estado siempre, pero que nos parecía un sueño, un mito, una ficción. Sin embargo, algo de irreal permanece en sus calles y edificios, en el río y en sus gentes. En sus ruidos apagados por el frío invernal, en sus vitrinas y en sus bares y restaurantes nocturnos. Es como si nos moviéramos en una postal inviolable, como si la realidad se mantuviera fuera de nosotros y se resistiera a profanar la imaginación. Vinimos con nuestra idea de París a cuestas y de que el mundo se había estremecido con la revolución de 1789 y la Comuna de París. Algo de todo eso nos lo dice el exquisito sabor del vino, los crepes, el pan… y al digerirlos traspasamos a nuestra saliva y al estómago, la capacidad cognoscitiva. Ponemos la mente en la lengua, el olfato y el jugo gástrico, para que la vibración de ese nuevo mundo, entre en nosotros de manera más primigenia, sin el filtro empobrecedor de la razón.

Un guía conversa con un grupo de niños visitantes del Museo D´Orsay

 El mundo detrás de una sonrisa. ¿Quién se ríe de quién? ¿El autor o su obra? ¿Da Vinci o La Gioconda? Miles de personas entran en oleadas al Louvre, como cumpliendo un ritual de sintonía.

 Y de pronto, en los Jardines de Luxemburgo, aparece un muchacho en pantaloneta y camisilla, trotando. Unos metros atrás lo sigue una chica esbelta y de balaca, también en pantaloneta y blusa deportiva. En aquel frío parece ficción que haya quien trote, vestido con aquella ropa más apropiada para el trópico. Sonreímos desde nuestro parapeto de trapos, gorros y guantes…

 París no ha dejado de ser un sueño. Lo que sucede es que ahora sabemos lo ancho que es.

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Ser “descalzo” es una forma de vida

Ángel Galeano Higua

El río fue testigo es una especie de devolución de lo que tomé prestado a ese puñado de utopistas modernos conocidos como “los descalzos”. Durante 40 años les he seguido la pista a varios de ellos admirado por su entrega, por esa suerte de devoción casi religiosa con que construyeron a pedacitos un mundo nuevo en la década de los 80. Porque ellos alcanzaron a construir un mundo nuevo, aunque por poco tiempo, en algunos lugares de Colombia.

Tuve la fortuna de enrolarme como cronista de esa odisea. De la mano del soñador mayor, Francisco Mosquera, una antorcha siempre encendida, y con mi corazón prendado de una mujer que lo dejó todo por entregarse al servicio de los más pobres de nuestro país, valiéndose no sólo de sus conocimientos y destrezas en el campo de la salud, sino echando mano de una infinita capacidad de trabajo y sacrificio: Carmen Beatriz, una auténtica descalza.

Francisco Mosquera, el estratega de los descalzos (Foto archivo El Pequeño Periódico, 1984)

Un cronista con ínfulas de aprendiz de escritor, es decir, un hombre con su propio sueño, lo que equivale a algo inútil para la sociedad en términos económicos y prácticos. No obstante, esa aparente inutilidad puede proyectarse como una conciencia dispuesta a hablar. Está presente, vive, respira, fluye como un río y como un río es testigo, no sólo de lo que se extiende más allá de sus orillas, sino del torrentoso cauce que corre sin cesar.

En ese tránsito y con la mirada cargada de curiosidad y asombro, comprendí que no podía guiarme por un solo pálpito, ni una sola voluntad, sino que existían muchos puntos de vista y que mi deber como periodista y escritor era aprender de todos ellos para poder contarlo después. Ser cronista de “los descalzos”, de sus acciones y reveses, de sus nostalgias y temores, y también de quienes en las comunidades recibían esa ofrenda como un milagro humano. Tomar atenta nota de quienes los combatían desde todos los niveles del poder, con el camuflaje de “insurrectos errantes” que combinaban “todas las formas de lucha”, o la tosca posición de la autoridad local o nacional, o parapetados en la sombra delincuencial de los narcos y otras pandillas.

