julio 2016


Clemente

Ángel Galeano Higua

(Fragmento)

En la tienda de Martiniano, el primer desplazado de San Mateo, no hay aguardiente. Tampoco tinto, con el cual Leonardo pretendía a esa hora neutralizar las ansias de Nicario. Les toca ir al estanquillo que queda junto a la iglesia del Caño, o a la tienda de Henry, en el Barrio Sur. Se deciden por la de Henry y al cabo de media hora regresan a la oficina. Nicario está más calmado. Leonardo también. El hecho de haber caminado por la calle de Las Damas, despejada a esa hora, y con el aire fresco de la noche, oloroso a río, les ha llevado un poco de sosiego, sobre todo a Nicario, que debe enfrentar ahora la parte de Clemente que falta. Por eso, echa mano del recurso etílico. Busca, con la ayuda de un par de tragos, tener los arrestos necesarios para contar aquella dolorosa historia.

La noche se repite en los labios de Nicario, pero más profunda. Los hombres se hallan sumidos en el sueño más pesado que antecede al amanecer, cuando el cuerpo parece abandonado por el espíritu o es puro espíritu, y los sensores han perdido su capacidad de reaccionar ante estímulos externos. En el relato de Nicario se reitera el viaje por aquellos extraños y livianos mundos tan cercanos a la penumbra, cuando los inocentes de todas las épocas son víctimas de las hordas insomnes que no conocen la paz del alma, sino que se debaten entre las zozobrantes ambiciones del poder, alimentadas por el apetito feroz de intrigas y traiciones.El río fue testigoPor eso, el piquete de hombres armados llegó a San Mateo a las cuatro de la mañana e irrumpió en los ranchos de barequeros, arrieros y aserradores y los reunió, medio dormidos aún, junto a la escuela. Escogieron a unos cuantos rehenes y los llevaron al otro lado de la quebrada, pero antes dijeron: si nos pasa algo, ellos la pagarán. A esa hora, en El Dorado, no se había levantado nadie. Dionisio, por ejemplo, el viejo aserrador que siempre abandonaba la hamaca a las cuatro de la mañana, aquel día siguió durmiendo como nunca. “Yo creo que cuando van a pasar las cosas, es así”, dice Nicario. Utilizaron a Lisandro, uno de los barequeros de La Amargura, para que llamara a Clemente. Para obligarlo le pusieron el revólver en la cabeza a la pequeña Marledys, una de sus hijas, y le dijeron: Hágalo o despídase de ella. Así de criminal es la guerrilla. En medio de aquel silencio aterrador, todos oyeron, en la desfalleciente voz de Lisandro, el nombre de Clemente, cuyas sílabas de idéntica vocal se elevaron en zigzagueante vuelo por las montañas y lamieron las copas de los árboles. El viejo colono se extrañó, no sólo por la hora en que lo urgían, sino por aquel raro temblor en la otrora firme voz de Lisandro. Se asomó con cautela y al presentir la muerte entre las sombras se devolvió de un salto y trancó la puerta, enseguida perforada por la ráfaga. Clemente respondió con la escopeta de doce tiros que mantenía siempre a mano detrás de la puerta, la misma escopeta que Lucho vería, siete horas después, en poder de Solano, el más viejón de los asaltantes. Luego cometió el error de asomarse por uno de los agujeros que había hecho como mirador, pero lo que vio no fue la silueta agazapada del enemigo, sino una explosión negra que esparció toda su memoria por el universo. Quedó irreconocible de la nariz para arriba. Oliva, que estaba aferrada a él, lo sintió desgonzarse, y cuando vio que sus manos largaban la escopeta supo que le habían arrancado la vida. Entonces empezó a gritarles, como enloquecida, que la mataran también a ella y a los niños, y cuando salió, al cabo de un cuarto de hora, con la niña de tres meses alzada, Lisandro, desde donde lo tenían encañonado, la vio con los pies descalzos bañados en sangre. Los asaltantes pararon la balacera y Solano le dijo que si Clemente no estaba muerto entonces la matarían a ella. Lo único que Oliva atinó a gritarles fue: ¡Asesinos! ¡Cobardes! ¡¿Por qué no siguen disparando?! Los otros niños estaban tendidos en el suelo. Las hamacas estaban agujereadas por las balas. Clemente las colgaba bajitas para no ser blanco fácil, pero esa noche los pequeños las colgaron altas y Clemente, tan pronto entró, después de percibir la emboscada, lo primero que hizo fue voltearlas con rapidez haciendo rodar a los niños por el suelo. Quédense tendidos y quietos, les ordenó, no levanten la cabeza, y así se quedaron hasta que aquellos hombres armados entraron y los sacaron a empellones. Luego, los niños vieron cómo saquearon su casa y la tienda de la cooperativa e irrespetaron, también, las pequeñas cosas cotidianas con que ellos tanto jugaban.
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Tomado de El río fue testigo (2003)
Edit. Universidad de Antioquia. Pág.184

