Más allá de la escalera

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

1

Se cimbraron. El maestro nos contó que se cimbraron y que trataron de disimular cuando lo vieron aparecer por entre los balaustres y que estaban en un rincón de la escalera. La chica lloraba. Los vio agitados a los dos, sobre todo a ella y no supo qué hacer, si devolverse o subir la escalera como si nada sucediera, o reprenderlos por estar allí a esa hora, o sonreír. En la confusión ella trató de secar sus lágrimas con la manga del uniforme y el chico, que estaba junto a ella, dio un paso atrás recargándose en el muro. Para amortiguar su intempestiva llegada, el maestro le sugirió al chico que le prestara el pañuelo a Diana para que se secara las lágrimas, pero esto no hizo ninguna gracia al muchacho que le lanzó una mirada de reproche. Haciendo a un lado el titubeo, el maestro subió los catorce escalones de cemento que los separaban.

Vistos desde el pie de la escalera, los dos adolescentes parecían actores de teatro. ¿Quién, de entre el público, se atrevería a subir al escenario a conversar con los actores en plena representación? Sólo al maestro se le ocurrían semejantes pensamientos mientras ascendía. Chorreaba sobre los jóvenes el tono de un juego de luces atemperado por el rayo de sol que se colaba a través de los vidrios de colores de la claraboya. En aquel descansillo la escalera viraba hacia la derecha para extenderse en catorce escalones más, hasta coronar la segunda planta. El recién llegado le preguntó a Diana que si tenía algún problema y ella respondió que no, pero lo dijo en un tono que a éste le pareció hostil y la vió mover la cabeza corroborando el monosílabo para luego, entre sollozos, oírle la voz entrecortada respondiéndole que no se preocupara, que no valía la pena. Un vistazo por la claraboya le permitió al maestro ver el campo de baloncesto vacío y soleado y percibió también, de reojo, la juvenil frente femenina sudorosa y pálida. Algo en la atmósfera le decía que allí, en ese rincón, él sobraba. Habría subido cinco escalones más, cuando Luis Eduardo le pidió que bajara un momento y él imaginó que le solicitarían su intermediación, porque el joven invitó a Diana a confiar en el maestro para compartir incertidumbres, pero ella fue tajante en la negativa y descargó sobre Luis Eduardo sus ojos azules, anegados, como gritándole que se sentía traicionada.

2

En aquella casona construida a principios de siglo, funcionó un convento de las Hermanas Clarisas y unos años antes del gran temblor que derribara el templo colonial que daba sobre la plaza, la casona se transformó en la Normal Superior para Señoritas y, siete años después, el Municipio la compró pero no fue necesaria ninguna mejora porque las monjas la mantenían como una tacita de plata. Por acuerdo del Honorable Concejo, la mansión, que había podido ser destinada a Palacio de Gobierno Municipal, fue declarada patrimonio histórico y destinada a ser Casa de la Cultura, la más bella Casa de la Cultura de todo el oriente, según afirmaban las familias más pudientes de la localidad, como quien dice la flor y nata de Consolaria. La directora había cerrado ya su despacho y se encontraba en ese momento almorzando en su casa, lo mismo la bibliotecaria que, siempre tan delicada, dejó su acostumbrado “Ya vuelvo”, escrito en una hoja sujeta a la puerta con un estoperol. Inclusive el jardinero suspendió el riego de las bromelias y se dirigió a su casa en La Palma, para almorzar y dormir la siesta. Era la hora más propicia y el lugar más adecuado para emplazar al muchacho y así lo calculó Diana, por eso aguardó bajo las escaleras.

Su sorpresa fue tanta o más que la de los dos jóvenes. Eso nos contó el maestro. Nos dijo que no esperaba ver a nadie a aquellas horas y mucho menos en ese rincón y hoy supone que Diana, empujada entonces por la desesperación, decidió aguardar a Luis Eduardo escondida en los bajos de la escalera al medio día, porque sabía que a esas horas todos abandonaban la casona. Disponía de dos horas, dos horas en las que hasta el celador desaparecía encerrándose en el cuarto de llaves que hacía las veces de oficina de celaduría, ubicada a un lado de la entrada, junto a los baños y a la ancha escalera principal de granito. Sabía que el celador entraba en ese cuarto iluminado débilmente por una bombilla salpicada de puntitos color sepia y calentaba su ración de fríjoles rojos, coles, trocitos de papa y cinco o seis cucharadas de arroz con zanahoria. Colocaba todo en una sartén ahumada y luego enchufaba el pequeño reverbero eléctrico. Mientras la comida se ponía a punto, escuchaba el noticiero en su viejo radio Phillips.

