Ronda de Navidad
Ángel Galeano Higua

(Cuento)

Esa noche me llevó con él. Yo había hecho el juramento secreto de no dormirme y mantenerme atento a su lado, con los ojos bien abiertos y los oídos dispuestos al más leve ruido, como deben comportarse los auténticos vigías enfrentados a los grandes peligros.

Al principio no quería llevarme. Decía que debía esperar a tener uso de razón, que no insistiera, que más bien acompañara a mi madre. Además, decía, un niño no debe pasar la noche en blanco, así sea la de Navidad.

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Llévame, le pedía, te juro que sólo haré lo que me ordenes. Pero él se sostenía en sus trece: no, y punto. Acompañarlo se convirtió en un sueño inalcanzable. Me imaginaba rondando a su lado por aquellos largos corredores con dormitorios a diestra y siniestra, caminando atento por los jardines florecidos, dispuesto a batirme con quien fuera. Me veía a mí mismo dando la señal de alarma después de correr velozmente por los patios, cruzar como una flecha el jardín de rosas para llegar jadeante hasta el campanario de madera, desamarrar los lazos y jalarlos con fuerza para hacer sonar las campanas. Las novicias gritarían y se lanzarían a atrapar a los ladrones, porque ¿qué más podía ser, sino ladrones? A mi señal todo el convento se iluminaría y en el patio aparecería la fuente de piedra rumorosa y húmeda. Las monjas saldrían de sus celdas con los hábitos puestos, como si durmiesen con ellos. No así las novicias que abandonarían sus dormitorios como sonámbulas, descalzas y desgreñadas, metidas en sus largos camisones blancos, semejante a la danza de ánimas en pena de la pintura del Purgatorio que teníamos colgada en la sala.

Cada noche, cuando se despedía, yo miraba a mi padre como queriendo dejar mis ojos prendidos a su grueso abrigo negro para entrenarlos en esculcar los más sospechosos rincones. Mi madre le servía una taza de café a las 9 y 30 y él la tomaba a sorbos mientras escuchaba la radio, sobre todo las aventuras de Calimán, el hombre increíble. Si llovía se echaba encima un capote de color amarillo y se ponía unos zapatones de caucho negro para proteger su calzado. Luego se marchaba a su trabajo rodeado de sombras. Yo oía cómo se alejaba, siempre al mismo ritmo pausado y seguro, mientras que Arturo, mi hermano mayor, era el único que se quedaba levantado estudiando hasta muy tarde. Rendida por el trajín de la casa, mi madre apagaba la lámpara pero se mantenía también en vela, pensando en mi padre que a esa hora iba por el Camino Viejo de San Cristóbal, pasando junto a la vieja casa de madera donde se decía que vivía una banda de asaltantes, luego volteaba a la izquierda, frente al gigantesco eucalipto que custodiaba un caserón amarillo de dos pisos y catorce ventanas, donde vivían muchos niños con una vieja malgeniada que los castigaba pellizcándoles las orejas y a la que le decían señorita Elizabeth.
Al fin, aquella noche de diciembre, después de escuchar en la radio la penúltima novena de aguinaldo, mi padre me preguntó así, de sopetón, que si todavía quería acompañarlo. Sí, claro, le respondí ahí mismo, sin pensarlo, y me dijo que me preparara porque a la noche siguiente me llevaría con él.

2

Yo no sé si todas las alegrías son inquietantes, pero esa noche sólo pude conciliar el sueño después de dar muchas vueltas en la cama. A la mañana siguiente mi viaje por entre las montañas y desiertos del pesebre, simulando ser uno de los Reyes Magos que perseguía la estrella de David, culminó triunfante con el astro entre mis manos. Recorrí los valles quitando y poniendo árboles, encauzando ríos y tendiendo puentes. Invicto, atravesé el desierto montado sobre aquel viejo camello que en el diciembre anterior se le había partido una pata. Anduve por las selvas desafiando a los tigres de Bengala y batallando con las panteras negras. Trepé las cumbres donde me bastaba un empujón con el índice para espantar las águilas y los cóndores. Exploré los poblados de cartón construidos con empaques de café y maizena e iluminados por diminutos focos de colores instalados por mi padre. Me zambullí en los lagos que mi hermana Cecilia había hecho con papel aluminio y algodón para albergar su cardumen predilecto. Me tendí sobre el musgo, como los pastores de Belén, y acaricié las bromelias olorosas a tierra virgen que Andrés y yo habíamos recogido dos semanas atrás, cuando trepamos al Páramo de Cruz Verde, desde donde disfrutamos la panorámica de Bogotá pero empujados sin cesar por el viento frío de la cordillera.

