Con su nombre pero sin su mirada

 Ángel Galeano Higua

(Cuento)

La cara que van a poner. Los imagino mirándome, incrédulos. Primero querrán callarme cuando les interrumpa el partido: adivinen a quién vi hoy en el centro. Me dirán deje la bulla y volverán a pegarse a la radio. Cuando sepan que fue a ella me mirarán entre envidiosos y perplejos. Luego apagarán un momento y vendrá el bombardeo de preguntas y pedirán detalles, como si no los conociera.

Mijo, tiene que ir a pagar los servicios porque hasta mañana hay plazo. Eso me dijo mi madre anoche, antes de acostarse. Pensé ir a Villanueva, como el mes pasado, pero por el camino decidí variar para la oficina de la Avenida Oriental, sobre todo por esa fila tan larga. Menos mal que el profe de matemáticas aplazó el examen o sino me hubiera tocado decirle a mi madre que mandara a Juan Pablo, que no hace sino vagar. Aunque sería pendejada porque él cogería esa plata para vicio. De Villanueva no me quejo. Lo único es la fila, porque el centro comercial es agradable, tiene juegos para niños y bancas de madera y hasta librería y la oficina es amplia y fresca, no como la de la Avenida Oriental que es muy pequeña y sofocante. Además, las chicas que van a Villanueva parecen como sacadas de una revista de modas y así el tiempo se pasa volando. Lástima que ella trabaje en la Oriental donde todo es apeñuscado y hasta se puede sentir ese olor a cebollas de la muchacha que estaba adelante de mi, en la fila. Se veía que también iba a pagar los servicios y que estaba cansada porque buscaba recargadero. Como no llevé mi cuaderno para repasar me distraje mirando para un lado y otro. Sin pensarlo resulté con los ojos en la nuca de la muchacha y en su cabello rubio recortado y brillante, limpio. La fila parecía una culebra y en una curva me tocó al lado de un jubilado que no hacía sino maldecir al gobierno y toser a cada rato. Las paredes estaban repletas de propaganda: “En este banco su dinero se multiplica” y “Hágase rico con nosotros”. Los ahorradores felices iban en sus carros último modelo por grandes avenidas. Junto al aire acondicionado, que parecía una parrilla vieja que no funcionaba, se veía una playa como las de Coveñas, también con ahorradores felices nadando y pescando. En otro anuncio un niño jugaba con un computador. Y enredaderas por un lado y otro, idénticas a las que mi madre sembró en diciembre en la vieja tetera esmaltada que la abuela le dejó de herencia. En las ramas habían pájaros de varios colores, iguales a los del zoológico de Guayabal. Dos policías permanecían detrás de las ventanillas mirándonos a todos como si fuésemos sospechosos. De aburrido me puse a imaginar que aparecía una banda de asaltantes con la cara cubierta y metralletas en la mano, como en las películas gringas, y el que parecía el jefe decía con su vozarrón esto es un asalto, obedezcan y nadie saldrá herido. Yo creo que esos malevos se cubren la cara para que no se les vea el miedo. Nos hacían poner las manos en la nuca y agachar la cabeza. Al que la levante se la vuelo, decía el vozarrón. Al final la cosa terminaba en balacera… Y ella en mitad del barullo. Yo sería capaz de arrastrarme por entre el zumbido de las balas para rescatarla. Que se lleven ese puto dinero si quieren, pero que no vayan a joder a nadie y mucho menos a ella que, ahí donde la vi, está muy expuesta. Ojalá nunca suceda esta imaginación. Mi madre no conoce un banco por dentro y mejor así, porque hacer fila le debe sentar muy mal para las varices. En un banco todo es fila y aburrimiento, parecido a cuando esperamos el bus. El país está mal hecho. Sí, en eso tiene mucha razón el profesor de sociales. Pero lo digo también por mi madre que apenas si descansa los domingos y por Juan Pablo que está embolatado. Creo que estaba haciendo el almuerzo. Me refiero a la muchacha que olía a cebollas. De pronto apareció un tipo de overol y se puso a limpiar los vidrios. Nos distrajimos viendo cómo chorreaba el vidrio del ventanal con la pistola de agua enjabonada que sacó de la caja de herramientas, luego pasó ese