Ser “descalzo” es una forma de vida

Ángel Galeano Higua

El río fue testigo es una especie de devolución de lo que tomé prestado a ese puñado de utopistas modernos conocidos como “los descalzos”. Durante 40 años les he seguido la pista a varios de ellos admirado por su entrega, por esa suerte de devoción casi religiosa con que construyeron a pedacitos un mundo nuevo en la década de los 80. Porque ellos alcanzaron a construir un mundo nuevo, aunque por poco tiempo, en algunos lugares de Colombia.

Tuve la fortuna de enrolarme como cronista de esa odisea. De la mano del soñador mayor, Francisco Mosquera, una antorcha siempre encendida, y con mi corazón prendado de una mujer que lo dejó todo por entregarse al servicio de los más pobres de nuestro país, valiéndose no sólo de sus conocimientos y destrezas en el campo de la salud, sino echando mano de una infinita capacidad de trabajo y sacrificio: Carmen Beatriz, una auténtica descalza.

Francisco Mosquera, el estratega de los descalzos (Foto archivo El Pequeño Periódico, 1984)

Un cronista con ínfulas de aprendiz de escritor, es decir, un hombre con su propio sueño, lo que equivale a algo inútil para la sociedad en términos económicos y prácticos. No obstante, esa aparente inutilidad puede proyectarse como una conciencia dispuesta a hablar. Está presente, vive, respira, fluye como un río y como un río es testigo, no sólo de lo que se extiende más allá de sus orillas, sino del torrentoso cauce que corre sin cesar.

En ese tránsito y con la mirada cargada de curiosidad y asombro, comprendí que no podía guiarme por un solo pálpito, ni una sola voluntad, sino que existían muchos puntos de vista y que mi deber como periodista y escritor era aprender de todos ellos para poder contarlo después. Ser cronista de “los descalzos”, de sus acciones y reveses, de sus nostalgias y temores, y también de quienes en las comunidades recibían esa ofrenda como un milagro humano. Tomar atenta nota de quienes los combatían desde todos los niveles del poder, con el camuflaje de “insurrectos errantes” que combinaban “todas las formas de lucha”, o la tosca posición de la autoridad local o nacional, o parapetados en la sombra delincuencial de los narcos y otras pandillas.

A nombre de todos los credos conspiraron contra el sueño de los descalzos y en esa medida propiciaron un abigarrado cuadro de personajes y situaciones, de los cuales un aprendiz de escritor no puede darse el lujo de despreciar a ninguno. Al contrario, con el júbilo de quien encuentra un tesoro, los he querido recoger en mi morral de viajero, a donde van a parar todas las historias que me asaltan en los caminos.

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Algunos descalzos asistentes a la presentación del libro en Bogotá, (Nov. de 2017)

Los primeros descalzos que conocí regaban su pregón en los barrios surorientales de Bogotá. Los vi desarrollar tareas de organización en los barrios de invasión y en una monumental refriega con la policía del Distrito cuando, luego de varios meses de meticulosa preparación, cuajó un multitudinario paro cívico exigiendo transporte público hasta Juan Rey, en la carretera a los llanos, que nos desbordó a todos. Tomé mis primeros apuntes y coleccioné recortes de prensa que aún conservo, con la idea de escribir un libro de cuentos. Recuerdo a líderes excepciones de esa zona como la liberal gaitanista, Cecilia Camacho de Orellanos. Eran los años del gobierno liberal de Alfonso López Michelsen. Entonces cursaba estudios de Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional.

Con la primera oleada juvenil que abandonó la ciudad, tuve la oportunidad de conocer el trabajo pionero en la zona cafetera, en una apartada vereda de Neira a orillas del río Cauca, a donde se había descalzado Arnulfo Cifuentes, uno de los activistas de los cerros surorientales de la capital, en compañía de Olga Lucía Giraldo. Allí los vi intentando, por primera vez, cambiar sus manos de intelectuales por los de labriego. Esfuerzos infructuosos a la postre. Cabalgué con ellos por esas empinadas cumbres llevando mi proyector manual de filminas, para proyectar en un telón improvisado de una finca las imágenes de un encuentro campesino realizado en la vereda La María. Los campesinos lanzaban exclamaciones, entre incrédulos y asustados al verse plasmados en esa sábana prestada por la esposa del mayordomo.

Después viajé a la región tabacalera del Carmen de Bolívar y Ovejas, donde me establecí durante más de un año. A pesar de las condiciones muy difíciles escribí mi primer libro relacionado con esta gesta, una especie de novela de más de 200 páginas, que recogía la vida del carmero Rufino Tamayo y su familia campesina dedicada al cultivo del tabaco, y a una mujer hermosa a la que llamaban La Turca, ataviada casi siempre con un turbante de colores vivos y que vivía en una casita de palma en las afueras de Ovejas, quien no sólo me invitaba a almorzar cuando la visitaba en compañía de Tito, otro descalzo oriundo de San Juan Nepomuceno, sino que nos contaba historias de su oficio de leer el tabaco. Entre los personajes resaltaba un maestro del colegio cuyo nombre, por desgracia he olvidado, quien me abrió varias puertas de amistad con pobladores de aquel pueblo donde había nacido el gran músico Lucho Bermúdez. Cuando terminé de escribirla la envié a Bogotá para evitar que la policía me la incautara, ya que en cualquier momento podía ser interceptado como sospechoso: no era de la región, no tenía empleo, y para completar me reunía con campesinos y líderes de la población. Varios años después, en una visita a Bogotá me dirigí a la casa frente a La Rebeca de la calle 26, buscando al secretario regional a quien había confiado mi manuscrito, pero para mi sorpresa me dijo, con todo el desparpajo, que no recordaba dónde la había dejado. Retomé mis estudios de ingeniería, pero mi pensamiento estaba ya en otro viaje.

En mi definitivo paso por Medellín y Antioquia, pude acompañar a varias delegaciones en campaña y comisiones del periódico, a diferentes poblaciones alejadas. Tomé apuntes de cuanto podía, entrevistas y anécdotas. En Medellín, por ejemplo, fui testigo de la marejada humana que llegó huyendo de la violencia, a lo que hoy se conoce como la Comuna 13. Esas montañas se poblaron de la noche a la mañana con miles de familias que buscaban donde detenerse en la desesperada carrera que habían iniciado en Urabá y otras poblaciones del noroccidente antioqueño por salvar su vida. Vi cómo esos compañeros se esmeraban día y noche por ayudarlos en la organización comunal, trazaban calles, establecían pilas de agua comunitaria, aunaban las fuerzas de los desplazados en medio de las contradicciones propias de aquel desorden.

De la mano de los dirigentes sindicales conocí los grandes centros de producción textilera en Itagüí, Bello y Medellín, los socavones de las minas de carbón de Amagá y Titiribí y estuve en el entierro de más de cien mineros que murieron achicharrados por la explosión del grisú, en una tragedia anunciada de la cual los responsables fueron la empresa y el gobierno. Asistí a muchos sindicatos en la elaboración de sus periódicos y aprendí de su coraje y su persistencia, pero también conocí de sus carencias culturales y las limitaciones impuestas por el establecimiento para dificultarles el acceso al mundo del libro, de la literatura, del arte y de la ciencia.
Y en todos estos trances, cada año, el “Día más luminoso de la tierra”, el Primero de Mayo, que sigo celebrando aunque sea en la intimidad de los recuerdos.

A finales de los años 70, estando radicado en Medellín como maestro del INEM, conocí a la descalza con quien he vivido desde entonces. Y con ella nos fuimos para el Sur de Bolívar, llevando con nosotros a nuestra pequeña hija Bárbara de dos años. Abandoné mis estudios que había retomado en la sede de la U. Nal en Medellín. Doble revolución para mí, desde entonces no he vuelto a ser el mismo. Fue una ruptura que tanto ella como yo quisimos que fuera total, hasta que a los 10 años de estar allí, se hizo imposible continuar por el grave peligro cernido en el Sur de Bolívar y en todo el país, por parte de los grupos armados, y tuvimos que regresar a Medellín para empezar de nuevo, desde cero.

