enero 2015


Tortuguilla
Ángel Galeano Higua

(Cuento)

La isla rompe la línea. Si no estuviera allí, Francisca la soñaría. La colocaría cada mañana como una manchita erizada interrumpiendo el trazo, flotando, animando el horizonte. Un día vino un hombre de la capital y dijo que Tortuguilla le pertenecía. Todos creyeron que la habitaría, que habría movimiento. Francisca se alarmó. Los pescadores, en cambio, alistaron sus canoas, las pintaron, hicieron planes. Pero no pasó nada. Tan sólo una hizo los dos viajes: llevando al hombre hasta la isla y trayéndolo. Nada más. Luego el hombre se marchó. El de la canoa contó que Tortuguilla era sólo palmeras y tierra reseca, polvo duro y una que otra lagartija. Parece la caparazón de una tortuga, dijo. Francisca tomó aquellos datos y los sumó a su ilusión.

Odradek 7 portadaEn Puerto Escondido el murmureo va haciéndose oleaje. Los alcatraces pasan majestuosos sobre el cielo y su aleteo es tan mesurado que parecen de papel que se deja ir. El que va adelante, en el vértice, aletea tan despacio que apenas da para sostenerse. Los demás le siguen y la flecha avanza como un sueño liviano hasta más allá de Tortuguilla. Francisca hace fuerza para que no se vayan a caer de lo quietos que se ven, hasta que el mar y el cielo forman una boca que se los traga. Es la parte que asusta e incita a Francisca porque sueña con ser alcatraz para ir hasta la isla. Desde que su hijo regresó del servicio militar, más muerto que vivo, la isla se ha convertido para ella en una compañía, un punto de escape y de equilibrio donde imagina que su muchacho podría ser feliz.

Cuando el mar está picado Francisca se inquieta al pensar que la isla pueda hundirse. Tanta agua y tanta canícula apabullan. Teme que el fogaje de la tarde incendie la isla, por eso siente alivio cuando lo que ve es un tímido arrebol tiñendo una nubecilla solitaria que viaja como reflejo pendiente. Conoce los rigores de la canícula, la ha sentido sobre su espalda en el camino hacia La puerta del sol, la finca a donde va cada mañana con la canasta llena de carimañolas que doña Ligia, su antigua patrona, le encarga para los trabajadores. Alcanza el breve barranco, entrega la canasta y recibe, además de su pago, un tazón de café y un pedazo de queso fresco envuelto en hojas de bijao. Mientras mastica en aquel altillo, divisa la postal repujada por la bravura del mar que corretea a sus pies. A lo lejos, el puerto parece desportillado como la vida de su hijo. Las palmeras sacuden sus penachos como mujeres recién bañadas y a la izquierda, muy allá, la isla se recorta solitaria en el horizonte semejando la proa de un barco agazapado. Los alcatraces danzan su ondulado ballet empecinados en la levedad. Francisca baja del barranco con su canasta vacía. Antes la llenaba con piedrecillas de colores, pero esa época ya pasó. A pesar del cúmulo de troncos la playa es arena festiva que no merece tanto oleaje rugiente. A veces Francisca deja que sus pies desnudos jueguen con las olas como si fuesen peces. Es su forma de medirle la temperatura al agua. Los ojos se le anegan porque recuerda cuando su hijo iba con ella y chapoteaba alegre. Se agacha y recoge una concha, observa su forma y luego la regresa al mar. Prosigue su largo kilómetro hasta la desembocadura del río Canalete y siente, como la primera vez, los mismos deseos de llorar ante la inmensidad. Permanece allí hasta cuando el mar empieza a golpear duro. Esa alteración del ritmo respiratorio del gigante podría afectar la isla, entonces Francisca emprende el regreso y apresura el paso porque ahora piensa en su hijo que la espera.

Dos años atrás trajeron a su hijo sin una pierna y otras dos novedades: una ardilla amarrada y una profunda melancolía. Su muchacho, tan alegre que era. Desde entonces pasa todo el día silencioso, con la cabeza rapada, sentado en el corredor de la casa mirando a ratos el mar sin parpadear y a ratos a la ardilla que tiene amarrada de un horcón y que se mueve en repeticiones incesantes sobre el borde del espaldar de un taburete. Francisca le alcanza los alimentos y aprieta los dientes, como si mordiera la rabia, porque adivina que en la mente del muchacho giran y giran las oscuras jornadas donde vio morir a sus compañeros en una emboscada y que él en el desespero pisó algo que no ha debido pisar.