limpiador de caucho en forma de T y así se nos fue apareciendo la calle al otro lado. Pasaba y pasaba gente y buses y taxis y nosotros ahí, como en una vitrina, haciendo la fila. Volví a imaginarme el asalto. Después de rescatarla terminábamos de novios y llegábamos al barrio tomados de la mano y los muchachos me miraban con ojos de envidia. Yo, bien orgulloso, les decía que siguieran embobados con el fútbol, que así envejecerían. A mi también me gusta el fútbol pero la vecina me gusta más. Todavía no sabía que ella estaba allí, porque uno ve a los cajeros es cuando ya va llegando a las taquillas. Ni idea de que aquellas manos veloces y esos dedos alargados de uñas puliditas que contaban billetes como una máquina, fueran de ella. Me dí cuenta después de que el gordo de sombrero blanco terminó la consignación y se marchó. Entonces la pude ver, preciosa, con su cabello cayéndole sobre los hombros y esos ojazos que uno quisiera que lo miraran aunque fuera un segundo. Ya estaba hastiado de fila y me dolía este músculo que la profe Marina llama deltoides, pero me volvió el alma al cuerpo cuando la vi. Claro que se me resecó la garganta. ¿Quién iba a pensar que trabajaba allí? La cara que van a poner. Me mirarán entre envidiosos e incrédulos, seguro. No sabíamos su nombre, hasta hoy que le ví el carné que tenía en el pecho. A veces nos parece antipática porque pasa sin mirarnos, como si no existiéramos. En cambio nosotros sí la observamos enterita desde que aparece cerca al paradero del bus, hasta cuando voltea allá, junto a la tienda de don Ramón. Siempre es que la vemos dos cuadras, la mitad de frente y la otra mitad alejándose. Al principio se nos iban los ojos detrás de ella, pero después se nos fue todo. No aguantábamos el suspiro de lo pispa que es. Bueno, pispa no, porque según dice Héctor Guillermo pispa es una fea arreglada y ella es natural. Esa hembra me anarquizó los sueños, dijo Héctor Guillermo un día. El habla mejor que nosotros porque ya va en la Universidad. Todo lo que queremos decirle se nos atraganta al verla. Valientes bobos, diría ella si lo supiera. Cuando la fila corría yo sentía cosquillas en el estómago. Ojalá me atienda ella, repetía mentalmente, pero al mismo tiempo pensaba que debía estar firme por si me reconocía para no achantarme. ¿Por qué será que una mujer así nos confunde tanto? No podía hacerme el indiferente, eso se sabía. Lo primero era sostenerle la mirada así, de frente, sin titubear. Amistoso, mejor dicho. Le extendería el recibo de pago y la plata y la saludaría por su nombre. Para eso le vi el carné, ¿no? Pero a la muchacha de adelante le tocó esa taquilla y yo quedé sin saber qué hacer. Cuando dijeron el que sigue le cedí el turno al que iba detrás y luego al otro y al otro, hasta que ella me pudiera atender. Mientras tanto leí y releí su nombre en el carné, convenciéndome cada vez más de que ese era el nombre perfecto para esas manos, para ese cabello, para esa boca y cuando fue mi turno se me enredó la lengua, se enloquecieron mis manos y hasta se me cayó el dinero al piso y casi no puedo entregarle la factura de lo temblecudo que me puse… Y ella ni siquiera me miró. Tomó entre sus dedos la factura, me recibió los billetes ensurullados, hizo la cuenta en la sumadora y me devolvió el cambio. Después tecleó unos números en el computador y puso un sello en la factura. Todo lo hizo sin mirarme. De repente le dije, todo en orden, ¿verdad?, y sentí susto de haberle hablado. Movió la cabeza levemente dándome a entender que sí, que todo estaba bien. Por último, con el bolígrafo trazó en la factura lo que yo creo que es la letra inicial de su nombre y me la entregó. El siguiente, dijo, y su mirada azul pasó rozándome el hombro, hasta que el siguiente de la fila me empujó a un lado. Claro que esto no se lo voy a contar a nadie. Ni pendejo que fuera. De todas maneras eso ya no importa, porque aquí voy que no quepo en este bus, dichoso, acariciando en silencio la letra inicial de su nombre.

Medellín, abril de 1996

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