El río fue testigo

Libardo Botero C.

Angel Galeano H. (Dibujo de scz)

Cuando Ángel Galeano Higua me solicitó participar en el lanzamiento de su novela El río fue testigo como presentador le dije que sí de golpe, sin meditarlo, pero al instante me asaltaron poderosas dudas. No me he podido explicar la razón que tuvo Ángel para echar sobre mis hombros tan honroso y difícil encargo, a sabiendas de que no soy escritor ni mucho menos crítico literario. Supuse que lo motivó nuestra larga amistad, signada por viejos y comunes afanes políticos y mi complicidad de siempre con buena parte de sus incontables aventuras culturales. Vistas las cosas así me tranquilicé y decidí enfrentar el reto de la mejor manera que podría hacerlo: relatando algunos episodios y exponiendo algunas reflexiones sobre la saga personal de Ángel y de quienes transitaron por los recovecos que recorre la novela, lo mismo que sobre el trasfondo de su trama. Escabulléndome por ese atajo de opinar sobre materias en los cuales soy lego o simple aficionado, como sería perorar sobre la factura estética del libro. Terminé por convencerme de que esa era la salida y que de pronto esa había sido la intención del autor cuando supe que Ángel había invitado también a disertar a Gonzalo España, este sí ducho en asuntos novelísticos.

Conocí a Ángel hace más de veinte años, en Magangué, por allá en la época en que se iniciaba en el sur de Bolívar la aventura sui géneris de los “pies descalzos”, que lanzó a los campos y poblados alejados de Colombia a una generación de idealistas, con el cometido de ganarse el corazón y la mente de las gentes humildes de aquellos rincones a fin de construir las bases que posibilitarían luego el salto a la conquista de las grandes urbes, para crear una nueva patria más justa y democrática. Yo vivía en Cartagena desde donde coordinaba aquella empresa política en el departamento y contribuía con regularidad al proyecto de los “descalzos” en el Centro de Bolívar. Sin embargo, gracias a mis frecuentes viajes al sur y a los de Ángel a Cartagena, mantuvimos una relación estrecha por cerca de una década.

Fui testigo de excepción de esa singular epopeya hoy casi desconocida y olvidada que constituye el telón de fondo mismo de la obra, y dentro de ella del papel notable de Ángel, aferrado a sus convicciones e ilusiones de que no puede conseguirse mejoramiento económico, social o políticos valedero ni persistente de nuestras gentes si no esta acompañado de una vigorosa faena cultural. La novela tiene tintes autobiográficos indiscutibles aunque posee la armazón imaginaria que su autor quiso darle, con una urdimbre muy singular de los personajes y los sucesos, y el desenlace imprevisto. Yo no sé si, parodiando a nuestro Nobel, Ángel la vivió para contarla; lo que sí puedo aseverar es que vivió intensamente lo que cuenta.

En los entretelones del relato descuellan dos aspectos que quisiera comentar. Primero, la encomiable labor en la esfera cultural allí referida. Pese a la riqueza e intensidad que la novela plasma, es apenas una muestra somera de lo que en verdad Ángel propició en aquellos años. Toda una gama envidiable de iniciativas que abarcaban desde el acompañamiento regular de las brigadas médicas con presentaciones artísticas, hasta la organización de conferencias sobre temas académicos, el empeño de la biblioteca ambulante como especie de brigada de lectura por las veredas, la fundación y publicación por varios años de El Pequeño Periódico, el estímulo de actividades plásticas y literarias entre niños y jóvenes, la divulgación de avances científicos, la realización de exposiciones de pintores y presentaciones teatrales de reconocidos artistas del país, en una lista que podría volverse interminable. Para el Sur de Bolívar fue, en pequeño, una auténtica revolución cultural.

