Fugas cruzadas

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

Se le encaramó en la cabeza y penetró la maraña de sus bucles, liberados ese día del tradicional sombrero cascajalero. Euclides Mendoza sintió la helada fuerza del chiflón en sus mejillas y miró de frente el golpazo para esculcar la procedencia, pero sus ojos tropezaron con el imponente cerro Corcovado, cuya cúspide parecía la cabeza de un cóndor con el cuello rodeado de nubes. De allí se desprendían aquellas ráfagas que arañaban la ciénaga y fustigaban su rostro.

A sus espaldas, la chalupa regaba temblores y con la proa azuzaba las garzas empujándoles el vuelo más allá de la orilla. Bagres y bocachicos brincaban en el agua como ilusiones.

Euclides Mendoza planeaba una segunda fuga, para corregir el error más grande de su vida. Tres semanas antes se le había torcido el camino y en lugar de quedarse a enderezarlo, huyó. Ahora con el retorno desafiaba su propio destino.

— «Debo sacarlos de la zona» —Euclides Mendoza se aferró a la chalupa. Ningún pasajero sabía dónde serían interceptados, quizás a la salida del caño o en la boca de la quebrada—. «Sólo así respiraré tranquilo». —Muy pronto estaría al lado de Celinda y eso era lo que importaba.

— «Nunca he debido separarme de ellos». —Imaginó la cara que pondría Celinda al verlo—. «Será una verdadera sorpresa». —Sonrió, la mujer de luto que viajaba a su lado lo miró extrañada.

— «Creerá que estoy loco o embobándome».

En la boca del curaEl motor rugía derrotando el canto de los pájaros. Los ojos de Euclides persiguieron el vuelo de las garzas, hasta que el horizonte las devoró. Una avalancha de reminiscencias aleteó en su memoria… Veintiún días antes, cuando taponaba la última rendija en la nueva casa de madera, llegó corriendo el hijo menor del compadre Remberto:

— ¡Señor Euclides! —Jadeó el niño descalzo—, que ponga mucho cuidado, le manda decir mi papá, porque El Moncho viene bajando con su grupo por el camino de Monterrosas.

Muchas veces le dijo a Celinda que construyeran aquel rancho, porque eso de caminar todos los días del pueblo a la finca y viceversa, lo tenía cansado. Se lo dijo de mil formas. Hambriento y fatigado al caer la tarde; después de la cena, a la luz de la lámpara de petróleo pendiente del horcón; se lo dijo a solas y en presencia de los chicos; en susurros íntimos, al amanecer, con la taza de café humeante, alternando sorbo con petición.

Pero ella se mantuvo regodienta en la postergación, hasta que al fin, un domingo, después de vender la cosecha en la orilla a los intermediarios de Magangué, accedió, no tanto por el pago recibido que representaba tan sólo el cuarenta por ciento de los costos reales, sino porque el arroz obtenido era de muy buena calidad y con ello creían poder tramitar un nuevo crédito.

— Ahora sí, levantemos el rancho —dijo ella. Euclides Mendoza puso manos a la obra. Esculcó el bosque como un sabueso: escogió la mejor madera contra el paso del tiempo, amarró los gruesos tablones de un extremo a la albarda, dejando el otro suelto con el cual iba rayando la trocha durante la marcha. Luego organizó un convite con el Comité de vecinos.

— «Eso de crear el Comité de vecinos estuvo muy bien» —pensó. Y a ese pensamiento adhirió el recuerdo de las jornadas colectivas para levantar el puente arrasado por el barrejobo, cuando agua y lodo se precipitaron en aquel diciembre y los niños eran arrastrados por la repentina hinchazón de la quebrada. Recordó aquella cadena de brazos jalonando la salvación y luego, en otros soles, a muchas manos enracimadas al azadón y la pala, ganándole terreno a la selva para la cancha de fútbol. Le pareció ver de nuevo la enorme pancarta: «Cuidemos la quebrada, es vida», escrita por los estudiantes del Liceo en letras verdes sobre tela blanca y que colgaron de los árboles, a una y otra orilla. Recordó el trabajo comunitario para levantar los muros de la nueva escuela y los convites para abrir el camino hacia la mina y construir los ranchos de la Niñas Cande y Emilia y del compadre Remberto y luego el suyo. Entre todos empujaron el ajetreo hasta coronar el techo con anchas hojas de palma enfiestada.

— Esta casa siempre tendrá las puertas abiertas, nada de cerraduras ni candados.

— No exageres, hombre —dijo Celinda, saliéndole al paso.