El río fue testigo corresponde a este tramo y el puerto de Magangué como base principal desde donde irradiaron su acción más de 35 descalzos provenientes de diferentes regiones del país.

Aquí funcionó el Centro Médico de Especialistas, Calle de Las Damas de Magangué, desde donde los descalzos organizaron cientos de brigadas de salud para los pobladores del Sur de Bolívar. (Foto archivo de El Pequeño Periódico)

En este libro aparecen los hechos históricos tal como sucedieron y se constituye en mi alegato fundamentado y mi denuncia del asesinato de nuestros compañeros por parte de los grupos armados. Lo terminé de escribir por primera vez en el año 2000, fue publicado en el 2003, sin editar y ahora, con el concienzudo trabajo de relectura, corrección y edición que me llevó más de tres años, y el acompañamiento de mi mujer y mi hija, de algunos amigos y la mirada incisiva y crítica de Conrado Zuluaga, recorro el país entregándolo no solo a aquellos valientes e inolvidables descalzos donde quiera que estén, sino, y sobre todo, a las nuevas generaciones para que conozcan esta trascendental estrategia revolucionaria concebida y dirigida por Francisco Mosquera, única en el país y quizás en Latinoamérica.

Al contrario de lo que algunos puedan pensar, ésta no se ha agotado, sino que se proyecta como una necesidad para que Colombia ingrese, al fin, en el camino de la autonomía, la dignidad, la modernización y el auténtico desarrollo armónico fruto de la diversidad y las contradicciones. Ser descalzo es una forma de vida, una concepción y una ruta, sin importar dónde nos hallemos ni con quién. Los descalzos siempre dirigen su mirada hacia un horizonte en el que todos los colombianos disfrutaremos algún día con dignidad y en armonía, sin discriminaciones de ningún tipo, del gran misterio de la vida. ¿Cómo no escribir sobre esta generación y sus atrevimientos vigentes?

La peor desgracia que le puede pasar a una nación es que suceda una dislocación entre generaciones, una ruptura en esa cadena de la memoria. Por ello no debemos ahorrar ningún esfuerzo para contarles a los niños y a los jóvenes esta historia que sucedió, que es real, y que El río fue testigo recrea con la fuerza y la pasión propias de quienes la inspiraron. He venido a devolver lo que tomé de ustedes, los descalzos, con la vergüenza de no haber alcanzado la altura sublime que esta saga merece, pero con la alegría de haberlo intentado.
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Palabras de Ángel Galeano Higua durante la presentación del libro El río fue testigo, ante un grupo de descalzos y amigos reunidos en Bogotá el 16 de noviembre de 2017.

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La portentosa gesta de “los descalzos”

Eladio Ospina

 

Y el río está más seco, más rojas sus aguas, más desoladas sus gentes, más pobre de peces, alcaraván y gaviotas, más poblado de muertos. Pero sigue ahí como un testigo que no han podido matar.
Estremece pensar que ahora todo está más mal, más lúgubre, crece el abandono del Estado, también ayer lo había, pero era más amable el abandono de ayer, el de antes de pasar la última guerra, todavía a Dios que hay que llevarlo, siempre ha sido y será así, Dios va donde lo lleva el hombre.

Carmen Beatriz y Bárbara (a quienes está dedicado El río fue testigo) camino a Ciénaga de Oro, Córdoba, 1983. Archivo particular.

¿Recuerdas la hija de Chago Aldana? Tenía unos seis años en aquellos años de nuestro canto a la esperanza, hace un mes me encontró por las redes, hubo fiesta en su casa en Pueblorico donde vive y aquí en la mía. Hablé con él, le mataron un hijo de diecisiete años y lo sacaron de la tierra. ¡Te das cuenta Ángel, porque era mejor el abandono antes de la guerra!
Portentosa la gesta de aquellos descalzos, que abandonaron familia, universidad. trabajo, amigos y amores. Portentoso su sacrificio, su entusiasmo, la consecuencia con su propio pensamiento, tan escasa en estos tiempos.
Dura la batalla por el sostenimiento, efervescente era ver la luz que empezaba a iluminar esas montañas; a los campesinos, niños, mujeres y hombres, esbozar una sonrisa cuando llegábamos. Apasionante su asombro ante el cosmos reflejado en una pantalla, o la vida inicial en un microscopio. Un millón de historias navegaron por ese río o desembarcaron y se fueron cordillera adentro, más aquellas que luego descendieron.

Solo hombres que lleven su causa en el pecho podían resistir tal epopeya, pero hoy su gran valor y el valor de tu libro, además de las experiencias que se recogerán mañana, y la huella que le dejas, es rendirle un tributo a la utopía, esa vieja desbrozadora de sueños, sin la cual se muere el impuso vital de los cambios. Las grandes gestas tienen su origen en la utopía, pero el mundo le cambió su significación, para cortarle alas. A este país le hace falta la quimera, pero entre un Estado paraco, los que manejan el poder y los otros, la dejaron sin aire.
Algunos amigos renunciaron pronto y hablan desde su corta experiencia, es comprensible su visión y su renuncia, les tocó la etapa en que no sabíamos cómo sobrevivir en medio de tanta gente, de tanto extraño, de tantos jueces, policías, alcaldes paracos y, terratenientes que eran los comandantes en esa etapa de la historia. Apenas dábamos lo primeros pasos por un sendero desconocido. Hasta que se unieron en su contra los nuevos inquisidores, la gendarmería de extrema izquierda.
Tu persistencia en no dejar morir el sueño, ni en el corazón ni en el olvido, te hace merecedor del título “Ángel salvador de la quimera”. Tu libro es un respirar profundo para darle aliento a la utopía.
Buena suerte navegante.

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Eladio Ospina fue uno de los primeros obreros descalzos que llegaron al Sur de Bolívar a comienzos de los años 80. Hoy desarrolla en Medellín una entusiasta actividad cultural y escribe poesía, como una fina y delicada filigrana de la vida.

El Adoptado

Cartel de Bienvenida. Escuela Normal Superior de Medellín, institución educativa fundada en 1851, considerada como “baluarte del saber pedagógico”, cuya misión es formar maestros con alta competencia académica. (Fotografía de mi archivo particular)

He sido adoptado por una multitud de niños y jóvenes, y por un puñado de docentes de la Escuela Normal Superior de Medellín, quienes me recibieron con calle de honor y aplausos bajo un sol quemante. Colgado en lo alto del edificio principal, un cartelón hecho a mano por los estudiantes, me daba la bienvenida. Este encuentro es fruto del programa Adopta un Autor enmarcado dentro de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

Con el rector, Juan Carlos Zapata Correa cuando me enseñaba los tesoros históricos que guarda la legendaria institución. (foto de mi archivo particular)

Luego del saludo protocolario del rector, Juan Carlos Zapata Correa, presenté un breve saludo a la muchachada, que enseguida entonó el Himno de la institución, (letra de Hernando Elejalde Toro y música del maestro Carlos Vieco Ortiz). Luego pasamos a la biblioteca engalanada con dibujos alusivos a mis cuentos (en especial “La mascotera”), poemas y saludos escritos por los chicos. Un profesor escribió un poema exaltando mi labor de escritor y lo leyó para todos. Inclusive tenían en uno de los estantes de libros una gran fotografía mía colgada, que me hizo sonrojar.

Era un grupo numeroso de estudiantes tanto de primaria como de secundaria, seleccionados, quienes venían leyendo y comentando desde dos meses atrás mi libro Palabras al viento.

