Crítica


El Adoptado

Cartel de Bienvenida. Escuela Normal Superior de Medellín, institución educativa fundada en 1851, considerada como “baluarte del saber pedagógico”, cuya misión es formar maestros con alta competencia académica. (Fotografía de mi archivo particular)

He sido adoptado por una multitud de niños y jóvenes, y por un puñado de docentes de la Escuela Normal Superior de Medellín, quienes me recibieron con calle de honor y aplausos bajo un sol quemante. Colgado en lo alto del edificio principal, un cartelón hecho a mano por los estudiantes, me daba la bienvenida. Este encuentro es fruto del programa Adopta un Autor enmarcado dentro de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

Con el rector, Juan Carlos Zapata Correa cuando me enseñaba los tesoros históricos que guarda la legendaria institución. (foto de mi archivo particular)

Luego del saludo protocolario del rector, Juan Carlos Zapata Correa, presenté un breve saludo a la muchachada, que enseguida entonó el Himno de la institución, (letra de Hernando Elejalde Toro y música del maestro Carlos Vieco Ortiz). Luego pasamos a la biblioteca engalanada con dibujos alusivos a mis cuentos (en especial “La mascotera”), poemas y saludos escritos por los chicos. Un profesor escribió un poema exaltando mi labor de escritor y lo leyó para todos. Inclusive tenían en uno de los estantes de libros una gran fotografía mía colgada, que me hizo sonrojar.

Era un grupo numeroso de estudiantes tanto de primaria como de secundaria, seleccionados, quienes venían leyendo y comentando desde dos meses atrás mi libro Palabras al viento.

Muchas preguntas de diversa índole relacionadas con la creación literaria: ¿Quiénes son Carmen Beatriz y Bárbara? ¿Por qué el libro está dedicado a ellas? Háblenos de la bravura que aparece en el epígrafe de Harper Lee. ¿Recuerda el primer momento en que sintió que quería ser escritor? ¿Qué le gusta escribir más: cuentos o novelas? ¿Qué nos aconseja para poder escribir? ¿No le parece que ser escritor es una figura condenada a desaparecer como los dinosaurios? ¿Cómo vence la página en blanco?…

Con dibujos, mensajes y poemas alusivos a mis cuentos, los estudiantes me dieron la bienvenida.

Fueron una lección para mí y se las agradecí. Respondí desde el fondo de mi ser porque recordé que a la edad de ellos, en mi colegio, nunca pude conversar con un autor. Les dije que no había recetas para aprender a escribir, sino que la clave está en vivir la propia vida…

Les conté que además de leer y escribir me gustaba hacer libros. Llevé una colección de libros de la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA que doné a la Biblioteca de la Normal, y un morral grande repleto de más libros para rifar entre ellos, que se abalanzaron porque todos querían uno.

Con el Coordinador, profesores y bibliotecarias.

Se arremolinaron para tomarse una fotografía conmigo y que les firmara los libros. A quienes no les tocó ninguno me pidieron que les firmará su cuaderno, algunos arrancaron una hoja para que otros pudieran también llevarse mi firma, como si yo, de veras, fuera un gran escritor. Inclusive colgaron más arriba mi retrato, al lado de otros autores, esos sí maestros de la palabra y el pensamiento que no nombro por respeto y vergüenza de verme allí junto a ellos.

Conversemos

Fue un ambiente de entusiasta desorden que disfruté tanto como ellos. Es la palabra la que nos puso en esa vibración y creo que esa magia de las historias contadas nos llenó de nuevas energías.

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Las fotografías son de mi archivo particular.

 

 

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El río fue testigo

Conrado Zuluaga

(Presentación del libro de Ángel Galeano Higua)

 

La historia que aquí se cuenta es real, los nombres de los personajes son ficticios. Esa frase, o una similar con alguna variante, acompaña muchos libros. Se podría decir que es una muletilla a la cual recurren con frecuencia el cine y la literatura. A veces como advertencia, en otras como anzuelo para el desprevenido lector.

Aquí se trata de una verdad, de una tremenda historia real, que merece ser contada y leída, en la cual participaron muchos hombres y mujeres. La mayoría de los que aquí aparecen eran oriundos de la región, otros –conocidos como los descalzos– llegaron allí, desde diversos lugares, con un patrimonio compuesto por la buena voluntad, sus ideales y sueños, sus deseos de servir y, a veces, con una profesión que hizo mucho bien en esas tierras.