A nombre de todos los credos conspiraron contra el sueño de los descalzos y en esa medida propiciaron un abigarrado cuadro de personajes y situaciones, de los cuales un aprendiz de escritor no puede darse el lujo de despreciar a ninguno. Al contrario, con el júbilo de quien encuentra un tesoro, los he querido recoger en mi morral de viajero, a donde van a parar todas las historias que me asaltan en los caminos.

***

Algunos descalzos asistentes a la presentación del libro en Bogotá, (Nov. de 2017)

Los primeros descalzos que conocí regaban su pregón en los barrios surorientales de Bogotá. Los vi desarrollar tareas de organización en los barrios de invasión y en una monumental refriega con la policía del Distrito cuando, luego de varios meses de meticulosa preparación, cuajó un multitudinario paro cívico exigiendo transporte público hasta Juan Rey, en la carretera a los llanos, que nos desbordó a todos. Tomé mis primeros apuntes y coleccioné recortes de prensa que aún conservo, con la idea de escribir un libro de cuentos. Recuerdo a líderes excepciones de esa zona como la liberal gaitanista, Cecilia Camacho de Orellanos. Eran los años del gobierno liberal de Alfonso López Michelsen. Entonces cursaba estudios de Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional.

Con la primera oleada juvenil que abandonó la ciudad, tuve la oportunidad de conocer el trabajo pionero en la zona cafetera, en una apartada vereda de Neira a orillas del río Cauca, a donde se había descalzado Arnulfo Cifuentes, uno de los activistas de los cerros surorientales de la capital, en compañía de Olga Lucía Giraldo. Allí los vi intentando, por primera vez, cambiar sus manos de intelectuales por los de labriego. Esfuerzos infructuosos a la postre. Cabalgué con ellos por esas empinadas cumbres llevando mi proyector manual de filminas, para proyectar en un telón improvisado de una finca las imágenes de un encuentro campesino realizado en la vereda La María. Los campesinos lanzaban exclamaciones, entre incrédulos y asustados al verse plasmados en esa sábana prestada por la esposa del mayordomo.

Después viajé a la región tabacalera del Carmen de Bolívar y Ovejas, donde me establecí durante más de un año. A pesar de las condiciones muy difíciles escribí mi primer libro relacionado con esta gesta, una especie de novela de más de 200 páginas, que recogía la vida del carmero Rufino Tamayo y su familia campesina dedicada al cultivo del tabaco, y a una mujer hermosa a la que llamaban La Turca, ataviada casi siempre con un turbante de colores vivos y que vivía en una casita de palma en las afueras de Ovejas, quien no sólo me invitaba a almorzar cuando la visitaba en compañía de Tito, otro descalzo oriundo de San Juan Nepomuceno, sino que nos contaba historias de su oficio de leer el tabaco. Entre los personajes resaltaba un maestro del colegio cuyo nombre, por desgracia he olvidado, quien me abrió varias puertas de amistad con pobladores de aquel pueblo donde había nacido el gran músico Lucho Bermúdez. Cuando terminé de escribirla la envié a Bogotá para evitar que la policía me la incautara, ya que en cualquier momento podía ser interceptado como sospechoso: no era de la región, no tenía empleo, y para completar me reunía con campesinos y líderes de la población. Varios años después, en una visita a Bogotá me dirigí a la casa frente a La Rebeca de la calle 26, buscando al secretario regional a quien había confiado mi manuscrito, pero para mi sorpresa me dijo, con todo el desparpajo, que no recordaba dónde la había dejado. Retomé mis estudios de ingeniería, pero mi pensamiento estaba ya en otro viaje.