A pesar de mi excitación logré comportarme juiciosamente para preservar el privilegio de acompañar a mi padre. Desayuné, almorcé y comí todo lo que mi madre me sirvió, incluidas las habichuelas y la sopa de verduras, y le hice caso en todo cuanto me ordenó, tendí mi cama en forma impecable y sin que ella tuviera que repetírmelo fui a la tienda de la tía Rosario, en Villa Javier, por la leche y el pan. Me cepillé los dientes con esmero y lustré mis zapatos como nunca lo había hecho. Mientras mi madre fregaba la ropa en el lavadero le leí en voz alta un buen trozo de La Vorágine que a ella tanto le encantaba y luego le respondí acertadamente el fogueo que me hizo sobre las tablas de multiplicar, en especial la tabla del 7 y del 9 que eran las más difíciles: mi madre decía que inclusive en época de fiestas decembrinas debíamos sacar tiempo para nuestra educación.

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Todo iba a las mil maravillas hasta que mi hermano Andrés, un año menor que yo, me recordó que esa noche, precisamente esa noche, todos los chicos de la cuadra cantarían los villancicos a las doce en punto, como el año anterior, y destaparían los regalos del Niño Dios en medio de la quemazón de totes, velas romanas y volcanes. Yo lo miré sin saber qué decir y sólo atiné a rogarle que me guardara mi campero amarillo, pues eso fue lo que le pedí al Niño Dios en la carta que le entregué a mi madre.
Al caer la tarde, mientras esperaba a que mi padre tomara su taza de café y se vistiera el abrigo, me mortificaba pensando que perdería el coro de los villancicos y los regalos y los colores de las velas romanas. Faltando quince minutos para las diez mi madre nos echó la bendición y nos acompañó hasta la puerta que permanecía abierta, porque esa noche había licencia para jugar hasta cuando naciera el Niño Dios, licencia que desdeñé. Al salir, todos los chicos dejaron de jugar y me miraron como si fuese directo al suplicio. Por un instante estuve a punto de arrepentirme, pero al ver que mi padre emprendía el camino me avergoncé de mi duda y lo seguí. La música se escapaba por las puertas entreabiertas, brotaba de las rendijas y caía de los tejados. Los bombillos de colores se encendían y apagaban colgados en las ventanas. Los chicos volvieron a inundar el barrio con su algarabía mientras yo, que llevaba el gorro de lana cardada que mi madre había tejido cuando cumplí los seis años, apresuraba el paso para alcanzar a mi padre.

3

El Camino Viejo de San Cristóbal era una garganta repleta de penumbras. Cuando pasamos frente a la casa de madera, guarida de forajidos, mi padre chorreó las piedras del camino con la luz de la linterna. Hacía frío. Las ramas del eucalipto susurraban y una lechuza graznaba perezosamente en algún rincón de Nochebuena. Al virar a la izquierda estalló ante mis ojos el mayor reguero de luces pestañeantes que había visto jamás, como si el cielo estrellado se reflejara en la tierra: era Bogotá, inmensa, plana e inocente, de cuya piel saltaba de vez en cuando una alargada chispa que se desfloraba en lo alto como una fuente de guiños luminosos. Seguimos calle abajo. A la derecha, la gigantesca máquina mezcladora de cemento se hallaba apagada y hacia allí mi padre disparó dos veces su linterna recibiendo en respuesta, también, dos destellos del vigilante de la fábrica.
Al llegar a la puerta de El Aserrío, levemente iluminada por el único foco de alumbrado público que había, mi padre miró su reloj de bolsillo. Ponle cuidado, me dijo, cuando sean las diez en punto se abrirá la puerta para que entremos, pero debemos apresurarnos porque sólo dura abierta cinco segundos. Así fue, se accionó el picaporte, la puerta se abrió y tan pronto entramos se volvió a cerrar. Aparecimos en una especie de celda alargada, con una división de madera enlacada al frente, vidrios martillados y una puerta con ventanillo, por donde imaginé que se asomaba la religiosa que atendía a los visitantes. Mi padre tomó una llave que se hallaba oculta sobre el travesaño y entramos al recibimiento donde había una mesa con un termo, dos pocillos y una canastilla de mimbre cubierta con una servilleta. En el otro costado, un canapé y un taburete vieneses.