Es una bella historia, heroica y desoladora al mismo tiempo, porque los enemigos agazapados –autoridades, guerrillas, paramilitares, politicastros y narcos– acabaron con ella. Fue una gran aventura que, entonces como hoy, merece todo el respeto y la admiración. El lector lo sabe al terminar el texto. En la historia del país, hay muy pocas experiencias, de pronto ninguna, como esta.

El narrador, uno de los descalzos, ha guardado con celo, todos esos avatares: los triunfos parciales que alcanzaron, los abrazos de solidaridad, las sonrisas de los niños, la fe y la entereza de unos hombres y mujeres, del campo y la ciudad, que creyeron en sus propias fuerzas. Nada ha quedado por fuera de este texto y eso es tan valioso como la historia que cuenta.

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Editado por Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia, Medellín, Septiembre 2017

Palabras al viento o
Los infinitos umbrales
Leonardo Agudelo Velásquez

(Crítica)

Leer a Ángel Galeano Higua en Palabras al viento, luego de haberlo conocido desde hace más de cuatro décadas produce una extraña sensación, parece uno enfrentado a dos personas. Uno el profesor del Inem durante quinto y sexto de bachillerato, docente de electricidad y electrónica recién llegado de la capital y luego presidente de Aceinem, Asociación de Profesores del Inem “José Félix de Restrepo”, llevando el megáfono portador de la “voz del pueblo”. Poco después supe por mis amadas profesoras de español y literatura: Laura Pineda y Laura Escobar que había viajado a Magangué: “Al trabajo Político”. Así fue durante varios años, hasta un ceniciento domingo, recién llegado a Bogotá con mi maleta habitada por una muda de ropa, dos libros junto al diploma de Historiador, cuando me topé con una carta suya en la sesión del lector del Magazín del Espectador, creí por sus líneas en tan importante diario que se había convertido en un gran intelectual y eso me regocijo aquellos inciertos días en la capital.
Nos reencontramos gracias al laberinto de internet y supe que se había convertido en todo un gestor cultural, eso llevó a que me vendiera su novela El río fue testigo, una especie magnífica de autobiografía y literatura, donde redescubrí el universo Caribe a ojos de un bogotano. Escribí algunas piezas para ese caballito de batalla que Ángel se había inventado en Magangué; El Pequeño Periódico. Mi antiguo profesor era un delicado cordón umbilical que me recordaba las cosas que yo anhelaba de joven estudiante, por eso respondía emocionado a sus pedidos para esa línea de batalla de su periódico: una criatura creada de tinta, papel y la eterna convicción de Ángel que: “otro mundo es posible”.

Ese era a quien yo recordaba hasta leer Palabras al viento, más que una autobiografía: toda gran literatura es el pretexto de un creador para danzar frente a la inmortalidad, su libro de cuentos semeja una geografía de su sensibilidad: como finos trazos de los pinceles sobre papel de arroz con que los chinos nos han dejado su pictogramas al lado de lo cual dibujan nebulosos paisajes con las fuerzas de la naturaleza. Cada uno de los relatos del libro es un pedazo de la piel curtida, de su naturaleza. Con imágenes que corren como ríos subterráneos de relato a relato: árboles de donde sus hojas parten al otoño, pintorreteadas ejecutivas, la sinfonía del papel bajo la punta del lápiz. Semeja el texto un tríptico que termina con los paisajes calcinados del intenso amor. Allí resuma mucho amor: Conversaciones con un retrato; Soledad de ayer y de hoy, Las hojas de Noelia.
Su narrativa es un encuentro poético con los cuatro elementos de la creación: aire, agua, tierra y fuego que mutan gracias a su narrativa, en hojas que caen de los árboles, o en nubes jugando a ser motas de algodón: o la música frenética con la agonía líquida del ahogado, el amor por las figuras lineales o los libros: “las palabras que caen y los objetos en fuga”. Todo lo anterior para llegar a esa zona de “Twiling Zone” de Cambio de renglón o El Otro viaje, un extraño relato que rebela los bordes cortantes, ocultos en la nebulosa del inconsciente humano.