En mi definitivo paso por Medellín y Antioquia, pude acompañar a varias delegaciones en campaña y comisiones del periódico, a diferentes poblaciones alejadas. Tomé apuntes de cuanto podía, entrevistas y anécdotas. En Medellín, por ejemplo, fui testigo de la marejada humana que llegó huyendo de la violencia, a lo que hoy se conoce como la Comuna 13. Esas montañas se poblaron de la noche a la mañana con miles de familias que buscaban donde detenerse en la desesperada carrera que habían iniciado en Urabá y otras poblaciones del noroccidente antioqueño por salvar su vida. Vi cómo esos compañeros se esmeraban día y noche por ayudarlos en la organización comunal, trazaban calles, establecían pilas de agua comunitaria, aunaban las fuerzas de los desplazados en medio de las contradicciones propias de aquel desorden.

De la mano de los dirigentes sindicales conocí los grandes centros de producción textilera en Itagüí, Bello y Medellín, los socavones de las minas de carbón de Amagá y Titiribí y estuve en el entierro de más de cien mineros que murieron achicharrados por la explosión del grisú, en una tragedia anunciada de la cual los responsables fueron la empresa y el gobierno. Asistí a muchos sindicatos en la elaboración de sus periódicos y aprendí de su coraje y su persistencia, pero también conocí de sus carencias culturales y las limitaciones impuestas por el establecimiento para dificultarles el acceso al mundo del libro, de la literatura, del arte y de la ciencia.
Y en todos estos trances, cada año, el “Día más luminoso de la tierra”, el Primero de Mayo, que sigo celebrando aunque sea en la intimidad de los recuerdos.

A finales de los años 70, estando radicado en Medellín como maestro del INEM, conocí a la descalza con quien he vivido desde entonces. Y con ella nos fuimos para el Sur de Bolívar, llevando con nosotros a nuestra pequeña hija Bárbara de dos años. Abandoné mis estudios que había retomado en la sede de la U. Nal en Medellín. Doble revolución para mí, desde entonces no he vuelto a ser el mismo. Fue una ruptura que tanto ella como yo quisimos que fuera total, hasta que a los 10 años de estar allí, se hizo imposible continuar por el grave peligro cernido en el Sur de Bolívar y en todo el país, por parte de los grupos armados, y tuvimos que regresar a Medellín para empezar de nuevo, desde cero.

El río fue testigo corresponde a este tramo y el puerto de Magangué como base principal desde donde irradiaron su acción más de 35 descalzos provenientes de diferentes regiones del país.

Aquí funcionó el Centro Médico de Especialistas, Calle de Las Damas de Magangué, desde donde los descalzos organizaron cientos de brigadas de salud para los pobladores del Sur de Bolívar. (Foto archivo de El Pequeño Periódico)

En este libro aparecen los hechos históricos tal como sucedieron y se constituye en mi alegato fundamentado y mi denuncia del asesinato de nuestros compañeros por parte de los grupos armados. Lo terminé de escribir por primera vez en el año 2000, fue publicado en el 2003, sin editar y ahora, con el concienzudo trabajo de relectura, corrección y edición que me llevó más de tres años, y el acompañamiento de mi mujer y mi hija, de algunos amigos y la mirada incisiva y crítica de Conrado Zuluaga, recorro el país entregándolo no solo a aquellos valientes e inolvidables descalzos donde quiera que estén, sino, y sobre todo, a las nuevas generaciones para que conozcan esta trascendental estrategia revolucionaria concebida y dirigida por Francisco Mosquera, única en el país y quizás en Latinoamérica.

Al contrario de lo que algunos puedan pensar, ésta no se ha agotado, sino que se proyecta como una necesidad para que Colombia ingrese, al fin, en el camino de la autonomía, la dignidad, la modernización y el auténtico desarrollo armónico fruto de la diversidad y las contradicciones. Ser descalzo es una forma de vida, una concepción y una ruta, sin importar dónde nos hallemos ni con quién. Los descalzos siempre dirigen su mirada hacia un horizonte en el que todos los colombianos disfrutaremos algún día con dignidad y en armonía, sin discriminaciones de ningún tipo, del gran misterio de la vida. ¿Cómo no escribir sobre esta generación y sus atrevimientos vigentes?