Luego, ella come su ración de arroz con coco y se acuesta hasta el día siguiente, también sin pronunciar palabra como su hijo. Cuando en el cielo se empiezan a desteñir las estrellas, Francisca se levanta y enciende la hornilla. Mientras las carimañolas hierven en el aceite, se sienta a esperar a que en el horizonte aparezca la isla, allá, a lo lejos, observa cómo se le va revelando, la mira y remira, comprueba que sí es la misma, que no se la han cambiado, que sigue fiel a su ilusión y con ese aliciente, mientras su hijo despierta, acumula fuerzas en su alma para soportar la nueva y alucinante jornada.

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Publicado en la Revista Odradek, No. 7 Abril de 2006, Medellín.

Las siete muertes del lector

Ángel Galeano Higua

(Ensayo)

 

De la abundante gama de héroes anónimos que pueblan nuestro país, hay uno que descuella de manera especial por su silenciosa presencia: el lector. No importa la condición social, sexo, raza o edad, el lector es hoy un héroe moderno que nada contra la corriente. Es una especie de lisiado que batalla para calmar otras hambres: las del espíritu.

Mientras más adverso y distractor sea el ambiente, más parece resistir. Sus vicisitudes empiezan desde la más tierna edad, cuando los adultos, de buena fe por supuesto, le “enseñan” a leer porque consideran la lectura un instrumento para defenderse, más que un ejercicio de la imaginación o un acto de libertad. Ahí empieza el vía crucis, la primera tumba. Porque la segunda la constituye el hecho de que otros sean quienes seleccionen los libros que se “deben” leer. El lector acepta, dado que quienes escogen los títulos aparecen como personas cultas que quieren ayudar, llámese profesor, maestro o promotor. Pero da la casualidad que la mayoría no sugiere, no seduce, sino que impone.

Alguien podría decir que hasta aquí el asunto no es tan grave. Pero la cuerda continúa tensionándose peligrosamente cuando en la escuela, el colegio o la universidad, se fija una fecha límite. Se debe leer contra reloj. Quien no lea dentro de ese plazo está perdido. Asistimos a la tercera muerte del lector, una derrota llena de angustia y descorazonamiento, como todo lo que violenta el curso natural de las cosas. Los que logran sacudirse y ponerse de pie porque todavía los asiste la persistencia, tienen que enfrentarse a una cuarta lápida: la del resumen escrito. Como si al placer de la imaginación se le pudiera poner cortapisas con análisis académicos.

La quinta muerte acaece luego, cuando se anuncia un examen sobre la obra. De por sí un examen es una prueba cargada de ansiedades. No basta el libro impuesto, los límites de tiempo, los resúmenes, ahora debe someterse a un interrogatorio con el agravante de una calificación. Un verdadero infierno, porque a eso que debe ser dicha de leer, se le convierte en prueba con altas posibilidades de descalificación. En el piso de un número queda tendido el lector, muerto por sexta vez, pero ahora más vacunado que nunca contra la lectura. Lo que más le ha dolido a ese joven es que en el examen, por lo general, no puede ni debe expresar su propia opinión sobre el texto leído, sino que debe ajustarse a los cánones impuestos, que por lo general son los del profesor. Los libros empiezan a parecerle definitivamente odiosos.

Puede haber alguien que a estas alturas insista en que la cuestión sigue sin ser tan grave. Entonces viene el gran remate: se le dice al estudiante que el español (es decir, la lectura) es menos importante que las matemáticas o que la química, etc. Como si existiera un campo del conocimiento más importante que otro. Inclusive se llega hasta el extremo de despreciar la lectura de obras literarias, sacrificándolas por lo que algunos llaman la “verdadera” lectura: la de temas de ciencia, historia o matemáticas.

La intención es reflexionar en voz alta sobre la libertad, porque uno de los mejores indicios del grado de libertad del que podría gozar un pueblo debiera ser el de la lectura espontánea y sin sujeción a prejuicios.

De tal suerte que, al final de esta insensata carrera de obstáculos que apabullan al lector, de ñapa se le echan culpas acusándolo de perezoso y repitiéndole la vieja cantinela de que “la juventud de hoy no lee”. Como seguramente se lo dijeron a los adultos actuales cuando eran jóvenes.