Al final un bello texto para él, que ama, él que sabe que va a morir y para aquellos que saben que el oficio de la gran literatura es recordarnos ese ‘algo’ que merece ser salvado de este naufragio cósmico en que está empeñada la especie.

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El río fue testigo
De Ángel Galeano Higua

Por Joaquín Peña Gutiérrez*

Entre los acontecimientos históricos que fundamentan la Ilíada y la escritura de la obra median unos cinco siglos. Para el caso fue el tiempo suficiente para que aquellos acontecimientos se limpiaran, se esencializaran y se transformaran en una realización y sentido que el hecho histórico no previó. La historia de un saqueo –normal en aquellos tiempos; y en estos– se convirtió en una gesta del amor y la valentía y el honor. Se tiene así, para la literatura, la ficción nacida de la realidad sin ser ella. Es ni más ni menos el problema que se le plantea desde Homero hasta hoy a los escritores de relatos, cuentos y novelas, sin tener como Homero cinco siglos que le hagan el favor de cambiarle la historia por la ficción.

Rev. Hojas Universitarias No. 67Nadie sabe a ciencia cierta cuánto le cuesta a cada escritor sus invenciones. Nadie sabe que esa invención tan parecida a la realidad pasó por una selección, organización, desecho, cuántas reelaboraciones, transformaciones y apariciones imprevistas que la realidad que parece mostrar, no estuvo. Se quiere decir que el llamado realismo también enmascara y aunque no parezca, en últimas no se puede superponer a la realidad real.

El río fue testigo, la novela de 388 páginas de Ángel Galeano Higua publicada por la Universidad de Antioquia en su colección Narrativa, es el resultado de no se sabe cuántos enfrentamientos de su autor con una realidad que vivió Colombia hace poco tiempo y que él tuvo que –domesticar – para la literatura hasta convertirla en novela. Buena parte del éxito literario de una novela radica en el éxito de autor en este enfrentamiento; en la ficcionalización de la realidad de acuerdo con la naturaleza propia de la literatura; la novela, para el caso.

Ángel Galeano Higua toma, asume, quiere escribir o se le impone escribir sobre un hecho importante en la historia del país.

Las décadas del 60 y 70 tuvieron mucho movimiento en el mundo, Latinoamérica y Colombia. Un punto común lo constituye el deseo de transformación. En todo. En ese todo está incluida la revolución social, política, cultural. La revolución. Hay los que participan en ella en las movilizaciones de masas, en los movimientos obreros, estudiantiles; en la guerrilla, en política comunitaria popular –fundación de cooperativas, droguerías, brigadas de salud, librerías, bibliotecas, vías de comercialización de productos– al movimiento hippie también hay que mencionarlo en la misma dimensión.

Página Revista Hojas UniversitariasA imitación de los curas que tratan de realizar su jesusismo con la comunidad de los desposeídos, la novela desea dejar testimonio de la acción de una gran brigada de –apóstoles laicos que quiso hacer trabajo social como se entendía en aquel entonces, sin armas ni proselitismo político expreso. El resultado es la muerte para algunos. Para todos, el fracaso. El juego de agentes, factores e intereses, guerrilla, Estado, paracos, delincuencia prolongan hasta hoy la situación, como si la novela no hubiera terminado.

Ángel Galeano sabe que la palabra como la sal, preserva a los hechos, a la vida de la corrupción a la que los somete el tiempo. Ha escrito estas casi 400 páginas tal vez como llama; ellas se leen como si fueran menos a pesar de ese título como de otro tiempo.

El lector sabrá determinar cómo le fue al escritor en ese enfrentamiento ineludible entre la realidad real que sostiene su obra y su ficcionalización, que la hace del todo.

El autor es fundador de la Fundación Cultural Héctor Rojas Herazo, de Cartagena; de la Fundación Arte y Ciencia, de Medellín; de los libros Rumor de río, crónicas y reportajes, En la boca del cura y otros relatos; fundador y director de El Pequeño Periódico de carácter cultural, entre otras de sus construcciones de hombre atento a la cultura de los hombres y del país. La novela reseñada fue finalista en el Concurso Nacional convocado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá en 2003.

