marzo 2012


En la Boca del cura

(Cuento)

Ángel Galeano Higua

Había querido flotar, sentirme liviano como un pájaro o como un pez, y cuando me creí cercano a esa levedad irrumpió aquel fuego graneado desde ambas orillas. El remolcador Doña Rosario, la embarcación más grande que haya transitado por la cuenca del Gran Río, se bamboleaba como un barquito de papel. Aún no habían transcurrido ni cuatro días desde que zarpamos del puerto de Soplaviento, dos leguas al norte de Baracoa. El sol de aquellas 6:OO de la mañana era una naranja inmensa que empezaba a rodar más allá de Islagrande, salpicando al mundo con su jugo luminoso. Recuerdo que también se embarcaron los de la brigada de salud: Oscar Mauricio, el médico, y Biviana, la bacterióloga, pero ellos se quedaron en la desembocadura del Cauca dos días después. Yo continué hacia El Dorado, donde me establecería durante dos meses con la biblioteca ambulante.

Sentirme pájaro o pez era una constante en mis sueños, pero nunca imaginé que aquel ejercicio flotante fuese roto de aquella manera. Liborio Pineda, Alberto Moreno y otros ancianos de cabello blanco, decían que el remolcador Doña Rosario se había deslizado por aquellas aguas desde los inmemoriales tiempos de la «Revolución en marcha» y de la gran huelga de los braceros que paralizó el transporte, no sólo en el gran cauce, sino por cuanto caño había. También contaban que miles de pescadores y colonos, cultivadores y mineros, dependieron por varias generaciones de aquella formidable tienda flotante que llevaba desde la sal y el azúcar hasta el cemento y el petróleo, cereales y refrescos, baterías y repuestos para tractores. La tienda móvil más surtida que se haya visto y el único correo que hilvanaba, como un arácnido, la intrincada telaraña de poblaciones esparcidas por la gran cuenca. La embarcación resoplaba mientras entregaba los víveres encargados y negociaba el oro extraído de Minallena y Muchooro y la noble madera de La Garita y Bosque Azul. En su poderosa lentitud hizo también las veces de ambulancia y también lugar de alborozo cuando en cubierta viajaron las cantaoras de Talaigua y Chico Cervantes, los Corraleros de Majagual, los Gaiteros de San Jacinto y Totó la Momposina… Surtidor incansable, fuese en tiempo de tormenta o de sol, de corraleja o de luto, nunca había tenido que soportar semejante lluvia letal, como la que relampagueaba aquella noche. Lluvacero que no caía del cielo sino que brotaba de las armas disparadas por los hombres apostados en las dos orillas.

El día que partimos Fredy me ayudó, poco antes del amanecer, a subir los tres arcones con los libros de la biblioteca ambulante, verdaderos baúles de cedro que Omar nos obsequió nueve meses atrás, al ver la forma lamentable como transportábamos los libros en desgarradas cajas de cartón, amarradas con cabuyas y zunchos. Cojan la madera que necesiten, nos dijo el día que clausuramos la brigada cultural, pero Jaqueline, que no tenía riendas en la lengua, lo emplazó para que hiciera el favor completo: ¿no ves que con las tablas así no sacan nada? Omar se puso ahí mismo a pulir la madera y me preguntó de qué tamaño quería los cajones y si les ponía o no bisagras o si los curaba con aceite o si los pintaba y de qué color. Al tercer día los cinco empaques de cartón raído fueron reemplazados por tres señores arcones, resistentes y pulidos, de tal manera calafateados que los cuatro elementos, aire, agua, polvo y sol, nunca penetrarían por sus junturas. Ahora sí tenemos biblioteca ambulante, recuerdo la deliciosa voz de Beatriz, entre sarcástica y festiva, mientras pasaba sus dedos delicados por la madera olorosa. Los 750 libros más el globo terráqueo, cupieron en un compartimiento especial y los diccionarios en otro. Todos los rigores acrisolados en aquellas brigadas se compensaron con el regalo. Lloviera a mares o se encabritaran los ríos, ni una gota salpicaría los libros.

Para mover cada arcón se necesitaban tres hombres, pero la última vez nos tocó a Fredy y a mí subirlo al jeep de Nasly. Me parece oír cuando los amortiguadores del carro chirriaron ante el peso de los libros y Nasly debió conducir despacio. Entre más nos acercábamos a la ribera más húmeda se hallaba la arena, hasta que las llantas patinaron y eso nos obligó a cargar las arcas sobre los hombros. Cruzamos el playón y ascendimos por el tablón que servía de puente hasta el remolcador. Nasly alumbraba el camino con la linterna. Antes debíamos esperar de últimos por si quedaba espacio en la embarcación, de lo contrario teníamos que pagar el transporte en algún yonson o en la flota de la Niña Chechi. Varias veces nos tocó postergar la brigada por falta de dinero, pero con el paso del tiempo y gracias a nuestra persistencia, cierto día, durante las fiestas de La Candelaria, don Jaime, el propietario de la empresa naviera, le ordenó al capitán del remolcador que a partir de ese instante reservara para la biblioteca ambulante suficiente espacio bajo techo y lejos del calor de las turbinas. No se le olvide, enfatizó el naviero dirigiéndose al capitán, quien desde entonces cumplió la orden con alegría casi infantil, puesto que él mismo leía un libro en cada viaje. Prefiero las novelas, me confesó un día, porque en varias de ellas he encontrado la forma más parecida a esta vida que llevo.

Esa noche éramos quince, entre marineros, maquinistas, auxiliares de mecánica y electricistas, bodegueros, cocineros, los dos timoneles y el capitán. Sólo el médico y la bacterióloga que conformaban la brigada de salud, y el guía, se habían marchado. Recuerdo que era mediodía y el sol estrellaba su chorro contra el follaje por donde ellos se internaron.

— Doctor, ahí está La Ceiba esperándolo —dijo sonriente el capitán. El remolcador mermó su marcha mientras aquellos misionarios, con sus ojos juveniles y el morral a la espalda, transbordaron a la canoa de la cooperativa que salió a esperarlos. El guía, un adolescente nativo, cargó la caja con el microscopio apoyándose con sus pies desnudos sobre el borde de la canoa hasta colocar el instrumento en el bote. Yo también desembarcaría, pero sería 48 horas más tarde, en El Nogal, y en lugar de microscopio y vacunas llevaba un alimento poderoso todavía inapreciado por los pobladores: la biblioteca ambulante.

De la grabadora que se hallaba sobre la mesa del comedor, brotaban canciones de Juan Piña y Rafael Orozco con las cuales soñaba un marinero en su hamaca guindada a babor.

