La vergüenza de escribir

Ángel Galeano Higua

Al hacer un balance de los quince años que duré escribiendo este libro, El río fue testigo, más ocho, viviendo la experiencia de los descalzos en el Sur de Bolívar, lo primero que me asombra es esa cifra de 23 años. Me parece increíble que haya transcurrido tanto tiempo. Tanto, pero a la vez tan corto, porque a veces pienso que escribí esta historia más rápido de lo debido.

¿A qué horas pasaron tantos años? ¿Qué hace que Carmen Beatriz, Bárbara y yo estábamos, al igual que un puñado de compañeros, haciendo maletas para unirnos a esa aventura del conocimiento?

¿Será que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas, tal y como lo sugiere Margarite Yourcenar en su libro “El tiempo, gran escultor”, y Nabokov, en su texto autobiográfico titulado: “Habla, memoria”?

¿Qué ha hecho posible que mientras muchas cosas cambiaron en el mundo, en el país, en la ciudad, en mi familia, en mí mismo, yo haya seguido empecinado en este libro? No tengo idea. “El trabajo llamaba, todos los hornos estaban encendidos, los éxtasis de la concepción atenuaban los inevitables dolores: así el aprendiz era instrumento humilde de una voluntad, en apariencia el ser más libre, cuando en realidad era el más esclavo”, dicho en palabras de Balzac.

En casa del aprendiz reinan las mujeres

Recuerdo que al regresar a Medellín, la sensación fue de un inmenso desamparo, como les sucede a todos los desplazados. Había que empezar de nuevo, pero con una tremenda carga en el alma. Inclusive con la dolorosa experiencia de ver cómo algunos de los viejos camaradas cambiaban de acera al vernos, como si fuésemos portadores de quién sabe qué pestes. De aquel retorno, eso fue lo más duro de todo. Menos mal que otros compañeros nos tendieron su mano generosa.

Carmen Beatriz y yo habíamos aprendido algo muy importante: a mantenernos unidos para poder ponernos de pie nuevamente. Bárbara había vivido su infancia en Magangué y todavía dependía de nosotros. Por eso el libro lo he dedicado a ellas dos, pues al fin y al cabo ellas tuvieron que soportar esta carga pesada y porque sin su comprensión me hubiera quedado muy difícil hacer lo que he hecho. Además, en casa del aprendiz de escritor reinan las mujeres, como diría Kundera.

El escritor no sabe: imagina

Creo que ese espíritu de construir una nueva oportunidad es el más grande tesoro que nos ha legado la generación de los descalzos, a cuya cabeza indiscutiblemente marchó un hombre fuera de serie: Francisco Mosquera Sánchez. Pacho marcó la vida de todos nosotros, una generación, la salvó, la proyectó y nos enseñó a amar la libertad. Por eso, junto a nuestro Gran Río Magdalena, él es uno de los personajes centrales en este libro.

¿Pero qué era lo que me permitía mantenerme con la pluma en la mano? Hablando con franqueza, no lo sé. Quizás sea cierto eso de que el escritor y el artista no saben: imaginan, y que su aventura consiste en decir lo que ignoran. Sí, eran muchas las cosas presentidas, teníamos la cabeza repleta de perplejidades. Medellín era otra ciudad que retumbaba en las noches por las bombas del narcotráfico. Colombia estaba en vísperas de tener otra Constitución cuyos pregoneros afirmaban que sería el remedio para todos los males del país.

El amuleto

A los pocos meses de estar deambulando por la ciudad y sin empleo, escribí una página en la que plasmé una especie de desfogue inconsciente, un pensamiento largo, como para darme ánimos a mí mismo.

Era una hoja escrita en una vieja máquina Remington que me prestaban en la oficina de la Cooperativa de Empleados Bancarios y a veces en las de algunos sindicatos como Sittelecom, Sintraempaques y Sintravicuña. Cada mañana yo ponía esa hoja frente a mis ojos, durante largo tiempo la leía en silencio para darme fuerzas. A veces, estando solo, la leía en voz alta y casi llegué a aprendérmela de memoria. Cuando la novela iba mal, mejor dicho cuando las palabras no me obedecían y después de largas horas de trabajo no lograba terminar ni un renglón que valiera la pena, cuando los personajes hacían lo que les daba la gana y yo no había aprendido a usar el látigo ni a dejarlos volar todavía, o a convencerlos para que siguieran la ruta que yo les había trazado, cuando ese maldito cliché lo enturbiaba todo, sacaba esa hoja como si fuera una bandera y la colocaba junto al pocillo de café humeante, frente a mí, sobre la mesa redonda del comedor donde me acostumbré a escribir desde niño, y la leía y releía una y otra vez. Por supuesto que la hoja con esta especie de acto de fe hoy la guardo como un amuleto.

