Crítica


La portentosa gesta de “los descalzos”

Eladio Ospina

 

Y el río está más seco, más rojas sus aguas, más desoladas sus gentes, más pobre de peces, alcaraván y gaviotas, más poblado de muertos. Pero sigue ahí como un testigo que no han podido matar.
Estremece pensar que ahora todo está más mal, más lúgubre, crece el abandono del Estado, también ayer lo había, pero era más amable el abandono de ayer, el de antes de pasar la última guerra, todavía a Dios que hay que llevarlo, siempre ha sido y será así, Dios va donde lo lleva el hombre.

Carmen Beatriz y Bárbara (a quienes está dedicado El río fue testigo) camino a Ciénaga de Oro, Córdoba, 1983. Archivo particular.

¿Recuerdas la hija de Chago Aldana? Tenía unos seis años en aquellos años de nuestro canto a la esperanza, hace un mes me encontró por las redes, hubo fiesta en su casa en Pueblorico donde vive y aquí en la mía. Hablé con él, le mataron un hijo de diecisiete años y lo sacaron de la tierra. ¡Te das cuenta Ángel, porque era mejor el abandono antes de la guerra!
Portentosa la gesta de aquellos descalzos, que abandonaron familia, universidad. trabajo, amigos y amores. Portentoso su sacrificio, su entusiasmo, la consecuencia con su propio pensamiento, tan escasa en estos tiempos.
Dura la batalla por el sostenimiento, efervescente era ver la luz que empezaba a iluminar esas montañas; a los campesinos, niños, mujeres y hombres, esbozar una sonrisa cuando llegábamos. Apasionante su asombro ante el cosmos reflejado en una pantalla, o la vida inicial en un microscopio. Un millón de historias navegaron por ese río o desembarcaron y se fueron cordillera adentro, más aquellas que luego descendieron.

Solo hombres que lleven su causa en el pecho podían resistir tal epopeya, pero hoy su gran valor y el valor de tu libro, además de las experiencias que se recogerán mañana, y la huella que le dejas, es rendirle un tributo a la utopía, esa vieja desbrozadora de sueños, sin la cual se muere el impuso vital de los cambios. Las grandes gestas tienen su origen en la utopía, pero el mundo le cambió su significación, para cortarle alas. A este país le hace falta la quimera, pero entre un Estado paraco, los que manejan el poder y los otros, la dejaron sin aire.
Algunos amigos renunciaron pronto y hablan desde su corta experiencia, es comprensible su visión y su renuncia, les tocó la etapa en que no sabíamos cómo sobrevivir en medio de tanta gente, de tanto extraño, de tantos jueces, policías, alcaldes paracos y, terratenientes que eran los comandantes en esa etapa de la historia. Apenas dábamos lo primeros pasos por un sendero desconocido. Hasta que se unieron en su contra los nuevos inquisidores, la gendarmería de extrema izquierda.
Tu persistencia en no dejar morir el sueño, ni en el corazón ni en el olvido, te hace merecedor del título “Ángel salvador de la quimera”. Tu libro es un respirar profundo para darle aliento a la utopía.
Buena suerte navegante.

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Eladio Ospina fue uno de los primeros obreros descalzos que llegaron al Sur de Bolívar a comienzos de los años 80. Hoy desarrolla en Medellín una entusiasta actividad cultural y escribe poesía, como una fina y delicada filigrana de la vida.

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El Adoptado

Cartel de Bienvenida. Escuela Normal Superior de Medellín, institución educativa fundada en 1851, considerada como “baluarte del saber pedagógico”, cuya misión es formar maestros con alta competencia académica. (Fotografía de mi archivo particular)

He sido adoptado por una multitud de niños y jóvenes, y por un puñado de docentes de la Escuela Normal Superior de Medellín, quienes me recibieron con calle de honor y aplausos bajo un sol quemante. Colgado en lo alto del edificio principal, un cartelón hecho a mano por los estudiantes, me daba la bienvenida. Este encuentro es fruto del programa Adopta un Autor enmarcado dentro de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

