“El río fue testigo” en Magangué

Cuando amaneció y el sol enrojecía la sabana entre Sincelejo y Magangué, empecé a escribir unas palabras en mi libreta para decirlas en esta reunión. Al tornar a este puerto volvimos a ver la película tantas veces repetida e iniciada hace 23 años, cuando un grupo de soñadores decidimos abandonarlo todo en la ciudad para irnos detrás de una visión que sólo nosotros veíamos. Volví a recordar la alegría con que los magangueleños sueles derrotar la desesperanza, esa forma de alma limpia que cada día los hace vigorosos a pesar de las desgracias. Al ver de nuevo la sabana supe que el paisaje hacía parte del embrujo. Que la comunión se hizo perfecta entre los tres componentes: la utopía, el paisaje y sobre todo la naturaleza alegre, cordial y generosa de los pobladores del Sur de Bolívar.

Fuimos un agregado de fuera cuyo único propósito era servir a la comunidad. Soñábamos con vivir para siempre aquí y por eso quemamos nuestras naves al venirnos, sin pensar jamás que regresaríamos a las grandes ciudades donde nos ahogaba el humo, el cemento y el tumulto de espejismos donde priman las carencias para los humildes. Esas grandes ciudades deshumanizadas y que deshumanizan incesantemente. Esos laberintos del vértigo donde la única práctica es la salvaje fatalidad de “sálvese quien pueda”.

Vinimos médicos, bacteriólogas, ingenieros, economistas, optómetras, sociólogos, odontólogos, artistas, y hasta yo, un inservible aprendiz de escritor que quería contar esa epopeya. Y trajimos a nuestros niños como muestra de toda nuestra entrega. Y nos unimos con los médicos, los bacteriólogos, abogados y demás profesionales de la región y todos ganamos porque sumamos fuerzas para los mismos propósitos. Así nuestra sensibilidad creció y aprendimos lo que nunca jamás se aprende en las universidades ni en los libros: la alegría de vivir sencilla y limpiamente. Magangué nos enseñó eso y siempre lo llevaremos en el corazón.

Por eso les traigo el saludo del doctor Roberto Giraldo, de la doctora Silvia Casabianca, de Alejandro Acosta, Fernando Alameda, Álvaro Garcés, Bety Velásquez, Patricia Botero… y tantos descalzos que tuvieron la gracia de venir aquí. Y aunque nos tocó partir debido a la noche oscura que cayó como una maldición sobre la región y el país, algo muy íntimo y profundo se nos quedó aquí, en este puerto, en este río, en ustedes.

La vida de todos los que vinimos aquí en la alborada de los años 80s quedó grabada para siempre con el hierro candente de la historia viva de Magangué.

Regados como estamos, en diversas ciudades del país y del mundo, cuando conversamos el hilo del Sur de Bolívar siempre es tema favorito, alegre y doloroso, porque aquí en esta hermosa región corrió la sangre de algunos de nuestros compañeros.

¿Entienden porqué tenía yo que escribir esta novela? Era una cuestión de vida. Un atrevimiento mío de plasmar en palabras la inmensidad de una experiencia humana, real y colectiva. Sé que sólo he logrado atrapar una gotita de este océano, pero es mi cuota, nuestra cuota, porque Carmen Beatriz y Bárbara tienen su alta participación, primero porque hicieron parte de esa avalancha libertaria de los descalzos, y segundo, porque supieron soportarme durante más de 15 años en que me empeciné en darle forma literaria a los recuerdos, a las lecturas, testimonios, silencios y soledades.

El libro es un homenaje sin condiciones a los pobladores de Magangué y la cuenca del Bajo Magdalena. También lo es para todos mis compañeros que entonces éramos un solo ideal. Y es un testimonio de admiración por Francisco Mosquera, Pacho, el timonel de esta empresa, el hombre que diseñó toda la estrategia de llegada y también de retirada para salvarnos la vida. Un homenaje a Pacho que supo avizorar la potencialidad de nuestro pueblo. Él salvó a una generación entera del turbión oportunista y enceguecido de la lucha armada. Vivió pendiente de no hacer concesiones a las aventuras desesperadas de los desesperados.

Este libro lo escribí porque me lo exigía el alma y el corazón, y ojalá todos estos jóvenes que esta noche nos acompañan en este lugar tan acogedor, como es Casetabla, casa de don Antonio Botero, nuestro hermano del camino, la empiecen a leer para que comience la indagación de la patria que era esta Colombia cuando ustedes eran niños. Sueño con que ustedes, hombres y mujeres del futuro, se valdrán de la historia de finales del siglo veinte y los dos primeros años del presente, para que comprendan qué pasó en esta noche amarga y se dispongan a ayudar en la reconstrucción nacional sobre los escombros de esta salvaje peste. Ojalá cuando ustedes tengan nuestra edad puedan gozar del respeto en el mundo entero, que hoy no tenemos.

Las desgracias que han sucedido en nuestra nación no deben repetirse nunca más. La literatura sirve para hacer más felices a los seres humanos, pero por encima de todo debe servirnos para la memoria, para no olvidar, para utilizar sabiamente el legado que nos dejan los mayores.

Hago entrega de este libro con la humildad del aprendiz, dispuesto a continuar ejercitándome con las palabras, con la poesía de la vida diaria, para seguir contando las vicisitudes, aciertos y sueños de nuestro pueblo. Porque un pueblo que no sueña está perdido en un presente engañoso.

Gracias.

Palabras de Ángel Galeano Higua, al presentar el libro El río fue testigo en el recinto de Casetabla, puerto de Magangué, Sur de Bolívar, 12 de octubre 2003