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En la boca del cura
Ángel Galeano Higua

(Cuento)

Había querido flotar, sentirme liviano como un pájaro o como un pez, y cuando me creí cercano a esa levedad irrumpió aquel fuego graneado desde ambas orillas. El remolcador Doña Rosario, la embarcación más grande que haya transitado por la cuenca del Gran Río, se bamboleaba como un barquito de papel. Aún no habían transcurrido ni cuatro días desde que zarpamos del puerto de Soplaviento, dos leguas al norte de Baracoa. El sol de aquellas seis de la mañana era una naranja inmensa que empezaba a rodar más allá de Islagrande, salpicando al mundo con su jugo luminoso. Recuerdo que también se embarcaron los de la brigada de salud: Óscar Mauricio, el médico, y Biviana, la bacterióloga, pero ellos se quedaron en la desembocadura del Cauca dos días después. Yo continué hacia El Dorado, donde me establecería durante dos meses con la biblioteca ambulante.

En la boca del curaSentirme pájaro o pez era una constante en mis sueños, pero nunca imaginé que aquel ejercicio flotante fuese roto de aquella manera. Liborio Pineda, Alberto Moreno y otros ancianos de cabello blanco, decían que el remolcador Doña Rosario se había deslizado por aquellas aguas desde los inmemoriales tiempos de la «Revolución en marcha» y de la gran huelga de los braceros que paralizó el transporte, no sólo en el gran cauce, sino por cuanto caño había. También contaban que miles de pescadores y colonos, cultivadores y mineros, dependieron por varias generaciones de aquella formidable tienda flotante que llevaba desde la sal y el azúcar hasta el cemento y el petróleo, cereales y refrescos, baterías y repuestos para tractores. La tienda móvil más surtida que se haya visto y el único correo que hilvanaba, como un arácnido, la intrincada telaraña de poblaciones esparcidas por la gran cuenca. La embarcación resoplaba mientras entregaba los víveres encargados y negociaba el oro extraído de Minallena y Muchooro y la noble madera de La Garita y Bosque Azul. En su poderosa lentitud hizo también las veces de ambulancia y también lugar de alborozo cuando en cubierta viajaron las cantaoras de Talaigua y Chico Cervantes, los Corraleros de Majagual, los Gaiteros de San Jacinto y Totó la Momposina… Surtidor incansable, fuese en tiempo de tormenta o de sol, de corraleja o de luto, nunca había tenido que soportar semejante lluvia letal, como la que relampagueaba aquella noche. Aguacero letal que no caía del cielo sino que brotaba de las armas disparadas por los hombres apostados en las dos orillas.

