Hallarme en sus ojos

(Cuento)

Ángel Galeano Higua

Cuando nos dieron la noticia de que el colegio sería trasladado a El Bosque, maldije a las directivas y también a los profesores a quienes consideré cómplices de esa determinación. Quise gritar que no lo hicieran, que pensaran en cómo nos afectaría a quienes vivíamos cerca. Me refería a mi mayor angustia: no volvería a ver a la chica del uniforme marinero. Llevaba dos años admirándola desde la acera de enfrente, a primera hora de la mañana y de la tarde. Con ella se embellecía la avenida, pensándola me animaba en las clases y me llenaba de energía para enfrentar cualquier dificultad. La imaginaba atenta en su colegio y quería emularla en el mío oyendo al profesor de castellano cuando nos hablaba de las raíces latinas y griegas y atendía en matemáticas cuando nos enseñaban a extraer la raíz cuadrada de cualquier número. Recuerdo que si no resolvíamos la larga hilera de ejercicios que el profesor de matemáticas copiaba en el tablero, nos sometía a castigo físico que combinaba con la humillación verbal y la amenaza de manchar nuestra hoja de vida con su informe. Yo soportaba todo, inclusive las clases de inglés, cuyo anciano profesor nos obligaba a rezar de pie y en voz alta el Padrenuestro en ese idioma, despertando en nosotros una tirria que no sabíamos si era contra tanta beatería estéril o contra ese acartonamiento de la lengua inglesa. Sí, me portaba a las mil maravillas porque asumía que ella me podría estar viendo en todo momento, como Dios, o más que él. Todo en mí buscaba la perfección para estar a la altura de aquella joven que cada día veía más irresistible. Nada en el mundo atraía tanto mi atención como ella y el hecho de esperarla en la esquina de la Calle Cuarta para verla caminar hasta la Séptima, era un delicioso aliciente. Todo en ella me gustaba: su cabello liso y dorado recortado a la altura de los hombros, su nariz respingada y su cuerpo esbelto. Lo que sucedía en el mundo no me importaba. A pesar de tanto escándalo sobre la guerra de Vietnam yo no me inquietaba, ni siquiera con aquella terrible visión del monje budista que se roció gasolina y se prendió fuego frente a las cámaras de televisión como repudio al desembarco de las tropas norteamericanas en indochina. Tampoco me preocupaba la lucha de uno y otro bando por apoderarse de Cuba, al punto que ni siquiera me tomé el trabajo de buscar la isla en el mapa, por considerar que todo era un montaje de mil folletines arrojados sobre Bogotá desde una avioneta comercial contra el fantasma del comunismo, del cual tampoco sabía nada. Me interesaban los Beatles pues pensaba que ella podía escuchar Let it be o Yesterday. Los combates entre el ejército y la guerrilla me sonaban muy lejanos y el nombre de Antonio Larrota, tan venerado por estudiantes y obreros, no me arrancaba ni un pestañeo. Ella, sólo ella, era el centro de todos mis desvelos.

Sí, quise gritar mi desacuerdo con aquel traslado a El Bosque aunque nos pintaran pajaritos de oro, como ése de que íbamos a respirar aire puro, ya que seríamos vecinos del Jardín Botánico y que el campo para los recreos era extenso y podríamos jugar fútbol y correr largas distancias y disfrutar del sol, no como en aquel patio cementado y reducido de la Calle Séptima, más parecido a una cárcel que a un colegio. Que por allá no circulaban carros como en el centro y que por lo tanto no habrían interferencias en las clases. Y en fin, que no presenciaríamos más el bochornoso espectáculo de tanto burdel y cafetín de mala muerte que rodeaban al colegio, ni tampoco ese desfile de muertos que traían y llevaban al anfiteatro aledaño al plantel. Ningún argumento justificaba el sacrificio de no volverla a ver a ella, alimento diario de mi existencia.

Quise gritarles que nada de eso me convencía y espetarles que dejaran la maldita costumbre de hacer las cosas sin contar con uno. Pero no pude más que mirar con odio al rector que acababa de dar aquella noticia con su vozarrón como salida de ultratumba. El «Loco» Bermúdez, a mi lado, no cabía de la dicha pues siempre había soñado con jugar en una cancha de césped. Lo mismo Novoa y Salazar y Aguirre y todos, que eran una sola alegría los muy tontos, ignorantes de mi dolor. Ahora debía buscar un mecanismo que me permitiera ganar tiempo… Pero el vozarrón dijo que el traslado se haría en el segundo semestre, después de las vacaciones de mitad de año, vacaciones que habían adelantado para la semana siguiente. Al escucharlo sentí un martillazo en la cabeza. Entendí que la vida estaba constituida de porrazos. Ante la contundencia del traslado, no vi más camino que abrirle a ella mi corazón.

“Ahora o nunca”, fue mi grito de batalla para el día siguiente.