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* Revista Hojas Universitarias, Universidad Central, Bogotá. No. 67, Julio-Diciembre de 2012, pg. 207,208

El río fue testigo

Por Álvaro Jiménez Guzmán

En El río fue testigo, la primera novela del escritor colombiano Ángel Galeano Higua, se inicia el viaje de una pléyade de hombres pero con retorno forzoso. Leonardo, alter ego del autor, imprime en esta obra la saga de un puñado de hombres y mujeres jóvenes que, con epicentro en Magangué, se interna en las montañas del Sur de Bolívar para estampar la impronta de lo que hubiera podido ser el paradigma de un nuevo país. Al iniciarse la novela, Leonardo, el personaje principal, le escribe a Berenice con profundo sentimiento y amarga frustración, amiga legendaria de su “otro intento anterior de la utopía”: “A esta hora me rodea un silencio extraño, como si el mundo resollara hastiado. El cerco se ha cerrado y no sé si alcanzaré a salir con vida. Mucho de mí ha quedado enterrado aquí, junto al río, y mucho también ha entrado a formar parte de mi ser”. Antes de que el cerco se cerrara, habían empezado a construir un sueño con la pujanza de una juventud que no paró mientes en los riesgos para la construcción de un país atravesado por las hordas fascistas dispuestas a negar toda forma de vida, excepto la de su propio laberinto.

La cooperativa de los campesinos de la Serranía, en una región secularmente olvidada por el Estado y construida con mística para la defensa de la producción agrícola, constituye el cimiento primigenio de un embrión revolucionario. En torno a esta gesta, El río fue testigo entreteje con lenguaje sencillo y fuerza poética la epopeya de unos hombres de la ciudad que se funden con otros hombres del campo, a quienes enseñan y de quienes aprenden, en una entrega abnegada y total. Todos los conflictos del país también afloran en ese escenario, que el autor, en su intento por sacar una realidad de otra, articula en una estructura circular y coherente, en pretérito y un narrador en tercera persona. Proyecta así, a través de capítulos cortos y amenos, en 420 páginas, un nuevo modelo en pro de una utopía libertaria. Leonardo, a través de su periódico y su inseparable máquina fotográfica-con la cual hace una permanente disección gráfica del espacio y de su historia-, va registrando paso a paso, de manera meticulosa, aquella gesta de hombres y mujeres, de pueblos y veredas abandonados a su propia suerte casi desde que se fundara la república. Leonardo, en su oficio de reportero al servicio de su pueblo, no sólo captura “las expectativas y los gestos” sino que quisiera “captar también los pensamientos” de sus protagonistas. Es una auténtica construcción de memoria colectiva alrededor de necesidades milenarias, soluciones rigurosas e ilusiones de largo aliento. Son el objeto de una lucha mancomunada que muestra un posible camino de bienestar y redención.

Pero todo desaparece “entre el humo de la pólvora guerrillera y la sangre de los dirigentes campesinos”. Leonardo había de recordar-así como el coronel Aureliano Buendía recordara los cien años de soledad de Macondo ante el pelotón de fusilamiento-los tres lustros de trabajo denodado por sacar a flote la lucha de todo un pueblo cuando pisó el papel de la amenaza de muerte como “si se hubiese parado sobre una serpiente venenosa”, al entrar a la oficina del periódico, doblándose así el dogal para la asfixia final.