El viaje transcurrió en paz hasta cuando aquella ráfaga nos detuvo a mitad de camino. Intenté identificar el lugar donde nos hallábamos pero me sentí tan perdido como cuando de niño jugábamos a la gallina ciega. Lo de aquella noche no era un juego de niños sino una perversa empresa de adultos en cuyo fuego nos hallábamos cautivos. Quise aprovechar el brillo de los fogonazos para tratar de reconocer el lugar, pero la tupida silueta de los árboles fugaces más allá de la ribera enmarañada y el pardusco reflejo del agua no me ayudaron a ubicar sino a confundir. Como si existiese un pacto, la luna tampoco daba la cara y en cambio un viento frío correteó. Sobre el remolcador varias nubes se sumaron a la confabulación.

Eran las diez, o mejor dicho las veintidós horas, como dijo el capitán, cuando esa primera ráfaga hirió el silencio desde la orilla izquierda y el reguero de balas cayó en el agua a pocos metros del remolcador. De golpe la paz se hizo tan evidente porque se esfumaba.

— ¿Qué fue eso? —preguntó el marinero que descansaba en su hamaca, pero el interrogante se deshizo con el eco de la balacera que devoró la música del acordeón y el murmullo del río.

— Todo ha marchado de acuerdo al plan de viaje —Inclinado sobre la mesita de su camarote el capitán escribía en su diario, alumbrado por la breve luz de la lámpara, cuando la ráfaga espantó el sosiego y las próximas palabras quedaron represadas en la punta del bolígrafo. Se puso de pie y apagó la luz. La sangre palpitaba a toda velocidad en sus sienes y su pecho no daba la medida para su corazón. Por la ventanilla, chorreada por la luz roja a babor, vio la silueta del marinero sentado en la hamaca.

Fueron tres segundos entre una y otra ráfaga, tiempo suficiente para ver pasar la película de nuestra propia vida. Volví a mi infancia, quiero decir a mi esencia, pero esos recuerdos se hicieron añicos con otra ráfaga proveniente de la orilla opuesta.

— ¡Todos al piso! —gritó el capitán, ya en la puerta de su camarote. Vi cuando uno de los maquinistas se tendió, a estribor, alumbrado por una luz verde. El capitán repitió la orden y también se tiró al piso jalándome de la camisa. En un viaje anterior él me había hablado de un posible asalto al remolcador. Están dañando la zona, dijo, preocupado por la racha de atracos en el río, como el que cometieron contra una chalupa donde viajaba una brigada de salud, los despojaron de todas sus pertenencias incluido el instrumental, aunque su afán era por el oro, el dinero y los víveres. Ya no hay respeto ni por las mujeres, dijo el capitán, si algún día la emprenden contra el remolcador no sé qué vamos a hacer para defendernos. El capitán era un hombre alto y fornido, de rostro tostado por el sol y curtido por los vientos del Sur. La gente vive como puede, prosiguió, pero alguien viene con un arma en la mano a imponerles un orden extraño y luego llega otro con una arma igual a decirles que ese no es el orden… Ajá, ¿entonces?

Tendido sobre la gruesa lámina de acero del piso sentía en mi pecho el rugir de las turbinas y el murmureo del agua que lamía la nave transmitiéndole esa temperatura extraída a lo largo de su recorrido y con la cual perseveraba como la aorta de un gigante dormido. El juramento que hice varios años atrás de enseñarle a leer a nuestros compatriotas del sur de Bolívar corría el riesgo de quedar truncado. De repente, con todos mis sueños quedaba al borde del abismo. ¿Qué había hecho con mi vida? A esa hora pudiera estar cómodamente sentado en la poltrona de la sala oyendo un concierto de Beethoven o de Bach, o conversando con mis padres y mis hermanos, o departiendo con algún grupo de amigos, o en algún cine viendo a Natasha Kinski, o disfrutando del amor con Flor Marina, filosofando entre susurros sobre la delicia de sus labios y volviendo a la caricia soñada, buscando eternizar el corrientazo embriagador. Pero Flor Marina prefirió quedarse en la ciudad, y hasta mejor que hubiera sucedido así porque de lo contrario estaría también allí, en peligro como yo.

Nuevas ráfagas cayeron muy cerca del remolcador para amedrentarnos, como si al herir al río ablandasen una posible resistencia de la tripulación y a la vez se estuviese dirimiendo el predominio sobre la embarcación. La nave disminuyó la marcha y en medio del fuego quedó convertida en rehén equidistante. Parecía como si aquellos hombres armados quisieran gobernarla pero ninguno se atrevía a lanzarse al asalto. Supusimos que querían el remolcador íntegro y sin un solo rasguño, que lo necesitaban para ganar su guerra, pues tendrían víveres y combustible para mucho tiempo y controlarían el paso por el Gran Cauce. El capitán se arrastró hasta la cabina de mando donde los dos timoneles permanecían firmes en su puesto. Yo lo seguí.

— Manténganlo así, despacio y sin variar el curso, pero apaguen la luz —les ordenó el capitán, ya de pie en el interior de la cabina. Luego, a tientas, encendió el radio transmisor y le envió un mensaje al naviero, poniéndolo al tanto de la situación.

— Capitán, aguante hasta que amanezca —la voz del empresario se oyó como si el viento la empujase desde muy lejos— Voy a pedir ayuda.

El capitán recordó cuando don Jaime, asesorado por un alto mando militar, le dijo que debía llevar armas para defenderse, pero él se negó. «Un arma es, de todos modos, una afrenta», les había dicho. Apagó el transmisor y se sumió en sus cavilaciones. Darle armas a la tripulación significaba entrar en esa guerra que tanto odiaba, era hacerles el juego a unos y a otros y aceptar el laberinto sin salida de una aventura fratricida.

— Yo no estoy en guerra y usted tampoco, ¿verdad?, ni la tripulación, a pesar del abandono en que Dios y los hombres han mantenido a esta región —No sabría decir si el capitán se dirigía a mí o pensaba en voz alta. Yo, por mi parte, sostenía mi propio combate, muy distinto y a muy largo plazo. Mi armamento iba embalado en los arcones y cada libro era un proyectil que apuntaba directo al alma. La música permanecía invicta en medio del gatilleo, como una paradoja. Aguardábamos no sé qué, inmóviles, como si el tiempo no transcurriera.

— Mi deber es salvar la vida de toda la tripulación —dijo el capitán. Luego me preguntó cuántos hombres armados creía yo que habría en las dos orillas. No lo sé, le respondí, pero parecen muchos. Sí señor, son muchos, por lo menos tres veces más que nosotros. Dijo que lo más seguro era que mientras unos disparaban otros se estarían preparando para el abordaje, aunque el río allí no era manso. Al escucharlo imaginé a los asaltantes trepando a cubierta, empapados pero disparándonos a quemarropa. Habría que esperarlos en el borde de la nave y golpearlos tan pronto asomaran la cabeza. Recordé la navaja de camping que mi hermano me había regalado en la última navidad y la palpé en uno de mis bolsillos. Con ella me defendería, pensé. El problema era que la noche estaba muy oscura y el capitán había ordenado apagar todas las luces, diferentes a los reflectores que caían sobre el hilo de la corriente. Me atreví a comentar que era muy riesgoso mantener el remolcador en movimiento. Aun cuando fuese muy lentamente podría estrellarse. El capitán estuvo de acuerdo pero dijo que debíamos sostenernos en mitad del río, alejados de ambas orillas. De pronto se oyó un altavoz:

—¡Capitán, detenga el remolcador! —el mensaje provenía de la ribera izquierda y tenía un tono seco, castrense. El silencio en oleadas acarició la noche, acentuando la incansable música del acordeón. El capitán tomó el megáfono y preguntó al lado de la noche de donde provino la orden que quiénes eran y qué querían.