Con el rector, Juan Carlos Zapata Correa cuando me enseñaba los tesoros históricos que guarda la legendaria institución. (foto de mi archivo particular)

Luego del saludo protocolario del rector, Juan Carlos Zapata Correa, presenté un breve saludo a la muchachada, que enseguida entonó el Himno de la institución, (letra de Hernando Elejalde Toro y música del maestro Carlos Vieco Ortiz). Luego pasamos a la biblioteca engalanada con dibujos alusivos a mis cuentos (en especial “La mascotera”), poemas y saludos escritos por los chicos. Un profesor escribió un poema exaltando mi labor de escritor y lo leyó para todos. Inclusive tenían en uno de los estantes de libros una gran fotografía mía colgada, que me hizo sonrojar.

Era un grupo numeroso de estudiantes tanto de primaria como de secundaria, seleccionados, quienes venían leyendo y comentando desde dos meses atrás mi libro Palabras al viento.

Muchas preguntas de diversa índole relacionadas con la creación literaria: ¿Quiénes son Carmen Beatriz y Bárbara? ¿Por qué el libro está dedicado a ellas? Háblenos de la bravura que aparece en el epígrafe de Harper Lee. ¿Recuerda el primer momento en que sintió que quería ser escritor? ¿Qué le gusta escribir más: cuentos o novelas? ¿Qué nos aconseja para poder escribir? ¿No le parece que ser escritor es una figura condenada a desaparecer como los dinosaurios? ¿Cómo vence la página en blanco?…

Con dibujos, mensajes y poemas alusivos a mis cuentos, los estudiantes me dieron la bienvenida.

Fueron una lección para mí y se las agradecí. Respondí desde el fondo de mi ser porque recordé que a la edad de ellos, en mi colegio, nunca pude conversar con un autor. Les dije que no había recetas para aprender a escribir, sino que la clave está en vivir la propia vida…

Les conté que además de leer y escribir me gustaba hacer libros. Llevé una colección de libros de la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA que doné a la Biblioteca de la Normal, y un morral grande repleto de más libros para rifar entre ellos, que se abalanzaron porque todos querían uno.

Con el Coordinador, profesores y bibliotecarias.

Se arremolinaron para tomarse una fotografía conmigo y que les firmara los libros. A quienes no les tocó ninguno me pidieron que les firmará su cuaderno, algunos arrancaron una hoja para que otros pudieran también llevarse mi firma, como si yo, de veras, fuera un gran escritor. Inclusive colgaron más arriba mi retrato, al lado de otros autores, esos sí maestros de la palabra y el pensamiento que no nombro por respeto y vergüenza de verme allí junto a ellos.

Conversemos

Fue un ambiente de entusiasta desorden que disfruté tanto como ellos. Es la palabra la que nos puso en esa vibración y creo que esa magia de las historias contadas nos llenó de nuevas energías.

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Las fotografías son de mi archivo particular.

 

 

El río fue testigo

Conrado Zuluaga

(Presentación del libro de Ángel Galeano Higua)

 

La historia que aquí se cuenta es real, los nombres de los personajes son ficticios. Esa frase, o una similar con alguna variante, acompaña muchos libros. Se podría decir que es una muletilla a la cual recurren con frecuencia el cine y la literatura. A veces como advertencia, en otras como anzuelo para el desprevenido lector.

Aquí se trata de una verdad, de una tremenda historia real, que merece ser contada y leída, en la cual participaron muchos hombres y mujeres. La mayoría de los que aquí aparecen eran oriundos de la región, otros –conocidos como los descalzos– llegaron allí, desde diversos lugares, con un patrimonio compuesto por la buena voluntad, sus ideales y sueños, sus deseos de servir y, a veces, con una profesión que hizo mucho bien en esas tierras.

Es una bella historia, heroica y desoladora al mismo tiempo, porque los enemigos agazapados –autoridades, guerrillas, paramilitares, politicastros y narcos– acabaron con ella. Fue una gran aventura que, entonces como hoy, merece todo el respeto y la admiración. El lector lo sabe al terminar el texto. En la historia del país, hay muy pocas experiencias, de pronto ninguna, como esta.