En El río fue testigo desfilan los primeros colonos desplazados de la Serranía por la violencia guerrillera. Respiran las calles del Puerto repletas de vida de los vendedores tempraneros. Serpentea la majestuosidad del Río Magdalena sembrado de los rostros de los campesinos de la selva, en medio del vuelo recurrente de las garzas sobre una naturaleza exuberante. Vibra el entusiasmo de los últimos hombres y mujeres que se descalzaron para cambiar a una región y a un país. Se sufren los asaltos de los terroristas a las embarcaciones de las brigadas de salud y a la biblioteca ambulante. Se difunde la alegría por los vericuetos de la Serranía cuando el autor de Cien Años de Soledad obtuvo el Premio Nóbel de Literatura. Se agitan embelesados los bailadores del “chandé” cuando elevan al cielo su profundo lamento “¡Eleleee  lelaaa!” con su coro “Mamita llora”: es el canto de las mujeres que lavan ropa en el río al tiempo que fuman sus tabacos al revés. Se perfilan las trapisondas de los burócratas del municipio y se llora por los atropellos de la policía. Trasciende la torva manipulación política de los terroristas a la inocencia juvenil en el proceso de adoctrinamiento. Sufre Leonardo los altibajos en su lucha por sacar adelante el periódico. Palpitan las historias en torno a la organización para la celebración del Día Internacional del Trabajo. Irrumpen las emboscadas aleves donde mueren Luis Eduardo Rolón y otros descalzos mártires dedicados a la cooperativa. Se revela la dimensión política y humana de Francisco Mosquera cuando rechaza la acción de Genaro y Rafael porque estos le dieron muerte a uno de los hombres de los grupos armados en pretendida defensa propia: “No podemos hacer justicia por nuestras propias manos…En qué quedamos convertidos? En todo lo que quieran, menos en lo que queremos ser, nuestros sueños quedan enterrados y le habremos fallado a nuestros hijos y a los demás compatriotas que esperan una luz en esta noche tenebrosa”…En fin: en El río fue testigo se respira tanta vida, hay tantas verdades y lecciones, que el hecho de que aquellos hombres y mujeres tuvieran que abandonar la Serranía, no sólo a ellos se les “cercenó de un tajo todas las ilusiones”, sino que se le cerró el cerco a una región y a un país: la oscuridad derrotó la utopía de un paradigma libertario, dentro de una ficción superada por la realidad.

Por Luis Hernán Rincón Rincón

Los nombres El río fue testigo, Ángel Galeano H y  El Pequeño Periódico son tres hitos de la vida y un solo artífice principal. Antes del 3 de setiembre de 2003 yo no conocía a ninguno de los tres y desde ese día me impresionan de ese modo que le  susurra a uno lo hermoso que fuera haber trabajado como esa persona,  haber sido artífice de un libro como El río fue testigo y haber sido génesis, inspirador, artesano, conductor y  gradualmente orfebre de un medio impreso como El Pequeño Periódico.

Ese 3 de setiembre de 2003 estuve en la presentación de la novela El río fue testigo excelente creación histórico-literaria de Ángel Galeano H; compré la obra, obtuve su autógrafo y me fui a leer ese libro y El Pequeño Periódico.   Ese día, las  palabras de Ángel me trasladaron a una comarca de Colombia, sembrada, mientras el río pasa, con solidaridad tejida por gente activa con el sueño de una patria mejor, pero al mismo tiempo manchada con violencia, tortura y sangre derramada por culpa de otra gente que ha sido malograda por el afán de que la tierra sea propiedad de los negociantes de la droga y de sus competidores. Luego leí un número de El Pequeño Periódico, que es una creación artística por su contenido de estilo impecable, su diseño sin  tacha, su equilibrio entre verdad y belleza, y su producción y distribución rebosantes de amor.

La novela El río fue testigo se ubica en Magangué y es la historia de esa gente activa con el sueño despierto de una patria solidaria y mejor; es la historia del nacimiento y las angustias de El Pequeño Periódico y refiere la tragedia que vivieron Ángel Galeano H, sus compañeros y sus familias, ocupados en servir a la comunidad pero amenazados por la violencia armada. 

El sábado 6 de mayo de 2006, con motivo de un curso de Comunicación Comunitaria, volví a ver de cerca a Ángel Galeano H, esta vez con su hija, antropóloga y puente generacional, como facilitadores de Gestión de Medios. El Pequeño Periódico estuvo ahí como ejemplo perfecto de una criatura dolorosa y linda que creció contra las dificultades y se volvió empresa (elpeperiodico@gmail.com).  Lo presentaron con afecto y lo repartieron sus artífices.

Entonces, Colombia y esos elementos vuelven a interactuar en mí, me renuevan cada día la esperanza de paz en la patria, y me dictan que le desee a usted la suerte enorme que yo he tenido de disfrutar dos veces de la palabra de Ángel Galeano H, una vez también de la de su hija, puente generacional, y de releer El río fue testigo y  El Pequeño Periódico.

El río fue testigo

Libardo Botero C.