La peor desgracia que le puede pasar a una nación es que suceda una dislocación entre generaciones, una ruptura en esa cadena de la memoria. Por ello no debemos ahorrar ningún esfuerzo para contarles a los niños y a los jóvenes esta historia que sucedió, que es real, y que El río fue testigo recrea con la fuerza y la pasión propias de quienes la inspiraron. He venido a devolver lo que tomé de ustedes, los descalzos, con la vergüenza de no haber alcanzado la altura sublime que esta saga merece, pero con la alegría de haberlo intentado.
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Palabras de Ángel Galeano Higua durante la presentación del libro El río fue testigo, ante un grupo de descalzos y amigos reunidos en Bogotá el 16 de noviembre de 2017.

La portentosa gesta de “los descalzos”

Eladio Ospina

 

Y el río está más seco, más rojas sus aguas, más desoladas sus gentes, más pobre de peces, alcaraván y gaviotas, más poblado de muertos. Pero sigue ahí como un testigo que no han podido matar.
Estremece pensar que ahora todo está más mal, más lúgubre, crece el abandono del Estado, también ayer lo había, pero era más amable el abandono de ayer, el de antes de pasar la última guerra, todavía a Dios que hay que llevarlo, siempre ha sido y será así, Dios va donde lo lleva el hombre.

Carmen Beatriz y Bárbara (a quienes está dedicado El río fue testigo) camino a Ciénaga de Oro, Córdoba, 1983. Archivo particular.

¿Recuerdas la hija de Chago Aldana? Tenía unos seis años en aquellos años de nuestro canto a la esperanza, hace un mes me encontró por las redes, hubo fiesta en su casa en Pueblorico donde vive y aquí en la mía. Hablé con él, le mataron un hijo de diecisiete años y lo sacaron de la tierra. ¡Te das cuenta Ángel, porque era mejor el abandono antes de la guerra!
Portentosa la gesta de aquellos descalzos, que abandonaron familia, universidad. trabajo, amigos y amores. Portentoso su sacrificio, su entusiasmo, la consecuencia con su propio pensamiento, tan escasa en estos tiempos.
Dura la batalla por el sostenimiento, efervescente era ver la luz que empezaba a iluminar esas montañas; a los campesinos, niños, mujeres y hombres, esbozar una sonrisa cuando llegábamos. Apasionante su asombro ante el cosmos reflejado en una pantalla, o la vida inicial en un microscopio. Un millón de historias navegaron por ese río o desembarcaron y se fueron cordillera adentro, más aquellas que luego descendieron.

Solo hombres que lleven su causa en el pecho podían resistir tal epopeya, pero hoy su gran valor y el valor de tu libro, además de las experiencias que se recogerán mañana, y la huella que le dejas, es rendirle un tributo a la utopía, esa vieja desbrozadora de sueños, sin la cual se muere el impuso vital de los cambios. Las grandes gestas tienen su origen en la utopía, pero el mundo le cambió su significación, para cortarle alas. A este país le hace falta la quimera, pero entre un Estado paraco, los que manejan el poder y los otros, la dejaron sin aire.
Algunos amigos renunciaron pronto y hablan desde su corta experiencia, es comprensible su visión y su renuncia, les tocó la etapa en que no sabíamos cómo sobrevivir en medio de tanta gente, de tanto extraño, de tantos jueces, policías, alcaldes paracos y, terratenientes que eran los comandantes en esa etapa de la historia. Apenas dábamos lo primeros pasos por un sendero desconocido. Hasta que se unieron en su contra los nuevos inquisidores, la gendarmería de extrema izquierda.
Tu persistencia en no dejar morir el sueño, ni en el corazón ni en el olvido, te hace merecedor del título “Ángel salvador de la quimera”. Tu libro es un respirar profundo para darle aliento a la utopía.
Buena suerte navegante.