Muchas preguntas de diversa índole relacionadas con la creación literaria: ¿Quiénes son Carmen Beatriz y Bárbara? ¿Por qué el libro está dedicado a ellas? Háblenos de la bravura que aparece en el epígrafe de Harper Lee. ¿Recuerda el primer momento en que sintió que quería ser escritor? ¿Qué le gusta escribir más: cuentos o novelas? ¿Qué nos aconseja para poder escribir? ¿No le parece que ser escritor es una figura condenada a desaparecer como los dinosaurios? ¿Cómo vence la página en blanco?…

Con dibujos, mensajes y poemas alusivos a mis cuentos, los estudiantes me dieron la bienvenida.

Fueron una lección para mí y se las agradecí. Respondí desde el fondo de mi ser porque recordé que a la edad de ellos, en mi colegio, nunca pude conversar con un autor. Les dije que no había recetas para aprender a escribir, sino que la clave está en vivir la propia vida…

Les conté que además de leer y escribir me gustaba hacer libros. Llevé una colección de libros de la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA que doné a la Biblioteca de la Normal, y un morral grande repleto de más libros para rifar entre ellos, que se abalanzaron porque todos querían uno.

Con el Coordinador, profesores y bibliotecarias.

Se arremolinaron para tomarse una fotografía conmigo y que les firmara los libros. A quienes no les tocó ninguno me pidieron que les firmará su cuaderno, algunos arrancaron una hoja para que otros pudieran también llevarse mi firma, como si yo, de veras, fuera un gran escritor. Inclusive colgaron más arriba mi retrato, al lado de otros autores, esos sí maestros de la palabra y el pensamiento que no nombro por respeto y vergüenza de verme allí junto a ellos.

Conversemos

Fue un ambiente de entusiasta desorden que disfruté tanto como ellos. Es la palabra la que nos puso en esa vibración y creo que esa magia de las historias contadas nos llenó de nuevas energías.

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Las fotografías son de mi archivo particular.

 

 

El río fue testigo

Conrado Zuluaga

(Presentación del libro de Ángel Galeano Higua)

 

La historia que aquí se cuenta es real, los nombres de los personajes son ficticios. Esa frase, o una similar con alguna variante, acompaña muchos libros. Se podría decir que es una muletilla a la cual recurren con frecuencia el cine y la literatura. A veces como advertencia, en otras como anzuelo para el desprevenido lector.

Aquí se trata de una verdad, de una tremenda historia real, que merece ser contada y leída, en la cual participaron muchos hombres y mujeres. La mayoría de los que aquí aparecen eran oriundos de la región, otros –conocidos como los descalzos– llegaron allí, desde diversos lugares, con un patrimonio compuesto por la buena voluntad, sus ideales y sueños, sus deseos de servir y, a veces, con una profesión que hizo mucho bien en esas tierras.

Es una bella historia, heroica y desoladora al mismo tiempo, porque los enemigos agazapados –autoridades, guerrillas, paramilitares, politicastros y narcos– acabaron con ella. Fue una gran aventura que, entonces como hoy, merece todo el respeto y la admiración. El lector lo sabe al terminar el texto. En la historia del país, hay muy pocas experiencias, de pronto ninguna, como esta.

El narrador, uno de los descalzos, ha guardado con celo, todos esos avatares: los triunfos parciales que alcanzaron, los abrazos de solidaridad, las sonrisas de los niños, la fe y la entereza de unos hombres y mujeres, del campo y la ciudad, que creyeron en sus propias fuerzas. Nada ha quedado por fuera de este texto y eso es tan valioso como la historia que cuenta.

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Editado por Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia, Medellín, Septiembre 2017

Como una rama

Ángel Galeano Higua

(Ejercicio de cuento)

1

Alistó la soga sin que sus padres lo notaran. La ocultó entre las ramas de la buganvilia florecida, de donde la tomaría cuando todos durmieran, incluido Nabuconodosor, que la pasaba tirado junto a la puerta y de allí no se movía hasta que amaneciera. Ni siquiera ladraba, era su formidable contextura lo que atemorizaba. A quien más obedecía era a ella: ¡Acuéstate!, y Nabuco se acostaba, quietecito. ¡Levántate!, y de un brinco se ponía de pie y paraba la cola y las orejas dispuesto a la acción. Pero aquella noche la niña no lo quería de pie.
Sin pensar en nada, esperó haciéndose la dormida, metida entre las cobijas con la chaqueta puesta y las botas listas debajo de la cama. Sus padres se acostaron después del noticiero y todo quedó en silencio. Aguardó unos minutos y salió a hurtadillas, cuidándose de no tropezar con nada.

 

2

De un tiempo para acá, al amanecer, el sordo rugido de los carros opaca el canto de los pájaros. El desayuno está listo, pero ella no acude. El padre echa un vistazo: perezosa, dormilona, vamos, es hora de desayunar e ir al colegio, no es momento de jugar. La cama está vacía. La madre lo corrobora. A gritos la llaman. Cunden los temores. Miran aquí y allí, no está. El mundo se les viene encima. Pronuncian su nombre mientras recorren la casa, salen a la calle y lo único que ven, además de a Nabuco tirado junto a la puerta, es a la cuadrilla de hombres que por estos días realizan trabajos en el parque.
Llaman a la policía. Nuestra hija ha desaparecido. Tocan en las casas, nadie la ha visto. Los vecinos corren asustados a comprobar que sus hijos sí están. Ella es la única que falta.

 

3

Un carro de esos con cabina para que los obreros se trepen y arreglen los postes y el alumbrado, llega con su ruido y su humo, y se planta al pie del laurel más grande. No vienen a arreglar ningún poste, ningún cable, lo que traen es motosierras. Esto es pan comido, dicen. Lo habían anunciado días atrás en el periódico. Hoy talarán ése y todos los árboles del parque. Tal es la orden impartida. Necesitan el terreno para construir un edificio. La firma constructora les dijo a los vecinos que ese era el progreso, la ciudad crece, serán afortunados, tendrán un centro comercial ahí mismo, en su barrio.

 

4

Amparada en las sombras de la noche, la niña trepó al árbol. Su árbol. Donde planeaba construir una casita de muñecas con su amiga de la casa de enseguida, como habían visto en un libro de historietas. Soñaban con esa casita hecha de tablas y la noticia de que derribarían el laurel las asustó hasta el llanto. Hagámosla esta noche, propuso ella. La amiguita no se decidió. Está bien, la haré yo. El problema era que ya no alcanzaba a conseguir las tablas ni con qué amarrarlas. Entonces cambió de estrategia: no permitirá que tumben el árbol. Si el árbol cae, ella caerá con él… Avísales a los demás.
Se acomodó en la horqueta formada por dos gruesas ramas que ya conocía y procedió a amarrarse a ellas con la soga. Primero los pies y luego la cintura, después echó un nudo que aprendió en una excursión del colegio, pero más complicado, que ni ella misma podrá deshacer.
Allí pasó la noche sintiéndose árbol. Nabuco no quitó la mirada ni un instante de la horqueta.

 

5

¿Cómo está vestida?… ¿A qué hora la vieron por última vez?… ¿Notaron algo raro en ella?… No han digerido todavía una pregunta cuando les cae otra y otra más. ¿Algo raro, dice usted, señor inspector?… Déjenos pensar, tenemos la cabeza a punto de estallar… No, nada raro… Tenía su pijama de florecitas que tanto le gusta… Veíamos el noticiero cuando nos dio el besito de las buenas noches… Ayúdenos, por lo que más quiera… No sabemos cómo ha podido desaparecer así. ¡No puede ser! Ni un rastro de nada… En cambio de preguntarnos tantas cosas, ¿por qué no la buscan?
¿Y si se fue para donde un familiar? ¿Qué dice?… Piénsenlo, un tío, los abuelos… Imposible, viven al otro extremo de la ciudad, ella no sabe llegar allá… Tengamos en cuenta que los niños de hoy son muy despiertos…

 

6

El jefe mira su reloj y da la orden. Dos obreros con su casco amarillo y guantes de cuero suben a la cabina como quien aborda una cápsula viajera. Llevan cuerdas especiales y una motosierra que la niña, desde arriba, identifica como un arma. Han acordonado alrededor del árbol. Todo va de acuerdo al manual de instrucciones.
De repente: ¡Levántate! Suena como una diana. Nabuco se pone de pie de un brinco y corre hacia el árbol. ¿Qué pasa?, pregunta el jefe de la cuadrilla… ¿De quién es ese perro? Deténganlo.
¡Es mío!, grita la niña. ¡Y si me tocan a mí o al árbol, él nos defenderá!
Desde la cabina los obreros la descubren. No saben qué hacer. Es una niña, parece una rama, dice uno de ellos por el radioteléfono. ¿Parece una rama?, explíquese… Sí, quiero decir que está amarrada al árbol.
Corren los padres de la niña, el inspector, los policías, asoman los vecinos, confundidos todos. Nabuco ladra por primera vez.