Angel Galeano H. (Dibujo de scz)

Cuando Ángel Galeano Higua me solicitó participar en el lanzamiento de su novela El río fue testigo como presentador le dije que sí de golpe, sin meditarlo, pero al instante me asaltaron poderosas dudas. No me he podido explicar la razón que tuvo Ángel para echar sobre mis hombros tan honroso y difícil encargo, a sabiendas de que no soy escritor ni mucho menos crítico literario. Supuse que lo motivó nuestra larga amistad, signada por viejos y comunes afanes políticos y mi complicidad de siempre con buena parte de sus incontables aventuras culturales. Vistas las cosas así me tranquilicé y decidí enfrentar el reto de la mejor manera que podría hacerlo: relatando algunos episodios y exponiendo algunas reflexiones sobre la saga personal de Ángel y de quienes transitaron por los recovecos que recorre la novela, lo mismo que sobre el trasfondo de su trama. Escabulléndome por ese atajo de opinar sobre materias en los cuales soy lego o simple aficionado, como sería perorar sobre la factura estética del libro. Terminé por convencerme de que esa era la salida y que de pronto esa había sido la intención del autor cuando supe que Ángel había invitado también a disertar a Gonzalo España, este sí ducho en asuntos novelísticos.

Conocí a Ángel hace más de veinte años, en Magangué, por allá en la época en que se iniciaba en el sur de Bolívar la aventura sui géneris de los “pies descalzos”, que lanzó a los campos y poblados alejados de Colombia a una generación de idealistas, con el cometido de ganarse el corazón y la mente de las gentes humildes de aquellos rincones a fin de construir las bases que posibilitarían luego el salto a la conquista de las grandes urbes, para crear una nueva patria más justa y democrática. Yo vivía en Cartagena desde donde coordinaba aquella empresa política en el departamento y contribuía con regularidad al proyecto de los “descalzos” en el Centro de Bolívar. Sin embargo, gracias a mis frecuentes viajes al sur y a los de Ángel a Cartagena, mantuvimos una relación estrecha por cerca de una década.

Fui testigo de excepción de esa singular epopeya hoy casi desconocida y olvidada que constituye el telón de fondo mismo de la obra, y dentro de ella del papel notable de Ángel, aferrado a sus convicciones e ilusiones de que no puede conseguirse mejoramiento económico, social o políticos valedero ni persistente de nuestras gentes si no esta acompañado de una vigorosa faena cultural. La novela tiene tintes autobiográficos indiscutibles aunque posee la armazón imaginaria que su autor quiso darle, con una urdimbre muy singular de los personajes y los sucesos, y el desenlace imprevisto. Yo no sé si, parodiando a nuestro Nobel, Ángel la vivió para contarla; lo que sí puedo aseverar es que vivió intensamente lo que cuenta.

En los entretelones del relato descuellan dos aspectos que quisiera comentar. Primero, la encomiable labor en la esfera cultural allí referida. Pese a la riqueza e intensidad que la novela plasma, es apenas una muestra somera de lo que en verdad Ángel propició en aquellos años. Toda una gama envidiable de iniciativas que abarcaban desde el acompañamiento regular de las brigadas médicas con presentaciones artísticas, hasta la organización de conferencias sobre temas académicos, el empeño de la biblioteca ambulante como especie de brigada de lectura por las veredas, la fundación y publicación por varios años de El Pequeño Periódico, el estímulo de actividades plásticas y literarias entre niños y jóvenes, la divulgación de avances científicos, la realización de exposiciones de pintores y presentaciones teatrales de reconocidos artistas del país, en una lista que podría volverse interminable. Para el Sur de Bolívar fue, en pequeño, una auténtica revolución cultural.