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Eladio Ospina fue uno de los primeros obreros descalzos que llegaron al Sur de Bolívar a comienzos de los años 80. Hoy desarrolla en Medellín una entusiasta actividad cultural y escribe poesía, como una fina y delicada filigrana de la vida.

El Adoptado

Cartel de Bienvenida. Escuela Normal Superior de Medellín, institución educativa fundada en 1851, considerada como “baluarte del saber pedagógico”, cuya misión es formar maestros con alta competencia académica. (Fotografía de mi archivo particular)

He sido adoptado por una multitud de niños y jóvenes, y por un puñado de docentes de la Escuela Normal Superior de Medellín, quienes me recibieron con calle de honor y aplausos bajo un sol quemante. Colgado en lo alto del edificio principal, un cartelón hecho a mano por los estudiantes, me daba la bienvenida. Este encuentro es fruto del programa Adopta un Autor enmarcado dentro de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

Con el rector, Juan Carlos Zapata Correa cuando me enseñaba los tesoros históricos que guarda la legendaria institución. (foto de mi archivo particular)

Luego del saludo protocolario del rector, Juan Carlos Zapata Correa, presenté un breve saludo a la muchachada, que enseguida entonó el Himno de la institución, (letra de Hernando Elejalde Toro y música del maestro Carlos Vieco Ortiz). Luego pasamos a la biblioteca engalanada con dibujos alusivos a mis cuentos (en especial “La mascotera”), poemas y saludos escritos por los chicos. Un profesor escribió un poema exaltando mi labor de escritor y lo leyó para todos. Inclusive tenían en uno de los estantes de libros una gran fotografía mía colgada, que me hizo sonrojar.

Era un grupo numeroso de estudiantes tanto de primaria como de secundaria, seleccionados, quienes venían leyendo y comentando desde dos meses atrás mi libro Palabras al viento.

Muchas preguntas de diversa índole relacionadas con la creación literaria: ¿Quiénes son Carmen Beatriz y Bárbara? ¿Por qué el libro está dedicado a ellas? Háblenos de la bravura que aparece en el epígrafe de Harper Lee. ¿Recuerda el primer momento en que sintió que quería ser escritor? ¿Qué le gusta escribir más: cuentos o novelas? ¿Qué nos aconseja para poder escribir? ¿No le parece que ser escritor es una figura condenada a desaparecer como los dinosaurios? ¿Cómo vence la página en blanco?…

Con dibujos, mensajes y poemas alusivos a mis cuentos, los estudiantes me dieron la bienvenida.

Fueron una lección para mí y se las agradecí. Respondí desde el fondo de mi ser porque recordé que a la edad de ellos, en mi colegio, nunca pude conversar con un autor. Les dije que no había recetas para aprender a escribir, sino que la clave está en vivir la propia vida…

Les conté que además de leer y escribir me gustaba hacer libros. Llevé una colección de libros de la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA que doné a la Biblioteca de la Normal, y un morral grande repleto de más libros para rifar entre ellos, que se abalanzaron porque todos querían uno.

Con el Coordinador, profesores y bibliotecarias.

Se arremolinaron para tomarse una fotografía conmigo y que les firmara los libros. A quienes no les tocó ninguno me pidieron que les firmará su cuaderno, algunos arrancaron una hoja para que otros pudieran también llevarse mi firma, como si yo, de veras, fuera un gran escritor. Inclusive colgaron más arriba mi retrato, al lado de otros autores, esos sí maestros de la palabra y el pensamiento que no nombro por respeto y vergüenza de verme allí junto a ellos.

Conversemos

Fue un ambiente de entusiasta desorden que disfruté tanto como ellos. Es la palabra la que nos puso en esa vibración y creo que esa magia de las historias contadas nos llenó de nuevas energías.