— Hoy estamos contentos —sonrió él y habló de la unión sin desconfianzas, de la solidaridad, de la comunicación…Y para completar el tráfago de ilusiones propuso la creación de una cooperativa que les permitiera vender sus cosechas a mejores precios y sin intermediarios—. También debemos pensar en los árboles frutales; o sino miren toda esa guayaba que se está perdiendo.

Al día siguiente de la entechada, todavía con el ron y el bullerengue en el semblante, tomó a sorbos su café y aupó los ánimos hacia la nueva casa, dispuesto a taponar las rendijas de las paredes con aquellas tiras de zinc, recortadas de varios tarros de aceite para motor…Sí, era la última rendija cuando las palabras del niño martillaron sus oídos haciéndole gambar el último clavo. Nunca creyó que El Moncho regresaría. En la noche tendría que reunir a los miembros del Comité para tratar el asunto. La rendija tendría que aguardar. Regresó velozmente al pueblo. Había revuelo en la calle del medio, pero él siguió de largo hacia su casa. Al verlo entrar, Celinda dejó de zurcir la camisa de uno de los chicos.

— ¿Qué piensas hacer?… Lo digo en serio, Euclides, porque si es el maldito Moncho, no hay razón que valga. —Y le dijo que se acordara de lo peligrosa que era esa gente—. Hazme caso, la atmósfera está cargada de horror y lo mejor es marcharse por un tiempo.

Por la mente de Euclides Mendoza desfilaron los planes para cultivar el sorgo y los árboles frutales, las tareas para fortalecer la cooperativa y la construcción de su nuevo rancho. ¿Acaso no había trabajado como una mula para que Celinda y los chicos disfrutaran? No, no huiría.

Celinda abandonó la mesita donde tenía los hilos y las agujas y enfrentó a un Euclides digno pero tozudo. Lo volvió a ver grande en la lucha, igualito a cuando lo conoció. «Este es mi hombre», dijo entonces. Ahora no podía desprenderlo de su vida. Lo quería vivo y no como cualquier héroe enterrado en el rincón de los olvidos. Hablaron en silencio, con ese lenguaje único de los ojos, construido por los dos en largos años de comunión. Así fue como Euclides supo que las palabras de Celinda tenían más peso que el cerro Corcovado.

El Moncho juró vengarse del Comité cuando éste se negó a colaborarle con sus planes de controlar los caminos y cobrar cuotas a los comerciantes y carnetizar a los pescadores y cobrar peajes en la ciénaga y en los caños. Sin embargo, se mostró dispuesto a olvidar su juramento si el Comité apoyaba sus candidatos al Concejo Municipal. Como no obtuvo lo que quería, reafirmó su decisión de liquidarlo a sangre y fuego. Por eso, dentro de pocas horas aquel pueblo sería un infierno.

Celinda fue tajante en que lo más conveniente era eludir un enfrentamiento, porque El Moncho andaba armado hasta los dientes. Le dijo que se llevara la mitad del dinero de la cosecha, que ella y los chicos se defenderían con el resto. Cuídate mucho, le dijo. Es mejor que te vayas solo, así será más fácil salir con vida. Euclides quiso decir que en el Comité se podría organizar la resistencia esa noche, pero imaginó la respuesta de Celinda y prefirió callar. ¿Para qué insistir?. El Moncho los mataría a todos juntitos. Si pudieran hacerle frente, ¡carajo! Pero ¿Cómo? Lo que necesitaban era tiempo para salvar el pellejo.

Todo sucedió tan rápido como en una película pero truncada por varios disparos que espantaron pisingos, gallitos de agua y palomas. Alborotaron los perros y encabritaron mulas y caballos. Los hombres que cultivaban la tierra enderezaron sus espaldas de entre los surcos. Los chicos recogieron los anzuelos en la quebrada y se apresuraron a ganar la orilla y las mujeres corrieron a los postigos llamando a los chiquillos.

Euclides Mendoza miró a través de la ventana: si pudieran vender la tierrita… Pero no había nada más que discutir. Celinda sacó la mitad del dinero de una cajita de lata con adornos, de las mismas en que llegaban las golosinas de contrabando de Venezuela y se la entregó y le dijo que a más tardar en cuatro semanas ella saldría de allí con los chicos, fuese como fuese y que se encontrarían en la casa de su hermana Delis, en Magangué.