El día que partimos Fredy me ayudó, poco antes del amanecer, a subir los tres arcones con los libros de la biblioteca ambulante, verdaderos baúles de cedro que Ómar nos obsequió nueve meses atrás, al ver la forma lamentable como transportábamos los libros en desgarradas cajas de cartón, amarradas con cabuyas y zunchos. Cojan la madera que necesiten, nos dijo el día que clausuramos la brigada cultural, pero Jaqueline, que no tenía riendas en la lengua, lo emplazó para que hiciera el favor completo: ¿no ves que con las tablas así no sacan nada? Omar se puso ahí mismo a pulir la madera y me preguntó de qué tamaño quería los cajones y si les ponía o no bisagras o si los curaba con aceite o si los pintaba y de qué color. Al tercer día los cinco empaques de cartón raído fueron reemplazados por tres señores arcones, resistentes y pulidos, de tal manera calafateados que los cuatro elementos, aire, agua, polvo y sol, nunca penetrarían por sus junturas. Ahora sí tenemos biblioteca ambulante, recuerdo la deliciosa voz de Beatriz, entre sarcástica y festiva, mientras pasaba sus dedos delicados por la madera olorosa. Los 750 libros más el globo terráqueo, cupieron en un compartimiento especial y los diccionarios en otro. Todos los rigores acrisolados en aquellas brigadas se compensaron con el regalo. Lloviera a mares o se encabritaran los ríos, ni una gota salpicaría los libros.

Para mover cada arcón se necesitaban tres hombres, pero la última vez nos tocó a Fredy y a mí subirlo al jeep de Nasly. Me parece oír cuando los amortiguadores del carro chirriaron ante el peso de los libros y Nasly debió conducir despacio. Mientras más nos acercábamos a la ribera más húmeda se hallaba la arena, hasta que las llantas patinaron y eso nos obligó a cargar las arcas sobre los hombros. Cruzamos el playón y ascendimos por el tablón que servía de puente hasta el remolcador. Nasly alumbraba el camino con la linterna. Antes debíamos esperar de últimos por si quedaba espacio en la embarcación, de lo contrario teníamos que pagar el transporte en algún yonson o en la flota de la Niña Chechi. Varias veces nos tocó postergar la brigada por falta de dinero, pero con el paso del tiempo y gracias a nuestra persistencia, cierto día, durante las fiestas de La Candelaria, don Jaime, el propietario de la empresa naviera, le ordenó al capitán del remolcador que a partir de ese instante reservara para la biblioteca ambulante suficiente espacio bajo techo y lejos del calor de las turbinas. No se le olvide, enfatizó el naviero dirigiéndose al capitán, quien desde entonces cumplió la orden con alegría casi infantil, puesto que él mismo leía un libro en cada viaje. Prefiero las novelas, me confesó un día, porque en varias de ellas he encontrado la forma más parecida a esta vida que llevo.

Esa noche éramos quince, entre marineros, maquinistas, auxiliares de mecánica y electricistas, bodegueros, cocineros, los dos timoneles y el capitán. Sólo el médico y la bacterióloga que conformaban la brigada de salud, y el guía, se habían marchado. Recuerdo que era mediodía y el sol estrellaba su chorro contra el follaje por donde ellos se internaron.

— Doctor, ahí está La Ceiba esperándolo —dijo sonriente el capitán. El remolcador mermó su marcha mientras aquellos misionarios, con sus ojos juveniles y el morral a la espalda, transbordaron a la canoa de la cooperativa que salió a esperarlos. El guía, un adolescente nativo, cargó la caja con el microscopio apoyándose con sus pies desnudos sobre el borde de la canoa hasta colocar el instrumento en el bote. Yo también desembarcaría, pero sería 48 horas más tarde, en El Nogal, y en lugar de microscopio y vacunas llevaba un alimento poderoso todavía inapreciado por los pobladores: la biblioteca ambulante.

De la grabadora que se hallaba sobre la mesa del comedor, brotaban canciones de Juan Piña y Rafael Orozco con las cuales soñaba un marinero en su hamaca guindada a babor.