Pero no se limitó a Magangué y sus alrededores ese esfuerzo. A través de El pequeño Periódico, por ejemplo, fue adquiriendo dimensiones nacionales. En el mismo ámbito de Bolívar se forjó una estrecha ligazón con la intelectualidad del centro del departamento y de su misma capital. La Fundación Héctor Rojas Herazo, que aún subsiste, con epicentro en Cartagena, y que ha desarrollado por dos décadas una tarea magnífica, se forjó en aquellos años por el entronque de la labor de Ángel Galeano en Magangué y un grupo de destacados escritores y artistas en Cartagena, a cuya cabeza estaba y permanece aún hoy Jorge García Usta. Casi como lo relata en la novela, me parece ver todavía a Ángel llegar a Cartagena con su paquete de periódicos a cuestas para repartirlos entre los amigos, y su desasosiego con quienes no le ponían o no le poníamos la perseverancia que demandaba su distribución. La misma inconformidad que sigue siendo un rasgo de su carácter, que aunque veces causa molestia entre quienes lo rodeamos en verdad es el motor permanente que lo ha llevado a no rendirse ante nada, a no estar satisfecho con lo andado, a buscar nuevos retos y metas, y a convertirse en un permanente jalonador y promotor de empresas culturales.

El otro elemento importante de la novela es el de la violencia. Aquel período de nuestra historia, los años ochenta del siglo pasado, presenciaron –como el Magdalena, el río de la novela- el inicio de la expansión de unas agrupaciones armadas que a sangre y fuego se instalaron en distintas regiones, imponiendo su férula. Antes, a finales de los setentas, al sur de Bolívar había llegado una pléyade de “descalzos”, creando ligas y cooperativas campesinas dedicadas a buscar el bienestar de aquellas masas olvidadas y abandonadas, en una labor anónima, esforzada y paciente. De golpe irrumpieron los mismos grupos guerrilleros que hoy devastan el país, imponiendo su voluntad a los trancazos, extrañando o asesinando a quien osara oponérseles, exprimiendo las faenas productivas o propiciando su sustitución por otras non sanctas. El choque fue violento: pese al carácter pacífico de la empresa de los “descalzos”, costó la vida a valiosos e inolvidables compañeros, y obligó al repliegue de las huestes propias. La novela es un testimonio sin igual de distintos episodios que retratan la brutalidad y agresividad de los alzados, quienes no solo expulsaron a los “descalzos” del campo, sino que llegaron a acosarlos en los poblados cercanos, a través de sus tentáculos urbanos. El desenlace angustioso con que el autor remata la trama del libro es la expresión alegórica pero verídica del capítulo final de aquella gesta.

No fue la irrupción de la violencia en aquellas tierras, valga la pena decirlo, la expresión organizada de la rebeldía y descontento de sus arruinados y humildes pobladores. Por el contrario, ellos venían empeñados desde hacía años en una tarea titánica de sacar a flote sus faenas agrícolas y mineras, usando la fuerza de sus brazos únicamente para golpear la tierra nutricia y extraerle sus frutos. Las hordas de bárbaros que al sur arribaron nunca fueron ni han sido los representantes de sus moradores, solo sus verdugos. A la fuerza, sembrando el pavor sobre ríos de sangre, levantaron sus feudos sobre la masa campesina inerme. De otro lado, el abandono estatal y su desinterés por contener a los alzados, les abrió el camino. La novela, a veces casi en tono de crónica periodística, con pincelazos crudos pero empleando un lenguaje delicado, pinta sin esguinces estas verdades.

Como lo ha expresado Gonzalo España en la contraportada del libro, aunque alejados por dos décadas los acontecimientos que relata tienen una actualidad brutal. Y se convierten, por fuerza del discurrir trágico del país, en un renovado llamado a no olvidar. El toche Rolón, Aydeé, los Ávila, fueron algunos de los primeros mártires de esta noche interminable de sufrimientos de la patria, cuyo sacrificio no fue en vano. No sé si su autor se lo haya propuesto, pero encuentro en la novela un simbolismo claro detrás de la descripción minuciosa de aquella historia local: está allí reflejada la suerte de la nación en aquellos años, cuando huérfana de liderazgo solo atinó a retroceder ante el embate de los violentos. Pero a la vez, en la descripción de los personajes con sus esperanzas y sus sueños, se traslucen un vigor y una tenacidad que presagian otros tiempos menos angustiosos, de una auténtica rebelión contra los rebeldes, que nos saque del atolladero, como parece que ha empezado a ocurrir.

