octubre 2013


Fugas cruzadas

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

Se le encaramó en la cabeza y penetró la maraña de sus bucles, liberados ese día del tradicional sombrero cascajalero. Euclides Mendoza sintió la helada fuerza del chiflón en sus mejillas y miró de frente el golpazo para esculcar la procedencia, pero sus ojos tropezaron con el imponente cerro Corcovado, cuya cúspide parecía la cabeza de un cóndor con el cuello rodeado de nubes. De allí se desprendían aquellas ráfagas que arañaban la ciénaga y fustigaban su rostro.

A sus espaldas, la chalupa regaba temblores y con la proa azuzaba las garzas empujándoles el vuelo más allá de la orilla. Bagres y bocachicos brincaban en el agua como ilusiones.

Euclides Mendoza planeaba una segunda fuga, para corregir el error más grande de su vida. Tres semanas antes se le había torcido el camino y en lugar de quedarse a enderezarlo, huyó. Ahora con el retorno desafiaba su propio destino.

— «Debo sacarlos de la zona» —Euclides Mendoza se aferró a la chalupa. Ningún pasajero sabía dónde serían interceptados, quizás a la salida del caño o en la boca de la quebrada—. «Sólo así respiraré tranquilo». —Muy pronto estaría al lado de Celinda y eso era lo que importaba.

— «Nunca he debido separarme de ellos». —Imaginó la cara que pondría Celinda al verlo—. «Será una verdadera sorpresa». —Sonrió, la mujer de luto que viajaba a su lado lo miró extrañada.

— «Creerá que estoy loco o embobándome».

En la boca del curaEl motor rugía derrotando el canto de los pájaros. Los ojos de Euclides persiguieron el vuelo de las garzas, hasta que el horizonte las devoró. Una avalancha de reminiscencias aleteó en su memoria… Veintiún días antes, cuando taponaba la última rendija en la nueva casa de madera, llegó corriendo el hijo menor del compadre Remberto:

— ¡Señor Euclides! —Jadeó el niño descalzo—, que ponga mucho cuidado, le manda decir mi papá, porque El Moncho viene bajando con su grupo por el camino de Monterrosas.

Muchas veces le dijo a Celinda que construyeran aquel rancho, porque eso de caminar todos los días del pueblo a la finca y viceversa, lo tenía cansado. Se lo dijo de mil formas. Hambriento y fatigado al caer la tarde; después de la cena, a la luz de la lámpara de petróleo pendiente del horcón; se lo dijo a solas y en presencia de los chicos; en susurros íntimos, al amanecer, con la taza de café humeante, alternando sorbo con petición.

Pero ella se mantuvo regodienta en la postergación, hasta que al fin, un domingo, después de vender la cosecha en la orilla a los intermediarios de Magangué, accedió, no tanto por el pago recibido que representaba tan sólo el cuarenta por ciento de los costos reales, sino porque el arroz obtenido era de muy buena calidad y con ello creían poder tramitar un nuevo crédito.

— Ahora sí, levantemos el rancho —dijo ella. Euclides Mendoza puso manos a la obra. Esculcó el bosque como un sabueso: escogió la mejor madera contra el paso del tiempo, amarró los gruesos tablones de un extremo a la albarda, dejando el otro suelto con el cual iba rayando la trocha durante la marcha. Luego organizó un convite con el Comité de vecinos.

— «Eso de crear el Comité de vecinos estuvo muy bien» —pensó. Y a ese pensamiento adhirió el recuerdo de las jornadas colectivas para levantar el puente arrasado por el barrejobo, cuando agua y lodo se precipitaron en aquel diciembre y los niños eran arrastrados por la repentina hinchazón de la quebrada. Recordó aquella cadena de brazos jalonando la salvación y luego, en otros soles, a muchas manos enracimadas al azadón y la pala, ganándole terreno a la selva para la cancha de fútbol. Le pareció ver de nuevo la enorme pancarta: «Cuidemos la quebrada, es vida», escrita por los estudiantes del Liceo en letras verdes sobre tela blanca y que colgaron de los árboles, a una y otra orilla. Recordó el trabajo comunitario para levantar los muros de la nueva escuela y los convites para abrir el camino hacia la mina y construir los ranchos de la Niñas Cande y Emilia y del compadre Remberto y luego el suyo. Entre todos empujaron el ajetreo hasta coronar el techo con anchas hojas de palma enfiestada.

— Esta casa siempre tendrá las puertas abiertas, nada de cerraduras ni candados.

— No exageres, hombre —dijo Celinda, saliéndole al paso.

— Hoy estamos contentos —sonrió él y habló de la unión sin desconfianzas, de la solidaridad, de la comunicación…Y para completar el tráfago de ilusiones propuso la creación de una cooperativa que les permitiera vender sus cosechas a mejores precios y sin intermediarios—. También debemos pensar en los árboles frutales; o sino miren toda esa guayaba que se está perdiendo.

Al día siguiente de la entechada, todavía con el ron y el bullerengue en el semblante, tomó a sorbos su café y aupó los ánimos hacia la nueva casa, dispuesto a taponar las rendijas de las paredes con aquellas tiras de zinc, recortadas de varios tarros de aceite para motor…Sí, era la última rendija cuando las palabras del niño martillaron sus oídos haciéndole gambar el último clavo. Nunca creyó que El Moncho regresaría. En la noche tendría que reunir a los miembros del Comité para tratar el asunto. La rendija tendría que aguardar. Regresó velozmente al pueblo. Había revuelo en la calle del medio, pero él siguió de largo hacia su casa. Al verlo entrar, Celinda dejó de zurcir la camisa de uno de los chicos.

— ¿Qué piensas hacer?… Lo digo en serio, Euclides, porque si es el maldito Moncho, no hay razón que valga. —Y le dijo que se acordara de lo peligrosa que era esa gente—. Hazme caso, la atmósfera está cargada de horror y lo mejor es marcharse por un tiempo.

Por la mente de Euclides Mendoza desfilaron los planes para cultivar el sorgo y los árboles frutales, las tareas para fortalecer la cooperativa y la construcción de su nuevo rancho. ¿Acaso no había trabajado como una mula para que Celinda y los chicos disfrutaran? No, no huiría.

