De las mujeres ausentes

Ángel Galeano Higua

 

En uno de sus poemas, Dagoberto Rodríguez Alemán se pregunta:portada-de-las-mujeres-ausentes

¿Cuándo podré alcanzarla
hacer mía esa otra luz de agua
forjada de sueños?

En este tramo de su búsqueda queda plasmada la angustia que alimenta su asombro. La impotencia ante algo que ciñe sus sueños, sus anhelos, su natural armonía con el agua. Hombre afortunado sabe que el río lo acompaña y rige, juega con él desde siempre, conversa con su incesante flujo mientras quiere acariciarlo lanzándole piedritas. Pero el agua es más que el río, es un sueño perenne, inalcanzable por la luz que irradia, una luz húmeda, una luz líquida que moja, impregna e ilumina. Es, como dice en otro poema, “palabra clara como la lluvia”.
En varios de los poemas que conforman De las mujeres ausentes, laten preguntas que nos conmueven porque hurgan también nuestras incertidumbres.
Alguien se esconde en su poesía, alguien que tiene nombre de mujer, pero que él no puede ver. La llama, con la misma súplica que a la luz del agua.
Aliada del agua está la noche, con toda su carga de misteriosos gritos. Y son las sombras las que ahora reinan…

Y la noche hinchada de terror
hace estragos
en la ceremonia del sueño.

En ese peregrinaje de estaciones elementales, aparece el viento, “racimo de voces que se anuncia a sí mismo”. Y así como en el agua, sea río o lluvia, también en la noche busca, lo mismo que en el viento, las palabras. No las nombra cuando habla del libro, pero las sugiere porque el libro es un “viaje indecible”. No todo se puede decir con palabras. Justo el libro, materia inflamable de palabras, para Dagoberto Rodríguez Alemán es poderosa luz casi hermanada con el fuego, que en todo caso “me purifica como una hoguera”… “El libro es milagro que convoca”.
La fuerza en De las mujeres ausentes se percibe en la honradez de su autor, su esfuerzo sin límite de tiempo, su inocente búsqueda y a veces ingenua mirada. Como un niño que se asombra ante las revelaciones que cada día le prodiga la vida, con todo lo que la rodea de necesidades y sueños.
Pero no se crea, en esa ingenuidad palpita un reconocimiento de su historia, de las marcas que han tatuado su alma. Por eso testimonia sus admiraciones. Bardos que lo maravillaron, como Candelario Obeso y Gómez Jattin. La música de su legado lo imbrica con la sorpresa que le produce el mensaje telúrico del contrabajo, del clarinete, del saxofón. Y en esa, su epifanía, se desliza con natural donaire esa vibración de una garganta inmarcesible: Totó La Momposina. Pero ella no es sólo voz que electriza e invita, también es ritual, movimiento, danza, elevamiento como decía Héctor Rojas Herazo.
Y detrás del homenaje a la reina del chandé y la cumbia, ingresan en el libro con su esplendor propio, Virginia Woolf, Alejandra Pizarnik, Silvia Plath, Emily Brontë, Camille Claudel, Marvel Moreno, Gabriela Mistral, Clarice Lispector… Es un homenaje que el poeta de Mompox no puede esquivar. Es el corazón del libro, en ellas se concentra su irresistible entrega. Ellas están, y nada ausentes, oímos en la tremulación su arpa delirante. Podría decirse que el título del libro expresa lo contrario: las hace presentes.
Completa, en páginas diversas, la conversación con sus padres, sus maestros, su familia, sus recuerdos. Los viajes a Macondo, a Medellín y cierra con un domingo melancólico, una atmósfera algo desolada como una página en blanco en la que el lápiz casi se mueve solo, como si siguiera un “ciego itinerario”.

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Prólogo al libro De las mujeres ausentes, del poeta momposino Dagoberto Rodríguez Alemán. Edit. FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, Medellín, Diciembre 2016.

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