El afán
(Cuento)

Ángel Galeano Higua

Y entre sollozo y sollozo nos contó que al cruzar el puente tres hombres la seguían. Le pareció haberlos visto antes, parados en la esquina de arriba, junto a la casa de Cecilia. Uno de ellos se recargaba en el poste y los otros estaban sentados en la acera. Fumaban y charlaban y a Amira aquello le pareció normal. Pero luego, cuando iba en mitad del puente, se le ocurrió voltear a mirar y vio que la seguían.

El tramo era oscuro pero distinguió el cabello hasta los hombros en una de las sombras. Era el que estaba recargado en el poste. También vio las botas media caña del que estaba sentado en la acera. El único poste del alumbrado eléctrico que había en aquella cuadra tenía el bombillo quebrado. Quizás los mismos asaltantes lo habían roto.

Amira comprendió su error de abandonar, sola, aquella tertulia de amigos. Era ese maldito afán que cargaba cuando empezaba a oscurecer. Aceleró el paso y se mordió los carrillos por el nerviosismo. No había nadie más que los cuatro. A lo lejos, el edificio del Instituto de Ciegos agrandaba la soledad con sus paredes blancas y la hilera de ventanas siempre cerradas. Recordó que en el potrero de al lado había existido, años atrás, el Lago de San Cristóbal y que entonces se veía gente todo el día e inclusive hasta muy avanzada la noche. Pero ahora nada de ello existía ya y comprendió, de golpe, que había seguido con la costumbre de caminar por allí con la misma tranquilidad de entonces. Clavó de nuevo sus dientes en los carrillos y le dolió el dulce sabor de la sangre.

Ni siquiera la patrulla de la policía pasaba a aquellas horas. Tampoco los lujosos carros en que los enamorados subían a dar su apasionada vuelta por los bosques de La Peña. Nadie. Sólo ella seguida de tres sombras.

— ¡Qué bruta soy! —pensó y apresuró el paso— Ya no son los tiempos del lago, estúpida, afanada, he debido pedirle a Carlos que me acompañara —Su respiración se aceleró. Sí, ya no eran los tiempos del lago. Aquella tranquilidad había terminado. Se secaron las aguas y sólo quedó el enorme rectángulo hueco, hasta cuando cuatro volquetas del municipio lo rellenaron. Brotó el pasto y florecieron las toronjas. Luego el viejo Lucas invadió el terreno con sus vacas, pero los chicos del barrio las expulsaron a piedra y junto a los cagajones montaron la cancha de fútbol. Amira recordó que a veces llegaba también el circo Bavaria e instalaba allí su carpa y retoñaba la algarabía, titilaban las luces de colores y sonaba la música de la banda.

Una lluvizna cayó sobre el pavimento. Amira apretó el bolso contra su pecho y miró hacia atrás. Las sombras crecían. Un ligero temblor recorrió su cuerpo. No era el bolso lo que debía proteger, sino así misma. Quiso echar a correr, gritar, pedir auxilio, pero unas manos fuertes la agarraron. El grito se ahogó entre aquellos dedos olorosos a cigarrillo. Un grueso anillo le hirió el labio superior. Otras manos y otros brazos cayeron en su cintura, en su cuello, le arrebataron el bolso y la cadena de oro que su padre le había regalado cuando terminó bachillerato. El anillo en forma de cascabel fue sacado de su dedo y las uñas limadas y pintadas se estropearon en el forcejeo. Jalaron los aretes de sus orejas y un hilo rojo se dibujó en su lóbulo. Quiso dar un puntapié a una de las sombras, pero le atenazaron las piernas y la golpearon. La luna se reflejó en la hoja de un puñal.

Sí, entre sollozos Amira nos contó que en medio del desespero había optado por no contrariar a los bandidos. La podrían apuñalar, aunque ni siquiera tenía posibilidades de contrariarlos por lo inmovilizada que la tenían. Mirábamos a Amira en silencio. Estábamos de pie junto a la escalera, ella sentada en el tercer escalón. Carlos le ofreció un pañuelo.

— ¿Te hirieron?

— No, porque uno de ellos abrió el bolso y el de las greñas largas le dijo que esperara.

— Ahora no se ponga a eso, lo llevamos y después lo revisamos. Ahora requisémosla a ver qué más tiene.

