Pérdidas a término fijo

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

Aplastaba las hormigas con la yema de los dedos sobre el mantel. Las veía caminar por el bosque impreso de la tela y luego, como un dios en cacería, las aguardaba en un claro y las despachurraba sin piedad. Gozaba palpándolas primero, corroborando su diminuta existencia, para presionar el dedo después, girándolo, hasta no sentir sino un polvillo despreciable. A veces imaginaba la ruta que seguirían sobre el estampado y se apostaba al acecho detrás de un grueso árbol.

Así se distrajo por unos minutos, pero su pensamiento voló luego, largo rato, alrededor de su nueva desventaja. Ahora pertenecía al ejército de desempleados, esa categoría que siempre le pareció infeliz. Cuando los compañeros de la sección de hilados empezaron a hablar de los despidos masivos, siguió tan campante como si no fuera con él. “Cuando nos toque el maldito turno vamos a recibirlo de pie, como hombres dignos”, decían los obreros veteranos, pero él se burlaba para sí, porque confiaba en que sus dieciocho años de buenos servicios a la empresa harían de escudo irrompible. Su hoja de vida era impecable. Jamás un llamado de atención y se ufanaba de no tener ni siquiera un retardo.

Pero el tiempo volvió trizas los deseos. fue tan injusto el revés que no le quiso contar nada a su mujer para no alarmarla. Sabía que ella empezaría a indagar, a proponer, a sufrir. Ya le parecía oírla cada mañana con su cantaleta y también en la noche, al regresar. Bastante tenía la pobre con el cuidado de la casa y de los chicos, ¿para qué mortificarla más? Además ella no podía hacer nada, como tampoco esos compañeros que hablaban todo el turno de lo mismo. Nadie podía detener la modernización del país. Qué curioso, nunca había pensado que para modernizar fueran necesarios los despidos masivos. Alguna vez en un cursillo sindical le enseñaron que las máquinas no podían reemplazar al hombre, pero en aquella fábrica no veía ni nuevas máquinas ni nuevos hombres. Lo único novedoso era la cara de desmoralizados que ahora tenían los patronos.

Había decidido no contarle nada a su mujer y en cambio dedicarse a buscar un nuevo empleo. No sabía si era el orgullo o la dignidad lo que lo empujaba a ocultar la verdad. Quizás fuese temor a que lo vieran rebajado al nivel de desempleado, tal como vio a sus compañeros de la sección de hilados. Pensó que podría hallar un mejor empleo, con más sueldo. ¿Por qué no? ¿Por qué de una desgracia no podía salir algo bueno?

Despachurró otra hormiga que correteaba por el pocillo del tinto. Con esa completaba once. Podría llegar a veinte mientras esperaba, la misma cantidad de meses que llevaba mordiendo a solas aquella desventura. Horrible tiempo más largo que los dieciocho años de vida entregados a la textilera.

Para no alterar las costumbres en su hogar depositó el dinero de la liquidación en una corporación financiera, de ésas que pintan pajaritos de oro en la televisión. Cada quince días retiraba una cantidad como si fuese el sueldo. Todo iba bien al principio e inclusive le gustó el método. Se sintió inteligente, como un hombre que vivía de la renta sin tener que molerse el espinazo ante un patrón. Durante varias quincenas vivió convencido de ser un hombre práctico, previsivo, que sabía capotear la vida. Muchos de sus compañeros habían recibido el dinero de la liquidación antes de ser arrojados al pavimento y se lo habían bebido y malgastado en superficialidades. En cambio él había obrado con cabeza fría, llegando a creer asegurado el mercado de cada quincena, el colegio de los muchachos y el pago de los servicios de electricidad, agua y teléfono.

Pero el dinero se empezó a agotar y cada vez más rápido. Antes el saldo le bailaba alegremente ante los ojos. Cantidades de siete cifras. Después bajó a seis. Hasta que llegó a cinco… Apretaba los dientes con desespero, perplejo por la velocidad con que disminuía. Hacía cuentas cada rato, a escondidas, fuera de su casa, en una heladería o en una de las bancas del Parque de Bolívar. Calculadora en mano repasaba, uno a uno, todos los gastos. Veía cómo, de esa ilusión que se secaba, surgía la pesadilla de una tarasca pavorosa que le perseguía para arrancarle la piel a mordiscos.

Buscó empleo con verdadero tesón hasta que lo contrataron para cargar bultos en los camiones de la plaza mayoritaria de Itagüí. Fueron dos semanas en extremo duras, durante las cuales se sintió exprimido. Sus movimientos se hicieron más lentos hasta que lo despidieron. Necesitaban jóvenes incansables, llenos de energía. El pago no le alcanzó ni para completar los costos del mercado. En cambio, un dolorcito le quedó clavado en la espalda como una puñalada. Su mujer empezó a sospechar porque lo vio secarse como un rejo. Caía en la cama como una piedra y ella con deseos de compartir ansias. Más se demoraba él en poner la cabeza sobre la almohada que en dormirse. Le decía cualquier mentira para tranquilizarla. Al menos eso creía él.

¿Hasta cuándo iba a durar aquel infierno? Era la pregunta que se formulaba mientras aplastaba hormigas sobre el mantel. Aguardaba a su viejo amigo en aquella cafetería. Le pediría ayuda. Para eso son los viejos camaradas, ¿no?

La angustia atravesada en su garganta, que le exigía tragar saliva sin cesar, lo sacó del fabuloso bosque estampado en el que se hallaba sumergido. Una hormiga esquivó su dedo y él, ofendido, la persiguió con furia. Entre más quería alcanzarla más torpe era su mano. El insecto se escapó bordeando el azucarero, luego corrió veloz alrededor del salero y cruzó hacia el florero, para ocultarse después debajo del vaso que contenía agua. Movió el azucarero y el salero y el florero y el vaso, pero la hormiga se escabulló de nuevo. Entonces permaneció quieto, aguardando a que también la hormiga hiciera lo mismo, para lanzarse luego al ataque. Puso en juego toda su atención para atraparla y cuando lo hizo la aplastó con sevicia y desespero, como si en ese acto se deshiciera también de su propia ruina.

El tiempo pasaba y el viejo compañero de sección no llegaba. Una sutil ofuscación empezó a inundarlo. Le dolían los pies de tanto caminar, pues ya ni tenía dinero para pagar el pasaje del bus. Sintió cómo sus tripas crujían de hambre. Sudaba. Tomó el último sorbo de agua que le quedaba y lo paladeó con la ilusión de hallar algún sabor.

Estando en esas vio aparecer al amigo en la puerta y la alegría se le desbordó en una sonrisa. Lo llamó a gritos: “¡Aquí, aquí!”, y el amigo levantó la mano saludándolo y se apresuró al encuentro. Lo vio envejecido, flaco, ojeroso… ¿Así se vería él también?. El encuentro opacó todas sus expectativas. No esperaba ver al antiguo camarada de sección así de acabado. Comprendió lo imposible que era esperar ayuda de otro derrotado como él, cuando le oyó decir “invitáme a tinto”, que más parecía una súplica que un saludo. Lo invadió el desaliento. Aquella compañía acrecentaba su soledad. Apretó los dientes con fuerza al ver que el viejo camarada se quejaba también de sus pies.

Medellín, 1993 – 1996

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