La mano izquierda

Escribí este libro siete veces, seis de ellas bajo el título de “Los últimos descalzos”, llegando a tener más de mil páginas, las que me propuse reducir a la tercera parte. En el último borrador comprendí que ese no era el título para una historia que se desarrollaba mojada en las aguas de un gigante moribundo y callado, nuestro Río Magdalena. Entonces cambié el título por el de “El río fue testigo” que me ayudó a capotear los últimos tropiezos formales.

Al comienzo escribí como un lunático. Había días que llenaba hasta 20 cuartillas a mano. Fue un desaforado encantamiento, hasta cuando mi mano derecha empezó a fallar y me tocó echar mano de la mano izquierda. Fue una crisis terrible, pero cada mañana me propuse aprender a tomar el lápiz con la mano izquierda, trazar rayitas y círculos tal como me enseñó mi madre junto al lavadero cuando era niño, hasta ir dibujando poco a poco las letras para unirlas luego… ¿Cuánto tiempo se me fue en ese re-aprendizaje? No sé, pero hoy todo lo que escribo pasa primero por esta mano salvadora y luego voy con ambas al computador.

La vergüenza de escribir

Todo esto no es más que anecdótico y no pretendo otra cosa que mostrar una faceta de la férrea disciplina, la descomunal persistencia que un aprendiz debe desplegar para lograr su cometido. Un aprendizaje que prosigue, porque al volver a leer la novela he comprobado que me he quedado muy corto, que la realidad es inmensamente más rica. En días pasados estaba leyendo algunos apartes del libro y en esos reburujeros que siempre se forman sobre la mesa, descubrí un pequeño folleto editado por el Metro de Medellín y Comfenalco, que me habían regalado días atrás las hermanas Posada De Greiff, unas bondadosas amigas de un taller de literatura que tiene Comfama en las Torres de Bomboná. Pues bien, el folleto estaba abierto sin saber por qué en la página siete y un párrafo resaltado me miraba fijamente y me llamaba con tal fuerza que no pude evitar leerlo, era un texto de Gabriela Mistral que decía: “De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño”. Eso era precisamente lo que yo estaba sintiendo pero no sabía expresarlo. Una vergüenza, sí, porque apenas voy aprendiendo a manejar nuestro idioma, escudriñándole sus secretos milenarios, gozándome sus maravillas, asombrándome de su anchura, de los resortes que tensionan sus leyes, de la forma como las palabras se aparean, nacen, crecen, caminan, corren, gritan y se esconden en las callejuelas de los barrios y bajo los puentes, en las fábricas y en los vericuetos de este laberinto de cemento y humo. Al mismo tiempo he ido aprendiendo a reconocerme como a uno de los hijos de esta nación, a descubrir a mis compatriotas cargados de ilusiones, duelos y esperanzas.

Soy hijo de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

Las dificultades para escribir este libro fueron muchas. Empezando por mi ignorancia, repleta de cliché y pobreza panfletaria. No tenía ni idea de cómo empezar a escribir la novela, aunque había leído muchas novelas desde mi adolescencia. Había intentado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO hacer entrevistas, reportajes, crónicas y entonces me propuse corregirlos con el pretexto de agruparlos en dos libros: “Rumor de río” y “Navegantes de la utopía”. Este proceso editorial me mostró varios de ellos pésimamente escritos. Qué pena tan grande se siente al verse uno mismo plagado con tantos errores juntos. Pero sobre ese manojo de rudimentos tenía que empezar a aprender a escribir lo que había presenciado en el Sur de Bolívar y que me había conmovido las fibras más íntimas de mi ser. Debía contarlo aun cuando fuera para mí mismo. Desde luego había tomado notas hasta de lo más pueril. Tomaba fotografías, grababa, todo lo quería recoger y transformarlo en palabras. Llenaba cuadernos, escribía por el respaldo de cualquier hoja, un recibo, una chapola de propaganda, lo que fuera. Sin ningún plan definido, sin una estructura. Nada. Sólo dejándome llevar por el acto de escribir. Y también de leer, sobre todo a los grandes clásicos. Mientras estaba en esta batalla, se fueron descolgando algunos ejercicios que se rebelaron y se agruparon bajo títulos como “En la boca del cura” y “Palabras al viento”.