El viaje transcurrió en paz hasta cuando aquella ráfaga nos detuvo a mitad de camino. Intenté identificar el lugar donde nos hallábamos pero me sentí tan perdido como cuando de niño jugábamos a la gallina ciega. Lo de aquella noche no era un juego de niños sino una perversa empresa de adultos en cuyo fuego nos hallábamos cautivos. Quise aprovechar el brillo de los fogonazos para tratar de reconocer el lugar, pero la tupida silueta de los árboles fugaces más allá de la ribera enmarañada y el pardusco reflejo del agua no me ayudaron a ubicar sino a confundir. Como si existiese un pacto, la luna tampoco daba la cara y en cambio un viento frío correteó. Sobre el remolcador varias nubes se sumaron a la confabulación.

Eran las diez, o mejor dicho las veintidós horas, como dijo el capitán, cuando esa primera ráfaga hirió el silencio desde la orilla izquierda y el reguero de balas cayó en el agua a pocos metros del remolcador. De golpe la paz se hizo tan evidente porque se esfumaba.

— ¿Qué fue eso? —preguntó el marinero que descansaba en su hamaca, pero el interrogante se deshizo con el eco de la balacera que devoró la música del acordeón y el murmullo del río.

— Todo ha marchado de acuerdo al plan de viaje —Inclinado sobre la mesita de su camarote el capitán escribía en su diario, alumbrado por la breve luz de la lámpara, cuando la ráfaga espantó el sosiego y las próximas palabras quedaron represadas en la punta del bolígrafo. Se puso de pie y apagó la luz. La sangre palpitaba a toda velocidad en sus sienes y su pecho no daba la medida para su corazón. Por la ventanilla, chorreada por la luz roja a babor, vio la silueta del marinero sentado en la hamaca.

Fueron tres segundos entre una y otra ráfaga, tiempo suficiente para ver pasar la película de nuestra propia vida. Volví a mi infancia, quiero decir a mi esencia, pero esos recuerdos se hicieron añicos con otra ráfaga proveniente de la orilla opuesta.

— ¡Todos al piso! —gritó el capitán, ya en la puerta de su camarote. Vi cuando uno de los maquinistas se tendió, a estribor, alumbrado por una luz verde. El capitán repitió la orden y también se tiró al piso jalándome de la camisa. En un viaje anterior él me había hablado de un posible asalto al remolcador. Están dañando la zona, dijo, preocupado por la racha de atracos en el río, como el que cometieron contra una chalupa donde viajaba una brigada de salud, los despojaron de todas sus pertenencias incluido el instrumental, aunque su afán era por el oro, el dinero y los víveres. Ya no hay respeto ni por las mujeres, dijo el capitán, si algún día la emprenden contra el remolcador no sé qué vamos a hacer para defendernos. El capitán era un hombre alto y fornido, de rostro tostado por el sol y curtido por los vientos del Sur. La gente vive como puede, prosiguió, pero alguien viene con un arma en la mano a imponerles un orden extraño y luego llega otro con una arma igual a decirles que ese no es el orden… Ajá, ¿entonces?

Tendido sobre la gruesa lámina de acero del piso sentía en mi pecho el rugir de las turbinas y el murmureo del agua que lamía la nave transmitiéndole esa temperatura extraída a lo largo de su recorrido y con la cual perseveraba como la aorta de un gigante dormido. El juramento que hice varios años atrás de enseñarle a leer a nuestros compatriotas del sur de Bolívar corría el riesgo de quedar truncado. De repente, con todos mis sueños quedaba al borde del abismo. ¿Qué había hecho con mi vida? A esa hora pudiera estar cómodamente sentado en la poltrona de la sala oyendo un concierto de Beethoven o de Bach, o conversando con mis padres y mis hermanos, o departiendo con algún grupo de amigos, o en algún cine viendo a Natasha Kinski, o disfrutando del amor con Flor Marina, filosofando entre susurros sobre la delicia de sus labios y volviendo a la caricia soñada, buscando eternizar el corrientazo embriagador. Pero Flor Marina prefirió quedarse en la ciudad, y hasta mejor que hubiera sucedido así porque de lo contrario estaría también allí, en peligro como yo.