El narrador, uno de los descalzos, ha guardado con celo, todos esos avatares: los triunfos parciales que alcanzaron, los abrazos de solidaridad, las sonrisas de los niños, la fe y la entereza de unos hombres y mujeres, del campo y la ciudad, que creyeron en sus propias fuerzas. Nada ha quedado por fuera de este texto y eso es tan valioso como la historia que cuenta.

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Editado por Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia, Medellín, Septiembre 2017

Palabras al viento o
Los infinitos umbrales
Leonardo Agudelo Velásquez

(Crítica)

Leer a Ángel Galeano Higua en Palabras al viento, luego de haberlo conocido desde hace más de cuatro décadas produce una extraña sensación, parece uno enfrentado a dos personas. Uno el profesor del Inem durante quinto y sexto de bachillerato, docente de electricidad y electrónica recién llegado de la capital y luego presidente de Aceinem, Asociación de Profesores del Inem “José Félix de Restrepo”, llevando el megáfono portador de la “voz del pueblo”. Poco después supe por mis amadas profesoras de español y literatura: Laura Pineda y Laura Escobar que había viajado a Magangué: “Al trabajo Político”. Así fue durante varios años, hasta un ceniciento domingo, recién llegado a Bogotá con mi maleta habitada por una muda de ropa, dos libros junto al diploma de Historiador, cuando me topé con una carta suya en la sesión del lector del Magazín del Espectador, creí por sus líneas en tan importante diario que se había convertido en un gran intelectual y eso me regocijo aquellos inciertos días en la capital.
Nos reencontramos gracias al laberinto de internet y supe que se había convertido en todo un gestor cultural, eso llevó a que me vendiera su novela El río fue testigo, una especie magnífica de autobiografía y literatura, donde redescubrí el universo Caribe a ojos de un bogotano. Escribí algunas piezas para ese caballito de batalla que Ángel se había inventado en Magangué; El Pequeño Periódico. Mi antiguo profesor era un delicado cordón umbilical que me recordaba las cosas que yo anhelaba de joven estudiante, por eso respondía emocionado a sus pedidos para esa línea de batalla de su periódico: una criatura creada de tinta, papel y la eterna convicción de Ángel que: “otro mundo es posible”.

Ese era a quien yo recordaba hasta leer Palabras al viento, más que una autobiografía: toda gran literatura es el pretexto de un creador para danzar frente a la inmortalidad, su libro de cuentos semeja una geografía de su sensibilidad: como finos trazos de los pinceles sobre papel de arroz con que los chinos nos han dejado su pictogramas al lado de lo cual dibujan nebulosos paisajes con las fuerzas de la naturaleza. Cada uno de los relatos del libro es un pedazo de la piel curtida, de su naturaleza. Con imágenes que corren como ríos subterráneos de relato a relato: árboles de donde sus hojas parten al otoño, pintorreteadas ejecutivas, la sinfonía del papel bajo la punta del lápiz. Semeja el texto un tríptico que termina con los paisajes calcinados del intenso amor. Allí resuma mucho amor: Conversaciones con un retrato; Soledad de ayer y de hoy, Las hojas de Noelia.
Su narrativa es un encuentro poético con los cuatro elementos de la creación: aire, agua, tierra y fuego que mutan gracias a su narrativa, en hojas que caen de los árboles, o en nubes jugando a ser motas de algodón: o la música frenética con la agonía líquida del ahogado, el amor por las figuras lineales o los libros: “las palabras que caen y los objetos en fuga”. Todo lo anterior para llegar a esa zona de “Twiling Zone” de Cambio de renglón o El Otro viaje, un extraño relato que rebela los bordes cortantes, ocultos en la nebulosa del inconsciente humano.

Al final un bello texto para él, que ama, él que sabe que va a morir y para aquellos que saben que el oficio de la gran literatura es recordarnos ese ‘algo’ que merece ser salvado de este naufragio cósmico en que está empeñada la especie.