Celinda abandonó la mesita donde tenía los hilos y las agujas y enfrentó a un Euclides digno pero tozudo. Lo volvió a ver grande en la lucha, igualito a cuando lo conoció. «Este es mi hombre», dijo entonces. Ahora no podía desprenderlo de su vida. Lo quería vivo y no como cualquier héroe enterrado en el rincón de los olvidos. Hablaron en silencio, con ese lenguaje único de los ojos, construido por los dos en largos años de comunión. Así fue como Euclides supo que las palabras de Celinda tenían más peso que el cerro Corcovado.

El Moncho juró vengarse del Comité cuando éste se negó a colaborarle con sus planes de controlar los caminos y cobrar cuotas a los comerciantes y carnetizar a los pescadores y cobrar peajes en la ciénaga y en los caños. Sin embargo, se mostró dispuesto a olvidar su juramento si el Comité apoyaba sus candidatos al Concejo Municipal. Como no obtuvo lo que quería, reafirmó su decisión de liquidarlo a sangre y fuego. Por eso, dentro de pocas horas aquel pueblo sería un infierno.

Celinda fue tajante en que lo más conveniente era eludir un enfrentamiento, porque El Moncho andaba armado hasta los dientes. Le dijo que se llevara la mitad del dinero de la cosecha, que ella y los chicos se defenderían con el resto. Cuídate mucho, le dijo. Es mejor que te vayas solo, así será más fácil salir con vida. Euclides quiso decir que en el Comité se podría organizar la resistencia esa noche, pero imaginó la respuesta de Celinda y prefirió callar. ¿Para qué insistir?. El Moncho los mataría a todos juntitos. Si pudieran hacerle frente, ¡carajo! Pero ¿Cómo? Lo que necesitaban era tiempo para salvar el pellejo.

Todo sucedió tan rápido como en una película pero truncada por varios disparos que espantaron pisingos, gallitos de agua y palomas. Alborotaron los perros y encabritaron mulas y caballos. Los hombres que cultivaban la tierra enderezaron sus espaldas de entre los surcos. Los chicos recogieron los anzuelos en la quebrada y se apresuraron a ganar la orilla y las mujeres corrieron a los postigos llamando a los chiquillos.

Euclides Mendoza miró a través de la ventana: si pudieran vender la tierrita… Pero no había nada más que discutir. Celinda sacó la mitad del dinero de una cajita de lata con adornos, de las mismas en que llegaban las golosinas de contrabando de Venezuela y se la entregó y le dijo que a más tardar en cuatro semanas ella saldría de allí con los chicos, fuese como fuese y que se encontrarían en la casa de su hermana Delis, en Magangué.

Con el corazón encogido como un puño, Euclides Mendoza descolgó la hamaca y la guardó en su mochila de hilo, junto a la linterna y a una caja de fósforos. Tomó el manojo de tabacos que estaba sobre la repisa y estando ya en el umbral de la puerta sintió la necesidad de abrazar a Celinda, besarla, acariciar sus mejillas, su cuello, sentir bien cerca su tierna fortaleza, poderosa fuente de energía… ¡Cuánto hubiera dado por eternizar aquel instante!. Ella, con su cabello negro agarrado sobre la nuca. A través del velo humedecido de sus ojos se descifraron por última vez y juraron reunirse muy pronto, «A más tardar en cuatro semanas», repitió Celinda. ¿Y Los chicos?, no había tiempo… Ambos sofrenaron llantos muy adentro.

La chalupa se acercaba velozmente a la boca del caño. El viento frío acuchillaba los labios y entumecía las manos… Veintiún días… alargados por la incertidumbre y la soledad. El no había sido educado para la soledad y ahora sabía que en ello radicaba gran parte de su vulnerabilidad.

— «¿Por qué no me quedé?» —Dolía la pregunta, pero más le atormentaba la respuesta salpicada, según él, por gruesos goterones de cobardía. Ahora comprendía que Celinda era todo para él. Un enorme vacío le ahuecaba el pecho. Echaba de menos su voz y sus abrazos, el brillo de sus ojos negros y ese cuerpo, el más suave del mundo. Dieciocho años juntos, seis hijos. ¿Qué estarían haciendo en ese momento?. ¿Dónde estaría el mayor?. Habían transcurrido diez meses desde que el ejército lo reclutara en la albarrada de Mompox, durante una redada y desde entonces no tenía ninguna noticia de él. La Niña Emilia vió cuando le echaron el guante. El chico estaba desprevenido cargando los bultos de maíz de su amigo Alcides, colaborándole porque el amigo estaba enfermo. Cuando Euclides se enteró, le dolió como si le hubiesen desmochado un brazo. Su hijo Antonio…, quizás estaba combatiendo en orden público o quizás estuviese muerto ya…

Así transcurrieron tres semanas, hundido en una permanente danza de recuerdos. No perdía noticiero en la radio. Un día hablaron de bombardeos, enfrentamientos y muertos. Se sentía atafagado. Magangué se le antojó un puerto extraño, de aire espeso debido al calor infiernal y el anchuroso río le pareció decrépito.

— Mañana me voy —Le dijo a su cuñada durante la cena— Mañana bien temprano.

— ¡Cómo se te ocurre! ¡Es un suicidio! —Pero Euclides Mendoza ya no atendía razones. Concluyó su cena en silencio, aguijoneado por las miradas de su cuñada y sus sobrinos. Simuló acostarse, pero furtivamente abandonó la casa y se embarcó en aquella chalupa: «La Ultima Esperanza», irónico nombre pintado en letras rojas y amarillas sobre el techo de lona.

— «Me bajaré en La Taponera» —Pensó en las dos leguas antes de llegar al pueblo. Sí, allí, entre los árboles de guayaba y las matas de maíz, aguardaría la noche. Recordó el camino allanado veintiún días atrás, hasta llegar donde tenía oculta la canoa. Ahora le pediría al chalupero que detuviera la marcha en La Taponera, se bajaría y aguardaría las sombras y luego caminaría.

