Mompox, En busca del tiempo detenido

Ángel Galeano Higua

WebLa terminal del norte de Medellín era un hervidero humano. Miles de viajeros cargados de maletas, paquetes, talegos, cajas, niños… esperaban sentados, de pie, acuclillados, acostados en las bancas. De pronto, en la sección de la Costa, varios viajeros sacaron sus boletos porque el empleado anunció en voz alta la salida del bus rumbo a Magangué. Nosotros habíamos comprado los tiquetes varias semanas antes y teníamos nuestros puestos asegurados. Muchos se lanzaron a la entrada de la rampa con el tiquete en la mano. ¿Qué pasa? Siempre ha salido un solo bus, pero este año la demanda fue tal que la empresa tuvo que programar tres buses. El primero salía a las 7 y 15 de la noche.

Ése era el nuestro, pero en Magangué tomaríamos una chalupa hasta Bodegas y luego un carro directo a Mompox. Serían 13 horas de viaje. Íbamos en una delegación cuyo propósito era acompañar a Bárbara Galeano Zuluaga, autora del libro Mompox, Una victoria sobre el tiempo, quien iba a presentar su obra en la Casa de la Cultura de esa ciudad y haría una donación de libros para todas las bibliotecas escolares, incluida la Biblioteca Pública ”Pedro Salzedo del Villar”, gracias al apoyo de “Eyes Wide Open holistic center”.

Viajar en ese bus de Rápido Ochoa no era nada placentero, pues fuimos sometidos a una brutal temperatura de enfriamiento que nos obligó a cubrirnos con sacos, cobijas, guantes, enrroscarnos para resistir semejante atropello que nadie sabe explicarnos y que los conductores se niegan a mermar. ¿Qué necesidad hay de torturar a los viajeros con los buses convertidos en congeladores? Viola los derechos de los usuarios. A pesar de este martirio un sol rojo nos saludó al amanecer. Llegamos al puerto de Magangué, un infierno de calor, apaciguado por la inmensurable presencia del río Magdalena, anchuroso y callado, no obstante sus aguas disminuidas por el “fenómeno del Niño”.

Después de este contraste de temperaturas nos encontramos con la novedad de una terminal de transporte y un puerto fluvial que enaltece un poco la maltrecha imagen de Magangué. Y casi de inmediato empezó la magia. Una vez nos pusimos el salvavidas, el motor rugió, la chalupa empinó su proa y nos aventuramos por las aguas de nuestro gran río. Juncos de “tapón” florecido, bandadas de garzas, varias canoas flotaban sobre la superficie achocolatada del Magdalena. Íbamos con la corriente hasta la desembocadura del río Chicagua, donde la chalupa viró a la derecha aguas arriba por un calmado espejo, hasta Bodegas.

Los pregoneros nos recibieron ofreciéndonos el servicio de transporte por la carretera hacia Mompox. Emprendimos el viaje en dos carros con aire acondicionado por una carretera en pleno mantenimiento. Nos topamos con las máquinas y los piquetes de trabajadores que “reconstruían” la vía. Jaime Alvear, el conductor del taxi en que voy yo, nos habló del futuro puente que se construirá entre Santa Fe y Bodegas (Isla Grande) y con el cual se ahorrará mucho tiempo de viaje, pero el ferry quedará herido de muerte. Nos informó que hace poco inauguraron el puente en Santa Ana abriendo el horizonte hacia la Costa. Seguimos de largo por Cicuco, Puente Cartagena, Talaigua, Tierra Firme.Los carros ya no entran como antes por la plaza principal de estos pueblos. Vemos muchos niños y el conductor, al ver nuestro asombro, dijo que la sobrepoblación se debía al bocachico. Tengo 50 nietos, dijo, por aquí las mujeres son muy prolíficas por efecto del bocachico, ese pez es el culpable, nosotros los hombres, no tenemos culpa ninguna… Creímos que era un chiste, pero él se quedó serio. Así es, no le busque, agregó. A las 9 y 15 de la mañana llegamos al Hostal Villa de Mompox, en la Calle del Medio, donde habíamos reservado habitaciones con un mes de antelación.