Mi madre se extrañó al oírme reburujar muy temprano los trastos en la cocina preparando mi desayuno. Me había levantado sin que ella me despertara y en el jarro de peltre puse a hacer el chocolate en el reverbero eléctrico y luego me metí en la ducha. El chorro frío me cayó como una lluvia de puñales, pero aquel día no dejaría que nada me arredrara y disfruté del baño como muy pocas veces. Luego, cuando intentaba domar mi cabello ante el espejo, sentí el delicioso aroma del chocolate invadiendo la casa y corrí a la cocina pero ya se había derramado sobre la resistencia eléctrica, lo que ponía a mi madre de mal genio porque decía que eso deterioraba el reverbero. No sólo se chorreó el ferroníquel, sino la cubierta del reverbero y la mesa y hasta el piso. Pero nada de eso me inquietaba. Limpié todo y trapeé el piso con esmero y bebí lo poco que quedó en el jarro. Todo lo hacía como en un sueño, me sentía liviano como una pluma, aunque había dormido muy poco pensando en el instante que le hablaría a la hermosa estudiante. Mi madre me atosigó de bendiciones al salir: siempre fue que dejó regar el chocolate, ¿no?, tenga mucho cuidado con los carros, no se distraiga por el camino, ponga atención a las clases y pregunte lo que no entienda, yo veré, mijo, mucho juicio, vaya con Dios, en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo, y se echó la bendición varias veces y me dijo ¿por qué no se la echa mijo también? Me preguntó que porqué iba tan temprano, le dije que debía terminar un trabajo en el taller de electricidad. Sonrío como diciendo: qué bueno que trabajen así, con juicio, y me lanzó otra bendición por si acaso y se entró. Corriendo recorrí las 17 cuadras que separaban a nuestra casa de la esquina donde aparecía ella. Crucé veloz el barrio Las Brisas despreciando los peligros de aquel nido de bandidos y carteristas. Pasé frente a la enladrillada iglesia de Las Cruces donde las viejas vestidas de negro parecían manchas en el portón. Atravesé el parque donde los dos leones de bronce lanzaban agua por sus fauces. Bajé por la calle segunda, frente al teatro Las Cruces, cuya cartelera anunciaba «Donde las águilas se atreven». Media cuadra más abajo, en el cine Nariño, Cantinflas se burlaba de todo el mundo con los pantalones caídos. El billar, donde los zapateros antioqueños tomaban tinto y fumaban escuchando a Gardel, aún no había abierto. Pasé frente a toda esa rutina como una ráfaga, con el pensamiento concentrado en lo que le diría a la chica. Con la respiración acezante y el corazón alborotado, llegué una hora antes de lo acostumbrado a la esquina de la Calle Cuarta. Allí me detuve con la garganta reseca y una desconocida avalancha de ansiedades agolpadas en mi pecho. Aún no sabía cómo iniciar la conversación, ni cómo decirle que ella era la mujer de mis sueños, que la veía aunque no estuviese y que era muy feliz con su existencia.

Me paré en la esquina de enfrente a esperarla, primero como un tonto, despistado y nervioso, luego envalentonado, semejante a un cazador ansioso y después, tonto de nuevo, pero más tonto aún porque ya no estaba nervioso sino aterrado, soportando una lucha cruel entre perseverar y huir, cuando de repente la ví venir. Podría distinguirla entre multitudes, con su uniforme azul marinero que le caía un poco abajo de las rodillas, su cabello suelto y luminoso y esa forma de llevar los libros sobre el pecho. Caminaba como si flotara, erguida y delicada. Crucé la avenida para hacerme el encontradizo. A esa hora iban también otros estudiantes y por ello no me había percatado que venía acompañada. Dudé ante aquella inesperada circunstancia. Era otra chica de su mismo colegio, casi una niña, más bajita y conversadora y ambas reían y en su sonrisa descubrí que el motivo de mis desvelos era más bella de lo que en mi torpeza diaria había visto. En aquel instante supe que había venido al mundo para ella, para ser suyo más allá del cuerpo y del alma. No pensaba siquiera en tocarla. Cualquier pensamiento así era inferior, la manchaba. Ella era para amarla por encima de todas las cosas. Hablarle, inclusive, era un atrevimiento, pero me sobrepuse y cuando llegó a la avenida me le acerqué. Por un instante nuestros ojos se cruzaron y vi dos brillantes esferas de miel que me cautivaron. Sonrió y en mi tontera ni siquiera pude corresponderle. «Hola», me dijo, como si fuésemos amigos de siempre y siguió. Su voz sonó como una melodía. Yo estaba parado, mejor dicho, paralizado y cuando me repuse tuve que correr para alcanzarla y tropecé y caí de bruces. En medio de las burlas de los estudiantes ella tuvo la delicadeza de extenderme su mano. ¡Qué mano!, suave y tibia, pero a la vez firme. Yo sentía que mi cara ardía. Me ayudó a levantarme y con su mirada quiso transmitirme tranquilidad, pero yo sentía pena y mucho ardor en mi cara. Cuando también me ayudó a sacudirme el polvo del suéter me descontrolé y le dije que si quería ser mi novia. Dejó de ayudarme y dio un paso atrás, sin quitarme de encima sus ojos de miel que ahora parecían dos fuegos. Dio media vuelta y le dijo a su amiguita que siguieran porque iban a llegar tarde al colegio, pero mis pies me llevaron de un salto a su lado y mis labios se movieron: ¡Por favor, nos van a trasladar a El Bosque! Y ella, sin entender mis palabras, frunció el ceño y retomó el camino. De nuevo a su lado, mis labios volvieron a la carga: ¡Se lo juro! ¡No podré verla más! Ella hizo un puchero y prosiguió. Entonces le grité que yo seguiría yendo todos los días a verla. Caminábamos a grandes pasos, casi corriendo, y su amiguita me miraba como a un bicho raro. ¿Qué dice de mi propuesta?, le pregunté. Se detuvo y me miró con severidad. Comprobé que inclusive así, furiosa, seguía siendo hermosa. «Cuando deje de decir bobadas y aprenda a caminar sin caerse, volvemos a hablar… por ahí dentro de 20 años».

Eso me dijo con su voz encantadora y se fue. Por eso hoy, cuando se cumplen los 7.305 días que ella propuso, estoy aquí, justo en la Calle Cuarta con la Avenida Décima, aguardándola. Ya no vendrá con el uniforme azul, claro está, pero eso es lo de menos, porque tendré la dicha de resucitar en sus ojos.

Medellín, junio-agosto de 1997

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