— «La cara que va a poner Celinda» —y la imaginaba recibiéndolo con los brazos abiertos. Debía tener cuidado, pero confiaba en sus habilidades— «De algo ha de servirme conocer la región como la palma de mi mano».

Y era cierto. Euclides Mendoza conocía al dedillo breñales y recovecos, trochas y vericuetos, pero desconocía los últimos movimientos de El Moncho. La chalupa se deslizaba rauda, pero a él se le antojaba lenta y pesada. Un disparo espantó sus meditaciones. Habían llegado al caño y un piquete de hombres armados los esperaba.

— ¡Dios mío! —Exclamó la mujer de luto.

— ¡Hagámosle caso! —dijo otra mujer que llevaba un vestido de flores estampadas y atrevido escote. —No nos queda otro remedio.

Así era. El timonel enfiló la chalupa hacia donde estaba el piquete y disminuyó la velocidad.

— ¡Todos, pa’bajo!
— ¡Con las manos en la nuca!
— ¡Dejen el equipaje en la chalupa!
— ¡A este lado los hombres y aquí las mujeres!
— ¡Rápido, rápido!
— ¡Todo el mundo, cédula en mano!
— ¡Allá usted, muévase! ¡No se haga el pendejo!
— ¿De dónde vienen? ¿Para dónde van? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿A qué se dedican?… ¿Por qué lleva dos panelas?…

A su turno, Euclides Mendoza se aturulló. Primero les dijo que era comerciante y que vivía en Barranquilla, pero cuando le preguntaron en qué comerciaba, no supo qué responder.

— ¿Este viejo me vió cara de güevón o qué? —La culata dibujó una curva en el aire y se estrelló contra su pecho. La fiera interior, agazapada, rugió y quiso salir de su cueva y reaccionar ante el cobarde ataque. Euclides Mendoza avanzó un paso hacia el agresor, cerrados los puños y crispada el alma. Sonaron las armas al ser engatilladas y la imagen de Celinda apareció de pronto en su mente. Una mano lo atajó. Euclides blandió entonces su mirada clavándola bien profundo en el atacante, hasta hurgarle el miedo en el corazón. Luego de vencer aquel socavón humano, descubrió lo joven que era el rostro del agresor, casi de un niño tembloroso. Recordó a su hijo Antonio y un desierto en la garganta le incendió la tristeza. La llamarada se hizo sombra enorme, como de ganas de abrazar al chico uniformado. Dió otro paso adelante, pero aquella mano entre firme y delicada, se lo impidió. Dos hombres armados se dispusieron a reprimirlo y Euclides Mendoza refrenó el abrazo y retrocedió. Supo, por la mano que le sostenía el antebrazo, que la mujer del vestido de flores estampadas lo había salvado.

A pesar de aquel incidente, el piquete estaba contento porque había incautado una caja de whisky, una pequeña planta eléctrica, varias panelas, arroz, cigarrillos, azúcar y aceite de cocina.

— Tranquilo, señor Euclides —susurró la mujer, que luego sonrió a los incautadores para suavizar el encontrón.

— «¿Cómo?, ¿Sabe mi nombre?» —Se asombró él.

— ¡Pueden seguir! —gritó el mandamás de la tropilla. De nuevo, el motor de la chalupa carraspeó y uno a uno, los pasajeros la abordaron cabisbajos y humillados. Lentamente, «La Ultima Esperanza» penetró en el caño.

— ¡Hijueputas! —dijo muy bajo el que había perdido la planta eléctrica.

— ¡Ladrones! —agregó, también en voz baja, el dueño de la caja de whisky.

El viento acarició el derrotado rostro de los viajeros. Euclides buscó la mirada de la mujer que lo atajó y percibió una sonrisa amistosa. A su lado, la mujer de luto sollozaba muy quedo.

Entre todos hicieron el inventario del saqueo, sin excluir el dolor en el pecho de Euclides Mendoza, cuyo esternón parecía desastillado.

Demoraron quince minutos en recorrer el caño, al final del cual otro piquete los emboscó. Esta vez la orden no fue un disparo, sino el tronco de una ceiba atravesado, impidiéndoles el paso. Se repitió la historia:

— «¡Pa’bajo! ¡Pongan las manos donde se vean!…» —La diferencia estuvo en que ahora sus nombres fueron anotados en una libreta. Desde luego, en lugar de Euclides Mendoza, apareció otro nombre.

El resto de las pertenencias quedó en este segundo retén, incluida la chalupa. Fueron trasladados en una que el piquete tenía al otro lado del tronco. El viaje fue directo, rápido y en silencio, amedrentados por el cañón de la metralleta.

Los planes de Euclides Mendoza se hicieron añicos. Entre atónito e incrédulo, comprendió su acorralamiento. Por un instante, al pasar frente a La Taponera, sintió deseos de tirarse al agua, pero se contuvo al ver que otra chalupa venía en dirección contraria con un hombre armado sobre la proa. A medida que se acercaban, aquel hombre armado se agigantaba y la imagen de El Moncho creció como una pesadilla. Euclides Mendoza movió la cabeza para sacudirse la horrible visión que creía fruto de sus nervios hasta comprobar, a pocos metros, que quien venía en la otra chalupa era El Moncho mismo en persona, con la misma gorra de siempre y esas gafitas de vidrio verde, como el culo de una botella. Euclides Mendoza se encogió queriendo desaparecer, guareciéndose entre las dos mujeres para no ser descubierto. Metió su cara entre las manos y hundió sus ojos aterrados en el piso remachado de la embarcación. Las dos chalupas disminuyeron su velocidad antes de cruzarse.

— ¿Todo bien? —gritó El Moncho y Euclides Mendoza recordó esa voz de falsete emergiendo del pasado.

— ¡Sí, todo bien! —respondió el otro y las chalupas retomaron la velocidad, alejándose la una de la otra. La mujer del vestido floreado se llevó sus delicadas manos a la boca, como ahogando un grito.

— «Por fortuna El Moncho no me vio» —pensó Euclides Mendoza, ignorando que desde la otra chalupa Celinda y los chicos tampoco lo vieron a él.