Nuevas ráfagas cayeron muy cerca del remolcador para amedrentarnos, como si al herir al río ablandasen una posible resistencia de la tripulación y a la vez se estuviese dirimiendo el predominio sobre la embarcación. La nave disminuyó la marcha y en medio del fuego quedó convertida en rehén equidistante. Parecía como si aquellos hombres armados quisieran gobernarla pero ninguno se atrevía a lanzarse al asalto. Supusimos que querían el remolcador íntegro y sin un solo rasguño, que lo necesitaban para ganar su guerra, pues tendrían víveres y combustible para mucho tiempo y controlarían el paso por el Gran Cauce. El capitán se arrastró hasta la cabina de mando donde los dos timoneles permanecían firmes en su puesto. Yo lo seguí.

— Manténganlo así, despacio y sin variar el curso, pero apaguen la luz —les ordenó el capitán, ya de pie en el interior de la cabina. Luego, a tientas, encendió el radio transmisor y le envió un mensaje al naviero, poniéndolo al tanto de la situación.

— Capitán, aguante hasta que amanezca —la voz del empresario se oyó como si el viento la empujase desde muy lejos— Voy a pedir ayuda.

El capitán recordó cuando don Jaime, asesorado por un alto mando militar, le dijo que debía llevar armas para defenderse, pero él se negó. «Un arma es, de todos modos, una afrenta», les había dicho. Apagó el transmisor y se sumió en sus cavilaciones. Darle armas a la tripulación significaba entrar en esa guerra que tanto odiaba, era hacerles el juego a unos y a otros y aceptar el laberinto sin salida de una aventura fratricida.

— Yo no estoy en guerra y usted tampoco, ¿verdad?, ni la tripulación, a pesar del abandono en que Dios y los hombres han mantenido a esta región —No sabría decir si el capitán se dirigía a mí o pensaba en voz alta. Yo, por mi parte, sostenía mi propio combate, muy distinto y a muy largo plazo. Mi armamento iba embalado en los arcones y cada libro era un proyectil que apuntaba directo al alma. La música permanecía invicta en medio del gatilleo, como una paradoja. Aguardábamos no sé qué, inmóviles, como si el tiempo no transcurriera.

— Mi deber es salvar la vida de toda la tripulación —dijo el capitán. Luego me preguntó cuántos hombres armados creía yo que habría en las dos orillas. No lo sé, le respondí, pero parecen muchos. Sí señor, son muchos, por lo menos tres veces más que nosotros. Dijo que lo más seguro era que mientras unos disparaban otros se estarían preparando para el abordaje, aunque el río allí no era manso. Al escucharlo imaginé a los asaltantes trepando a cubierta, empapados pero disparándonos a quemarropa. Habría que esperarlos en el borde de la nave y golpearlos tan pronto asomaran la cabeza. Recordé la navaja de camping que mi hermano me había regalado en la última navidad y la palpé en uno de mis bolsillos. Con ella me defendería, pensé. El problema era que la noche estaba muy oscura y el capitán había ordenado apagar todas las luces, diferentes a los reflectores que caían sobre el hilo de la corriente. Me atreví a comentar que era muy riesgoso mantener el remolcador en movimiento. Aun cuando fuese muy lentamente podría estrellarse. El capitán estuvo de acuerdo pero dijo que debíamos sostenernos en mitad del río, alejados de ambas orillas. De pronto se oyó un altavoz:

—¡Capitán, detenga el remolcador! —el mensaje provenía de la ribera izquierda y tenía un tono seco, castrense. El silencio en oleadas acarició la noche, acentuando la incansable música del acordeón. El capitán tomó el megáfono y preguntó al lado de la noche de donde provino la orden que quiénes eran y qué querían.

— ¡Haga lo que le decimos, nada más. Deténgase! —respondieron de allá mismo.

— ¡Somos gente de paz y estamos desarmados, ¿qué quieren?! —El canto entreverado con las notas del acordeón, la tumbadora y el clarinete, persistía con su trotecito ancestral.

— ¡Nosotros somos los que hacemos las preguntas! ¡Deténgase de una vez por todas!

— Si no nos dicen quiénes son y qué quieren, no nos detendremos! —varias ráfagas cayeron sobre el remolcador y las balas rebotaron sobre la estructura metálica silbando y arrancando chispas.