Pero no se limitó a Magangué y sus alrededores ese esfuerzo. A través de El pequeño Periódico, por ejemplo, fue adquiriendo dimensiones nacionales. En el mismo ámbito de Bolívar se forjó una estrecha ligazón con la intelectualidad del centro del departamento y de su misma capital. La Fundación Héctor Rojas Herazo, que aún subsiste, con epicentro en Cartagena, y que ha desarrollado por dos décadas una tarea magnífica, se forjó en aquellos años por el entronque de la labor de Ángel Galeano en Magangué y un grupo de destacados escritores y artistas en Cartagena, a cuya cabeza estaba y permanece aún hoy Jorge García Usta. Casi como lo relata en la novela, me parece ver todavía a Ángel llegar a Cartagena con su paquete de periódicos a cuestas para repartirlos entre los amigos, y su desasosiego con quienes no le ponían o no le poníamos la perseverancia que demandaba su distribución. La misma inconformidad que sigue siendo un rasgo de su carácter, que aunque veces causa molestia entre quienes lo rodeamos en verdad es el motor permanente que lo ha llevado a no rendirse ante nada, a no estar satisfecho con lo andado, a buscar nuevos retos y metas, y a convertirse en un permanente jalonador y promotor de empresas culturales.

El otro elemento importante de la novela es el de la violencia. Aquel período de nuestra historia, los años ochenta del siglo pasado, presenciaron –como el Magdalena, el río de la novela- el inicio de la expansión de unas agrupaciones armadas que a sangre y fuego se instalaron en distintas regiones, imponiendo su férula. Antes, a finales de los setentas, al sur de Bolívar había llegado una pléyade de “descalzos”, creando ligas y cooperativas campesinas dedicadas a buscar el bienestar de aquellas masas olvidadas y abandonadas, en una labor anónima, esforzada y paciente. De golpe irrumpieron los mismos grupos guerrilleros que hoy devastan el país, imponiendo su voluntad a los trancazos, extrañando o asesinando a quien osara oponérseles, exprimiendo las faenas productivas o propiciando su sustitución por otras non sanctas. El choque fue violento: pese al carácter pacífico de la empresa de los “descalzos”, costó la vida a valiosos e inolvidables compañeros, y obligó al repliegue de las huestes propias. La novela es un testimonio sin igual de distintos episodios que retratan la brutalidad y agresividad de los alzados, quienes no solo expulsaron a los “descalzos” del campo, sino que llegaron a acosarlos en los poblados cercanos, a través de sus tentáculos urbanos. El desenlace angustioso con que el autor remata la trama del libro es la expresión alegórica pero verídica del capítulo final de aquella gesta.

No fue la irrupción de la violencia en aquellas tierras, valga la pena decirlo, la expresión organizada de la rebeldía y descontento de sus arruinados y humildes pobladores. Por el contrario, ellos venían empeñados desde hacía años en una tarea titánica de sacar a flote sus faenas agrícolas y mineras, usando la fuerza de sus brazos únicamente para golpear la tierra nutricia y extraerle sus frutos. Las hordas de bárbaros que al sur arribaron nunca fueron ni han sido los representantes de sus moradores, solo sus verdugos. A la fuerza, sembrando el pavor sobre ríos de sangre, levantaron sus feudos sobre la masa campesina inerme. De otro lado, el abandono estatal y su desinterés por contener a los alzados, les abrió el camino. La novela, a veces casi en tono de crónica periodística, con pincelazos crudos pero empleando un lenguaje delicado, pinta sin esguinces estas verdades.

Como lo ha expresado Gonzalo España en la contraportada del libro, aunque alejados por dos décadas los acontecimientos que relata tienen una actualidad brutal. Y se convierten, por fuerza del discurrir trágico del país, en un renovado llamado a no olvidar. El toche Rolón, Aydeé, los Ávila, fueron algunos de los primeros mártires de esta noche interminable de sufrimientos de la patria, cuyo sacrificio no fue en vano. No sé si su autor se lo haya propuesto, pero encuentro en la novela un simbolismo claro detrás de la descripción minuciosa de aquella historia local: está allí reflejada la suerte de la nación en aquellos años, cuando huérfana de liderazgo solo atinó a retroceder ante el embate de los violentos. Pero a la vez, en la descripción de los personajes con sus esperanzas y sus sueños, se traslucen un vigor y una tenacidad que presagian otros tiempos menos angustiosos, de una auténtica rebelión contra los rebeldes, que nos saque del atolladero, como parece que ha empezado a ocurrir.