— ¡Haga lo que le decimos, nada más. Deténgase! —respondieron de allá mismo.

— ¡Somos gente de paz y estamos desarmados, ¿qué quieren?! —El canto entreverado con las notas del acordeón, la tumbadora y el clarinete, persistía con su trotecito ancestral.

— ¡Nosotros somos los que hacemos las preguntas! ¡Deténgase de una vez por todas!

— Si no nos dicen quiénes son y qué quieren, no nos detendremos! —varias ráfagas cayeron sobre el remolcador y las balas rebotaron sobre la estructura metálica silbando y arrancando chispas.

— ¿Qué hacemos, capitán? —preguntó uno de los timoneles

— ¡Ocupen los puestos de emergencia y abran bien los ojos!

Una ráfaga destruyó el reflector izquierdo y luego una chalupa intentó acercarse al remolcador, pero una granada disparada desde la otra orilla se estrelló contra ella iluminando el río. Los dos grupos iniciaron un enfrentamiento y el capitán impartió la orden de dar marcha atrás. Yo me parapeté detrás de los arcones. No supimos cuánto tiempo duró aquel fuego cruzado pero el remolcador alcanzó a retroceder cuatro leguas ayudado por la corriente. Los asaltantes debieron suspender hostilidades al ver que habíamos reculado. Quizás se efectuó una reunión de emisarios en mitad del río, donde antes estaba el remolcador y tal vez no se pusieron de acuerdo porque cada uno querría apropiarse por entero del remolcador. No sería extraño que unos hicieran pensar a los otros que en el remolcador iba un pelotón del enemigo y que todo había sido una trampa. Por lo que sucedió después debieron convenir que no sería para ninguno y unieron sus fuerzas para hundir el remolcador al amanecer. Nos bombardearían sin contemplaciones. La noche fue una larga incertidumbre. La grabadora había enmudecido y sólo se oían las turbinas y las gárgaras que la hélice hacía con el agua del río revuelto. Atrincherado entre los arcones recordé la campaña que durante varios meses adelantamos por todo el país para conseguir aquellos libros. El Atlas Universal y La Isla del Tesoro, La Ilíada y la Odisea, el Algebra de Baldor y la Aventura del pensamiento de Einstein, El mensajero sideral de Galileo y Kepler y El Proceso de Kafka, los tres tomos de la Historia de la Literatura y el Arte y las Biografías de grandes compositores. Decenas de novelas de los grandes maestros. Poemas como la Canción de la noche profunda y Morada al Sur. Cuántas gestiones para reunir aquella biblioteca detrás de la cual ahora yo me protegía. Ninguno de los cuatro elementos podía penetrar en los arcones, de tal suerte que ni una gota de agua mojaría los libros. Aquellos arcones podrían flotar, ¿por qué no?, podrían ser mi salvavidas. Animado por esa idea me dediqué a empujarlos hasta el borde de la embarcación. Al verme en el ajetreo, el capitán me dijo que yo era libre para tirarme al agua pero me aconsejó que no lo hiciera antes de la Boca del Cura pues allí acudían varios ríos y quebradas formando un tenebroso remolino. Además, me dijo que si lográbamos llegar allí al amanecer estaríamos a salvo y no tendría necesidad de zambullirme. Una gran tensión envolvía a la tripulación cuando a las tres de la mañana cayó un rayo anunciando tormenta. Creímos que aquella era la señal para iniciar el asalto. Con el relámpago nos vimos unos a otros como fantasmas y luego se desgajó el agua. En el radio transmisor la señal del naviero sonó débil pero insistente:

— Llamando al remolcador Doña Rosario … Llamando … —La voz sonó victoriosa entre las interferencias, para informarle al capitán que las Fuerzas Armadas tenían la orden directa de la Presidencia de la República de no movilizarse ni disparar un sólo tiro porque estaban negociando la paz y que a lo sumo un avión echaría un vistazo, nada más.

— ¿Entonces no hay ayuda?

— Ninguna, capitán, a este país se lo llevó el putas —dijo el empresario, entre cansado e indignado— Sálvense ustedes, no se pongan a carajear, yo voy a quedar arruinado, pero la vida vale más que todo el oro del mundo.

El día asomó su nariz neblinosa entre la lluvia y el capitán trató de auscultar el hilo de la corriente y las orillas con los binóculos, pero no pudo ver nada.

— Sé que estamos cerca a la Boca del Cura —dijo— Lo siento en el aire…

— ¡Alguien viene! —gritó un marinero. En un santiamén varias chalupas brotaron de entre la neblina. Grupos de asalto con metralletas en la mano y bandas cruzadas sobre el pecho repletas de balas y granadas al cinto, rodearon al remolcador. Eran ellos, en diez chalupas, todos con pasamontañas. Había algunas mujeres. Se les veía dispuestos a dispararnos en cualquier momento. Mientras unos llamaron nuestra atención por un lado, otros subían a cubierta por el otro. Nos ordenaron agruparnos con las manos en la cabeza y luego revisaron el remolcador palmo a palmo.

— ¿Dónde está su capitán?

— Aquí estoy —respondió éste con dignidad— ¿Por qué nos atacan?
— ¡Cállese! ¡Y dígale a los esbirros que salgan con las manos en alto!

— ¿Cuáles esbirros?, los que vamos aquí somos trabajadores, gente de paz.

— Hablo de los que llevan escondidos, lo sabemos… De todas maneras vamos a darles chumbimba, ¿entiende?, ¡vamos a volar esta mierda!

— Pero ¿por qué?

— Por sapos.

— ¡No!, están equivocados, somos trabajadores…

— Nunca nos equivocamos. Póngales el regalito —Varios hombres montaron en el cuarto de máquinas, sobre las turbinas, varias cargas de dinamita con relojes. El capitán les dijo que no sacaban nada haciendo aquello. Que los perjudicados eran los pobladores de la región. Que lo que llevaban allí eran alimentos y mercancías. Que si querían se lo llevaran a él de rehén pero que dejaran ir a los demás. Que les respetaran la vida, que eran gente humilde…

— ¡Cállese!, parece un loro. ¿Por qué nos desobedecieron allá arriba?

— No sabíamos que eran ustedes.

— ¿Qué se hicieron? ¿cuántos eran? ¿Dónde se bajaron?… ¡A ver, usted! —y sacaron a empellones a la negra Nicolasa, la encargada de la cocina—. ¡Arrodíllese! —el asaltante puso el cañón de la metralleta en la cabeza ensortijada de Nicolasa.