— ¿Qué hacemos, capitán? —preguntó uno de los timoneles

— ¡Ocupen los puestos de emergencia y abran bien los ojos!

Una ráfaga destruyó el reflector izquierdo y luego una chalupa intentó acercarse al remolcador, pero una granada disparada desde la otra orilla se estrelló contra ella iluminando el río. Los dos grupos iniciaron un enfrentamiento y el capitán impartió la orden de dar marcha atrás. Yo me parapeté detrás de los arcones. No supimos cuánto tiempo duró aquel fuego cruzado pero el remolcador alcanzó a retroceder cuatro leguas ayudado por la corriente. Los asaltantes debieron suspender hostilidades al ver que habíamos reculado. Quizás se efectuó una reunión de emisarios en mitad del río, donde antes estaba el remolcador y tal vez no se pusieron de acuerdo porque cada uno querría apropiarse por entero del remolcador. No sería extraño que unos hicieran pensar a los otros que en el remolcador iba un pelotón del enemigo y que todo había sido una trampa. Por lo que sucedió después debieron convenir que no sería para ninguno y unieron sus fuerzas para hundir el remolcador al amanecer. Nos bombardearían sin contemplaciones. La noche fue una larga incertidumbre. La grabadora había enmudecido y sólo se oían las turbinas y las gárgaras que la hélice hacía con el agua del río revuelto. Atrincherado entre los arcones recordé la campaña que durante varios meses adelantamos por todo el país para conseguir aquellos libros. El Atlas Universal y La Isla del Tesoro, La Ilíada y La Odisea, el Algebra de Baldor y la Aventura del pensamiento de Einstein, El mensajero sideral de Galileo y Kepler y El Proceso de Kafka, los tres tomos de la Historia de la Literatura y el Arte y las Biografías de grandes compositores. Decenas de novelas de los grandes maestros. Poemas como la Canción de la noche profunda y Morada al Sur. Cuántas gestiones para reunir aquella biblioteca detrás de la cual ahora yo me protegía. Ninguno de los cuatro elementos podía penetrar en los arcones, de tal suerte que ni una gota de agua mojaría los libros. Aquellos arcones podrían flotar, ¿por qué no?, podrían ser mi salvavidas. Animado por esa idea me dediqué a empujarlos hasta el borde de la embarcación. Al verme en el ajetreo, el capitán me dijo que yo era libre para tirarme al agua pero me aconsejó que no lo hiciera antes de la Boca del Cura pues allí acudían varios ríos y quebradas formando un tenebroso remolino. Además, me dijo que si lográbamos llegar allí al amanecer estaríamos a salvo y no tendría necesidad de zambullirme. Una gran tensión envolvía a la tripulación cuando a las tres de la mañana cayó un rayo anunciando tormenta. Creímos que aquella era la señal para iniciar el asalto. Con el relámpago nos vimos unos a otros como fantasmas y luego se desgajó el agua. En el radio transmisor la señal del naviero sonó débil pero insistente:

— Llamando al remolcador Doña Rosario … Llamando … —La voz sonó victoriosa entre las interferencias, para informarle al capitán que las Fuerzas Armadas tenían la orden directa de la Presidencia de la República de no movilizarse ni disparar un sólo tiro porque estaban negociando la paz y que a lo sumo un avión echaría un vistazo, nada más.

— ¿Entonces no hay ayuda?

— Ninguna, capitán, a este país se lo llevó el putas —dijo el empresario, entre cansado e indignado— Sálvense ustedes, no se pongan a carajear, yo voy a quedar arruinado, pero la vida vale más que todo el oro del mundo.

El día asomó su nariz neblinosa entre la lluvia y el capitán trató de auscultar el hilo de la corriente y las orillas con los binóculos, pero no pudo ver nada.