No quiero terminar sin referirme a una inquietud que me asedia hace lustros. Valga consignar alguna anécdota para ilustrarla. Talvez a finales de los setentas o comienzos de los ochentas el Teatro Libre de Bogotá, con la dirección de Ricardo Camacho, montó La Madre de Brecht. Ya Jairo Aníbal Niño lo había hecho en Medellín unos años antes, por la época del movimiento estudiantil de 1971, con un éxito clamoroso entre los jóvenes revolucionarios que lo seguíamos como magnetizados de función en función. En vísperas de su estreno oficial Camacho realizó una presentación cerrada para un grupo de personas allegadas, entre quienes sobresalía Francisco Mosquera, y por cualquier circunstancia tuve el privilegio de estar presente esa noche. Terminada la obra se abrió un espacio para escuchar opiniones de los asistentes. Cuál no sería la sorpresa de todos, empezando por la mía que aún vibraba con la obra y su montaje, cuando Mosquera se fue lanza en ristre contra la misma, con todo el tacto de que era capaz, pero con entera franqueza. A una distancia tan larga en el tiempo no me es fácil reconstruir sus palabras, pero la esencia consistía en afirmar que había algo que no casaba en lo que había visto y oído. La grandeza de la obra de Gorki, señaló, residía en que la madre había seguido al hijo y lo había apoyado en sus actividades revolucionarias por su amor de madre y no por razones políticas e ideológicas. Brecht en cambio, a juicio suyo, había efectuado una desfiguración al presentar la madre como una revolucionaria, como una militante. Definitivamente el mérito de una obra literaria no estribaba en hacer manifiesta una intención política por más loable que su autor la considerara.

Confieso que no logré asimilar el golpe por buen tiempo pero empezaron a brotar en mí las dudas. Después, ya no recuerdo cuándo ni dónde, le escuché a Francisco Mosquera de nuevo defender con vehemencia la importancia de la forma al escribir, del estilo, colocando este aspecto por encima del contenido –como se estilaba decir-, a contrapelo de los dogmas prevalecientes en la izquierda. Su osadía llegó hasta el punto de sustentar tan insolentes criterios apelando a la célebre expresión, que mi memoria brumosa atribuye a Guillermo Valencia, de “sacrificar un mundo para pulir un verso”, que todos teníamos como un adefesio. Quienes  conocimos a Mosquera –para más señas el gestor del turbión de los descalzos-, podemos además dar fe de su preocupación casi maniática por el estilo y la forma de escribir.

Las dudas sembradas en mí en aquel entonces, poco a poco se fueron tornando en certezas, aunque por un buen tiempo las relegué al cuarto de San Alejo. Revivieron hace poco más de un año, cuando Ángel me entregó un original de la novela para que lo leyera y le expresara mis opiniones. Ya sabía yo que las venturas y desventuras de los “pies descalzos” en el sur de Bolívar eran el epicentro de la narración. Quería al leerla, como es natural, refrescar episodios gratos e ingratos que una capa de olvido cada vez más densa, tendida por el tiempo, tenía sepultados en la trastienda de mi memoria. Pero mi curiosidad iba más lejos. Pese a que conocía a Ángel y sabía de su escaso apego por la dogmática, anhelaba descubrir cómo habría hecho para escribir una novela sobre un tema de tan alto voltaje político y con un sello partidario tan acusado, sin caer en el estereotipo, alejado de cualquier tentación panfletaria, y además escurriéndole el cuerpo a la monotonía y al fastidio propios de los ajetreos políticos.

Cuando cerré la última página de El río fue testigo la ansiedad había dado paso al asombro. En mi humilde sentir Ángel no solo logró superar el reto singular de novelar un episodio político. Alcanzó mucho más. Consiguió crear una obra que apasiona y atrapa, por encima de cualquier consideración doctrinaria del lector, porque, como las buenas novelas, se apega a la vida sin esquemas, como es la vida misma; porque a través de la sencillez del acontecer diario nos conduce sutilmente a los actos más heroicos o sublimes; porque descubre el gesto preciso en el momento apropiado que desnuda el fondo de un sentimiento acendrado; porque penetra con envidiable dominio en las costumbres, tradiciones y vivencias de las gentes de ese trozo de Colombia y las describe con mano maestra; porque supo descubrir en un retazo de la patria un compendio magistral de sus dolencias pero también de sus anhelos más sentidos.

Medellín, sept. 3 de 2003

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