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Medellín, noviembre de 1991, febrero de 1994
Segundo Premio en el Concurso Nacional de Cuento para Trabajadores, 1994

Más allá de la escalera

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

1

Se cimbraron. El maestro nos contó que se cimbraron y que trataron de disimular cuando lo vieron aparecer por entre los balaustres y que estaban en un rincón de la escalera. La chica lloraba. Los vio agitados a los dos, sobre todo a ella y no supo qué hacer, si devolverse o subir la escalera como si nada sucediera, o reprenderlos por estar allí a esa hora, o sonreír. En la confusión ella trató de secar sus lágrimas con la manga del uniforme y el chico, que estaba junto a ella, dio un paso atrás recargándose en el muro. Para amortiguar su intempestiva llegada, el maestro le sugirió al chico que le prestara el pañuelo a Diana para que se secara las lágrimas, pero esto no hizo ninguna gracia al muchacho que le lanzó una mirada de reproche. Haciendo a un lado el titubeo, el maestro subió los catorce escalones de cemento que los separaban.

Vistos desde el pie de la escalera, los dos adolescentes parecían actores de teatro. ¿Quién, de entre el público, se atrevería a subir al escenario a conversar con los actores en plena representación? Sólo al maestro se le ocurrían semejantes pensamientos mientras ascendía. Chorreaba sobre los jóvenes el tono de un juego de luces atemperado por el rayo de sol que se colaba a través de los vidrios de colores de la claraboya. En aquel descansillo la escalera viraba hacia la derecha para extenderse en catorce escalones más, hasta coronar la segunda planta. El recién llegado le preguntó a Diana que si tenía algún problema y ella respondió que no, pero lo dijo en un tono que a éste le pareció hostil y la vió mover la cabeza corroborando el monosílabo para luego, entre sollozos, oírle la voz entrecortada respondiéndole que no se preocupara, que no valía la pena. Un vistazo por la claraboya le permitió al maestro ver el campo de baloncesto vacío y soleado y percibió también, de reojo, la juvenil frente femenina sudorosa y pálida. Algo en la atmósfera le decía que allí, en ese rincón, él sobraba. Habría subido cinco escalones más, cuando Luis Eduardo le pidió que bajara un momento y él imaginó que le solicitarían su intermediación, porque el joven invitó a Diana a confiar en el maestro para compartir incertidumbres, pero ella fue tajante en la negativa y descargó sobre Luis Eduardo sus ojos azules, anegados, como gritándole que se sentía traicionada.

2

En aquella casona construida a principios de siglo, funcionó un convento de las Hermanas Clarisas y unos años antes del gran temblor que derribara el templo colonial que daba sobre la plaza, la casona se transformó en la Normal Superior para Señoritas y, siete años después, el Municipio la compró pero no fue necesaria ninguna mejora porque las monjas la mantenían como una tacita de plata. Por acuerdo del Honorable Concejo, la mansión, que había podido ser destinada a Palacio de Gobierno Municipal, fue declarada patrimonio histórico y destinada a ser Casa de la Cultura, la más bella Casa de la Cultura de todo el oriente, según afirmaban las familias más pudientes de la localidad, como quien dice la flor y nata de Consolaria. La directora había cerrado ya su despacho y se encontraba en ese momento almorzando en su casa, lo mismo la bibliotecaria que, siempre tan delicada, dejó su acostumbrado “Ya vuelvo”, escrito en una hoja sujeta a la puerta con un estoperol. Inclusive el jardinero suspendió el riego de las bromelias y se dirigió a su casa en La Palma, para almorzar y dormir la siesta. Era la hora más propicia y el lugar más adecuado para emplazar al muchacho y así lo calculó Diana, por eso aguardó bajo las escaleras.

Su sorpresa fue tanta o más que la de los dos jóvenes. Eso nos contó el maestro. Nos dijo que no esperaba ver a nadie a aquellas horas y mucho menos en ese rincón y hoy supone que Diana, empujada entonces por la desesperación, decidió aguardar a Luis Eduardo escondida en los bajos de la escalera al medio día, porque sabía que a esas horas todos abandonaban la casona. Disponía de dos horas, dos horas en las que hasta el celador desaparecía encerrándose en el cuarto de llaves que hacía las veces de oficina de celaduría, ubicada a un lado de la entrada, junto a los baños y a la ancha escalera principal de granito. Sabía que el celador entraba en ese cuarto iluminado débilmente por una bombilla salpicada de puntitos color sepia y calentaba su ración de fríjoles rojos, coles, trocitos de papa y cinco o seis cucharadas de arroz con zanahoria. Colocaba todo en una sartén ahumada y luego enchufaba el pequeño reverbero eléctrico. Mientras la comida se ponía a punto, escuchaba el noticiero en su viejo radio Phillips.

Ella sabía que durante aquellos ciento veinte tranquilos minutos, el vigilante no necesitaba aguzar el oído mientras masticaba los alimentos y que podía detectar cualquier ruido sin ningún esfuerzo, por algo llevaba dieciocho años oyendo la misma respiración del jardín y bastaba el más leve movimiento para que sus oídos se conectaran de inmediato. Tenía la certeza de que cualquier ruido suyo la delataría y que si bien el vigilante relajaba un poco la guardia a esas horas, no podía olvidar que era capaz hasta de identificar al viento cuando empujaba las hojas secas de los geranios y bamboleaba los materos colgantes sembrados de helechos crespos y mayames; o cuando algún papel de golosinas, arrojado por los niños de primaria durante las prácticas de la banda de música, era arrastrado por el alargado viento del corredor principal; o cuando las corrientes del patio se hinchaban con los aromas arrebatados a las rosas y los azahares y correteaban por el auditorio donde el grupo de danzas folclóricas cosechaba los mejores aplausos. El vigilante identificaba hasta a los raudos vientos que entraban por el ancho portón, porque de tanto oírlos conocía el singular lamento que emitían al lamer la madera curtida y al acariciar la cabeza del león rugiente que servía de golpeador desde los tiempos republicanos. Distinguía todos los silbidos, hasta los ventarrones anunciadores de tormentas, que se colaban por las rendijas de los ventanales tomándose el segundo piso y mezclándose con los otros chiflones, los altos y fríos, provenientes del Cerro Bonifacio.