— A ver, negra, ¿dónde se quedaron? —el capitán trató de intervenir pero lo golpearon en la nuca. Un marinero intercedió, dijo que ella no sabía nada, que nadie sabía nada, pero la negra lo interrumpió:

— Se quedaron en Barranquilla —dijo.

— ¡Qué negra tan graciosa! —alegó el que parecía el comandante—. ¡Que chiste tan caro, negra, te costó la vida!

— ¡Déjala, compa —dijo otro, también con facha de comandante—. No vale la pena, queremos es a los monitos esos… ¿Qué hora es? —preguntó al último que salía del cuarto de máquinas.
— Quedan cinco minutos —respondió éste.

— ¡Muchachos, vámonos! ¡Díganle al capitán, si es que despierta, que saludes al Presidente! —Abordaron las chalupas y desaparecieron. Dos marineros arrastraron al capitán y se lanzaron con él al agua. Otros los siguieron y empezaron a nadar con desespero buscando la orilla. La nave volaría en mil pedazos en menos de cinco minutos y había que irse pronto y lo más lejos. Un marinero me ayudó a empujar dos arcones al río y nos lanzamos al agua. Sólo Nicolasa se quedó a bordo, arrodillada y quieta. No atendió nuestros gritos: ¡Tírate!, le decíamos, ¡Va a estallar, sálvate! Pero estaba paralizada y sorda. Debimos nadar dejándola allí sin ni siquiera tiempo para el dolor, porque la corriente nos halaba con fuerza.

El capitán tenía razón, estábamos en la Boca del Cura y sobre el agua tumultuosa y violenta la neblina moribunda luchaba contra el sol naciente. Al vernos flotando, los demás se aferraron también de los arcones y enseguida entramos todos en el portentoso hilo de la corriente.

Medellín, Junio 1995 – abril 1996

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El afán
(Cuento)

Ángel Galeano Higua

Y entre sollozo y sollozo nos contó que al cruzar el puente tres hombres la seguían. Le pareció haberlos visto antes, parados en la esquina de arriba, junto a la casa de Cecilia. Uno de ellos se recargaba en el poste y los otros estaban sentados en la acera. Fumaban y charlaban y a Amira aquello le pareció normal. Pero luego, cuando iba en mitad del puente, se le ocurrió voltear a mirar y vio que la seguían.

El tramo era oscuro pero distinguió el cabello hasta los hombros en una de las sombras. Era el que estaba recargado en el poste. También vio las botas media caña del que estaba sentado en la acera. El único poste del alumbrado eléctrico que había en aquella cuadra tenía el bombillo quebrado. Quizás los mismos asaltantes lo habían roto.

Amira comprendió su error de abandonar, sola, aquella tertulia de amigos. Era ese maldito afán que cargaba cuando empezaba a oscurecer. Aceleró el paso y se mordió los carrillos por el nerviosismo. No había nadie más que los cuatro. A lo lejos, el edificio del Instituto de Ciegos agrandaba la soledad con sus paredes blancas y la hilera de ventanas siempre cerradas. Recordó que en el potrero de al lado había existido, años atrás, el Lago de San Cristóbal y que entonces se veía gente todo el día e inclusive hasta muy avanzada la noche. Pero ahora nada de ello existía ya y comprendió, de golpe, que había seguido con la costumbre de caminar por allí con la misma tranquilidad de entonces. Clavó de nuevo sus dientes en los carrillos y le dolió el dulce sabor de la sangre.

Ni siquiera la patrulla de la policía pasaba a aquellas horas. Tampoco los lujosos carros en que los enamorados subían a dar su apasionada vuelta por los bosques de La Peña. Nadie. Sólo ella seguida de tres sombras.

— ¡Qué bruta soy! —pensó y apresuró el paso— Ya no son los tiempos del lago, estúpida, afanada, he debido pedirle a Carlos que me acompañara —Su respiración se aceleró. Sí, ya no eran los tiempos del lago. Aquella tranquilidad había terminado. Se secaron las aguas y sólo quedó el enorme rectángulo hueco, hasta cuando cuatro volquetas del municipio lo rellenaron. Brotó el pasto y florecieron las toronjas. Luego el viejo Lucas invadió el terreno con sus vacas, pero los chicos del barrio las expulsaron a piedra y junto a los cagajones montaron la cancha de fútbol. Amira recordó que a veces llegaba también el circo Bavaria e instalaba allí su carpa y retoñaba la algarabía, titilaban las luces de colores y sonaba la música de la banda.

Una lluvizna cayó sobre el pavimento. Amira apretó el bolso contra su pecho y miró hacia atrás. Las sombras crecían. Un ligero temblor recorrió su cuerpo. No era el bolso lo que debía proteger, sino así misma. Quiso echar a correr, gritar, pedir auxilio, pero unas manos fuertes la agarraron. El grito se ahogó entre aquellos dedos olorosos a cigarrillo. Un grueso anillo le hirió el labio superior. Otras manos y otros brazos cayeron en su cintura, en su cuello, le arrebataron el bolso y la cadena de oro que su padre le había regalado cuando terminó bachillerato. El anillo en forma de cascabel fue sacado de su dedo y las uñas limadas y pintadas se estropearon en el forcejeo. Jalaron los aretes de sus orejas y un hilo rojo se dibujó en su lóbulo. Quiso dar un puntapié a una de las sombras, pero le atenazaron las piernas y la golpearon. La luna se reflejó en la hoja de un puñal.

Sí, entre sollozos Amira nos contó que en medio del desespero había optado por no contrariar a los bandidos. La podrían apuñalar, aunque ni siquiera tenía posibilidades de contrariarlos por lo inmovilizada que la tenían. Mirábamos a Amira en silencio. Estábamos de pie junto a la escalera, ella sentada en el tercer escalón. Carlos le ofreció un pañuelo.

— ¿Te hirieron?

— No, porque uno de ellos abrió el bolso y el de las greñas largas le dijo que esperara.

— Ahora no se ponga a eso, lo llevamos y después lo revisamos. Ahora requisémosla a ver qué más tiene.

— ¿Ya cogieron el reloj?

— No, no tiene reloj.

— Entonces larguémonos.

— ¿No dijo que la revisáramos?

— Sí, pero nos estamos demorando mucho. Echémosla por allí, para el potrero… Pero rápido. Somos tan salaos que pasa la poli y nos pilla.

La llevaron a empellones hasta las sombras del potrero. Ni el brazo que aprisionaba el estómago, ni la mano en la boca aflojaron la presión. Ella experimentó un estremecimiento brutal al sentir sobre su nuca el aire caliente respirado por el bandido.

— ¿Qué más revisamos? —preguntó uno de ellos mientras la requisaba. Al sentir las manos del ladrón sobre su cuerpo pensó, por primera vez, que la iban a violar y concentró las energías en sus dientes para morder la mano que la amordazaba.