 

7

Se hallan tan sorprendidos intentando comprender cómo puede estar amarrada la niña allí, en lo alto del árbol, que no se dan cuenta cuando los niños salen de sus casas sigilosos, algunos con su mascota, y se dirigen a toda prisa, cada uno a un árbol, llevando una cuerda en sus manos…

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Medellín, julio 2 de 2017

Ejercicio escrito para el blog de Claudia Restrepo Ruiz, http://poesiaculinaria.blogspot.com.co, con motivo de sus primeros diez años en el ciberespacio.

Perfil del científico Raúl Gonzalo Cuero Rengifo

Inventar es algo tan serio como un juego de niños

Ángel Galeano Higua

(Ensayo)

El objeto prohibido
Algo alborota la curiosidad del niño. Cada vez que cruza la habitación siente que lo atrae. Es un objeto que su padre trajo luego de uno de sus largos viajes de ultramar y que puso sobre el escaparate con la perentoria advertencia de que nadie debe tocarlo. Esta prohibición aumenta la inquietud del niño a tal punto que ya no puede soportarlo más y aprovecha que su padre se hace de nuevo a la mar para estirar la mano y rozar sus aristas. Teme que como el aparato está hecho de metal y no de madera podría quemarle la mano, pero sólo percibe tres hileras de círculos sostenidos por delgadas palanquitas que semejan el costillar de un pescado. Ese primer atisbo aviva su desazón. Con el paso de los días sus dedos se tornan más atrevidos, pulsa uno de aquellos círculos en cuyo centro hay dibujado un signo y lo siente hundirse. Ignora de qué se trata pero ya no puede dar marcha atrás, quiere saberlo todo sobre ese aparato.
La curiosidad extrae lo mejor de él y se da a la furtiva tarea de averiguar qué tipo de artefacto es, y si sirve para algo. Tiene siete años y ya posee su primer secreto. No quiere que nadie se entere, ni siquiera su hermano César, menor que él, con quien pasa tardes enteras, descalzos, pateando la pelota de trapo en la empantanada calle de La Loma. Tampoco quiere que su abuela Estefanía lo sepa, ni su bisabuela Petronila a quien visita todas las tardes en su casa de bahareque, techo de paja y lata, donde tanto lo amañan los rituales ancestrales de la comunidad negra, esos baños que la anciana le prodiga con agua calentada al sol y perfumada con hierbas aromáticas que ella recoge sabiamente en el monte. Inclusive deja pasar varios domingos sin recorrer los diez kilómetros que lo separan de La Carretera, el bailadero que queda en la vía hacia Cali, adonde acostumbra ir a escuchar música y observar, escondido detrás de las puertas, cómo baila la gente para memorizar los pasos y practicar después en su casa. Anhela ser grande para poder bailar en pareja el son y el guaguancó.
Tampoco se detiene a observar los lagartos que andan por aquí y por allí, ni tampoco se distrae en la casa de su abuela mirando las cucarachas que andan en pareja.
Pasan los días y como ya sabe en qué momentos puede acercarse al aparato, lo explora sin que nadie lo vea. Una tarde, de pronto, reconoce el artefacto en una película: es una máquina de escribir. Semejante descubrimiento lo alebresta aún más, sobre todo porque sus padres no saben leer ni escribir. Se rebusca una cinta y se da mañas de ponerla a funcionar utilizando los talegos de papel en que empacan el arroz en la tienda vecina.
Aprende a escribir a máquina por su propia cuenta y cuando ingresa a la secundaria en el colegio Pascual de Andagoya es un experto sólo superado por Chila, su hermana, y por Vaquita, su vecino, quien no obstante tener medio lado paralizado por una apoplejía, es más rápido a pesar de utilizar un solo dedo. Rosita, la profesora de mecano-taquigrafía, se impacienta tratando de inculcarle el método tradicional, pero Raúl persiste en su propio modo que le da velocidad y precisión aventajando a los demás estudiantes, entrega el primero los ejercicios pero como no los hace con el método tradicional, la profesora no le reconoce la máxima nota. No importa, él prosigue con su propio sistema.

Este sencillo hecho sucedido en el puerto de Buenaventura a mediados de los años 50, muestra la forma como Raúl Gonzalo Cuero Rengifo ha capoteado la vida siguiendo su propio sistema de “supervivencia”, hasta lograr la cúspide de la eficiencia y creatividad científicas. Levantándose sobre las propias limitaciones de la comunidad afrocolombiana en el Pacífico, pobre y olvidada, sin héroes ni referencias universales, Raúl se ha convertido en un gran inventor que trabaja con la NASA y recorre el mundo gracias a su inagotable curiosidad y la forma inteligente y creativa de sortear las dificultades. Con su madurez para relacionar ideas y fenómenos, lograda a lo largo de su vida, y la universalidad de su pensamiento ha pulverizado la creencia de que la raza negra es incapaz de encumbrar la ciencia y hacer grandes aportes a la humanidad.