El Comedor costeño

Dejamos el equipaje en el hostal y nos dirigimos a la Albarrada, al Comedor costeño que nos recomendó doña Ana Cadena, la gerente del hostal. Fiesta del sabor, del gusto, a orillas del río: jugo de naranjas recién exprimidas, de corozo con hielo, patacones y yuca con suero costeño, huevos revueltos, café negro… Y en ese festín la conversación, la delicia de quedarse quieto un buen rato, impregnados ya del tiempo detenido. Los afanes quedaron atrás. Estábamos en Mompox. El calor era infernal aunque todavía faltaba más de una hora para el mediodía, la demoledora cita de la canícula. Cada uno debíamos mantener consigo una botella de agua para resistir los embates de la alta temperatura.

De regreso al hostal nuestra curiosidad aumentó, pero el calor no nos soltaba. La calle de la Albarrada, ahora remozada, lo mismo la Plaza de la Concepción y otros lugares del centro histórico, nos indicaron que soplaban nuevos vientos para Mompox. Los portones entreabiertos nos permitían ver los exuberantes jardines interiores, las ventanas con sus enrejados y sus pretiles, los árboles hermanos de la sombra… ¿Existe en Colombia otro sitio así? Pregunta Diana. No, responde Bárbara, Mompox es único. Muchos residentes pasaban en su bicicleta o en las ruidosas motos. Las mo totaxis iban y venían como cucarrones que acercaban y llevaban a la gente, no había ni un sólo semáforo y, sin embargo, no vimos ningún accidente.

Pasamos la tarde resguardándonos del fogaje. A las amigas de Bárbara les parecía increíble que existiera un lugar tan bello pero también tan caliente. Tatiana consultó en su termómetro: Mompox, 40º centígrados a la sombra. Con razón sudamos como caballos.

Al anochecer llegamos al restaurante de Yimi Alvarado, ubicado en una esquina de la Plaza de La Concepción, remodelada y acogedora, con la bella construcción de la Galería o Antiguo mercado cuyas escalinatas caen sobre el río, y en el costado opuesto la iglesia fundacional de La Concepción.

Los meseros de los restaurantes han dispuesto las mesas al aire libre para acoger a los turistas que llegan de diferentes partes del país y del extranjero. Se oye el saxofón en la esquina de Yimi. Un vientecillo delicioso corretea por la plaza. Hemos venido a refrescar el gaznate y a encontrarnos con el poeta Dagoberto Rodríguez Alemán, coordinador del evento de presentación del libro. Mientras yo converso con el poeta sobre los detalles del evento, Bárbara y sus amigas de la delegación: Juliana, Diana y Tatiana, así como Carmen Beatriz, se dejan llevar por el embrujo de los callejones, las vitrinas con artesanías y filigranas, acompañadas por el reflejo del río que titila como un sortilegio.

La conversación con el poeta adquiere nuevos acentos cuando llega Máximo Alemán, el Director del periódico El Mompoxino, en cuya edición de fin de año incluyó una reseña del libro escrita por el poeta, invitando al evento de lanzamiento.

Al día siguiente intentamos desayunar en la Albarrada de Santa Bárbara, con el estruendoso duelo de dos picós en los cuales reinaba el vallenato. De la legendaria Iglesia de Santa Bárbara se descolgaron varias campanadas, como si quisieran fusionar lo profano con lo sagrado. Picamos una carne a la parrilla con yuca y suero costeño en un improvisado asadero, pero nos puede más el Comedor costeño y hacía allí nos dirigimos a comer bocachico (reímos al recordar la teoría del taxista sobre la culpabilidad del bocachico en la sobrepoblación), pedimos arepa de huevo, los consabidos jugos de naranja y corozo, yuca y bollo de maíz con suero.

Casa de la Cultura

Es una de las construcciones más emblemáticas de Mompox, verdadera joya arquitectónica de la época colonial con sus jardines, altos tejados y amplios corredores. La visitamos antes del mediodía y nos alegró ver en la cartelera de entrada un afiche con la carátula del libro invitando al evento.