— Quieta, mamacita —le susurró el bandido al oído—. No intente morderme porque le va peor.

— Nada, no tiene nada más.

— Vámonos, no carajiemos.

— ¿Cómo que no tiene más? —preguntó el que le tapaba la boca—. ¿Y la ropita qué? A mi hembrita le puede servir.

— ¡No sea marica, larguémonos ya! Deje esa verraquera para otro día… ¿O es que quiere tirarse todo?

— A la que quiero es a esta belleza.

— ¡Suéltela!

— Sí, llavecita. El mechudo tiene razón. Eso fue lo acordado. Suéltela.

— Suéltela, le digo por las buenas… —Y el del cabello largo blandió una navaja.

— No se haga chuzar, pendejo —Dijo el del bolso.

— Muy macho con esa navaja, ¿no?

— Sí, y usted muy macho con esa hembra agarrada así…Vámonos por las buenas…Además se le esta olvidando que este es territorio de El Gato.

— No se le ocurra gritar —dijo el bandido al tiempo que aflojaba la presión sobre la boca de Amira. Quiso manosearle el rostro pero Amira le respondió con un escupitajo.

— ¡Que ya, hombre, no joda más!

Amira quedó libre pero ni corrió, ni gritó, ni se movió… sencillamente los miró, paralizada. Uno de ellos le dijo que caminara pero que no intentara nada porque perdería su tiempo, que nadie la iba a oír y que se cuidara porque si la volvían a ver sola a esas horas no se lo perdonarían.

— Mamacita, agradezca que hoy estamos zanahorios —El bandido trató de tocarle la cara pero Amira retrocedió un paso. Fue su primer movimiento. Las tres sombras se perdieron en el fondo de la noche mientras Amira, absorta, miraba el oscuro umbral que se los tragó y unas ganas inmensas de correr se fueron apoderando de sus pies.

Sobre la carrera escudriñó todos los rincones, todas las sombras, todas las esquinas, sintiendo el resoplido de su sangre por las venas que acudía a su corazón. La sed le hizo imaginar que en lugar de lengua tenía un trapo. Sintió urgentes deseos de que alguien le dijera algo cariñoso, una necesidad apremiante de que la amaran, de que fueran tiernos con ella, que la aceptaran, que la protegieran.

Tenía que huir pero ¿hacia dónde? Debía abandonar esa oscura soledad. El camino hacia Vitelma era una larga plaga de sombras. Sin resistirse dejó que sus pies la regresaran a la casa de Cecilia, “de donde no he debido moverme”, se recriminaba. “Si no hubiera sido por ese estúpido afán…”

Y apareció allí, sentada en el tercer peldaño de la escalera, pensando en voz alta. Todos la mirábamos y la oíamos, pero ella parecía haber entrado en trance, hablando como si estuviese sola. De manera inconsciente recibió el vaso de agua que le ofreció Marianella y prosiguió con su monólogo: “Tan bien que estaba en la reunión, sentada con todos los compañeros… ¿Por qué me perseguirá este afán? …Nada tenía que ir a hacer en la casa, nada de urgencia…No sé por qué mantengo este afán, no lo sé… Quizás es el afán el que me mantiene a mí”

Y se quedó callada, mirando el vaso… Así, quietecita como una estatua pálida y cansada. Y ninguno de nosotros se atrevió a romper ese derecho.

Bogotá, abril de 1974
Medellín, noviembre de l988.

Hallarme en sus ojos

(Cuento)

Ángel Galeano Higua

Cuando nos dieron la noticia de que el colegio sería trasladado a El Bosque, maldije a las directivas y también a los profesores a quienes consideré cómplices de esa determinación. Quise gritar que no lo hicieran, que pensaran en cómo nos afectaría a quienes vivíamos cerca. Me refería a mi mayor angustia: no volvería a ver a la chica del uniforme marinero. Llevaba dos años admirándola desde la acera de enfrente, a primera hora de la mañana y de la tarde. Con ella se embellecía la avenida, pensándola me animaba en las clases y me llenaba de energía para enfrentar cualquier dificultad. La imaginaba atenta en su colegio y quería emularla en el mío oyendo al profesor de castellano cuando nos hablaba de las raíces latinas y griegas y atendía en matemáticas cuando nos enseñaban a extraer la raíz cuadrada de cualquier número. Recuerdo que si no resolvíamos la larga hilera de ejercicios que el profesor de matemáticas copiaba en el tablero, nos sometía a castigo físico que combinaba con la humillación verbal y la amenaza de manchar nuestra hoja de vida con su informe. Yo soportaba todo, inclusive las clases de inglés, cuyo anciano profesor nos obligaba a rezar de pie y en voz alta el Padrenuestro en ese idioma, despertando en nosotros una tirria que no sabíamos si era contra tanta beatería estéril o contra ese acartonamiento de la lengua inglesa. Sí, me portaba a las mil maravillas porque asumía que ella me podría estar viendo en todo momento, como Dios, o más que él. Todo en mí buscaba la perfección para estar a la altura de aquella joven que cada día veía más irresistible. Nada en el mundo atraía tanto mi atención como ella y el hecho de esperarla en la esquina de la Calle Cuarta para verla caminar hasta la Séptima, era un delicioso aliciente. Todo en ella me gustaba: su cabello liso y dorado recortado a la altura de los hombros, su nariz respingada y su cuerpo esbelto. Lo que sucedía en el mundo no me importaba. A pesar de tanto escándalo sobre la guerra de Vietnam yo no me inquietaba, ni siquiera con aquella terrible visión del monje budista que se roció gasolina y se prendió fuego frente a las cámaras de televisión como repudio al desembarco de las tropas norteamericanas en indochina. Tampoco me preocupaba la lucha de uno y otro bando por apoderarse de Cuba, al punto que ni siquiera me tomé el trabajo de buscar la isla en el mapa, por considerar que todo era un montaje de mil folletines arrojados sobre Bogotá desde una avioneta comercial contra el fantasma del comunismo, del cual tampoco sabía nada. Me interesaban los Beatles pues pensaba que ella podía escuchar Let it be o Yesterday. Los combates entre el ejército y la guerrilla me sonaban muy lejanos y el nombre de Antonio Larrota, tan venerado por estudiantes y obreros, no me arrancaba ni un pestañeo. Ella, sólo ella, era el centro de todos mis desvelos.

Sí, quise gritar mi desacuerdo con aquel traslado a El Bosque aunque nos pintaran pajaritos de oro, como ése de que íbamos a respirar aire puro, ya que seríamos vecinos del Jardín Botánico y que el campo para los recreos era extenso y podríamos jugar fútbol y correr largas distancias y disfrutar del sol, no como en aquel patio cementado y reducido de la Calle Séptima, más parecido a una cárcel que a un colegio. Que por allá no circulaban carros como en el centro y que por lo tanto no habrían interferencias en las clases. Y en fin, que no presenciaríamos más el bochornoso espectáculo de tanto burdel y cafetín de mala muerte que rodeaban al colegio, ni tampoco ese desfile de muertos que traían y llevaban al anfiteatro aledaño al plantel. Ningún argumento justificaba el sacrificio de no volverla a ver a ella, alimento diario de mi existencia.