Infancia y curiosidad
El caso de la máquina de escribir es apenas una muestra de la manera particular como Raúl Cuero abordó en su niñez y adolescencia las múltiples y variadas experiencias que se le han presentado en la vida. Él afirma que la persistencia en su propio método de escribir “comprueba que la eficiencia es más importante que la convención”, pero no desconoce que los métodos cambian con el tiempo y “hay que estar alerta mientras se mantiene la esencia”.
Su infancia, poblada de fantasmas y espíritus, fue rica en rituales y costumbres de origen africano traídas por sus antepasados a Buenaventura, principal puerto colombiano sobre el Océano Pacífico donde nació Raúl en 1948, hijo de Olimpa Rengifo, una mujer negra cimarrona, y Félix Cuero, negro también, elegante y de gran estatura, marinero de la Flota Mercante Grancolombiana. La influencia por parte de la familia materna fue fundamental. Eran siete mujeres que vivían en la misma casa: la abuela Estéfana, y la bisabuela Petronila, a quien Raúl acompañaba por los caminos identificando plantas, recolectando hojas, palpándolas, oliéndolas, probándolas, estimulando su apetito por el conocimiento. “Mi madre era la única que vivía en su propia casa con su marido y sus hijos”, a no menos de cinco cuadras de distancia. Su bisabuela, antes de cada comida, echaba un grano de arroz bajo el piso de madera en honor de los que habían muerto y lanzaba otro al aire para los pobres que aún estaban vivos. Con el tiempo, Raúl, en uno de sus viajes a África descubriría que aquella era una costumbre en el país de Ghana, pero allá en lugar de arroz lo hacían con las bebidas.
En más de una ocasión fue víctima del “mal de ojo”: fuerte dolor de cabeza y estómago, fiebre, inapetencia, pérdida de peso, que hubiera podido llevarlo a la muerte si las tres mujeres de su vida: madre, abuela y bisabuela, no lo hubieran arropado “apretadamente en sábanas de algodón”, frotado con perfume de laurel Bayrum y lo alimentado a la fuerza con infusiones de “felidonia” y “escobabosa”, hierbas recogidas por Petronila en sus paseos, y remataron el tratamiento con un repugnante bebedizo que Raúl debió tomar una vez al día bajo la luna llena, hasta que se curó.
La situación de pobreza era tal en Buenaventura que no tenían juguetes, ni libros, ni agua potable. Tenían que inventar sus propios juegos y juguetes, lo que redundaba en beneficio de la creatividad. Y sus padres, iletrados y estrictos, le decían que aprendiera a leer y escribir sino quería quedarse como cargador de bultos en el muelle. El régimen de disciplina en el hogar era muy severo y los castigos no se hacían esperar a la menor falta, sobre todo para los tres hombres, a quienes la madre les sumergía la cabeza en una pila de agua hasta que pataleaban. El orden en la casa era planeado con rigurosidad por la madre, que distribuía las tareas a cada uno de los diez hijos. Después de las siete estaba prohibido salir a la calle, pero Raúl burlaba aquella regla cuando los novios de sus hermanas estaban de visita, entonces se fugaba hasta la plazoleta frente a la Estación de Bomberos para jugar al fútbol o piropear a las muchachas. Tuvo dos novias que le enseñaron a bailar.
Podría pensarse que estas vivencias son despreciables para un científico, pero para Raúl Cuero, no. Las cuenta como si las volviera a esculcar y goza porque sin ellas no hubiera podido desarrollar su creatividad. Desde niño nada le fue desdeñable. Sortear las adversidades le estimuló la búsqueda de explicaciones de los hechos, de las ideas y creencias. Tal fue el caso un domingo que debían asistir a misa y comulgar, con sus impecables uniformes blancos, pero él, por haberse quedado jugando al fútbol en la playa el día anterior, olvidó confesarse y cuando corrió a la iglesia con sus ropas embarradas el sacerdote, que era un “paisita”, no lo quiso confesar y lo acusó de haber pisado la casa de Dios sucio y oliendo a lodo como el diablo. Creyó que su madre lo consolaría, pero ella lo castigó hundiéndolo de cabeza en una pila de agua. Desde entonces comenzó a dudar de los sacerdotes, “a quienes había idolatrado hasta ese día” y deseó estar ya en la secundaria para no tener que confesarse ni ir obligado a misa.

Grandes temas, grandes misterios
A raíz de la negativa del clérigo a confesarlo, Raúl discutió con los profesores sobre la religión, empezó a buscar una explicación de la existencia de Dios y como uno de los maestros dijo que Dios estaba en todas partes, Raúl partió la cola de una lagartija y dijo que Dios debía estar en esa cola porque seguía moviéndose y sería bueno comprobarlo con un microscopio. Por supuesto recibió un castigo pero ello no opacó sus deseos de estudiar ciencias biológicas. Al contrario, empezó a plantearse el origen de la vida, interrogante que lo llevaría a las profundas pesquisas que se convertirían en el eje principal de sus investigaciones científicas.
Sus padres le inculcaban el amor por el estudio, pero de quien recibió el ejemplo de exponer las ideas fue de Vaquita, el vecino que nunca terminó la escuela primaria pero fue un autodidacta disciplinado. Tenía una tienda donde se reunían abogados, políticos y deportistas a tertuliar mientras bebían cerveza. Raúl se escondía debajo de las mesas para escuchar los debates y soñaba con que algún día llegaría a ser como ellos que hablaban de la Segunda Guerra, de negocios y religión, mujeres y política, mil temas de los cuales no entendía nada, pero le fascinaba la forma cómo exponían sus argumentos. Motivado por esas tertulias regaló sus libros de tiras cómicas y se concentró en lecturas “más serias”. De esa manera llegó a sus manos el libro El origen de la vida, de Oparín, con el que incursionó por primera vez en la evolución. Lo leía tanto que se le desencuadernó y debió remendarlo con engrudo. “Lo llevaba a todas partes como un buen amuleto de la suerte”.
La vida era un enigma que empezaba con las afugias de cada día y, además del deporte, lo que más les ayudaba a sobrellevarla era la música. La salsa era el alimento del alma. Benny Moré, Ismael Rivera, Cheo Feliciano, Héctor Lavoe, eran sus héroes inmortales.
Enmarañada en esa herencia de ancestros, llegaba esta música a Buenaventura que bailaban como si la llevaran en la sangre. Al comienzo la salsa fue calificada por los sectores más conservadores de la sociedad como música del demonio, incivilizada, propia de los negros y no apta para blancos. Un origen parecido al del jazz, que con los años se convirtiría para Raúl en su música predilecta.

La muerte de César
Otro acontecimiento lo marcó de manera profunda: la muerte de su hermano menor. César era el mejor de la clase y a los trece años sobresalía también como jugador de fútbol. Raúl lo admiraba, creía que llegaría a ser un gran deportista a semejanza de otros bonaverenses que se han destacado a nivel nacional e internacional, como Delio “Maravilla” Gamboa y Víctor Campaz. Aunque a Raúl le gustaba más el baloncesto, en el cual destacaría luego a nivel nacional gracias a su empinada estatura, habilidad y efectividad, los dos hermanos jugaban al fútbol descalzos porque carecían de recursos para comprar guayos y los demás utilizaban unos zapatos con clavos metálicos en lugar de tacos o taches. Durante un partido César resultó herido en una pierna, el tratamiento no fue el apropiado, se infectó con el tétano y en dos semanas murió.
Fue tan grande el impacto para Raúl que la manera de sublimar su dolor consistió en estudiar con más ahínco y dedicar sus logros a la memoria de su hermano. El nombre de Buenaventura era un espejismo, no había la tal buena ventura. Eran muchos los que nacían pero pocos los que sobrevivían. Para sobrevivir había que estar alerta todo el tiempo, no podían darse el lujo de descuidarse un solo instante. Tenían que obrar positivamente si no querían sucumbir. El fallecimiento de su hermano hizo pensar a Raúl en la muerte y el abandono. Buenaventura estaba al margen del país, la mayoría era descendiente de ancestros africanos pero no eran conscientes de ello. Como vivía entre negros, Raúl sentía que no pertenecía a ninguna minoría, no se consideraba diferente a los demás, todavía no había experimentado el trato con los blancos del interior, conocidos con el “afectuoso apodo de paisitas”.