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Las fotografías son de mi archivo particular.

 

 

El río fue testigo

Conrado Zuluaga

(Presentación del libro de Ángel Galeano Higua)

 

La historia que aquí se cuenta es real, los nombres de los personajes son ficticios. Esa frase, o una similar con alguna variante, acompaña muchos libros. Se podría decir que es una muletilla a la cual recurren con frecuencia el cine y la literatura. A veces como advertencia, en otras como anzuelo para el desprevenido lector.

Aquí se trata de una verdad, de una tremenda historia real, que merece ser contada y leída, en la cual participaron muchos hombres y mujeres. La mayoría de los que aquí aparecen eran oriundos de la región, otros –conocidos como los descalzos– llegaron allí, desde diversos lugares, con un patrimonio compuesto por la buena voluntad, sus ideales y sueños, sus deseos de servir y, a veces, con una profesión que hizo mucho bien en esas tierras.

Es una bella historia, heroica y desoladora al mismo tiempo, porque los enemigos agazapados –autoridades, guerrillas, paramilitares, politicastros y narcos– acabaron con ella. Fue una gran aventura que, entonces como hoy, merece todo el respeto y la admiración. El lector lo sabe al terminar el texto. En la historia del país, hay muy pocas experiencias, de pronto ninguna, como esta.

El narrador, uno de los descalzos, ha guardado con celo, todos esos avatares: los triunfos parciales que alcanzaron, los abrazos de solidaridad, las sonrisas de los niños, la fe y la entereza de unos hombres y mujeres, del campo y la ciudad, que creyeron en sus propias fuerzas. Nada ha quedado por fuera de este texto y eso es tan valioso como la historia que cuenta.

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Editado por Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia, Medellín, Septiembre 2017

Como una rama

Ángel Galeano Higua

(Ejercicio de cuento)

1

Alistó la soga sin que sus padres lo notaran. La ocultó entre las ramas de la buganvilia florecida, de donde la tomaría cuando todos durmieran, incluido Nabuconodosor, que la pasaba tirado junto a la puerta y de allí no se movía hasta que amaneciera. Ni siquiera ladraba, era su formidable contextura lo que atemorizaba. A quien más obedecía era a ella: ¡Acuéstate!, y Nabuco se acostaba, quietecito. ¡Levántate!, y de un brinco se ponía de pie y paraba la cola y las orejas dispuesto a la acción. Pero aquella noche la niña no lo quería de pie.
Sin pensar en nada, esperó haciéndose la dormida, metida entre las cobijas con la chaqueta puesta y las botas listas debajo de la cama. Sus padres se acostaron después del noticiero y todo quedó en silencio. Aguardó unos minutos y salió a hurtadillas, cuidándose de no tropezar con nada.

 

2

De un tiempo para acá, al amanecer, el sordo rugido de los carros opaca el canto de los pájaros. El desayuno está listo, pero ella no acude. El padre echa un vistazo: perezosa, dormilona, vamos, es hora de desayunar e ir al colegio, no es momento de jugar. La cama está vacía. La madre lo corrobora. A gritos la llaman. Cunden los temores. Miran aquí y allí, no está. El mundo se les viene encima. Pronuncian su nombre mientras recorren la casa, salen a la calle y lo único que ven, además de a Nabuco tirado junto a la puerta, es a la cuadrilla de hombres que por estos días realizan trabajos en el parque.
Llaman a la policía. Nuestra hija ha desaparecido. Tocan en las casas, nadie la ha visto. Los vecinos corren asustados a comprobar que sus hijos sí están. Ella es la única que falta.