Quise gritarles que nada de eso me convencía y espetarles que dejaran la maldita costumbre de hacer las cosas sin contar con uno. Pero no pude más que mirar con odio al rector que acababa de dar aquella noticia con su vozarrón como salida de ultratumba. El «Loco» Bermúdez, a mi lado, no cabía de la dicha pues siempre había soñado con jugar en una cancha de césped. Lo mismo Novoa y Salazar y Aguirre y todos, que eran una sola alegría los muy tontos, ignorantes de mi dolor. Ahora debía buscar un mecanismo que me permitiera ganar tiempo… Pero el vozarrón dijo que el traslado se haría en el segundo semestre, después de las vacaciones de mitad de año, vacaciones que habían adelantado para la semana siguiente. Al escucharlo sentí un martillazo en la cabeza. Entendí que la vida estaba constituida de porrazos. Ante la contundencia del traslado, no vi más camino que abrirle a ella mi corazón.

“Ahora o nunca”, fue mi grito de batalla para el día siguiente.

Mi madre se extrañó al oírme reburujar muy temprano los trastos en la cocina preparando mi desayuno. Me había levantado sin que ella me despertara y en el jarro de peltre puse a hacer el chocolate en el reverbero eléctrico y luego me metí en la ducha. El chorro frío me cayó como una lluvia de puñales, pero aquel día no dejaría que nada me arredrara y disfruté del baño como muy pocas veces. Luego, cuando intentaba domar mi cabello ante el espejo, sentí el delicioso aroma del chocolate invadiendo la casa y corrí a la cocina pero ya se había derramado sobre la resistencia eléctrica, lo que ponía a mi madre de mal genio porque decía que eso deterioraba el reverbero. No sólo se chorreó el ferroníquel, sino la cubierta del reverbero y la mesa y hasta el piso. Pero nada de eso me inquietaba. Limpié todo y trapeé el piso con esmero y bebí lo poco que quedó en el jarro. Todo lo hacía como en un sueño, me sentía liviano como una pluma, aunque había dormido muy poco pensando en el instante que le hablaría a la hermosa estudiante. Mi madre me atosigó de bendiciones al salir: siempre fue que dejó regar el chocolate, ¿no?, tenga mucho cuidado con los carros, no se distraiga por el camino, ponga atención a las clases y pregunte lo que no entienda, yo veré, mijo, mucho juicio, vaya con Dios, en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo, y se echó la bendición varias veces y me dijo ¿por qué no se la echa mijo también? Me preguntó que porqué iba tan temprano, le dije que debía terminar un trabajo en el taller de electricidad. Sonrío como diciendo: qué bueno que trabajen así, con juicio, y me lanzó otra bendición por si acaso y se entró. Corriendo recorrí las 17 cuadras que separaban a nuestra casa de la esquina donde aparecía ella. Crucé veloz el barrio Las Brisas despreciando los peligros de aquel nido de bandidos y carteristas. Pasé frente a la enladrillada iglesia de Las Cruces donde las viejas vestidas de negro parecían manchas en el portón. Atravesé el parque donde los dos leones de bronce lanzaban agua por sus fauces. Bajé por la calle segunda, frente al teatro Las Cruces, cuya cartelera anunciaba «Donde las águilas se atreven». Media cuadra más abajo, en el cine Nariño, Cantinflas se burlaba de todo el mundo con los pantalones caídos. El billar, donde los zapateros antioqueños tomaban tinto y fumaban escuchando a Gardel, aún no había abierto. Pasé frente a toda esa rutina como una ráfaga, con el pensamiento concentrado en lo que le diría a la chica. Con la respiración acezante y el corazón alborotado, llegué una hora antes de lo acostumbrado a la esquina de la Calle Cuarta. Allí me detuve con la garganta reseca y una desconocida avalancha de ansiedades agolpadas en mi pecho. Aún no sabía cómo iniciar la conversación, ni cómo decirle que ella era la mujer de mis sueños, que la veía aunque no estuviese y que era muy feliz con su existencia.

Me paré en la esquina de enfrente a esperarla, primero como un tonto, despistado y nervioso, luego envalentonado, semejante a un cazador ansioso y después, tonto de nuevo, pero más tonto aún porque ya no estaba nervioso sino aterrado, soportando una lucha cruel entre perseverar y huir, cuando de repente la ví venir. Podría distinguirla entre multitudes, con su uniforme azul marinero que le caía un poco abajo de las rodillas, su cabello suelto y luminoso y esa forma de llevar los libros sobre el pecho. Caminaba como si flotara, erguida y delicada. Crucé la avenida para hacerme el encontradizo. A esa hora iban también otros estudiantes y por ello no me había percatado que venía acompañada. Dudé ante aquella inesperada circunstancia. Era otra chica de su mismo colegio, casi una niña, más bajita y conversadora y ambas reían y en su sonrisa descubrí que el motivo de mis desvelos era más bella de lo que en mi torpeza diaria había visto. En aquel instante supe que había venido al mundo para ella, para ser suyo más allá del cuerpo y del alma. No pensaba siquiera en tocarla. Cualquier pensamiento así era inferior, la manchaba. Ella era para amarla por encima de todas las cosas. Hablarle, inclusive, era un atrevimiento, pero me sobrepuse y cuando llegó a la avenida me le acerqué. Por un instante nuestros ojos se cruzaron y vi dos brillantes esferas de miel que me cautivaron. Sonrió y en mi tontera ni siquiera pude corresponderle. «Hola», me dijo, como si fuésemos amigos de siempre y siguió. Su voz sonó como una melodía. Yo estaba parado, mejor dicho, paralizado y cuando me repuse tuve que correr para alcanzarla y tropecé y caí de bruces. En medio de las burlas de los estudiantes ella tuvo la delicadeza de extenderme su mano. ¡Qué mano!, suave y tibia, pero a la vez firme. Yo sentía que mi cara ardía. Me ayudó a levantarme y con su mirada quiso transmitirme tranquilidad, pero yo sentía pena y mucho ardor en mi cara. Cuando también me ayudó a sacudirme el polvo del suéter me descontrolé y le dije que si quería ser mi novia. Dejó de ayudarme y dio un paso atrás, sin quitarme de encima sus ojos de miel que ahora parecían dos fuegos. Dio media vuelta y le dijo a su amiguita que siguieran porque iban a llegar tarde al colegio, pero mis pies me llevaron de un salto a su lado y mis labios se movieron: ¡Por favor, nos van a trasladar a El Bosque! Y ella, sin entender mis palabras, frunció el ceño y retomó el camino. De nuevo a su lado, mis labios volvieron a la carga: ¡Se lo juro! ¡No podré verla más! Ella hizo un puchero y prosiguió. Entonces le grité que yo seguiría yendo todos los días a verla. Caminábamos a grandes pasos, casi corriendo, y su amiguita me miraba como a un bicho raro. ¿Qué dice de mi propuesta?, le pregunté. Se detuvo y me miró con severidad. Comprobé que inclusive así, furiosa, seguía siendo hermosa. «Cuando deje de decir bobadas y aprenda a caminar sin caerse, volvemos a hablar… por ahí dentro de 20 años».