Calentamiento obligado
Jugar sin descanso le sirvió de alivio. Jugaba con otros muchachos en un parque del centro de Buenaventura desde donde podía divisar el puerto, los enormes barcos mercantes de diversas banderas anclados y el tranquilo e inmenso Océano Pacífico al fondo. Procuraba llegar antes que los demás para dejarse ir en sueños de viajes lejanos. Después se reunían para hablar de mil cosas, lo que estimulaba en Raúl sus relaciones sociales y la disposición para los debates. Luego se dispersaban, algunos se deslizaban hacia La Pilota, el sector donde estaban las prostitutas, sitio visitado por los estibadores y en general por todos los hombres de Buenaventura. Raúl regresaba a su casa un poco más tranquilo. Nunca necesitó del licor ni el cigarrillo, y la única vez que tomó un trago de aguardiente le produjo tal dolor de cabeza y vómito que decidió no volver a probarlo jamás.
Con “El Gordito” Palacios, que era delgado y atlético, lo mismo que Ignacio “Nacho” Mosquera y Edgar Rincón y todos los muchachos que jugaban baloncesto en el Pascual de Andagoya, Raúl hacía llave para los partidos que jugaban en los recreos. Siempre ganaban porque sumaban sus destrezas: Edgar y “El Gordito” eran lanzadores excepcionales, no fallaban una canasta. “Nacho” era capaz de resistir los embates más difíciles con mucha firmeza y flexibilidad, no se daba por vencido. Tenía doce años cuando organizó y dirigió el equipo de baloncesto “Standard”, el primer equipo en que jugó Raúl y que fue campeón muchas veces en su categoría. No desperdiciaba ningún momento para aprender de todos ellos. El deporte era un excelente paliativo contra las adversidades, le permitió desarrollar un gran sentido de pertenencia a su comunidad, a respetar al contrincante, dominar el miedo y tener sentido de liderazgo, así como a disfrutar y manejar los triunfos. Le interesaba las inmensas posibilidades que el baloncesto le ofrecía de aprender a tomar decisiones de conjunto para obtener un propósito y desarrollar su propio talento.
Gracias al baloncesto hizo su primer viaje a Cali en 1960 para entrenar como seleccionado al equipo departamental. El gimnasio donde practicaba estaba ubicado en el exclusivo barrio de San Fernando y para llegar allí debía caminar a través de las calles bordeadas de árboles. Cierto día fue interceptado por una pandilla de jóvenes blancos del barrio que desde sus autos lujosos lo amenazaron y obligaron a correr para no ser atropellado. Eran una réplica de las películas de moda. Raúl debió correr tanto que cuando llegó al gimnasio no tuvo necesidad de hacer calentamiento. Sin embargo, nunca se quejó ante el entrenador pues no sabía cómo lo tomaría. El hecho de ser negro lo ponía en riesgo en aquel sector de gente rica acostumbrada a ver a los negros como sirvientes, y no esperaban que él, alto y espigado, fuera un destacado basquetbolista.
Para poder salir de Buenaventura los jóvenes tenían dos caminos: destacarse en el estudio o ser buenos deportistas. Raúl iba por ambos lados, pues al terminar su secundaria ya era reconocido como gran deportista, y ahora, luego de muchos días de tensión, lograba el cupo en la Escuela de Medicina de la Universidad del Valle, para entonces una institución de status distinguido. Pero el cupo era en una lista de espera y mientras tanto tenía que tomar cursos generales.

Una de las primeras clavadas
Tenía 16 años cuando el público lo vio elevarse sobre los demás jugadores, hacer una rápida finta y con sus poderosas manos clavar el balón en la canasta del equipo contrario. Fue uno de los primeros clavados en la historia del baloncesto colombiano. Era un sello merecedor de la más alta admiración y respeto. Algo logró, pero no lo suficiente como para evitar el peso de la discriminación en la Cali de aquellos tiempos en que se podía percibir el peso invisible de la frontera que separaba a los “europeos puros”, blancos acaudalados, de una parte, y los mestizos, indígenas y negros, de la otra. Cali era un verdadero emporio azucarero y con vigorosas empresas farmacéuticas, pero ejercía la discriminación étnica. La Universidad del Valle tenía uno de los mejores planes académicos del país y recibía poco más de tres mil jóvenes, pero Raúl era apenas uno de los seis estudiantes negros que había en toda la universidad.
Raúl Cuero recuerda que la presión social era tan fuerte que algunos de sus compañeros, negros y mestizos, llegaron a situaciones increíbles de autonegación como alisarse y teñirse el cabello, untarse la cara y las manos con cremas blanqueadoras, imitar la forma de hablar, ahorrar durante varios días para ir a sentarse en los restaurantes de los barrios de clase alta y tomar un refresco a pequeños sorbos para que les durara largas horas. Otros recurrían al licor para evadir las presiones sociales. En Cali fue donde Raúl vio por vez primera a un negro triste. Los chistes ridiculizando a Buenaventura y a los negros le dolían en el alma.
El deporte le permitió superar muchas barreras sociales y académicas gracias a su talento y a que en la selección de baloncesto de la Universidad, de la cual él era uno de los jugadores estrella, sus compañeros le ofrecieron su amistad y respeto, y una solidaridad que conmovió a Raúl por siempre. Eran jugadores excepcionales, diestros y disciplinados, de gran disposición mental que facilitaba la efectividad canastera de Raúl. Esto los llevó a ser campeones departamentales y nacionales varias veces. Su fama corrió y Raúl Cuero se convirtió en una celebridad.
En el salón de clases la atmósfera no era la misma. La convencional y fría formalidad de los compañeros apagaban la espontaneidad propia de una auténtica amistad. Raúl no se sentía cómodo. Tanta convención social lo torturaba. Añoraba los años en Buenaventura, pero estaba decidido a seguir adelante con sus estudios. Mientras la Universidad organizaba las fiestas anuales en los clubes más exclusivos de la ciudad, a los cuales le era prohibida la entrada por el color de su piel, él aprovechaba y avanzaba en sus investigaciones sobre las plantas en el campo y entrenando el baloncesto sin descanso. Sabía que para sortear aquella situación de desigualdad requería una descomunal fuerza de voluntad. Si bien lo admiraban por el espectáculo que les ofrecía jugando baloncesto, no lo aceptaban en la vida cotidiana. Esto generaba en Raúl una gran desconfianza hacia esa sociedad, desconfianza que lo salvó de caer en sus garras: “la aceptación de esa escala de valores habría sido el equivalente a la negación de mi potencial”. Se apartó de la sociedad y dedicó su tiempo a la ciencia, en secreto, de la misma forma en que había explorado aquella máquina de escribir en su niñez.
Encontraba un oasis cuando iba a su ciudad natal y entraba al cine con sus amigos, discutía de diversos temas y escuchaban salsa. Era como si recargara sus baterías para volver a la universidad. Pero al cabo de año y medio tomó la decisión de marcharse de Cali en busca de un ambiente académico menos tenso. Se trasladó a Palmira, a la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional, y allí encontró una atmósfera menos asfixiante, con más diversidad étnica. No había la exclusión de la que iba huyendo.

Encrucijada
¿Pero qué era lo que Raúl Cuero quería estudiar?
Al terminar la secundaria todos sus compañeros de curso tenían claro lo que querían estudiar: Uno, leyes; otro, matemáticas; aquel, idiomas. Raúl, en cambio, tenía interés en diversas áreas del conocimiento con tendencia hacia las ciencias biológicas. De niño había sentido mucha curiosidad por los lagartos y las cucarachas. Las lecturas del libro de Oparín también le habían impactado. Su estadía en Palmira fue de un año y medio. Allí practicó el baloncesto con pasión, encontró en Óscar González a “su hermano del alma”, que medía 2,10 metros de estatura, llevaron al equipo de la Facultad de Agronomía a coronarse campeón nacional, con la guía de “el Gordo Salcedo”, su entrenador, que lo animó a desarrollar aún más sus habilidades como líder. Hasta que llegó el día que sintió a Palmira pequeña para sus sueños y tuvo la certeza de que un negro sin dinero y sin tierra no tenía futuro como agrónomo en este país. A pesar del poco tiempo había consolidado sus conocimientos básicos y había sentido cómo latía el deseo de estudiar los fenómenos ecológicos y la incidencia humana en ellos, entonces pidió el traslado a la Universidad Nacional en Bogotá.
Las calles de la capital estaban atiborradas de gente que parecía programada para no expresarse con espontaneidad. La idiosincrasia de los negros del Pacífico o de los costeños del Caribe era constreñida por una frialdad en el trato y la sutil intolerancia a sus expresiones festivas en la música, la ropa y las reuniones. Hizo varios amigos con quienes amortiguó los largos momentos de desazón, pero no necesitó más de un año y medio para darse cuenta de que en el deporte que más amaba no podía desplegar su destreza, como driblar con firmeza, pasar a toda velocidad y lanzar, jugar en cualquier posición, desarrollar la creatividad individual o apoyarse en el conjunto, sino que debía ceñirse a unas directrices más teóricas que prácticas y trabajar para una figura central. Y en la academia pudo percibir el marcado sesgo hacia lo teórico en detrimento de la práctica, cosa que lo defraudó.
Tanto en la universidad como fuera de ella, la capital de Colombia tenía las mismas aberraciones raciales, los mismos prejuicios contra los negros que en Cali, pero con la diferencia de que en Bogotá hacía más frío. Comprendió que estaba maduro para regresar a Cali, soportar la discriminación sin dejarse apabullar y proseguir sus estudios en la Universidad del Valle.
De nuevo el deporte abría el camino. Una vez en Cali volvió al seleccionado de baloncesto pero ahora con el norteamericano Don Curry como entrenador, quien creía sin titubeos que a los atletas había que rodeárseles de óptimas condiciones para que pudieran desarrollar su capacidad. De esta forma Raúl resultó viviendo cerca de la universidad, en el barrio San Fernando donde años atrás había sido humillado por una pandilla de jóvenes blancos. Ahora, acompañado por dos entrenadores norteamericanos, podía transitar sin ser molestado, más bien admirado, porque en Colombia había una exagerada ponderación por lo extranjero.
Con este terreno a su favor y experto en manejar la discriminación, Raúl pudo dedicarse por entero a sus estudios de biología, que eran su mayor sueño.
Tuvo la fortuna de conocer al doctor Percy Lilly, profesor invitado de Microbiología y Fisiología de la Universidad de Heidelberg, Estados Unidos, quien reconoció en Raúl la desmesurada curiosidad y pasión por la ciencia, y lo estimuló para realizar experimentos dentro y fuera del laboratorio. Le facilitó el acceso a su biblioteca, una de las más completas del Departamento de Biología, propiciando así una nueva mirada sobre diversos tópicos del conocimiento. Le ofreció su amistad y cuando lo invitaba a cenar con su familia la conversación adquiría el vuelo de una comunión entre la ciencia y la amistad.
Había desarrollado un experimento con el muérdago, planta de hojas carnosas parásita en los árboles, cuando se graduó en Biología. La planta creció más del promedio en el laboratorio, lo que animó al profesor Lilly quien lo recomendó para optar una beca en la Universidad de Heidelberg. Ese día Raúl se vio en la encrucijada: el baloncesto o su educación científica. Estaba en uno de sus mejores momentos deportivos, pero debía tomar una decisión que lo afectaría para toda la vida.