Diana debió calcular todos los movimientos del vigilante y el tiempo que invertiría masticando su ración mientras escuchaba el noticiero y cuando salía al corredor con un palillo entre los dientes y se sentaba en la pequeña mesa de ajedrez a escuchar, solitario, el programa de boleros de Oriente Estereo. Ese día la llegada del maestro alegró al vigilante quien se apresuró a invitarlo a jugar una partida, pero el maestro no aceptó porque tenía mucho trabajo y siguió de largo hacia la oficina. El celador ya no se sintió solo, aunque hacía largo rato, en la angosta escalera de atrás, la pareja de adolescentes vivía a hurtadillas, el drama de una despedida turbulenta y fatal.

3

Varios golpes en la puerta lo sobresaltaron y él se quedó quieto, como dando a entender que allí no había nadie. Esperó a que se marcharan pero sobrevino otra racha de golpes apresurados y fuertes, que le hicieron mover la cabeza a lado y lado.
— ¡Maestro, abra por favor! —Era Luis Eduardo— Sé que está ahí adentro…¡Abra!…¡Es una urgencia! —Tampoco se movió ni quitó la vista de la hoja en que trabajaba, pero el muchacho insistió y no tuvo más remedio que abrir. El joven estaba pálido y varias gotitas de sudor se aferraban a su frente.

— ¿Qué sucede?

— ¡Venga, venga! —El chico haló al maestro por la manga de la camisa y cuando salieron al corredor las lágrimas le ahogaron las palabras, se esforzó por hablar, por controlarse, pero la conmoción que lo invadía era muy intensa. El maestro trató de calmarlo y al cabo de unos segundos logró que el chico se apoyara en la baranda de cemento, justo cuando la sombra de una nube se encaramaba sobre los tableros de baloncesto.

— Cálmate, muchacho, ¿en qué puedo ayudarte?

— ¡A mi no, a Diana!… Ella es la que necesita su ayuda.

El chico era un compuesto de palabras en tropel, respiración agitada y llanto incontenible. En medio de su desconcierto, el maestro vió que el chico se inclinó, como si le doliese el estómago y que luego caminó de un lado a otro del corredor, semejante a un presidiario en su celda, tropezándose con las macetas de los geranios cuyos pétalos desprendidos cayeron sobre el baldosín. El maestro no atinó a decir nada, esforzándose por mostrarse calmado, hasta que al fin Luis Eduardo balcució:

— Usted es el único que puede salvarla —Entre ahogos le pidió que la alcanzara, que no la dejara marchar así. —¡Se va a suicidar! Me dijo que nadie la quiere y que su mamá es quien más la maltrata y la humilla por cualquier cosa, hasta por la forma de peinarse y de caminar y de hablar y que no hay quién la pueda ayudar, ni siquiera los muchachos del club y que para completar, dizque yo tampoco me intereso por ella y que así la vida no vale la pena… —La voz de Luis Eduardo se fue apagando hasta caer en un laberinto imperturbable.

El maestro recordó que el año anterior, Diana había ingerido un frasco de fungicida de esos que utilizan los campesinos para proteger de la plaga los cultivos de fríjol y los médicos del hospital, luego de grandes esfuerzos, la habían logrado salvar. Entonces, sin pensarlo dos veces, el maestro salió corriendo detrás de Diana, como enfebrecido también, pero sin saber hacia dónde dirigirse porque nunca supo qué rumbo tomó la chica esa tarde, ni se lo preguntó al día siguiente, cuando la vió jugando ping-pong como si nada hubiera sucedido.

Al anochecer, el maestro regresó a la oficina cansado y pensativo, arrastrando una enorme tristeza por su impotencia. Aún creía que Diana se había perdido. Nos contó que todo estaba oscuro y que subió las escaleras a tientas y al entrar en la oficina, su cabeza tropezó con algo. Accionó el interruptor infructuosamente y maldijo el racionamiento. Recordó que junto a la repisa de los diccionarios había una caja de fósforos. Al tanteo dió con ella, rastrilló una cerilla y con el resplandor amarillento de la llama, descubrió los pies colgantes de Luis Eduardo.

Eso nos contó el maestro que, desde entonces, se ha vuelto más callado.

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Medellín, mayo de 1993 – mayo de 1995
Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuento Alfonso Castro, Universidad de Antioquia, Facultad de Medicina, 1995

Pérdidas a término fijo

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

Aplastaba las hormigas con la yema de los dedos sobre el mantel. Las veía caminar por el bosque impreso de la tela y luego, como un dios en cacería, las aguardaba en un claro y las despachurraba sin piedad. Gozaba palpándolas primero, corroborando su diminuta existencia, para presionar el dedo después, girándolo, hasta no sentir sino un polvillo despreciable. A veces imaginaba la ruta que seguirían sobre el estampado y se apostaba al acecho detrás de un grueso árbol.

Así se distrajo por unos minutos, pero su pensamiento voló luego, largo rato, alrededor de su nueva desventaja. Ahora pertenecía al ejército de desempleados, esa categoría que siempre le pareció infeliz. Cuando los compañeros de la sección de hilados empezaron a hablar de los despidos masivos, siguió tan campante como si no fuera con él. “Cuando nos toque el maldito turno vamos a recibirlo de pie, como hombres dignos”, decían los obreros veteranos, pero él se burlaba para sí, porque confiaba en que sus dieciocho años de buenos servicios a la empresa harían de escudo irrompible. Su hoja de vida era impecable. Jamás un llamado de atención y se ufanaba de no tener ni siquiera un retardo.