4

Antes de iniciar la ronda, mi padre cargó el revólver que llevaba en una cartuchera de cuero colgada al cinto, oculta bajo el abrigo. Una a una introdujo en el tambor las seis balas. Le pregunté si alguna vez había tenido que disparar y me respondió que sí, pero al aire, para espantar a un merodeador.

Empezaremos la ronda por los talleres de modistería, dijo, y echamos a caminar. Por donde pasábamos mi padre accionaba los interruptores y las cosas aparecían como si él las creara. Después de echar un vistazo volvía a apagarlas y todo a nuestras espaldas quedaba a oscuras. Así llegamos al salón enrejado donde estaban las máquinas de coser que mi padre alumbró desde afuera con su potente linterna y me pidió que le ayudara a contarlas: había 20. Después nos dirigimos al enorme tanque del agua, más alto que la pared de la calle, al cual se subió mi padre por una escalera metálica y desde allí echó una mirada.

A lo lejos se oía un porro de Lucho Bermúdez y el ladrido de los perros. Entramos en un cuarto de herramientas donde había un reverbero eléctrico y una cafetera en la cual mi padre preparó café, mientras me contaba para qué utilizaban cada una de las herramientas. Miró su reloj: eran las once y media. Un gato cruzó el jardín velozmente. Luego fuimos hasta la escuela anexa para niñas, que funcionaba en lo alto de El Aserrío, más allá de unas canchas de baloncesto. Pasamos junto al teatro y a los dormitorios de las novicias y me contó que fue allí donde debió disparar al aire. La anexa tenía butacas de madera en el jardín y el césped recién podado expedía su olor a hierba recortada. Subimos a una terraza desde donde se divisaba el convento y más allá la ciudad espléndida. Aquí esperaremos a que sean las doce, dijo. Nos sentamos en la escalera con el enjambre de luces de la ciudad a nuestros pies. En el cielo se veían limpias las estrellas. Míralas bien, me dijo, porque esta noche debes escoger la tuya que te acompañará toda la vida. Aquellas inesperadas palabras me emocionaron y después de esculcar detalladamente el cielo le pregunté si podía escoger dos. No, sólo una, ¿para qué quieres dos? Le dije que la otra era para Andrés. En la próxima Navidad le tocará el turno a él, me respondió. ¿Cuál es la tuya?, le pregunté, pero me dijo que eso no se decía. Escogí una estrella pequeñita que titilaba intensamente. Me dijo que si quería le pusiera un nombre pero que no se lo dijera a nadie, que era un secreto. Y entonces le puse un nombre de mujer, sin saber porqué. No hablamos durante los dos minutos que faltaban para la media noche, pero sentía a mi padre tan cercano que cualquier palabra hubiera roto la magia. Yo flotaba sobre la ciudad inmensa cuando varios voladores aparecieron en el sur, el norte y occidente y muchos más salidos de Monserrate y Guadalupe, La Peña y San Cristóbal, en un enjambre luminoso que rasguñó el cielo. A mis oídos llegaron briznas de los villancicos del barrio. De pronto se iluminaron los corredores y patios de El Aserrío y sonaron las campanas y las novicias salieron cantando de sus dormitorios y se dirigieron hacia la capilla. El reloj marcaba las doce en punto. Por un momento vi a mi padre montado en su chispa celestial y entonces yo volé también para alcanzarlo, cabalgando en la mía. Luego de un suspiro largo de mi padre, volvimos a la escalera, él metió su mano en el bolsillo del abrigo, sacó un regalo y me lo entregó. Feliz Navidad, hijo, fueron sus palabras y en ese momento mil voladores estallaron en el cielo. Quise abrir el regalo pero me dijo que primero disfrutara del espectáculo pirotécnico. Cuando se apagó la última chispa destapé el regalo. En la tarjeta decía “de parte del Niño Dios”, pero la letra era de mi madre. Cuando desperté estaba tendido sobre el canapé y tenía en mis manos un campero amarillo. A mi lado, sentado en el taburete, mi padre tomaba un café y fumaba su pipa, mientras leía una novela de Alejandro Dumas. Faltaba poco para el amanecer.

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Premio Concurso Nacional de Cuento Alcaldía Mayor de Bogotá D.C., convocado a través del Instituto Distrital de Cultura y Turismo y la Subdirección de Fomento y Desarrollo Cultural, 1997.

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