Eso me dijo con su voz encantadora y se fue. Por eso hoy, cuando se cumplen los 7.305 días que ella propuso, estoy aquí, justo en la Calle Cuarta con la Avenida Décima, aguardándola. Ya no vendrá con el uniforme azul, claro está, pero eso es lo de menos, porque tendré la dicha de resucitar en sus ojos.

Medellín, junio-agosto de 1997

¿Aló? … ¿Aló?

(Cuento)

 Ángel Galeano Higua

Eran las tres de la mañana cuando sonó el teléfono. Mauricio Jaramillo se sintió atravesado por un corrientazo y en el sobresalto se aferró a la estilográfica.

¿A quién se le ocurría llamar a esa hora? Mil suposiciones se amontonaron en su cerebro golpeteándole las sienes. ¿Una mala noticia? El timbronazo trajo consigo los oscuros presentimientos de alguna desgracia que Mauricio creyó ver danzando en la noche como parca funesta.

La montonera de presagios le resecó la garganta y la lengua y los labios.

Como si tuviesen voluntad propia, sus ojos buscaron el aparato y cayeron sobre él, feroces. Mecanismo gris en cuya barriga los diez dígitos negros se veían aprisionados en círculos transparentes. No podía ser Zulma, su mujer, porque a pesar de la distancia hacía poco se habían comunicado y todo estaba bien. Hacía varias semanas que ella se había trasladado a los laboratorios dela Fundación parala Erradicacióndela Malaria, a orillas del mar, con el fin de realizar una investigación  por comisión de la Universidad. No habían transcurrido más de seis horas desde que hablara con ella por teléfono y oyera sobre el rumoreo de las olas su deliciosa voz, cuya dulzura significaba para él la variante femenina de la fuerza. La sintió alegre a pesar de la distancia, esa enemiga que los separaba y a la vez les refrendaba su cercanía.

Después de la explosión en el puente le fue imposible conciliar el sueño. Sonó tan cerca el bombazo que los vidrios de la ventana vibraron. Se apresuró hasta el cuarto de la niña para tranquilizarla y luego telefoneó a Zulma para sosegarse los dos. Un alargado silbido quedó suspendido en el aire y la gente de los edificios colindantes al Estadio se asomaron a sus ventanas en silencio, como autómatas, comprobando la pesadilla pero sin despertarse. Y se agacharon a recoger los vidrios quebrados…

Por fortuna la niña se durmió pronto, inocente del juego letal. En cambio él abandonó la cama y dio vueltas y vueltas por el apartamento, hasta que decidió aprovechar el insomnio impuesto y se sentó en su estudio a escribirle una carta a Zulma.

Pronto cortarían el suministro de electricidad y debía apresurarse. Con el apagón el silencio se tornaba más espeso y evidente. De repente las cosas desaparecían y con ellas los sonidos. El monstruo devoraba todo lo existente, hasta los deseos de dormir. Al apagarse el bombillo del alumbrado público, desaparecía la ventana con aquella cortina de flores estampadas que estimulaban su imaginación todas las noches antes de dormirse. Se esfumaban también las sombras rectangulares de las celosías y cesaba el baile de las flores sobre la pared. El techo de madera enlacada se perdía, lo mismo el cuadro del maestro Pedro Nel Gómez y las fotografías de Zulma con la niña en los trigales de Suesca.

La ausencia de Zulma se multiplicaba y él luchaba por recuperarla imaginándola concentrada en su trabajo frente al mar.

Chapoteaba en esas cavilaciones nostálgicas, cuando el teléfono sonó de nuevo, como si fuese otra maldita bomba, rebullendo la noche y patentizando aún más el silencio.

Sus manos, sin medirse, se abalanzaron sobre el auricular…

Voz queda, para que la oyesen al otro lado de la línea y cauta, para no despertar a la niña.

Era posible una broma, pero la voz de aquella mujer sonaba tan respetable y urgida, casi venerable, que por un instante recordó a su anciana madre. Así, cualquier posibilidad de chanza quedaba conjurada para empezar.

Sin embargo, Mauricio Jaramillo no era la clase de hombre que tragara entero y menos a esas alturas de la noche. Prestó mayor atención a su interlocutora, buscando indicios que echaran por tierra la respetabilidad ganada en el primer impacto. Esculcó la voz y sus alrededores, por si sonaba música o bulla propia de algún burdel. Podría tratarse de una prostituta embriagada. Pero sólo escuchó la pausada voz femenina y su respiración lenta.

Dudó.

No era broma, ni tampoco asunto de tragos. No quedaba otra cosa que una equivocación. Sucede a menudo. Se entrecruzan las líneas o sencillamente se confunden los números al marcar. Le preguntó qué necesitaba y ella le contestó que hablar con él.

Mauricio Jaramillo sintió deseos de colgar el teléfono. ¡Qué tontería! Pronto cortarían la electricidad y aquella mujer desconocida y extraña le quitaba el tiempo. La carta para Zulma iba por la mitad y él tenía vivos deseos de conversar con su mujer. Asumía el hecho de escribir como un acto de conversación. Contarle cómo iba la niña en el colegio y cuánto la extrañaba. Era tan hermoso escribirle. Sentía como si la tuviese en frente y se susurraran intimidades y confesiones represadas. Pero aquella señora se entrometía. Lo mejor sería colgar el teléfono, desconectarlo si fuese necesario y san-se-acabó.

La mujer le suplicó que no lo hiciera. «Por lo que más quiera en el mundo —le imploró— ¡No cuelgue!».

Mauricio Jaramillo no hallaba qué hacer. Lo conmovían aquellas palabras. De nuevo, la imagen de su anciana madre cruzó como un rayo ante sus ojos. Aquella mujer poseía el don de un puente. No había duda. Algo en su súplica lo denotaba. Quizás tenía el cabello blanco, recogido en moño sobre la nuca. Le pareció ver sus manos temblorosas. Dedos alargados, finos, nerviosos, enredándose y desenredándose en el cable del teléfono. La imaginó sentada en un sillón de cuero, con los pies enchinelados, subidos sobre un escabel aterciopelado. Tal vez una bufanda de lana alrededor del cuello…Suplicaba pero sin debilitar su voz. Con dignidad. ¿Cómo decirle no, a una mujer así? Obligaba atenderla, so pena de ser desalmado y Mauricio Jaramillo tenía de todo menos de cruel y despiadado.

Si desdeñaba repetir el número que Mauricio esperaba oírle decir para dar por terminado el asunto con un triunfante «se equivocó»; si despreciaba decir su nombre y aposta ni le interesaba el de él; sí, en cambio de excusarse pedía, a su manera, un minuto para conversar…, entonces, ¿qué quería?