— Sé que estamos cerca a la Boca del Cura —dijo— Lo siento en el aire…

— ¡Alguien viene! —gritó un marinero. En un santiamén varias chalupas brotaron de entre la neblina. Grupos de asalto con metralletas en la mano y bandas cruzadas sobre el pecho repletas de balas y granadas al cinto, rodearon al remolcador. Eran ellos, en diez chalupas, todos con pasamontañas. Había algunas mujeres. Se les veía dispuestos a dispararnos en cualquier momento. Mientras unos llamaron nuestra atención por un lado, otros subían a cubierta por el otro. Nos ordenaron agruparnos con las manos en la cabeza y luego revisaron el remolcador palmo a palmo.

— ¿Dónde está su capitán?

— Aquí estoy —respondió éste con dignidad— ¿Por qué nos atacan?
— ¡Cállese! ¡Y dígale a los esbirros que salgan con las manos en alto!

— ¿Cuáles esbirros?, los que vamos aquí somos trabajadores, gente de paz.

— Hablo de los que llevan escondidos, lo sabemos… De todas maneras vamos a darles chumbimba, ¿entiende?, ¡vamos a volar esta mierda!

— Pero ¿por qué?

— Por sapos.

— ¡No!, están equivocados, somos trabajadores…

— Nunca nos equivocamos. Póngales el regalito —Varios hombres montaron en el cuarto de máquinas, sobre las turbinas, varias cargas de dinamita con relojes. El capitán les dijo que no sacaban nada haciendo aquello. Que los perjudicados eran los pobladores de la región. Que lo que llevaban allí eran alimentos y mercancías. Que si querían se lo llevaran a él de rehén pero que dejaran ir a los demás. Que les respetaran la vida, que eran gente humilde…

— ¡Cállese!, parece un loro. ¿Por qué nos desobedecieron allá arriba?

— No sabíamos que eran ustedes.

— ¿Qué se hicieron? ¿cuántos eran? ¿Dónde se bajaron?… ¡A ver, usted! —y sacaron a empellones a la negra Nicolasa, la encargada de la cocina—. ¡Arrodíllese! —el asaltante puso el cañón de la metralleta en la cabeza ensortijada de Nicolasa.

— A ver, negra, ¿dónde se quedaron? —el capitán trató de intervenir pero lo golpearon en la nuca. Un marinero intercedió, dijo que ella no sabía nada, que nadie sabía nada, pero la negra lo interrumpió:

— Se quedaron en Barranquilla —dijo.

— ¡Qué negra tan graciosa! —alegó el que parecía el comandante—. ¡Que chiste tan caro, negra, te costó la vida!

— ¡Déjala, compa —dijo otro, también con facha de comandante—. No vale la pena, queremos es a los monitos esos… ¿Qué hora es? —preguntó al último que salía del cuarto de máquinas.
— Quedan cinco minutos —respondió éste.

— ¡Muchachos, vámonos! ¡Díganle al capitán, si es que despierta, que saludes al Presidente! —Abordaron las chalupas y desaparecieron. Dos marineros arrastraron al capitán y se lanzaron con él al agua. Otros los siguieron y empezaron a nadar con desespero buscando la orilla. La nave volaría en mil pedazos en menos de cinco minutos y había que irse pronto y lo más lejos. Un marinero me ayudó a empujar dos arcones al río y nos lanzamos al agua. Sólo Nicolasa se quedó a bordo, arrodillada y quieta. No atendió nuestros gritos: ¡Tírate!, le decíamos, ¡Va a estallar, sálvate! Pero estaba paralizada y sorda. Debimos nadar dejándola allí sin ni siquiera tiempo para el dolor, porque la corriente nos halaba con fuerza.

El capitán tenía razón, estábamos en la Boca del Cura y sobre el agua tumultuosa y violenta la neblina moribunda luchaba contra el sol naciente. Al vernos flotando, los demás se aferraron también de los arcones y enseguida entramos todos en el portentoso hilo de la corriente.

Medellín, Junio 1995 – abril 1996

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Tomado del libro En la boca del cura y otros relatos. Edit. Fundación Arte & Ciencia, Medellín, Junio de 2000. Pg. 63