Cambio de renglón

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

El tren metropolitano se deslizaba como la mantequilla en la sartén caliente. Yolanda había adquirido la costumbre de agregarle a aquel viaje, otro: el de la lectura. Aprovechando la vía sin altibajos se sentaba, sacaba su libro del bolso y se instalaba como si estuviese en la sala de su casa.

Cierto día, por la mañana, un brinquito imperceptible, como un hipo del vagón, hizo que los ojos de Yolanda saltaran dos palabras adelante en el renglón que leía. Atribuyó la pequeña variación a un parpadeo involuntario y devolvió la mirada para enlazar las palabras alteradas, continuando con la lectura como si nada hubiera sucedido.

carrilera-en-curvaLas idas y venidas siguieron pero ya no fueron los saltitos en el mismo renglón, sino el cambio evidente de línea lo que generó una especie de bucle en el hilo de aquella historia, que era la de un hombre que miraba mucho, obligando a Yolanda a desandar el relato. A la semana siguiente, el casi imperceptible brinquito le empujó la lectura dos renglones más abajo, donde el hombre que miraba mucho se hallaba estremecido por algo que había visto, no podía dormir y pasaba las noches enteras sumido en recurrentes visiones. El sutil movimiento del metro hizo que la mirada de Yolanda se desplazara varios renglones arriba, donde el hombre que observaba mucho aún no había entrado en el desasosiego y todavía dormía, aunque con los ojos abiertos.

La lectura sufría tales vaivenes que Yolanda empezó a sospechar que algo extraño sucedía, pero la conjetura le duraba sólo unos segundos porque luego retomaba el texto olvidándose del pequeño incidente. Dos días después descubrió que el pequeño salto sucedía en el mismo lugar. Suspendió la lectura en el retorno para prestar atención al instante en que el tren empezara a trepar el puente sobre el río. Desde allí se podía ver el Parque Norte con sus juegos mecánicos y el lago donde la gente iba a remar los domingos, se podía disfrutar la vista de la ciudad universitaria con sus campos deportivos y los edificios de las facultades y el teatro. A Yolanda le gustaba la fuente de la plaza central con su fiesta de agua cristalina aureolada por un pequeño arco iris. La película pasó pero sin que ella la disfrutara ese día porque su atención estaba puesta en el brinquito del vagón, atenta a cualquier alteración que le permitiera conocer la causa que afectaba sus lecturas. Pero no percibió nada extraño. Cosas de la vida, se dijo, recriminándose si no sería que imaginaba tonterías.

A punto estaba de olvidarse del asunto cuando, durante el viaje de regreso, el hombre que miraba mucho parecía a punto de enloquecer de tanto ver y en uno de esos recorridos que hacía con sus incansables pupilas resultó fijando su vista en ella, en Yolanda, que se leyó mirada por unos ojos color café, enigmáticos y a la vez curiosos. El tren metropolitano había sufrido de nuevo aquel sobresalto, desapercibido para los demás. Yolanda observó que sólo podía experimentarlo si iba leyendo. Así, a la mañana siguiente, pudo comprobar que cuando el metro iba en la mitad del puente sucedía el altibajo. Faltaba averiguar qué lo causaba.

Podría ser algo en los rieles, pensaba Yolanda. Pero ¿cómo comprobarlo? Tendría que ir a pie hasta el puente y eso no se lo permitirían. Lo más cuerdo sería informar al encargado del mantenimiento del metro. Sí, eso haría al día siguiente. Poco antes de abordar el metro se presentaría ante uno de los guardias, pediría que le permitieran hablar con el jefe de mantenimiento o por lo menos con alguno de los técnicos o de los empleados encargados de la seguridad de la vía y le contaría lo que estaba sucediendo, le diría que sus lecturas sufrían alteraciones por algo que había en la carrilera. No importaba si al principio no le creían, ella insistiría. ¿Acaso estaba inventando? Más tranquila por la decisión tomada, esa noche se acostó y soñó que el hombre que miraba mucho continuaba observándola como si quisiera decirle algo. A donde ella iba aquella mirada la seguía y cuando esos ojos entre enigmáticos y curiosos, le hicieron un guiño, Yolanda despertó sobresaltada.

Era tarde. Se duchó lo más rápido que pudo, pasó la peinilla por su cabello dos o tres veces, pero no alcanzó a maquillarse ni a desayunar, tomó su bolso a la carrera y bajó las escaleras de afán. Al regreso conversaría con los empleados del tren. A pesar de su esfuerzo no alcanzó a tomar el de las 6 y 15, el que acostumbraba todas las mañanas. Eso significaba que corría el riesgo de llegar tarde al trabajo, pues el próximo tren demoraría cinco minutos en pasar.

Contaba con ese tiempo, pero pensó que no le alcanzaría para conversar con el jefe de mantenimiento, así que de manera instintiva sacó el libro del bolso y se sentó a leer en una de las butacas. De tal manera se sumergió en el relato que no se percató de que hacía rato habían transcurrido los cinco minutos y el tren no llegaba. Sólo cuando terminó el capítulo final levantó sus ojos del libro y se asombró al ver tanta gente silenciosa y compungida en la estación. Quiso saber qué pasaba, por qué el retraso. Preguntó a unos y a otros, pero todos la miraban como sonámbulos. Al fin, uno de los guardias le informó que el tren se había descarrillado en el puente. Yolanda sintió que la abandonaban todos los parpadeos y que la garganta se le taponaba. El libro se le cayó de las manos y sin poder evitarlo se quedó lela mirando al vigilante quien, a su vez, la observaba con sus ojos cafés, enigmáticos y a la vez curiosos.

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NOTA :  Este cuento hace parte del libro Palabras al viento, con el cual el autor obtuvo el Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín. Se han publicado dos ediciones de esta obra, la última de reciente aparición fue editada en Medellín por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, con la presentación del escritor y periodista Juan José Hoyos.

 

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