Clemente

Ángel Galeano Higua

(Fragmento)

En la tienda de Martiniano, el primer desplazado de San Mateo, no hay aguardiente. Tampoco tinto, con el cual Leonardo pretendía a esa hora neutralizar las ansias de Nicario. Les toca ir al estanquillo que queda junto a la iglesia del Caño, o a la tienda de Henry, en el Barrio Sur. Se deciden por la de Henry y al cabo de media hora regresan a la oficina. Nicario está más calmado. Leonardo también. El hecho de haber caminado por la calle de Las Damas, despejada a esa hora, y con el aire fresco de la noche, oloroso a río, les ha llevado un poco de sosiego, sobre todo a Nicario, que debe enfrentar ahora la parte de Clemente que falta. Por eso, echa mano del recurso etílico. Busca, con la ayuda de un par de tragos, tener los arrestos necesarios para contar aquella dolorosa historia.

La noche se repite en los labios de Nicario, pero más profunda. Los hombres se hallan sumidos en el sueño más pesado que antecede al amanecer, cuando el cuerpo parece abandonado por el espíritu o es puro espíritu, y los sensores han perdido su capacidad de reaccionar ante estímulos externos. En el relato de Nicario se reitera el viaje por aquellos extraños y livianos mundos tan cercanos a la penumbra, cuando los inocentes de todas las épocas son víctimas de las hordas insomnes que no conocen la paz del alma, sino que se debaten entre las zozobrantes ambiciones del poder, alimentadas por el apetito feroz de intrigas y traiciones.El río fue testigoPor eso, el piquete de hombres armados llegó a San Mateo a las cuatro de la mañana e irrumpió en los ranchos de barequeros, arrieros y aserradores y los reunió, medio dormidos aún, junto a la escuela. Escogieron a unos cuantos rehenes y los llevaron al otro lado de la quebrada, pero antes dijeron: si nos pasa algo, ellos la pagarán. A esa hora, en El Dorado, no se había levantado nadie. Dionisio, por ejemplo, el viejo aserrador que siempre abandonaba la hamaca a las cuatro de la mañana, aquel día siguió durmiendo como nunca. “Yo creo que cuando van a pasar las cosas, es así”, dice Nicario. Utilizaron a Lisandro, uno de los barequeros de La Amargura, para que llamara a Clemente. Para obligarlo le pusieron el revólver en la cabeza a la pequeña Marledys, una de sus hijas, y le dijeron: Hágalo o despídase de ella. Así de criminal es la guerrilla. En medio de aquel silencio aterrador, todos oyeron, en la desfalleciente voz de Lisandro, el nombre de Clemente, cuyas sílabas de idéntica vocal se elevaron en zigzagueante vuelo por las montañas y lamieron las copas de los árboles. El viejo colono se extrañó, no sólo por la hora en que lo urgían, sino por aquel raro temblor en la otrora firme voz de Lisandro. Se asomó con cautela y al presentir la muerte entre las sombras se devolvió de un salto y trancó la puerta, enseguida perforada por la ráfaga. Clemente respondió con la escopeta de doce tiros que mantenía siempre a mano detrás de la puerta, la misma escopeta que Lucho vería, siete horas después, en poder de Solano, el más viejón de los asaltantes. Luego cometió el error de asomarse por uno de los agujeros que había hecho como mirador, pero lo que vio no fue la silueta agazapada del enemigo, sino una explosión negra que esparció toda su memoria por el universo. Quedó irreconocible de la nariz para arriba. Oliva, que estaba aferrada a él, lo sintió desgonzarse, y cuando vio que sus manos largaban la escopeta supo que le habían arrancado la vida. Entonces empezó a gritarles, como enloquecida, que la mataran también a ella y a los niños, y cuando salió, al cabo de un cuarto de hora, con la niña de tres meses alzada, Lisandro, desde donde lo tenían encañonado, la vio con los pies descalzos bañados en sangre. Los asaltantes pararon la balacera y Solano le dijo que si Clemente no estaba muerto entonces la matarían a ella. Lo único que Oliva atinó a gritarles fue: ¡Asesinos! ¡Cobardes! ¡¿Por qué no siguen disparando?! Los otros niños estaban tendidos en el suelo. Las hamacas estaban agujereadas por las balas. Clemente las colgaba bajitas para no ser blanco fácil, pero esa noche los pequeños las colgaron altas y Clemente, tan pronto entró, después de percibir la emboscada, lo primero que hizo fue voltearlas con rapidez haciendo rodar a los niños por el suelo. Quédense tendidos y quietos, les ordenó, no levanten la cabeza, y así se quedaron hasta que aquellos hombres armados entraron y los sacaron a empellones. Luego, los niños vieron cómo saquearon su casa y la tienda de la cooperativa e irrespetaron, también, las pequeñas cosas cotidianas con que ellos tanto jugaban.
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Tomado de El río fue testigo (2003)
Edit. Universidad de Antioquia. Pág.184

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