Flores en la pared
Ángel Galeano Higua

(Cuento)

Laura montó una chacita enfrente para verlo, para conversarle, para acompañarlo. Un improvisado ventorrillo de golosinas para atalayarlo. Le había reprochado que permaneciera allí porque temía que uno de esos buses de dos chimeneas lo atropellara. Nunca pensó en otro peligro. Pero el destino le salió con un bramido y de repente el mundo cambió en cuestión de segundos. En la madrugada un estudiante pegó en el agrietado muro del Paraninfo, una hoja de cuaderno que contenía una cita de Nietzsche escrita con tinta roja. Hablaba de que lo mejor del ser humano no estaba en sus tumultuosos ruidos, sino en los sosegados silencios. Luego dibujó varias flores en la pared convirtiendo los agujeros de las esquirlas en cáliz y pétalos y estambres. Quería arracimar con aquellos trazos los manojos de rosas y margaritas que ya se hallaban en el suelo cubriendo el boquete. El florecido túmulo aumentaba la romería y agigantaba el dolor y la incertidumbre y la impotencia. Laura se instaló en la acera opuesta. Quería ver cómo su vida diaria, esa de buenos días, qué tal noche pasaste, ven que ya está el desayuno y que la suerte te acompañe, dejaba de ser palpable para transformarse en eso otro neblinoso: los recuerdos. A tu padre lo mataron cuando eras bebé y también se mostraba tan confiado como tú. Para esa comprobación no necesitaba pasar la calle. El adiós sin despedida llegó al comenzar la noche, así, de sopetón. Lo supo por la radio. Y no es que hubieran dicho su nombre. Ella lo supo por el lugar. Y por la hora. Y por otra cosa inexplicable, ese pálpito que sólo pueden sentir las mujeres por sus hijos. No hubo preparación alguna para aquella partida. Laura no se cansaba de verlo a plenitud en un ayer diáfano, sin destiñes ni opacidades, porque lo que tenía al frente todavía no lo percibía como su presente. A él lo veía sin tapujos, limpio, cariñoso, sus ojos cafés, brillantes, llenos de fuerza. Portada - Flores en la paredLo único que le disgustaba eran sus llegadas tarde. Fíjate bien por dónde te metes, le decía. Y se lo sigue diciendo. No te preocupes tanto, mamá, a mí me protege mi propia sombra. Le oía decir eso y sentía ganas de sacudirlo a ver si de veras la sombra se interponía para defenderlo. A su muchacho le gustaba leer libros de aventuras, escuchar música. Cuando le daba por hablar era buen conversador, como su padre. Y continúa siéndolo a pesar del silencio, piensa Laura. Cuando las cosas se ponían tirantes, rapidito diluías los temores con algún cuento o una broma. Laura mantiene la conversa sin necesidad de cruzar la calle. Sin gritos. Los dos saben que mientras más bajito hablen, más pueden superar el ruido de la ciudad. Que mientras menos abran la boca, menos humo negro les tiznará la sangre. Sí, a pesar de tanto ruido callejero ellos conversan. Él le contesta y hasta le pone tema: No había luna mamá y la ciudad se veía tan tranquila… Laura puso colores a cada flor dibujada en los desportillados. Tres pétalos amarillos salpicados de rojo, como tres heridas, agarrados a un trazo verde. Tal como lo aprendió en el colegio. Te quedaron bonitas, le dice él. El cráter parece un jardín lunar. Amarillo frío y rumoroso. El muro abierto semeja un mapa cruzado por mil ríos desquiciados. Y las flores aprovechan las inesperadas grietas del golpazo para brotar en lágrimas de colores. Bonitas pero tristes. Mami, oye ella, el muchacho que escribió mi epitafio era mi amigo, el vecino, ¿lo recuerdas?, el mismo que no le gustaba hacer las tareas del colegio pero que leía mucho, con el que iba a los charcos de Barbosa… ¿Ése que se la pasaba dibujándolo todo? Sí, mamá, el mismo, déjate y lo verás que va a pintar más flores en la pared para que tú las colorees. Empieza a llover y Laura pide permiso en la papelería para guarecerse un poco. Ha cubierto la chacita con un plástico. Ella se encoge, disminuyéndose ante el chaparrón. Él no, él sigue allá, mojándose sin mojarse, tranquilo aunque por un momento Laura cree oírle un: ¡Abrígate! ¿Cuántas veces ella le dijo lo mismo? Y lo vio sonreír. Sonreía más con los ojos que con la boca. ¿Por qué escogiste esa hora para pasar?, le preguntó, apretando los dientes, mordiendo la rabia. Yo no la escogí mamá. Pasaba por aquí hacia la casa como todos los días y de repente el mundo sonó y me sentí roto y liviano y desastillado. Yo no escogí ese de repente. Más bien él me escogió a mí y no me dio tiro de escabullirme. Bien sabes que tenía otros planes. Y cuéntame, mamá, ¿te has venido ahí al frente para vigilarme? No, más bien para acompañarte, como no llegabas. Te juro que ya iba para allá, pero fíjate, me han tenido muy ocupado, ¿lo ves? Viene mucha gente a mirar. Quieren saber cómo queda uno en el sintiempo. Con la mirada me esculcan para ver el estruendo. Me preguntan si me duele, pero es su dolor el que los asusta, no el mío. ¿Sabes?, creí que con el estallido quedaría sordo, pero no, al contrario, ahora escucho todo. Hasta sonidos de antes. O de mañana. No sé, no los diferencio. Hasta escucho tu silencio, mamá. Tu llanto mudo, el de tu corazón. Y eso es lo que duele más en este sintiempo. Por eso, háblame, mamá, te lo suplico: sigue hablándome que tu voz es mi música, mi historia. Nunca dejes de hablarme. Eres mi vida aquí, en esta bóveda callejera que yo no escogí. No estoy entero, lo sabes. Me han dejado hecho ripios. No sé hasta dónde fui destrozado. Siento que aún hay algo mío flotando sobre la ciudad. Partículas de mi rutina, de mis afanes. Fragmentos de mis sueños rotos yendo y viniendo sobre la ciudad, esparcidos como nubes viajeras… No te calles, mamá, no te calles… Ella empieza a llorar de para dentro, que es el llanto más llanto que existe. Ay, hijo, sabes que me trago el grito para llenarme de silencio, para que me oigas. Tú eres quien no debes abandonarme. Ahora empiezo a comprender lo dura que es la vida sin tu vida, y a verte en mi ayer que empieza a ser mi fuerza de hoy, eres el único habitante de esta soledad que ahora me atraganta, hijo mío… Al otro lado de la lluvia, como en el anverso de un espejo líquido, ella ve que un muchacho enfundado en un impermeable amarillo se arrima al muro y empieza a dibujar más flores. Entonces siente que otra lluvia brota de sus ojos, una lluvia salada que saborea al susurrar una promesa: Al menos sé que cuando escampe tendré una tarea de colores. Eso se dice e intenta sonreír ante aquellos ojos cafés, que sólo ella ve y que no parpadean.