Pero el tiempo volvió trizas los deseos. fue tan injusto el revés que no le quiso contar nada a su mujer para no alarmarla. Sabía que ella empezaría a indagar, a proponer, a sufrir. Ya le parecía oírla cada mañana con su cantaleta y también en la noche, al regresar. Bastante tenía la pobre con el cuidado de la casa y de los chicos, ¿para qué mortificarla más? Además ella no podía hacer nada, como tampoco esos compañeros que hablaban todo el turno de lo mismo. Nadie podía detener la modernización del país. Qué curioso, nunca había pensado que para modernizar fueran necesarios los despidos masivos. Alguna vez en un cursillo sindical le enseñaron que las máquinas no podían reemplazar al hombre, pero en aquella fábrica no veía ni nuevas máquinas ni nuevos hombres. Lo único novedoso era la cara de desmoralizados que ahora tenían los patronos.

Había decidido no contarle nada a su mujer y en cambio dedicarse a buscar un nuevo empleo. No sabía si era el orgullo o la dignidad lo que lo empujaba a ocultar la verdad. Quizás fuese temor a que lo vieran rebajado al nivel de desempleado, tal como vio a sus compañeros de la sección de hilados. Pensó que podría hallar un mejor empleo, con más sueldo. ¿Por qué no? ¿Por qué de una desgracia no podía salir algo bueno?

Despachurró otra hormiga que correteaba por el pocillo del tinto. Con esa completaba once. Podría llegar a veinte mientras esperaba, la misma cantidad de meses que llevaba mordiendo a solas aquella desventura. Horrible tiempo más largo que los dieciocho años de vida entregados a la textilera.

Para no alterar las costumbres en su hogar depositó el dinero de la liquidación en una corporación financiera, de ésas que pintan pajaritos de oro en la televisión. Cada quince días retiraba una cantidad como si fuese el sueldo. Todo iba bien al principio e inclusive le gustó el método. Se sintió inteligente, como un hombre que vivía de la renta sin tener que molerse el espinazo ante un patrón. Durante varias quincenas vivió convencido de ser un hombre práctico, previsivo, que sabía capotear la vida. Muchos de sus compañeros habían recibido el dinero de la liquidación antes de ser arrojados al pavimento y se lo habían bebido y malgastado en superficialidades. En cambio él había obrado con cabeza fría, llegando a creer asegurado el mercado de cada quincena, el colegio de los muchachos y el pago de los servicios de electricidad, agua y teléfono.

Pero el dinero se empezó a agotar y cada vez más rápido. Antes el saldo le bailaba alegremente ante los ojos. Cantidades de siete cifras. Después bajó a seis. Hasta que llegó a cinco… Apretaba los dientes con desespero, perplejo por la velocidad con que disminuía. Hacía cuentas cada rato, a escondidas, fuera de su casa, en una heladería o en una de las bancas del Parque de Bolívar. Calculadora en mano repasaba, uno a uno, todos los gastos. Veía cómo, de esa ilusión que se secaba, surgía la pesadilla de una tarasca pavorosa que le perseguía para arrancarle la piel a mordiscos.

Buscó empleo con verdadero tesón hasta que lo contrataron para cargar bultos en los camiones de la plaza mayoritaria de Itagüí. Fueron dos semanas en extremo duras, durante las cuales se sintió exprimido. Sus movimientos se hicieron más lentos hasta que lo despidieron. Necesitaban jóvenes incansables, llenos de energía. El pago no le alcanzó ni para completar los costos del mercado. En cambio, un dolorcito le quedó clavado en la espalda como una puñalada. Su mujer empezó a sospechar porque lo vio secarse como un rejo. Caía en la cama como una piedra y ella con deseos de compartir ansias. Más se demoraba él en poner la cabeza sobre la almohada que en dormirse. Le decía cualquier mentira para tranquilizarla. Al menos eso creía él.

¿Hasta cuándo iba a durar aquel infierno? Era la pregunta que se formulaba mientras aplastaba hormigas sobre el mantel. Aguardaba a su viejo amigo en aquella cafetería. Le pediría ayuda. Para eso son los viejos camaradas, ¿no?

La angustia atravesada en su garganta, que le exigía tragar saliva sin cesar, lo sacó del fabuloso bosque estampado en el que se hallaba sumergido. Una hormiga esquivó su dedo y él, ofendido, la persiguió con furia. Entre más quería alcanzarla más torpe era su mano. El insecto se escapó bordeando el azucarero, luego corrió veloz alrededor del salero y cruzó hacia el florero, para ocultarse después debajo del vaso que contenía agua. Movió el azucarero y el salero y el florero y el vaso, pero la hormiga se escabulló de nuevo. Entonces permaneció quieto, aguardando a que también la hormiga hiciera lo mismo, para lanzarse luego al ataque. Puso en juego toda su atención para atraparla y cuando lo hizo la aplastó con sevicia y desespero, como si en ese acto se deshiciera también de su propia ruina.

El tiempo pasaba y el viejo compañero de sección no llegaba. Una sutil ofuscación empezó a inundarlo. Le dolían los pies de tanto caminar, pues ya ni tenía dinero para pagar el pasaje del bus. Sintió cómo sus tripas crujían de hambre. Sudaba. Tomó el último sorbo de agua que le quedaba y lo paladeó con la ilusión de hallar algún sabor.

Estando en esas vio aparecer al amigo en la puerta y la alegría se le desbordó en una sonrisa. Lo llamó a gritos: “¡Aquí, aquí!”, y el amigo levantó la mano saludándolo y se apresuró al encuentro. Lo vio envejecido, flaco, ojeroso… ¿Así se vería él también?. El encuentro opacó todas sus expectativas. No esperaba ver al antiguo camarada de sección así de acabado. Comprendió lo imposible que era esperar ayuda de otro derrotado como él, cuando le oyó decir “invitáme a tinto”, que más parecía una súplica que un saludo. Lo invadió el desaliento. Aquella compañía acrecentaba su soledad. Apretó los dientes con fuerza al ver que el viejo camarada se quejaba también de sus pies.

Medellín, 1993 – 1996

Con su nombre pero sin su mirada

 Ángel Galeano Higua

(Cuento)

La cara que van a poner. Los imagino mirándome, incrédulos. Primero querrán callarme cuando les interrumpa el partido: adivinen a quién vi hoy en el centro. Me dirán deje la bulla y volverán a pegarse a la radio. Cuando sepan que fue a ella me mirarán entre envidiosos y perplejos. Luego apagarán un momento y vendrá el bombardeo de preguntas y pedirán detalles, como si no los conociera.