Sin EL PEQUEÑO PERIÓDICO tampoco hubiera podido avanzar y por eso me considero un hijo suyo. En el fondo de esta novela está la historia del nacimiento del periódico tal y como sucedió hace 21 años. Por un momento pensé que el periódico sería el único eje central de la novela. Pero no, porque otros personajes me sacudían de la solapa y me gritaban a la cara: ¡Aquí estamos! Entonces volvía a ver a las bandadas de niños descalzos que se movían como pequeños pájaros en aquellos villorrios, algo delgados pero siempre alegres. También me daba vueltas Totó La Momposina con su maravillosa voz y su baile mágico, las cantaoras de Talaigua y toda esa gama de grupos musicales… Y la historia de las brigadas de salud se irguió como uno de los pilares de la novela. A la cabeza, otro gran hombre, el médico Roberto Giraldo, un científico antioqueño que también lo dejó todo por irse a esas alejadas regiones para servirle a la comunidad. Hoy, este compatriota está recorriendo el mundo compartiendo sus investigaciones sobre el Sida, el cual, según sus estudios, no es viral, pues, además, el tal virus nadie lo ha visto, nadie lo ha aislado todavía y sólo nos han vendido una imagen construida en el computador. En este mismo recinto de la Biblioteca Pública Piloto estuvo él exponiendo con lujo de detalles que el Sida es una enfermedad infectocontagiosa, que no se transmite sexualmente y que su cura puede ser tan barata como tratar una amibiasis o quizás menos. Un personaje de esta talla tiene asegurado su puesto en la historia, y la literatura también tendrá que dar cuenta de esa titánica tarea.

La biblioteca que anda

Otro personaje que no me dejaba en paz era la biblioteca ambulante, la que llevábamos de pueblito en pueblito por las riberas del Magdalena, por los caminos de la Serranía de San Lucas, por las ciénagas y quebradas… Una biblioteca ambulante que iba a la par con las brigadas de salud y con el periódico. Y digo personaje porque a veces parecía que la biblioteca tuviera vida propia, se movía sola, la dejábamos en un pueblito y aparecía en otro.

¿Pero a dónde llegaban esas brigadas? Nada menos que a aquellas regiones donde los descalzos estaban construyendo cooperativas campesinas. Se llegaron a unir cientos de pequeñas cooperativas en una sola, gracias a la propuesta visionaria de Pacho, hasta conformar la Cooperativa Integral Campesina de Bolívar, con miles de afiliados. Esta empresa llegó a comercializar gran parte de las cosechas de los campesinos de aquella región: arroz, sorgo, maíz, plátano, pescado, fríjol y hasta oro y madera.

Con este puntal la novela se encumbra, diría yo. Aún me parece estar viendo las lanchas en el puerto de Magangué descargadas por docenas de coteros que trasladaban cientos de bultos a los camiones llegados de Medellín, Barranquilla o Bucaramanga. Y los precios siempre fueron favorables para los labriegos. ¿Cómo dejar por fuera de la novela este hecho sin precedentes allí? Fue una demostración de que Colombia tiene vocación agrícola y puede auto-sostenerse e inclusive alimentar los mercados de otros países, que no tiene ninguna necesidad de comprarle trigo a los Estados Unidos, ni arroz ni muchos otros productos, si se liberan debidamente las fuerzas productivas del campo. La Cooperativa fue una verdadera empresa revolucionaria.

“Mentir bien la verdad”

El manejo de estos hechos y personajes fue para mí una escuela formidable. Tuve que estudiar muchas cosas durante varios años, viajar, entrevistar de nuevo a los campesinos, buscar a los descalzos dispersos por todo el país, consultar documentos, leer periódicos, ir a las bibliotecas de Bogotá, Cartagena, Medellín. Comparar y comprobar todo, a tal punto, que puedo asegurarles que los datos que aparecen en la novela son rigurosamente ciertos. Como son ciertos los capítulos en los cuales los grupos armados que irrumpieron en el Sur de Bolívar en los años 80s amparados en la demagogia condescendiente del Presidente de la República de entonces, asesinaron a varios de los descalzos.

La forma como fueron acribillados Luis Eduardo Rolón, Aydeé Osorio, Luis Ávila, Clemente Ávila, Raúl Ramírez, Rafael, Genaro y desaparecidos otros como Apolinar Tamayo, tal como está contada en la novela corresponde a los hechos. Porque “la literatura es mentir bien la verdad”, como nos ha enseñado Juan Carlos Onetti. Al narrar estos acontecimientos volví a llorarlos a todos y a cada uno, y muertos-vivos han quedado en la novela, instalados entre nosotros como un hierro candente en la memoria para que nunca los olvidemos. Su vida ha regado los campos para que broten nuevas flores. Su único delito fue soñar con un país mejor, con una sociedad más justa, con una Colombia sin grilletes, digna de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos…

Cuando Joseph Conrad escribió que «No existe la derrota total», no estaba meramente iluminando sus novelas, sino que también nos mostraba una luz para las nuestras.

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NOTA: Palabras de Ángel Galeano H. durante la presentación de su novela El río fue testigo. Biblioteca Pública Piloto, Medellín, septiembre 3 de 2003. Publicado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO, No. 64 y en el libro Las siete muertes del lector (Edit. Fundación Arte & Ciencia, Medellín).

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