El director, Kevin Hamed Reinfstang Acuña, nos enseñó el auditorio donde tendremos la presentación. Nos presentó a la Secretaria de Educación, Cultura y Turismo de Mompox, Cielo Isabel Arias, a quien entregaremos, en dicho evento, 50 ejemplares en donación para que sean distribuidos en todas las bibliotecas existentes en Mompox.

Visitamos a algunos amigos para invitarlos, a otros les telefoneamos o les enviamos un mensaje por “whatsapp”. El poeta Dagoberto hizo lo mismo por su lado. Invitó a los dos alcaldes, el saliente y el entrante. Nos anunció que asistirán los personajes que aparecen en el libro. Ana Cadena, del Hostal donde nos hospedamos, nos anunció que también asistirá. Aunque es temporada decembrina se espera que asistan unas 50 personas interesadas en el tema del Patrimonio, Historia y Memoria de Mompox. Fue el cálculo que hicimos para los separadores que obsequiaremos y la copa de vino.

A las 6 de la tarde llegamos a la Casa de la Cultura: mejor esperar que ser esperados. Reubicamos algunas sillas, decidimos no utilizar la mesa, el micrófono se mostró reacio y el poeta se encargó de conseguir un técnico. Estaba listo el “videobim” para proyectar algunas de las fotografías que aparecen en el libro y que fueron tomadas por Bárbara. Los detalles, como el agua para los expositores, la mesa donde se expondrá el libro, el lugar que ocupará la autora…

Algo de nervios, no se niega. Pero estamos imbuidos del espíritu Caribe, de ese optimismo alegre y descomplicado. Todo saldrá bien, ya lo verán, nos dice el poeta.

Y así resultó. Poco antes de las siete damos inicio a la reunión. El poeta presentó su saludo y dio comienzo al conversatorio con la autora. Sus preguntas le permitieron a Bárbara exponer la secuencia del libro, los casos tratados de apropiación del patrimonio y la necesidad de que las leyes de preservación se cumplan para que Mompox siga siendo una singularidad, las experiencias en el trabajo de campo, el rigor de escribir la Tesis de grado con la cual optó el título de Antropóloga en la Universidad de Antioquia, sus recuerdos de infancia y esos viajes que le permitieron dar cuerpo a su tesis culminada en el 2005. Luego vino una década en la cual ella inició el proceso de adecuación del libro.

Una victoria sobre el tiempo

Al final del evento, quienes compraron el libro hacen fila para que Bárbara se los autografíe. No hay afán, mientras tanto brindamos con vino de corozo, en Mompox se ha detenido el tiempo desde hace más de cuatro siglos.

En acta firmada por la Secretaria de Educación, Cultura y Turismo de Mompox, el Director de la Casa de la Cultura, el poeta Dagoberto Rodríguez Alemán, y yo como Director Editorial de la Fundación Arte & Ciencia, quedó plasmada la entrega de los libros, con el listado detallado de las instituciones a cuyas bibliotecas llegará un ejemplar.

El propósito de nuestro viaje se cumplió a cabalidad. Acompañamos a Bárbara en la misión de devolverle a los momposinos lo que les pertenece, pero sistematizado en una prosa pulcra y ágil, y una excelente diagramación, un libro de Arte porque tanto como objeto, como texto literario y arsenal fotográfico, el libro invita a admirarlo.

Lo demás en los días siguientes fue deliciosa añadidura: las exploraciones por otros restaurantes, la visita a algunos talleres de orfebrería, el recorrido nocturno en bicicleta que hicieron Bárbara y sus amigas de la delegación por la albarrada y otros callejones legendarios, el paseo en la lancha “Valerosa Tours” por el Brazo de Mompox con sus oleadas de garzas al caer la tarde, y la degustación del dulce de cáscara de limón, los casabitos, las butifarras, el queso de capa, las visitas a varias iglesias y el inolvidable paseo a la luz de las farolas por la silenciosa Albarrada, remodelada y solitaria, todo ha quedado detenido en nosotros como un feliz recuerdo.

Al despedirnos, el último día, doña Ana Cadena nos entregó algo para el viaje. Es un paquete de casabitos: “Para que no nos olviden”, dijo sonriente. Las amigas de Bárbara, casi en coro, le responden que volverán. Ya lo verá, doña Ana, ya lo verá.