Las siete muertes del lector

Ángel Galeano Higua

(Ensayo)

 

De la abundante gama de héroes anónimos que pueblan nuestro país, hay uno que descuella de manera especial por su silenciosa presencia: el lector. No importa la condición social, sexo, raza o edad, el lector es hoy un héroe moderno que nada contra la corriente. Es una especie de lisiado que batalla para calmar otras hambres: las del espíritu.

Mientras más adverso y distractor sea el ambiente, más parece resistir. Sus vicisitudes empiezan desde la más tierna edad, cuando los adultos, de buena fe por supuesto, le “enseñan” a leer porque consideran la lectura un instrumento para defenderse, más que un ejercicio de la imaginación o un acto de libertad. Ahí empieza el vía crucis, la primera tumba. Porque la segunda la constituye el hecho de que otros sean quienes seleccionen los libros que se “deben” leer. El lector acepta, dado que quienes escogen los títulos aparecen como personas cultas que quieren ayudar, llámese profesor, maestro o promotor. Pero da la casualidad que la mayoría no sugiere, no seduce, sino que impone.

Alguien podría decir que hasta aquí el asunto no es tan grave. Pero la cuerda continúa tensionándose peligrosamente cuando en la escuela, el colegio o la universidad, se fija una fecha límite. Se debe leer contra reloj. Quien no lea dentro de ese plazo está perdido. Asistimos a la tercera muerte del lector, una derrota llena de angustia y descorazonamiento, como todo lo que violenta el curso natural de las cosas. Los que logran sacudirse y ponerse de pie porque todavía los asiste la persistencia, tienen que enfrentarse a una cuarta lápida: la del resumen escrito. Como si al placer de la imaginación se le pudiera poner cortapisas con análisis académicos.

La quinta muerte acaece luego, cuando se anuncia un examen sobre la obra. De por sí un examen es una prueba cargada de ansiedades. No basta el libro impuesto, los límites de tiempo, los resúmenes, ahora debe someterse a un interrogatorio con el agravante de una calificación. Un verdadero infierno, porque a eso que debe ser dicha de leer, se le convierte en prueba con altas posibilidades de descalificación. En el piso de un número queda tendido el lector, muerto por sexta vez, pero ahora más vacunado que nunca contra la lectura. Lo que más le ha dolido a ese joven es que en el examen, por lo general, no puede ni debe expresar su propia opinión sobre el texto leído, sino que debe ajustarse a los cánones impuestos, que por lo general son los del profesor. Los libros empiezan a parecerle definitivamente odiosos.

Puede haber alguien que a estas alturas insista en que la cuestión sigue sin ser tan grave. Entonces viene el gran remate: se le dice al estudiante que el español (es decir, la lectura) es menos importante que las matemáticas o que la química, etc. Como si existiera un campo del conocimiento más importante que otro. Inclusive se llega hasta el extremo de despreciar la lectura de obras literarias, sacrificándolas por lo que algunos llaman la “verdadera” lectura: la de temas de ciencia, historia o matemáticas.

La intención es reflexionar en voz alta sobre la libertad, porque uno de los mejores indicios del grado de libertad del que podría gozar un pueblo debiera ser el de la lectura espontánea y sin sujeción a prejuicios.

De tal suerte que, al final de esta insensata carrera de obstáculos que apabullan al lector, de ñapa se le echan culpas acusándolo de perezoso y repitiéndole la vieja cantinela de que “la juventud de hoy no lee”. Como seguramente se lo dijeron a los adultos actuales cuando eran jóvenes.

Anuncios