Un tiquete a USA por siete dólares
El muelle era un hervidero. Los estibadores, negros corpulentos como gladiadores modernos, iban y venían, sudando, acosados por los capataces blancos. Cargaban y descargaban los barcos provenientes de diversas partes del mundo. Desde cuando era niño, Raúl sentía que aquel lugar le dolía. Le era imposible ignorar que allí su pueblo era esclavizado. Pero aquel día tenía que ir porque subiría a uno de los buques de la Flota Mercante Grancolombiana llevando su maleta de viajero. Muchas manos negras se agitaron en el aire para despedirlo. Era como si quisieran alcanzarlo, irse con él, protegerlo, desearle que no se diera por vencido.
Algo singular había en aquel viaje. Nunca antes se había visto que un negro fuera pasajero invitado en un barco de la Flota Mercante. Los cupos eran de los blancos que hacían turismo. Los negros no podían ser más que cargadores, marineros, sirvientes, nunca pasajeros y mucho menos invitados que fueran a Estados Unidos a estudiar. Y se sorprenderían aún más si se enteraran de que por ser hijo de uno de los marineros más antiguos de la Flota Mercante el costo era de un dólar por día. Por supuesto que lograr el reconocimiento de este derecho no fue nada fácil. Finalmente lo logró y debió pagar la suma de 7 dólares en total. Los ojos se le anegaron frente a aquellas manos que lo despedían.
Durante el viaje Raúl volvió a vivir la misma situación que en tierra: lo confundieron con un camarero, le asignaron una habitación de menor rango que a los demás pasajeros y no pudo establecer relación de amistad sino con los marineros que eran negros, varios de ellos conocían a Félix, su padre, y se alegraron de saber que iba a estudiar. A los siete días descendió en el puerto de Baltimore, Estado de Maryland, dando inicio a uno de sus periplos más sorprendentes de un compatriota dedicado a la Ciencia, que lo llevaría a culminar sus estudios de Biología en el tiempo récord de un año, gracias a que la universidad convalidó varios de sus cursos en la Universidad del Valle. Sus calificaciones fueron de las más altas. Los compañeros de curso lo acogieron sin prejuicios y el ambiente fue propicio para el desarrollo de su talento. Comprendió que cuando las mentes están en sincronía universal no importan las diferencias culturales ni étnicas. Raúl experimentó la consolidación de sus propias habilidades y talentos y sintió que una inmensa energía lo imbuía para seguir adelante en aquel mundo de incesante movimiento. De la Universidad de Heidelberg pasó a la Universidad estatal de Ohio donde hizo la maestría en Patología Vegetal. En algunos momentos se enfermó por la altísima presión de trabajo, pero se levantó y continuó. Cuando terminó sus estudios regresó a la Universidad del Valle a enseñar Micología y Patología Vegetal. Él era el único negro en el Departamento de Biología, varios de sus antiguos profesores eran ahora sus colegas. Propuso nuevos cursos para enfatizar en la investigación. Sabía que a los jóvenes estudiantes había que estimularlos a ser creativos, a llevar a la práctica sus conocimientos y habilidades. Esta idea la desarrollaría años más tarde con el revolucionario proyecto conocido como Parques de la Creatividad donde miles de jóvenes pueden poner en juego sus capacidades inventivas.
Como profesor en la Universidad del Valle estableció entre los estudiantes el énfasis en la investigación y no estimuló la memorización, compartió con los jóvenes lo que sabía de laboratorio, las técnicas, sin importarle los conocimientos previos. Se sentía como un alumno en busca de nuevos conocimientos. Así pudo convertir sus clases en algo dinámico, alegre, donde los muchachos podían soltar su mentalidad analítica. Ayudó a muchos estudiantes con sus propios recursos, invitándolos a no desmayar. El único placer extra que tenía era el jazz, del cual afirma que está sustentado en los estados de energía pura de la conciencia universal. El jazz no sólo es el fruto de una excelsa creación del hombre sino que su origen y conformación están enraizados en la lucha por la sobrevivencia de los negros y hoy es un arte universal.
Después de cuatro años obedeció a su propia necesidad de expandir los conocimientos y obtuvo una beca en Gran Bretaña. Recibió entrenamiento en microbiología de alimentos durante varios meses y pudo evidenciar la diferencia del sistema educativo británico en relación con el de Estados Unidos. Luego fue a Escocia, a la Universidad de Strathclyde, reconocida por el énfasis en la creatividad. Conoció, entre otros, al profesor John Smith, microbiólogo de trayectoria mundial, quien reforzó en Raúl las habilidades en la investigación científica.
Lo que sigue es un historial en continua elevación hacia la creatividad científica.