Ella sabía que durante aquellos ciento veinte tranquilos minutos, el vigilante no necesitaba aguzar el oído mientras masticaba los alimentos y que podía detectar cualquier ruido sin ningún esfuerzo, por algo llevaba dieciocho años oyendo la misma respiración del jardín y bastaba el más leve movimiento para que sus oídos se conectaran de inmediato. Tenía la certeza de que cualquier ruido suyo la delataría y que si bien el vigilante relajaba un poco la guardia a esas horas, no podía olvidar que era capaz hasta de identificar al viento cuando empujaba las hojas secas de los geranios y bamboleaba los materos colgantes sembrados de helechos crespos y mayames; o cuando algún papel de golosinas, arrojado por los niños de primaria durante las prácticas de la banda de música, era arrastrado por el alargado viento del corredor principal; o cuando las corrientes del patio se hinchaban con los aromas arrebatados a las rosas y los azahares y correteaban por el auditorio donde el grupo de danzas folclóricas cosechaba los mejores aplausos. El vigilante identificaba hasta a los raudos vientos que entraban por el ancho portón, porque de tanto oírlos conocía el singular lamento que emitían al lamer la madera curtida y al acariciar la cabeza del león rugiente que servía de golpeador desde los tiempos republicanos. Distinguía todos los silbidos, hasta los ventarrones anunciadores de tormentas, que se colaban por las rendijas de los ventanales tomándose el segundo piso y mezclándose con los otros chiflones, los altos y fríos, provenientes del Cerro Bonifacio.

Diana debió calcular todos los movimientos del vigilante y el tiempo que invertiría masticando su ración mientras escuchaba el noticiero y cuando salía al corredor con un palillo entre los dientes y se sentaba en la pequeña mesa de ajedrez a escuchar, solitario, el programa de boleros de Oriente Estereo. Ese día la llegada del maestro alegró al vigilante quien se apresuró a invitarlo a jugar una partida, pero el maestro no aceptó porque tenía mucho trabajo y siguió de largo hacia la oficina. El celador ya no se sintió solo, aunque hacía largo rato, en la angosta escalera de atrás, la pareja de adolescentes vivía a hurtadillas, el drama de una despedida turbulenta y fatal.

3

Varios golpes en la puerta lo sobresaltaron y él se quedó quieto, como dando a entender que allí no había nadie. Esperó a que se marcharan pero sobrevino otra racha de golpes apresurados y fuertes, que le hicieron mover la cabeza a lado y lado.
— ¡Maestro, abra por favor! —Era Luis Eduardo— Sé que está ahí adentro…¡Abra!…¡Es una urgencia! —Tampoco se movió ni quitó la vista de la hoja en que trabajaba, pero el muchacho insistió y no tuvo más remedio que abrir. El joven estaba pálido y varias gotitas de sudor se aferraban a su frente.

— ¿Qué sucede?

— ¡Venga, venga! —El chico haló al maestro por la manga de la camisa y cuando salieron al corredor las lágrimas le ahogaron las palabras, se esforzó por hablar, por controlarse, pero la conmoción que lo invadía era muy intensa. El maestro trató de calmarlo y al cabo de unos segundos logró que el chico se apoyara en la baranda de cemento, justo cuando la sombra de una nube se encaramaba sobre los tableros de baloncesto.

— Cálmate, muchacho, ¿en qué puedo ayudarte?

— ¡A mi no, a Diana!… Ella es la que necesita su ayuda.

El chico era un compuesto de palabras en tropel, respiración agitada y llanto incontenible. En medio de su desconcierto, el maestro vió que el chico se inclinó, como si le doliese el estómago y que luego caminó de un lado a otro del corredor, semejante a un presidiario en su celda, tropezándose con las macetas de los geranios cuyos pétalos desprendidos cayeron sobre el baldosín. El maestro no atinó a decir nada, esforzándose por mostrarse calmado, hasta que al fin Luis Eduardo balcució:

— Usted es el único que puede salvarla —Entre ahogos le pidió que la alcanzara, que no la dejara marchar así. —¡Se va a suicidar! Me dijo que nadie la quiere y que su mamá es quien más la maltrata y la humilla por cualquier cosa, hasta por la forma de peinarse y de caminar y de hablar y que no hay quién la pueda ayudar, ni siquiera los muchachos del club y que para completar, dizque yo tampoco me intereso por ella y que así la vida no vale la pena… —La voz de Luis Eduardo se fue apagando hasta caer en un laberinto imperturbable.

El maestro recordó que el año anterior, Diana había ingerido un frasco de fungicida de esos que utilizan los campesinos para proteger de la plaga los cultivos de fríjol y los médicos del hospital, luego de grandes esfuerzos, la habían logrado salvar. Entonces, sin pensarlo dos veces, el maestro salió corriendo detrás de Diana, como enfebrecido también, pero sin saber hacia dónde dirigirse porque nunca supo qué rumbo tomó la chica esa tarde, ni se lo preguntó al día siguiente, cuando la vió jugando ping-pong como si nada hubiera sucedido.

Al anochecer, el maestro regresó a la oficina cansado y pensativo, arrastrando una enorme tristeza por su impotencia. Aún creía que Diana se había perdido. Nos contó que todo estaba oscuro y que subió las escaleras a tientas y al entrar en la oficina, su cabeza tropezó con algo. Accionó el interruptor infructuosamente y maldijo el racionamiento. Recordó que junto a la repisa de los diccionarios había una caja de fósforos. Al tanteo dió con ella, rastrilló una cerilla y con el resplandor amarillento de la llama, descubrió los pies colgantes de Luis Eduardo.

Eso nos contó el maestro que, desde entonces, se ha vuelto más callado.

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Medellín, mayo de 1993 – mayo de 1995
Primer Premio en el Concurso Nacional de Cuento Alfonso Castro, Universidad de Antioquia, Facultad de Medicina, 1995

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