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El río fue testigo
De Ángel Galeano Higua

Por Joaquín Peña Gutiérrez*

Entre los acontecimientos históricos que fundamentan la Ilíada y la escritura de la obra median unos cinco siglos. Para el caso fue el tiempo suficiente para que aquellos acontecimientos se limpiaran, se esencializaran y se transformaran en una realización y sentido que el hecho histórico no previó. La historia de un saqueo –normal en aquellos tiempos; y en estos– se convirtió en una gesta del amor y la valentía y el honor. Se tiene así, para la literatura, la ficción nacida de la realidad sin ser ella. Es ni más ni menos el problema que se le plantea desde Homero hasta hoy a los escritores de relatos, cuentos y novelas, sin tener como Homero cinco siglos que le hagan el favor de cambiarle la historia por la ficción.

Rev. Hojas Universitarias No. 67Nadie sabe a ciencia cierta cuánto le cuesta a cada escritor sus invenciones. Nadie sabe que esa invención tan parecida a la realidad pasó por una selección, organización, desecho, cuántas reelaboraciones, transformaciones y apariciones imprevistas que la realidad que parece mostrar, no estuvo. Se quiere decir que el llamado realismo también enmascara y aunque no parezca, en últimas no se puede superponer a la realidad real.

El río fue testigo, la novela de 388 páginas de Ángel Galeano Higua publicada por la Universidad de Antioquia en su colección Narrativa, es el resultado de no se sabe cuántos enfrentamientos de su autor con una realidad que vivió Colombia hace poco tiempo y que él tuvo que –domesticar – para la literatura hasta convertirla en novela. Buena parte del éxito literario de una novela radica en el éxito de autor en este enfrentamiento; en la ficcionalización de la realidad de acuerdo con la naturaleza propia de la literatura; la novela, para el caso.

Ángel Galeano Higua toma, asume, quiere escribir o se le impone escribir sobre un hecho importante en la historia del país.

Las décadas del 60 y 70 tuvieron mucho movimiento en el mundo, Latinoamérica y Colombia. Un punto común lo constituye el deseo de transformación. En todo. En ese todo está incluida la revolución social, política, cultural. La revolución. Hay los que participan en ella en las movilizaciones de masas, en los movimientos obreros, estudiantiles; en la guerrilla, en política comunitaria popular –fundación de cooperativas, droguerías, brigadas de salud, librerías, bibliotecas, vías de comercialización de productos– al movimiento hippie también hay que mencionarlo en la misma dimensión.

Página Revista Hojas UniversitariasA imitación de los curas que tratan de realizar su jesusismo con la comunidad de los desposeídos, la novela desea dejar testimonio de la acción de una gran brigada de –apóstoles laicos que quiso hacer trabajo social como se entendía en aquel entonces, sin armas ni proselitismo político expreso. El resultado es la muerte para algunos. Para todos, el fracaso. El juego de agentes, factores e intereses, guerrilla, Estado, paracos, delincuencia prolongan hasta hoy la situación, como si la novela no hubiera terminado.

Ángel Galeano sabe que la palabra como la sal, preserva a los hechos, a la vida de la corrupción a la que los somete el tiempo. Ha escrito estas casi 400 páginas tal vez como llama; ellas se leen como si fueran menos a pesar de ese título como de otro tiempo.

El lector sabrá determinar cómo le fue al escritor en ese enfrentamiento ineludible entre la realidad real que sostiene su obra y su ficcionalización, que la hace del todo.

El autor es fundador de la Fundación Cultural Héctor Rojas Herazo, de Cartagena; de la Fundación Arte y Ciencia, de Medellín; de los libros Rumor de río, crónicas y reportajes, En la boca del cura y otros relatos; fundador y director de El Pequeño Periódico de carácter cultural, entre otras de sus construcciones de hombre atento a la cultura de los hombres y del país. La novela reseñada fue finalista en el Concurso Nacional convocado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá en 2003.