El mejor invento
El arduo camino recorrido por Raúl Cuero es dilatado e imposible de recoger en pocas páginas. No es fácil tener una visión de conjunto del mundo, se requiere un conocimiento muy amplio y unitario sobre diferentes disciplinas. No puede haber fronteras vedadas entre una y otra disciplina, el sentido creativo requiere plena libertad. Y para ejercer la creatividad, es decir, lograr lo que antes nadie ha logrado, además del talento, es necesario tener valor y persistir sin tregua.
En sus indagaciones sobre biogénesis, Raúl no desdeña nada: la Tabla Periódica de los Elementos creada por Mendeleyev. Dice a propósito que “Si Galileo Galilei mostró la referencia universal, Mendeleyev mostró de qué estamos hechos”. La teoría atómica de Niels Borh, la evolución postulada por Darwin y Wallace, la teoría cuántica de Schröringer y Einstein… Sus investigaciones, hoy financiadas por la NASA, muestran la alta interacción que existe entre la emisión de electrones, el crecimiento celular y el metabolismo. Utilizando la biotecnología puede practicar conceptos sobre mecánica cuántica que le permiten precisar rasgos de vida en ambientes extraterrestres, como en Marte o la Luna. Tiene que ver con su inquietud fundamental del origen de la vida en la Tierra, la comprensión de las enfermedades y los procesos de la muerte.
Sus descubrimientos se dirigen a resolver problemas de contaminación que afectan la calidad de vida en nuestro planeta. Cómo limpiar las aguas contaminadas por el petróleo, la polución ambiental debida a emisiones de gases tóxicos, las radiaciones en los alimentos. La exploración del mundo microbiano -parásitos, hongos, virus, bacterias- ha sido la columna vertebral de sus investigaciones. Los alimentos naturales contienen elementos antimicrobianos y su uso continuo y en buenas cantidades es preventivo contra las infecciones. Rescata las costumbres ancestrales que utilizaban el clavo, la canela, el perejil, el cilantro, el jengibre y muchos más.
Le preocupa la contaminación bacteriana en los alimentos. Las buenas dietas no nacen en la mesa sino en los campos. Raúl fue criado comiendo pescado varias veces al día, y comer pollo o carne roja era un lujo. En el mundo de hoy es al contrario.
Uno de sus primeros aportes científicos fue desarrollar compuestos naturales para combatir los microorganismos tóxicos. A partir de esta experiencia Raúl cambió su método de investigación que consistía en sacar conclusiones basado en un principio, por el de extraer leyes a partir de experiencias particulares. Esto le permitió avanzar a grandes pasos en la búsqueda creativa de conceptos básicos con la ciencia aplicada. Su lucidez fluyó más y mejor. Esto le ha permitido generar más de veinte invenciones, como desarrollar una tecnología para eliminar materiales químicos tóxicos y radionucleares utilizados para controlar la contaminación por el deterioro de las plantas nucleares en Fukushima, Japón.
La NASA Brief Technology en diciembre de 2007 le otorgó un premio por: “La eliminación efectiva de la contaminación por radionucleidos como Metales de uranio y tóxicos, Uso del suelo marciano simulante (ceniza volcánica)”. Este trabajo también se dio a conocer en la publicación tecnológica de la NASA, porque la patente de esta invención que hizo para la NASA contribuye al adelanto de la investigación espacial.
Descubrió una molécula natural que bloquea la radiación ultravioleta para evitar el cáncer de piel. Ha desarrollado un método para producir nanopartículas naturales (millones de veces diminutas) que impactará la tecnología porque hasta el momento esas nanopartículas son sintéticas y muy costosas. Por este Descubrimiento de invención y Nueva Tecnología la NASA le otorgó otro premio en febrero de 2009.
Su atención está centrada actualmente en el desarrollo de un compuesto natural que aumente la fertilidad y la reproducción en animales y en humanos, en la búsqueda de nuevos antibióticos, en inventar una tecnología que permita convertir el agua salada en agua potable, en producir un detector de colesterol…
Pero el invento que le produce mayor alegría es de los Parques de la Creatividad, laboratorios fundados por él y que se encuentran en Colombia, Estados Unidos, México, Israel, donde miles de jóvenes pueden explorar de manera lúdica su capacidad inventiva, crear nuevas tecnologías y nuevos paradigmas. “Es el invento que más aprecio porque está enfocada para crear la cultura de la creatividad en los jóvenes”. En ellos Raúl Cuero ha podido poner en práctica su forma de pensamiento: no hay nada mejor para el desarrollo individual y la armonía entre las personas, que el espíritu creativo. Como dijera Nietzsche: “La madurez consiste en recuperar la seriedad con que jugaba cuando era niño”.
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Fuentes consultadas
– De Buenaventura la Nasa. Cuero R. Raúl G., Una vida entre el triunfo y la supervivencia. Intermedio Editores 2011.
– Así es Raúl Cuero. Margarita Rosa Silva, El País, Cali. Marzo 21, 2012
– Colombiano, genio de la Nasa, quiere crear vida en Marte. Andrea Linares Gómez. Vida de Hoy, Elcolombiano.com
– Reportaje a Raúl Cuero. Orlando Mejía Rivera. Revista Universidad de Antioquia.
– De pobre en Buenaventura a Científico en la NASA. John Eric Gómez Marín. El Colombiano. Noviembre 18 de 2009.
– La creatividad es un camino solitario. Entrevista en la Revista Semana. Abril 7 de 2012.
– Nunca planeo un invento. Elespectador.com, 5 de septiembre de 2012.
– Triunfa en la NASA. Margarita Vidal, El País, Cali. Septiembre 3 de 2011.
– Raúl Cuero, el científico colombiano que tuvo la fortuna de la escasez. Catalina Oquendo, Eltiempo.com. Septiembre 8 de 2011.

Palabras al viento o
Los infinitos umbrales
Leonardo Agudelo Velásquez

(Crítica)

Leer a Ángel Galeano Higua en Palabras al viento, luego de haberlo conocido desde hace más de cuatro décadas produce una extraña sensación, parece uno enfrentado a dos personas. Uno el profesor del Inem durante quinto y sexto de bachillerato, docente de electricidad y electrónica recién llegado de la capital y luego presidente de Aceinem, Asociación de Profesores del Inem “José Félix de Restrepo”, llevando el megáfono portador de la “voz del pueblo”. Poco después supe por mis amadas profesoras de español y literatura: Laura Pineda y Laura Escobar que había viajado a Magangué: “Al trabajo Político”. Así fue durante varios años, hasta un ceniciento domingo, recién llegado a Bogotá con mi maleta habitada por una muda de ropa, dos libros junto al diploma de Historiador, cuando me topé con una carta suya en la sesión del lector del Magazín del Espectador, creí por sus líneas en tan importante diario que se había convertido en un gran intelectual y eso me regocijo aquellos inciertos días en la capital.
Nos reencontramos gracias al laberinto de internet y supe que se había convertido en todo un gestor cultural, eso llevó a que me vendiera su novela El río fue testigo, una especie magnífica de autobiografía y literatura, donde redescubrí el universo Caribe a ojos de un bogotano. Escribí algunas piezas para ese caballito de batalla que Ángel se había inventado en Magangué; El Pequeño Periódico. Mi antiguo profesor era un delicado cordón umbilical que me recordaba las cosas que yo anhelaba de joven estudiante, por eso respondía emocionado a sus pedidos para esa línea de batalla de su periódico: una criatura creada de tinta, papel y la eterna convicción de Ángel que: “otro mundo es posible”.

Ese era a quien yo recordaba hasta leer Palabras al viento, más que una autobiografía: toda gran literatura es el pretexto de un creador para danzar frente a la inmortalidad, su libro de cuentos semeja una geografía de su sensibilidad: como finos trazos de los pinceles sobre papel de arroz con que los chinos nos han dejado su pictogramas al lado de lo cual dibujan nebulosos paisajes con las fuerzas de la naturaleza. Cada uno de los relatos del libro es un pedazo de la piel curtida, de su naturaleza. Con imágenes que corren como ríos subterráneos de relato a relato: árboles de donde sus hojas parten al otoño, pintorreteadas ejecutivas, la sinfonía del papel bajo la punta del lápiz. Semeja el texto un tríptico que termina con los paisajes calcinados del intenso amor. Allí resuma mucho amor: Conversaciones con un retrato; Soledad de ayer y de hoy, Las hojas de Noelia.
Su narrativa es un encuentro poético con los cuatro elementos de la creación: aire, agua, tierra y fuego que mutan gracias a su narrativa, en hojas que caen de los árboles, o en nubes jugando a ser motas de algodón: o la música frenética con la agonía líquida del ahogado, el amor por las figuras lineales o los libros: “las palabras que caen y los objetos en fuga”. Todo lo anterior para llegar a esa zona de “Twiling Zone” de Cambio de renglón o El Otro viaje, un extraño relato que rebela los bordes cortantes, ocultos en la nebulosa del inconsciente humano.

Al final un bello texto para él, que ama, él que sabe que va a morir y para aquellos que saben que el oficio de la gran literatura es recordarnos ese ‘algo’ que merece ser salvado de este naufragio cósmico en que está empeñada la especie.

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