No quiero terminar sin referirme a una inquietud que me asedia hace lustros. Valga consignar alguna anécdota para ilustrarla. Talvez a finales de los setentas o comienzos de los ochentas el Teatro Libre de Bogotá, con la dirección de Ricardo Camacho, montó La Madre de Brecht. Ya Jairo Aníbal Niño lo había hecho en Medellín unos años antes, por la época del movimiento estudiantil de 1971, con un éxito clamoroso entre los jóvenes revolucionarios que lo seguíamos como magnetizados de función en función. En vísperas de su estreno oficial Camacho realizó una presentación cerrada para un grupo de personas allegadas, entre quienes sobresalía Francisco Mosquera, y por cualquier circunstancia tuve el privilegio de estar presente esa noche. Terminada la obra se abrió un espacio para escuchar opiniones de los asistentes. Cuál no sería la sorpresa de todos, empezando por la mía que aún vibraba con la obra y su montaje, cuando Mosquera se fue lanza en ristre contra la misma, con todo el tacto de que era capaz, pero con entera franqueza. A una distancia tan larga en el tiempo no me es fácil reconstruir sus palabras, pero la esencia consistía en afirmar que había algo que no casaba en lo que había visto y oído. La grandeza de la obra de Gorki, señaló, residía en que la madre había seguido al hijo y lo había apoyado en sus actividades revolucionarias por su amor de madre y no por razones políticas e ideológicas. Brecht en cambio, a juicio suyo, había efectuado una desfiguración al presentar la madre como una revolucionaria, como una militante. Definitivamente el mérito de una obra literaria no estribaba en hacer manifiesta una intención política por más loable que su autor la considerara.

Confieso que no logré asimilar el golpe por buen tiempo pero empezaron a brotar en mí las dudas. Después, ya no recuerdo cuándo ni dónde, le escuché a Francisco Mosquera de nuevo defender con vehemencia la importancia de la forma al escribir, del estilo, colocando este aspecto por encima del contenido –como se estilaba decir-, a contrapelo de los dogmas prevalecientes en la izquierda. Su osadía llegó hasta el punto de sustentar tan insolentes criterios apelando a la célebre expresión, que mi memoria brumosa atribuye a Guillermo Valencia, de “sacrificar un mundo para pulir un verso”, que todos teníamos como un adefesio. Quienes  conocimos a Mosquera –para más señas el gestor del turbión de los descalzos-, podemos además dar fe de su preocupación casi maniática por el estilo y la forma de escribir.

Las dudas sembradas en mí en aquel entonces, poco a poco se fueron tornando en certezas, aunque por un buen tiempo las relegué al cuarto de San Alejo. Revivieron hace poco más de un año, cuando Ángel me entregó un original de la novela para que lo leyera y le expresara mis opiniones. Ya sabía yo que las venturas y desventuras de los “pies descalzos” en el sur de Bolívar eran el epicentro de la narración. Quería al leerla, como es natural, refrescar episodios gratos e ingratos que una capa de olvido cada vez más densa, tendida por el tiempo, tenía sepultados en la trastienda de mi memoria. Pero mi curiosidad iba más lejos. Pese a que conocía a Ángel y sabía de su escaso apego por la dogmática, anhelaba descubrir cómo habría hecho para escribir una novela sobre un tema de tan alto voltaje político y con un sello partidario tan acusado, sin caer en el estereotipo, alejado de cualquier tentación panfletaria, y además escurriéndole el cuerpo a la monotonía y al fastidio propios de los ajetreos políticos.

Cuando cerré la última página de El río fue testigo la ansiedad había dado paso al asombro. En mi humilde sentir Ángel no solo logró superar el reto singular de novelar un episodio político. Alcanzó mucho más. Consiguió crear una obra que apasiona y atrapa, por encima de cualquier consideración doctrinaria del lector, porque, como las buenas novelas, se apega a la vida sin esquemas, como es la vida misma; porque a través de la sencillez del acontecer diario nos conduce sutilmente a los actos más heroicos o sublimes; porque descubre el gesto preciso en el momento apropiado que desnuda el fondo de un sentimiento acendrado; porque penetra con envidiable dominio en las costumbres, tradiciones y vivencias de las gentes de ese trozo de Colombia y las describe con mano maestra; porque supo descubrir en un retazo de la patria un compendio magistral de sus dolencias pero también de sus anhelos más sentidos.

Medellín, sept. 3 de 2003

Biblioteca Pública Piloto

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