Con el corazón encogido como un puño, Euclides Mendoza descolgó la hamaca y la guardó en su mochila de hilo, junto a la linterna y a una caja de fósforos. Tomó el manojo de tabacos que estaba sobre la repisa y estando ya en el umbral de la puerta sintió la necesidad de abrazar a Celinda, besarla, acariciar sus mejillas, su cuello, sentir bien cerca su tierna fortaleza, poderosa fuente de energía… ¡Cuánto hubiera dado por eternizar aquel instante!. Ella, con su cabello negro agarrado sobre la nuca. A través del velo humedecido de sus ojos se descifraron por última vez y juraron reunirse muy pronto, «A más tardar en cuatro semanas», repitió Celinda. ¿Y Los chicos?, no había tiempo… Ambos sofrenaron llantos muy adentro.

La chalupa se acercaba velozmente a la boca del caño. El viento frío acuchillaba los labios y entumecía las manos… Veintiún días… alargados por la incertidumbre y la soledad. El no había sido educado para la soledad y ahora sabía que en ello radicaba gran parte de su vulnerabilidad.

— «¿Por qué no me quedé?» —Dolía la pregunta, pero más le atormentaba la respuesta salpicada, según él, por gruesos goterones de cobardía. Ahora comprendía que Celinda era todo para él. Un enorme vacío le ahuecaba el pecho. Echaba de menos su voz y sus abrazos, el brillo de sus ojos negros y ese cuerpo, el más suave del mundo. Dieciocho años juntos, seis hijos. ¿Qué estarían haciendo en ese momento?. ¿Dónde estaría el mayor?. Habían transcurrido diez meses desde que el ejército lo reclutara en la albarrada de Mompox, durante una redada y desde entonces no tenía ninguna noticia de él. La Niña Emilia vió cuando le echaron el guante. El chico estaba desprevenido cargando los bultos de maíz de su amigo Alcides, colaborándole porque el amigo estaba enfermo. Cuando Euclides se enteró, le dolió como si le hubiesen desmochado un brazo. Su hijo Antonio…, quizás estaba combatiendo en orden público o quizás estuviese muerto ya…

Así transcurrieron tres semanas, hundido en una permanente danza de recuerdos. No perdía noticiero en la radio. Un día hablaron de bombardeos, enfrentamientos y muertos. Se sentía atafagado. Magangué se le antojó un puerto extraño, de aire espeso debido al calor infiernal y el anchuroso río le pareció decrépito.

— Mañana me voy —Le dijo a su cuñada durante la cena— Mañana bien temprano.

— ¡Cómo se te ocurre! ¡Es un suicidio! —Pero Euclides Mendoza ya no atendía razones. Concluyó su cena en silencio, aguijoneado por las miradas de su cuñada y sus sobrinos. Simuló acostarse, pero furtivamente abandonó la casa y se embarcó en aquella chalupa: «La Ultima Esperanza», irónico nombre pintado en letras rojas y amarillas sobre el techo de lona.

— «Me bajaré en La Taponera» —Pensó en las dos leguas antes de llegar al pueblo. Sí, allí, entre los árboles de guayaba y las matas de maíz, aguardaría la noche. Recordó el camino allanado veintiún días atrás, hasta llegar donde tenía oculta la canoa. Ahora le pediría al chalupero que detuviera la marcha en La Taponera, se bajaría y aguardaría las sombras y luego caminaría.

— «La cara que va a poner Celinda» —y la imaginaba recibiéndolo con los brazos abiertos. Debía tener cuidado, pero confiaba en sus habilidades— «De algo ha de servirme conocer la región como la palma de mi mano».

Y era cierto. Euclides Mendoza conocía al dedillo breñales y recovecos, trochas y vericuetos, pero desconocía los últimos movimientos de El Moncho. La chalupa se deslizaba rauda, pero a él se le antojaba lenta y pesada. Un disparo espantó sus meditaciones. Habían llegado al caño y un piquete de hombres armados los esperaba.

— ¡Dios mío! —Exclamó la mujer de luto.

— ¡Hagámosle caso! —dijo otra mujer que llevaba un vestido de flores estampadas y atrevido escote. —No nos queda otro remedio.

Así era. El timonel enfiló la chalupa hacia donde estaba el piquete y disminuyó la velocidad.

— ¡Todos, pa’bajo!
— ¡Con las manos en la nuca!
— ¡Dejen el equipaje en la chalupa!
— ¡A este lado los hombres y aquí las mujeres!
— ¡Rápido, rápido!
— ¡Todo el mundo, cédula en mano!
— ¡Allá usted, muévase! ¡No se haga el pendejo!
— ¿De dónde vienen? ¿Para dónde van? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿A qué se dedican?… ¿Por qué lleva dos panelas?…

A su turno, Euclides Mendoza se aturulló. Primero les dijo que era comerciante y que vivía en Barranquilla, pero cuando le preguntaron en qué comerciaba, no supo qué responder.