Mijo, tiene que ir a pagar los servicios porque hasta mañana hay plazo. Eso me dijo mi madre anoche, antes de acostarse. Pensé ir a Villanueva, como el mes pasado, pero por el camino decidí variar para la oficina de la Avenida Oriental, sobre todo por esa fila tan larga. Menos mal que el profe de matemáticas aplazó el examen o sino me hubiera tocado decirle a mi madre que mandara a Juan Pablo, que no hace sino vagar. Aunque sería pendejada porque él cogería esa plata para vicio. De Villanueva no me quejo. Lo único es la fila, porque el centro comercial es agradable, tiene juegos para niños y bancas de madera y hasta librería y la oficina es amplia y fresca, no como la de la Avenida Oriental que es muy pequeña y sofocante. Además, las chicas que van a Villanueva parecen como sacadas de una revista de modas y así el tiempo se pasa volando. Lástima que ella trabaje en la Oriental donde todo es apeñuscado y hasta se puede sentir ese olor a cebollas de la muchacha que estaba adelante de mi, en la fila. Se veía que también iba a pagar los servicios y que estaba cansada porque buscaba recargadero. Como no llevé mi cuaderno para repasar me distraje mirando para un lado y otro. Sin pensarlo resulté con los ojos en la nuca de la muchacha y en su cabello rubio recortado y brillante, limpio. La fila parecía una culebra y en una curva me tocó al lado de un jubilado que no hacía sino maldecir al gobierno y toser a cada rato. Las paredes estaban repletas de propaganda: “En este banco su dinero se multiplica” y “Hágase rico con nosotros”. Los ahorradores felices iban en sus carros último modelo por grandes avenidas. Junto al aire acondicionado, que parecía una parrilla vieja que no funcionaba, se veía una playa como las de Coveñas, también con ahorradores felices nadando y pescando. En otro anuncio un niño jugaba con un computador. Y enredaderas por un lado y otro, idénticas a las que mi madre sembró en diciembre en la vieja tetera esmaltada que la abuela le dejó de herencia. En las ramas habían pájaros de varios colores, iguales a los del zoológico de Guayabal. Dos policías permanecían detrás de las ventanillas mirándonos a todos como si fuésemos sospechosos. De aburrido me puse a imaginar que aparecía una banda de asaltantes con la cara cubierta y metralletas en la mano, como en las películas gringas, y el que parecía el jefe decía con su vozarrón esto es un asalto, obedezcan y nadie saldrá herido. Yo creo que esos malevos se cubren la cara para que no se les vea el miedo. Nos hacían poner las manos en la nuca y agachar la cabeza. Al que la levante se la vuelo, decía el vozarrón. Al final la cosa terminaba en balacera… Y ella en mitad del barullo. Yo sería capaz de arrastrarme por entre el zumbido de las balas para rescatarla. Que se lleven ese puto dinero si quieren, pero que no vayan a joder a nadie y mucho menos a ella que, ahí donde la vi, está muy expuesta. Ojalá nunca suceda esta imaginación. Mi madre no conoce un banco por dentro y mejor así, porque hacer fila le debe sentar muy mal para las varices. En un banco todo es fila y aburrimiento, parecido a cuando esperamos el bus. El país está mal hecho. Sí, en eso tiene mucha razón el profesor de sociales. Pero lo digo también por mi madre que apenas si descansa los domingos y por Juan Pablo que está embolatado. Creo que estaba haciendo el almuerzo. Me refiero a la muchacha que olía a cebollas. De pronto apareció un tipo de overol y se puso a limpiar los vidrios. Nos distrajimos viendo cómo chorreaba el vidrio del ventanal con la pistola de agua enjabonada que sacó de la caja de herramientas, luego pasó ese limpiador de caucho en forma de T y así se nos fue apareciendo la calle al otro lado. Pasaba y pasaba gente y buses y taxis y nosotros ahí, como en una vitrina, haciendo la fila. Volví a imaginarme el asalto. Después de rescatarla terminábamos de novios y llegábamos al barrio tomados de la mano y los muchachos me miraban con ojos de envidia. Yo, bien orgulloso, les decía que siguieran embobados con el fútbol, que así envejecerían. A mi también me gusta el fútbol pero la vecina me gusta más. Todavía no sabía que ella estaba allí, porque uno ve a los cajeros es cuando ya va llegando a las taquillas. Ni idea de que aquellas manos veloces y esos dedos alargados de uñas puliditas que contaban billetes como una máquina, fueran de ella. Me dí cuenta después de que el gordo de sombrero blanco terminó la consignación y se marchó. Entonces la pude ver, preciosa, con su cabello cayéndole sobre los hombros y esos ojazos que uno quisiera que lo miraran aunque fuera un segundo. Ya estaba hastiado de fila y me dolía este músculo que la profe Marina llama deltoides, pero me volvió el alma al cuerpo cuando la vi. Claro que se me resecó la garganta. ¿Quién iba a pensar que trabajaba allí? La cara que van a poner. Me mirarán entre envidiosos e incrédulos, seguro. No sabíamos su nombre, hasta hoy que le ví el carné que tenía en el pecho. A veces nos parece antipática porque pasa sin mirarnos, como si no existiéramos. En cambio nosotros sí la observamos enterita desde que aparece cerca al paradero del bus, hasta cuando voltea allá, junto a la tienda de don Ramón. Siempre es que la vemos dos cuadras, la mitad de frente y la otra mitad alejándose. Al principio se nos iban los ojos detrás de ella, pero después se nos fue todo. No aguantábamos el suspiro de lo pispa que es. Bueno, pispa no, porque según dice Héctor Guillermo pispa es una fea arreglada y ella es natural. Esa hembra me anarquizó los sueños, dijo Héctor Guillermo un día. El habla mejor que nosotros porque ya va en la Universidad. Todo lo que queremos decirle se nos atraganta al verla. Valientes bobos, diría ella si lo supiera. Cuando la fila corría yo sentía cosquillas en el estómago. Ojalá me atienda ella, repetía mentalmente, pero al mismo tiempo pensaba que debía estar firme por si me reconocía para no achantarme. ¿Por qué será que una mujer así nos confunde tanto? No podía hacerme el indiferente, eso se sabía. Lo primero era sostenerle la mirada así, de frente, sin titubear. Amistoso, mejor dicho. Le extendería el recibo de pago y la plata y la saludaría por su nombre. Para eso le vi el carné, ¿no? Pero a la muchacha de adelante le tocó esa taquilla y yo quedé sin saber qué hacer. Cuando dijeron el que sigue le cedí el turno al que iba detrás y luego al otro y al otro, hasta que ella me pudiera atender. Mientras tanto leí y releí su nombre en el carné, convenciéndome cada vez más de que ese era el nombre perfecto para esas manos, para ese cabello, para esa boca y cuando fue mi turno se me enredó la lengua, se enloquecieron mis manos y hasta se me cayó el dinero al piso y casi no puedo entregarle la factura de lo temblecudo que me puse… Y ella ni siquiera me miró. Tomó entre sus dedos la factura, me recibió los billetes ensurullados, hizo la cuenta en la sumadora y me devolvió el cambio. Después tecleó unos números en el computador y puso un sello en la factura. Todo lo hizo sin mirarme. De repente le dije, todo en orden, ¿verdad?, y sentí susto de haberle hablado. Movió la cabeza levemente dándome a entender que sí, que todo estaba bien. Por último, con el bolígrafo trazó en la factura lo que yo creo que es la letra inicial de su nombre y me la entregó. El siguiente, dijo, y su mirada azul pasó rozándome el hombro, hasta que el siguiente de la fila me empujó a un lado. Claro que esto no se lo voy a contar a nadie. Ni pendejo que fuera. De todas maneras eso ya no importa, porque aquí voy que no quepo en este bus, dichoso, acariciando en silencio la letra inicial de su nombre.