Miraba la estilográfica aprisionada entre sus dedos y le pareció que lo invitaba a continuar escribiendo. Pensaba en la carta de Zulma…Pensaba en Zulma. Pronto caería la penumbra sobre Medellín. A lo mejor estallaría otra bomba…Nadie sabía. La incertidumbre galopaba por la ciudad sin tasa ni medida. Y en medio de ese mare magnum sonaba la voz de aquella mujer desconocida jalonándolo, convidándolo a dejarse llevar en una conversación aventurada.

Pedía un minuto.

Al fin  y al cabo ya había interrumpido su carta y sólo pedía un minuto. Mauricio Jaramillo arrió banderas y dejó la estilográfica sobre la hoja medio escrita. Sirvió  café del termo y vió ascender el vapor caliente. Se saboreó. Así le gustaba el café.

«Gracias. Algo me decía que con usted se podría hablar. Porque lo único que quiero es eso: conversar y que me conversen… Verá, soy casi una anciana y ya nadie vive conmigo. Pasan días enteros, semanas, ¿sabe? y nadie habla conmigo. Y ahora, en este infierno de bombas y apagones, siento necesidad incontrolada de conversar con alguien… Debe ser miedo, ¿Usted qué cree? Claro que no me siento acobardada. Muy adentro me veo tranquila, ¿sabe? Esto debe ser una especie de miedo, a lo mejor muy antiguo, pero para mí es nuevo, que nunca había experimentado… Me hace falta hablar con alguien. De vez en cuando leo trozos de La Vorágine, para reconfortarme. Y algo de Cumbres Borrascosas, pero mis ojos ya no dan la medida. Se cansan muy rápido. A veces trato de amortiguar la necesidad hablando sola, conmigo misma, pero no basta, ¿sabe? Hablo con las bifloras y las chefleras, pero no es lo mismo. Empieza una a creer que se está enloqueciendo de veras. En esos momentos es cuando marco un número telefónico cualquiera, al azar. Busco un pretexto para entablar conversación, pero…, ¿sabe?, me cuelgan el teléfono. La mayoría lo hace. Me dejan hablando sola…¿Aló?, ¿sigue usted ahí?…¿aló?…».

Mauricio Jaramillo sintió vergüenza. ¿Cómo era posible que por su cabeza hubiese pasado la idea de colgar el teléfono? Aquella mujer lo empezaba a conmover.

Se comparó. Así como él deseaba conversar con Zulma, así mismo aquella mujer solitaria buscaba comunicación con alguien. ¿Por qué negárselo? ¿Qué derecho tenía él de privarla de un minuto de conversación?…¿O de dos, o de tres?…

«Uf, ¡qué alivio, Dios mío! Por un instante creí que usted me había traicionado también. Hay gente que no cuelga pero se pone a hacer otra cosa y deja descolgado el teléfono o se duerme y me dejan con la palabra en la boca. Algo me decía que usted no era como los demás hombres. Sí, por su voz, ¿sabe? He aprendido a diferenciar las voces y a saberlas amistosas u odiosas. Hay unas más solitarias que la mía. Lo sé. Tienen un dejo triste que largan en cada frase. Suenan amargadas, como si cargaran una horrible tonelada de penas. Eso me subleva, ¿sabe? Siento grandes deseos de animarlos… Sobre todo cuando son jóvenes. Fíjese, los llamó para alimentarme el alma y termino dando ánimos… Pero muchos no me entienden y puede más su corrosión y cuelgan… Bueno, pero no se trata de que yo sea la única que hable, ¿verdad?… Dígame algo, algo de usted…».

Mauricio Jaramillo no supo qué responder. Estaba sorprendido. La imagen de aquella anciana crecía en fortaleza. «Continúe hablando, por favor», le pidió y ella le respondió que la halagaba al decirle eso, pero que quería oírlo a él también. Le preguntó si era casado y si tenía hijos. «Una hija y la queremos mucho».

Fue cuando la anciana le martilló la cabeza diciéndole que hiciera como si no la tuviera. «Es terrible lo que usted me pide. ¿Por qué habría de ignorar a mi propia hija?». Con voz tranquila, la anciana le replicó que hablaba así para que él comprendiese mejor la situación por la que atravesaba ella.

«¿Sabe cuántos hijos tengo?, cinco: cuatro hombres y una mujer. Y sin embargo, estoy sola, llamándolo a usted a esta hora… No demoran en quitar la luz… De veras, aguarde un momento, tengo que ir a revisar que la puerta  esté bien cerrada. No cuelgue, ya regreso…»

Mauricio Jaramillo la oyó alejarse. Eran pasos desiguales, lentos, como si arrastrara uno de los pies. Por un instante el silencio fue total y luego, de nuevo, oyó los pasos acercándose.

«¿Aló?… Sabía que podría confiar en usted, que no colgaría. ¿Puedo pedirle un favor especial?… No se preocupe. Es sencillo para usted. Sé que le queda fácil… Gracias de nuevo. Lo que quiero pedirle es que cuando se vaya la luz no cuelgue, ¡por favor!… Y si estalla otra bomba, tampoco. ¿Sí? No me deje sola. Y fíjese, con cinco hijos. Pero todos se han marchado ya. Han tomado cada uno su propio camino y me he quedado sola… Es la vida. Sabía que eso sucedería algún día, pero es difícil vivirlo. No somos dueños de los hijos, ni de nadie… ¿Aló?… ¿Oiga?… ¿Me escucha?…”.

¡Sí, claro que la escuchaba! Mauricio quiso saber dónde vivía y cuál era su nombre. Un creciente interés se iba apoderando de él. Pero la anciana empezaba a dar muestras de fatiga y la sola idea de que colgara lo inquietó. Los papeles se invertían. El temor lo rondaba ahora a él. Para evitar la desconexión le pidió el número telefónico. Ella empezó a dictárselo, pero mostró dudas en el cuarto número. Mientras ella fue por su libreta para cerciorarse, Mauricio aprestó la estilográfica de nuevo. Oyó cuando la anciana abrió un cajón. Mauricio imaginó un nochero de madera pulida. La anciana cerró el cajón y rengueó  de nuevo. Pasos desiguales acercándose… A Mauricio le parecía verla arrastrando un pie.

Sí, la llamaría después. Quizás al día siguiente. ¿Qué tanto era una llamada? Para ella significaría compañía. ¿Cuántas personas de esa edad estarían en las mismas? Sí, llamaría a la noche siguiente y la saludaría y le comentaría cualquier cosa… Valía la pena.

De repente, Mauricio sintió como si le pegasen un puñetazo en el oído y dos segundos después escuchó el terrible eco de una explosión. El balcón quedó a oscuras y en el teléfono la voz de la anciana desapareció.

Primer Premio Concurso Nacional de Cuento Carlos Castro Saavedra, 1994