— ¿Este viejo me vió cara de güevón o qué? —La culata dibujó una curva en el aire y se estrelló contra su pecho. La fiera interior, agazapada, rugió y quiso salir de su cueva y reaccionar ante el cobarde ataque. Euclides Mendoza avanzó un paso hacia el agresor, cerrados los puños y crispada el alma. Sonaron las armas al ser engatilladas y la imagen de Celinda apareció de pronto en su mente. Una mano lo atajó. Euclides blandió entonces su mirada clavándola bien profundo en el atacante, hasta hurgarle el miedo en el corazón. Luego de vencer aquel socavón humano, descubrió lo joven que era el rostro del agresor, casi de un niño tembloroso. Recordó a su hijo Antonio y un desierto en la garganta le incendió la tristeza. La llamarada se hizo sombra enorme, como de ganas de abrazar al chico uniformado. Dió otro paso adelante, pero aquella mano entre firme y delicada, se lo impidió. Dos hombres armados se dispusieron a reprimirlo y Euclides Mendoza refrenó el abrazo y retrocedió. Supo, por la mano que le sostenía el antebrazo, que la mujer del vestido de flores estampadas lo había salvado.

A pesar de aquel incidente, el piquete estaba contento porque había incautado una caja de whisky, una pequeña planta eléctrica, varias panelas, arroz, cigarrillos, azúcar y aceite de cocina.

— Tranquilo, señor Euclides —susurró la mujer, que luego sonrió a los incautadores para suavizar el encontrón.

— «¿Cómo?, ¿Sabe mi nombre?» —Se asombró él.

— ¡Pueden seguir! —gritó el mandamás de la tropilla. De nuevo, el motor de la chalupa carraspeó y uno a uno, los pasajeros la abordaron cabisbajos y humillados. Lentamente, «La Ultima Esperanza» penetró en el caño.

— ¡Hijueputas! —dijo muy bajo el que había perdido la planta eléctrica.

— ¡Ladrones! —agregó, también en voz baja, el dueño de la caja de whisky.

El viento acarició el derrotado rostro de los viajeros. Euclides buscó la mirada de la mujer que lo atajó y percibió una sonrisa amistosa. A su lado, la mujer de luto sollozaba muy quedo.

Entre todos hicieron el inventario del saqueo, sin excluir el dolor en el pecho de Euclides Mendoza, cuyo esternón parecía desastillado.

Demoraron quince minutos en recorrer el caño, al final del cual otro piquete los emboscó. Esta vez la orden no fue un disparo, sino el tronco de una ceiba atravesado, impidiéndoles el paso. Se repitió la historia:

— «¡Pa’bajo! ¡Pongan las manos donde se vean!…» —La diferencia estuvo en que ahora sus nombres fueron anotados en una libreta. Desde luego, en lugar de Euclides Mendoza, apareció otro nombre.

El resto de las pertenencias quedó en este segundo retén, incluida la chalupa. Fueron trasladados en una que el piquete tenía al otro lado del tronco. El viaje fue directo, rápido y en silencio, amedrentados por el cañón de la metralleta.

Los planes de Euclides Mendoza se hicieron añicos. Entre atónito e incrédulo, comprendió su acorralamiento. Por un instante, al pasar frente a La Taponera, sintió deseos de tirarse al agua, pero se contuvo al ver que otra chalupa venía en dirección contraria con un hombre armado sobre la proa. A medida que se acercaban, aquel hombre armado se agigantaba y la imagen de El Moncho creció como una pesadilla. Euclides Mendoza movió la cabeza para sacudirse la horrible visión que creía fruto de sus nervios hasta comprobar, a pocos metros, que quien venía en la otra chalupa era El Moncho mismo en persona, con la misma gorra de siempre y esas gafitas de vidrio verde, como el culo de una botella. Euclides Mendoza se encogió queriendo desaparecer, guareciéndose entre las dos mujeres para no ser descubierto. Metió su cara entre las manos y hundió sus ojos aterrados en el piso remachado de la embarcación. Las dos chalupas disminuyeron su velocidad antes de cruzarse.

— ¿Todo bien? —gritó El Moncho y Euclides Mendoza recordó esa voz de falsete emergiendo del pasado.

— ¡Sí, todo bien! —respondió el otro y las chalupas retomaron la velocidad, alejándose la una de la otra. La mujer del vestido floreado se llevó sus delicadas manos a la boca, como ahogando un grito.

— «Por fortuna El Moncho no me vio» —pensó Euclides Mendoza, ignorando que desde la otra chalupa Celinda y los chicos tampoco lo vieron a él.

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Medellín, noviembre de 1991, febrero de 1994
Segundo Premio en el Concurso Nacional de Cuento para Trabajadores, 1994

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