— ¿Ya cogieron el reloj?

— No, no tiene reloj.

— Entonces larguémonos.

— ¿No dijo que la revisáramos?

— Sí, pero nos estamos demorando mucho. Echémosla por allí, para el potrero… Pero rápido. Somos tan salaos que pasa la poli y nos pilla.

La llevaron a empellones hasta las sombras del potrero. Ni el brazo que aprisionaba el estómago, ni la mano en la boca aflojaron la presión. Ella experimentó un estremecimiento brutal al sentir sobre su nuca el aire caliente respirado por el bandido.

— ¿Qué más revisamos? —preguntó uno de ellos mientras la requisaba. Al sentir las manos del ladrón sobre su cuerpo pensó, por primera vez, que la iban a violar y concentró las energías en sus dientes para morder la mano que la amordazaba.

— Quieta, mamacita —le susurró el bandido al oído—. No intente morderme porque le va peor.

— Nada, no tiene nada más.

— Vámonos, no carajiemos.

— ¿Cómo que no tiene más? —preguntó el que le tapaba la boca—. ¿Y la ropita qué? A mi hembrita le puede servir.

— ¡No sea marica, larguémonos ya! Deje esa verraquera para otro día… ¿O es que quiere tirarse todo?

— A la que quiero es a esta belleza.

— ¡Suéltela!

— Sí, llavecita. El mechudo tiene razón. Eso fue lo acordado. Suéltela.

— Suéltela, le digo por las buenas… —Y el del cabello largo blandió una navaja.

— No se haga chuzar, pendejo —Dijo el del bolso.

— Muy macho con esa navaja, ¿no?

— Sí, y usted muy macho con esa hembra agarrada así…Vámonos por las buenas…Además se le esta olvidando que este es territorio de El Gato.

— No se le ocurra gritar —dijo el bandido al tiempo que aflojaba la presión sobre la boca de Amira. Quiso manosearle el rostro pero Amira le respondió con un escupitajo.

— ¡Que ya, hombre, no joda más!

Amira quedó libre pero ni corrió, ni gritó, ni se movió… sencillamente los miró, paralizada. Uno de ellos le dijo que caminara pero que no intentara nada porque perdería su tiempo, que nadie la iba a oír y que se cuidara porque si la volvían a ver sola a esas horas no se lo perdonarían.

— Mamacita, agradezca que hoy estamos zanahorios —El bandido trató de tocarle la cara pero Amira retrocedió un paso. Fue su primer movimiento. Las tres sombras se perdieron en el fondo de la noche mientras Amira, absorta, miraba el oscuro umbral que se los tragó y unas ganas inmensas de correr se fueron apoderando de sus pies.

Sobre la carrera escudriñó todos los rincones, todas las sombras, todas las esquinas, sintiendo el resoplido de su sangre por las venas que acudía a su corazón. La sed le hizo imaginar que en lugar de lengua tenía un trapo. Sintió urgentes deseos de que alguien le dijera algo cariñoso, una necesidad apremiante de que la amaran, de que fueran tiernos con ella, que la aceptaran, que la protegieran.

Tenía que huir pero ¿hacia dónde? Debía abandonar esa oscura soledad. El camino hacia Vitelma era una larga plaga de sombras. Sin resistirse dejó que sus pies la regresaran a la casa de Cecilia, “de donde no he debido moverme”, se recriminaba. “Si no hubiera sido por ese estúpido afán…”

Y apareció allí, sentada en el tercer peldaño de la escalera, pensando en voz alta. Todos la mirábamos y la oíamos, pero ella parecía haber entrado en trance, hablando como si estuviese sola. De manera inconsciente recibió el vaso de agua que le ofreció Marianella y prosiguió con su monólogo: “Tan bien que estaba en la reunión, sentada con todos los compañeros… ¿Por qué me perseguirá este afán? …Nada tenía que ir a hacer en la casa, nada de urgencia…No sé por qué mantengo este afán, no lo sé… Quizás es el afán el que me mantiene a mí”

Y se quedó callada, mirando el vaso… Así, quietecita como una estatua pálida y cansada. Y ninguno de nosotros se atrevió a romper ese derecho.

Bogotá, abril de 1974
Medellín, noviembre de l988.

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