 

3

Un carro de esos con cabina para que los obreros se trepen y arreglen los postes y el alumbrado, llega con su ruido y su humo, y se planta al pie del laurel más grande. No vienen a arreglar ningún poste, ningún cable, lo que traen es motosierras. Esto es pan comido, dicen. Lo habían anunciado días atrás en el periódico. Hoy talarán ése y todos los árboles del parque. Tal es la orden impartida. Necesitan el terreno para construir un edificio. La firma constructora les dijo a los vecinos que ese era el progreso, la ciudad crece, serán afortunados, tendrán un centro comercial ahí mismo, en su barrio.

 

4

Amparada en las sombras de la noche, la niña trepó al árbol. Su árbol. Donde planeaba construir una casita de muñecas con su amiga de la casa de enseguida, como habían visto en un libro de historietas. Soñaban con esa casita hecha de tablas y la noticia de que derribarían el laurel las asustó hasta el llanto. Hagámosla esta noche, propuso ella. La amiguita no se decidió. Está bien, la haré yo. El problema era que ya no alcanzaba a conseguir las tablas ni con qué amarrarlas. Entonces cambió de estrategia: no permitirá que tumben el árbol. Si el árbol cae, ella caerá con él… Avísales a los demás.
Se acomodó en la horqueta formada por dos gruesas ramas que ya conocía y procedió a amarrarse a ellas con la soga. Primero los pies y luego la cintura, después echó un nudo que aprendió en una excursión del colegio, pero más complicado, que ni ella misma podrá deshacer.
Allí pasó la noche sintiéndose árbol. Nabuco no quitó la mirada ni un instante de la horqueta.

 

5

¿Cómo está vestida?… ¿A qué hora la vieron por última vez?… ¿Notaron algo raro en ella?… No han digerido todavía una pregunta cuando les cae otra y otra más. ¿Algo raro, dice usted, señor inspector?… Déjenos pensar, tenemos la cabeza a punto de estallar… No, nada raro… Tenía su pijama de florecitas que tanto le gusta… Veíamos el noticiero cuando nos dio el besito de las buenas noches… Ayúdenos, por lo que más quiera… No sabemos cómo ha podido desaparecer así. ¡No puede ser! Ni un rastro de nada… En cambio de preguntarnos tantas cosas, ¿por qué no la buscan?
¿Y si se fue para donde un familiar? ¿Qué dice?… Piénsenlo, un tío, los abuelos… Imposible, viven al otro extremo de la ciudad, ella no sabe llegar allá… Tengamos en cuenta que los niños de hoy son muy despiertos…

 

6

El jefe mira su reloj y da la orden. Dos obreros con su casco amarillo y guantes de cuero suben a la cabina como quien aborda una cápsula viajera. Llevan cuerdas especiales y una motosierra que la niña, desde arriba, identifica como un arma. Han acordonado alrededor del árbol. Todo va de acuerdo al manual de instrucciones.
De repente: ¡Levántate! Suena como una diana. Nabuco se pone de pie de un brinco y corre hacia el árbol. ¿Qué pasa?, pregunta el jefe de la cuadrilla… ¿De quién es ese perro? Deténganlo.
¡Es mío!, grita la niña. ¡Y si me tocan a mí o al árbol, él nos defenderá!
Desde la cabina los obreros la descubren. No saben qué hacer. Es una niña, parece una rama, dice uno de ellos por el radioteléfono. ¿Parece una rama?, explíquese… Sí, quiero decir que está amarrada al árbol.
Corren los padres de la niña, el inspector, los policías, asoman los vecinos, confundidos todos. Nabuco ladra por primera vez.

 

7

Se hallan tan sorprendidos intentando comprender cómo puede estar amarrada la niña allí, en lo alto del árbol, que no se dan cuenta cuando los niños salen de sus casas sigilosos, algunos con su mascota, y se dirigen a toda prisa, cada uno a un árbol, llevando una cuerda en sus manos…

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Medellín, julio 2 de 2017

Ejercicio escrito para el blog de Claudia Restrepo Ruiz, http://poesiaculinaria.blogspot.com.co, con motivo de sus primeros diez años en el ciberespacio.