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* Revista Hojas Universitarias, Universidad Central, Bogotá. No. 67, Julio-Diciembre de 2012, pg. 207,208

El río fue testigo

Por Álvaro Jiménez Guzmán

En El río fue testigo, la primera novela del escritor colombiano Ángel Galeano Higua, se inicia el viaje de una pléyade de hombres pero con retorno forzoso. Leonardo, alter ego del autor, imprime en esta obra la saga de un puñado de hombres y mujeres jóvenes que, con epicentro en Magangué, se interna en las montañas del Sur de Bolívar para estampar la impronta de lo que hubiera podido ser el paradigma de un nuevo país. Al iniciarse la novela, Leonardo, el personaje principal, le escribe a Berenice con profundo sentimiento y amarga frustración, amiga legendaria de su “otro intento anterior de la utopía”: “A esta hora me rodea un silencio extraño, como si el mundo resollara hastiado. El cerco se ha cerrado y no sé si alcanzaré a salir con vida. Mucho de mí ha quedado enterrado aquí, junto al río, y mucho también ha entrado a formar parte de mi ser”. Antes de que el cerco se cerrara, habían empezado a construir un sueño con la pujanza de una juventud que no paró mientes en los riesgos para la construcción de un país atravesado por las hordas fascistas dispuestas a negar toda forma de vida, excepto la de su propio laberinto.

La cooperativa de los campesinos de la Serranía, en una región secularmente olvidada por el Estado y construida con mística para la defensa de la producción agrícola, constituye el cimiento primigenio de un embrión revolucionario. En torno a esta gesta, El río fue testigo entreteje con lenguaje sencillo y fuerza poética la epopeya de unos hombres de la ciudad que se funden con otros hombres del campo, a quienes enseñan y de quienes aprenden, en una entrega abnegada y total. Todos los conflictos del país también afloran en ese escenario, que el autor, en su intento por sacar una realidad de otra, articula en una estructura circular y coherente, en pretérito y un narrador en tercera persona. Proyecta así, a través de capítulos cortos y amenos, en 420 páginas, un nuevo modelo en pro de una utopía libertaria. Leonardo, a través de su periódico y su inseparable máquina fotográfica-con la cual hace una permanente disección gráfica del espacio y de su historia-, va registrando paso a paso, de manera meticulosa, aquella gesta de hombres y mujeres, de pueblos y veredas abandonados a su propia suerte casi desde que se fundara la república. Leonardo, en su oficio de reportero al servicio de su pueblo, no sólo captura “las expectativas y los gestos” sino que quisiera “captar también los pensamientos” de sus protagonistas. Es una auténtica construcción de memoria colectiva alrededor de necesidades milenarias, soluciones rigurosas e ilusiones de largo aliento. Son el objeto de una lucha mancomunada que muestra un posible camino de bienestar y redención.

Pero todo desaparece “entre el humo de la pólvora guerrillera y la sangre de los dirigentes campesinos”. Leonardo había de recordar-así como el coronel Aureliano Buendía recordara los cien años de soledad de Macondo ante el pelotón de fusilamiento-los tres lustros de trabajo denodado por sacar a flote la lucha de todo un pueblo cuando pisó el papel de la amenaza de muerte como “si se hubiese parado sobre una serpiente venenosa”, al entrar a la oficina del periódico, doblándose así el dogal para la asfixia final.