Medellín, abril de 1996

El río fue testigo
De Ángel Galeano Higua

Por Joaquín Peña Gutiérrez*

Entre los acontecimientos históricos que fundamentan la Ilíada y la escritura de la obra median unos cinco siglos. Para el caso fue el tiempo suficiente para que aquellos acontecimientos se limpiaran, se esencializaran y se transformaran en una realización y sentido que el hecho histórico no previó. La historia de un saqueo –normal en aquellos tiempos; y en estos– se convirtió en una gesta del amor y la valentía y el honor. Se tiene así, para la literatura, la ficción nacida de la realidad sin ser ella. Es ni más ni menos el problema que se le plantea desde Homero hasta hoy a los escritores de relatos, cuentos y novelas, sin tener como Homero cinco siglos que le hagan el favor de cambiarle la historia por la ficción.

Rev. Hojas Universitarias No. 67Nadie sabe a ciencia cierta cuánto le cuesta a cada escritor sus invenciones. Nadie sabe que esa invención tan parecida a la realidad pasó por una selección, organización, desecho, cuántas reelaboraciones, transformaciones y apariciones imprevistas que la realidad que parece mostrar, no estuvo. Se quiere decir que el llamado realismo también enmascara y aunque no parezca, en últimas no se puede superponer a la realidad real.

El río fue testigo, la novela de 388 páginas de Ángel Galeano Higua publicada por la Universidad de Antioquia en su colección Narrativa, es el resultado de no se sabe cuántos enfrentamientos de su autor con una realidad que vivió Colombia hace poco tiempo y que él tuvo que –domesticar – para la literatura hasta convertirla en novela. Buena parte del éxito literario de una novela radica en el éxito de autor en este enfrentamiento; en la ficcionalización de la realidad de acuerdo con la naturaleza propia de la literatura; la novela, para el caso.

Ángel Galeano Higua toma, asume, quiere escribir o se le impone escribir sobre un hecho importante en la historia del país.

Las décadas del 60 y 70 tuvieron mucho movimiento en el mundo, Latinoamérica y Colombia. Un punto común lo constituye el deseo de transformación. En todo. En ese todo está incluida la revolución social, política, cultural. La revolución. Hay los que participan en ella en las movilizaciones de masas, en los movimientos obreros, estudiantiles; en la guerrilla, en política comunitaria popular –fundación de cooperativas, droguerías, brigadas de salud, librerías, bibliotecas, vías de comercialización de productos– al movimiento hippie también hay que mencionarlo en la misma dimensión.

Página Revista Hojas UniversitariasA imitación de los curas que tratan de realizar su jesusismo con la comunidad de los desposeídos, la novela desea dejar testimonio de la acción de una gran brigada de –apóstoles laicos que quiso hacer trabajo social como se entendía en aquel entonces, sin armas ni proselitismo político expreso. El resultado es la muerte para algunos. Para todos, el fracaso. El juego de agentes, factores e intereses, guerrilla, Estado, paracos, delincuencia prolongan hasta hoy la situación, como si la novela no hubiera terminado.

Ángel Galeano sabe que la palabra como la sal, preserva a los hechos, a la vida de la corrupción a la que los somete el tiempo. Ha escrito estas casi 400 páginas tal vez como llama; ellas se leen como si fueran menos a pesar de ese título como de otro tiempo.

El lector sabrá determinar cómo le fue al escritor en ese enfrentamiento ineludible entre la realidad real que sostiene su obra y su ficcionalización, que la hace del todo.

El autor es fundador de la Fundación Cultural Héctor Rojas Herazo, de Cartagena; de la Fundación Arte y Ciencia, de Medellín; de los libros Rumor de río, crónicas y reportajes, En la boca del cura y otros relatos; fundador y director de El Pequeño Periódico de carácter cultural, entre otras de sus construcciones de hombre atento a la cultura de los hombres y del país. La novela reseñada fue finalista en el Concurso Nacional convocado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá en 2003.

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* Revista Hojas Universitarias, Universidad Central, Bogotá. No. 67, Julio-Diciembre de 2012, pg. 207,208