En El río fue testigo desfilan los primeros colonos desplazados de la Serranía por la violencia guerrillera. Respiran las calles del Puerto repletas de vida de los vendedores tempraneros. Serpentea la majestuosidad del Río Magdalena sembrado de los rostros de los campesinos de la selva, en medio del vuelo recurrente de las garzas sobre una naturaleza exuberante. Vibra el entusiasmo de los últimos hombres y mujeres que se descalzaron para cambiar a una región y a un país. Se sufren los asaltos de los terroristas a las embarcaciones de las brigadas de salud y a la biblioteca ambulante. Se difunde la alegría por los vericuetos de la Serranía cuando el autor de Cien Años de Soledad obtuvo el Premio Nóbel de Literatura. Se agitan embelesados los bailadores del “chandé” cuando elevan al cielo su profundo lamento “¡Eleleee  lelaaa!” con su coro “Mamita llora”: es el canto de las mujeres que lavan ropa en el río al tiempo que fuman sus tabacos al revés. Se perfilan las trapisondas de los burócratas del municipio y se llora por los atropellos de la policía. Trasciende la torva manipulación política de los terroristas a la inocencia juvenil en el proceso de adoctrinamiento. Sufre Leonardo los altibajos en su lucha por sacar adelante el periódico. Palpitan las historias en torno a la organización para la celebración del Día Internacional del Trabajo. Irrumpen las emboscadas aleves donde mueren Luis Eduardo Rolón y otros descalzos mártires dedicados a la cooperativa. Se revela la dimensión política y humana de Francisco Mosquera cuando rechaza la acción de Genaro y Rafael porque estos le dieron muerte a uno de los hombres de los grupos armados en pretendida defensa propia: “No podemos hacer justicia por nuestras propias manos…En qué quedamos convertidos? En todo lo que quieran, menos en lo que queremos ser, nuestros sueños quedan enterrados y le habremos fallado a nuestros hijos y a los demás compatriotas que esperan una luz en esta noche tenebrosa”…En fin: en El río fue testigo se respira tanta vida, hay tantas verdades y lecciones, que el hecho de que aquellos hombres y mujeres tuvieran que abandonar la Serranía, no sólo a ellos se les “cercenó de un tajo todas las ilusiones”, sino que se le cerró el cerco a una región y a un país: la oscuridad derrotó la utopía de un paradigma libertario, dentro de una ficción superada por la realidad.

Por Luis Hernán Rincón Rincón

Los nombres El río fue testigo, Ángel Galeano H y  El Pequeño Periódico son tres hitos de la vida y un solo artífice principal. Antes del 3 de setiembre de 2003 yo no conocía a ninguno de los tres y desde ese día me impresionan de ese modo que le  susurra a uno lo hermoso que fuera haber trabajado como esa persona,  haber sido artífice de un libro como El río fue testigo y haber sido génesis, inspirador, artesano, conductor y  gradualmente orfebre de un medio impreso como El Pequeño Periódico.

Ese 3 de setiembre de 2003 estuve en la presentación de la novela El río fue testigo excelente creación histórico-literaria de Ángel Galeano H; compré la obra, obtuve su autógrafo y me fui a leer ese libro y El Pequeño Periódico.   Ese día, las  palabras de Ángel me trasladaron a una comarca de Colombia, sembrada, mientras el río pasa, con solidaridad tejida por gente activa con el sueño de una patria mejor, pero al mismo tiempo manchada con violencia, tortura y sangre derramada por culpa de otra gente que ha sido malograda por el afán de que la tierra sea propiedad de los negociantes de la droga y de sus competidores. Luego leí un número de El Pequeño Periódico, que es una creación artística por su contenido de estilo impecable, su diseño sin  tacha, su equilibrio entre verdad y belleza, y su producción y distribución rebosantes de amor.

La novela El río fue testigo se ubica en Magangué y es la historia de esa gente activa con el sueño despierto de una patria solidaria y mejor; es la historia del nacimiento y las angustias de El Pequeño Periódico y refiere la tragedia que vivieron Ángel Galeano H, sus compañeros y sus familias, ocupados en servir a la comunidad pero amenazados por la violencia armada. 

El sábado 6 de mayo de 2006, con motivo de un curso de Comunicación Comunitaria, volví a ver de cerca a Ángel Galeano H, esta vez con su hija, antropóloga y puente generacional, como facilitadores de Gestión de Medios. El Pequeño Periódico estuvo ahí como ejemplo perfecto de una criatura dolorosa y linda que creció contra las dificultades y se volvió empresa (elpeperiodico@gmail.com).  Lo presentaron con afecto y lo repartieron sus artífices.

Entonces, Colombia y esos elementos vuelven a interactuar en mí, me renuevan cada día la esperanza de paz en la patria, y me dictan que le desee a usted la suerte enorme que yo he tenido de disfrutar dos veces de la palabra de Ángel Galeano H, una vez también de la de su hija, puente generacional, y de releer El río fue testigo y  El Pequeño Periódico.

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