Crítica


Ecos de un Encuentro con el Escritor

Más que un periodista

Ángel Galeano Higua

 

El 10 de mayo, Alberto Salcedo Ramos vino invitado por el Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia para la franja “Encuentro con el escritor”. Ese día pensó en voz alta delante de estudiantes y periodistas invitados, sobre su búsqueda estética a través de la palabra. Dijo que la literatura de ficción le producía una mayor elevación estética que el periodismo. Palabra más, palabra menos, esta fue la esencia de su excelente conversación.
Muchos de los estudiantes y los colegas periodistas expresaron su contrariedad por esa, para ellos, minimización del periodismo. Inclusive no faltó quién dijera que estaba “renegando” de la crónica, el reportaje. La presentadora anunció que quizás muy pronto tendríamos a Alberto Salcedo presentándonos su primera novela.
Creo que un invitado así es lo que hace mucha falta en los eventos públicos. Que revuelque ideas, sacuda prejuicios, desempolve sueños. Contrasta con aquellos que llegan a dictar cátedra, eruditos de costumbre y por costumbre, que pontifican sobre todos los temas. Aquellos que tienen un océano de “conocimientos” con un milímetro de profundidad. No conmueven, sólo buscan congraciarse con el público, robarles los aplausos y marcharse impolutos e intocables.
Alberto ha pensado en voz alta y en público, un gran riesgo para su “imagen”. Pero para un escritor como él eso no lo pestañea. Sabe que su responsabilidad, además de escribir magistrales crónicas y reportajes, es ayudar a empujar el pensamiento hacia nuevos horizontes. ¡Que escandalice por la fuerza de su atrevimiento!

Un excelente lector para “El río fue testigo”. (Foto de Andrés Osuna)

Eso es lo reconfortante. Como él mismo lo dijo, Colombia necesita abrirse camino hacia nuevas expresiones.

Gracias al Departamento de Extensión Cultural de la Universidad de Antioquia por invitar autores de este calado. Los necesitamos.

 

Coletilla: Ese día Alberto se llevó El río fue testigo, un honor tener un lector como él.

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Primera declaratoria de guerra contra Débora

Ángel Galeano Higua

(Ensayo)

Bailarina en descanso – acuarela

A comienzos de 1938 el grupo de pintoras reinició sus labores pero no invitaron a Débora. Fue la primera declaratoria de guerra contra ella. Débora habló con Pedro Nel, le pidió una explicación, pero el grupo no la quería por su propósito de pintar desnudos. Entonces Débora le pidió que le dictara clases a ella. “Está bien”, le dijo Pedro Nel, “vaya a mi casa de Aranjuez y allá le enseño”.

Débora fue con su hermana Elvira a casa del maestro donde conoció a Giuliana Scalaberni, su esposa, con quien estableció amistad. Ese día, Débora pintó un retrato de Elvira, una acuarela. Pedro Nel también la pintó. Días después pintó varios bodegones. Y así Débora siguió practicando la acuarela, aunque su sueño era hacer grandes formatos, ojalá desnudos al tamaño natural. A Giuliana le encantó el trabajo de Débora e hizo comentarios muy positivos delante de Pedro Nel, llegando inclusive a proponer que ella la llevaría a Italia, a Europa, para que pintara allá. Empezó a enseñarle italiano. Débora se entusiasmó con la idea e iba a casa del maestro a clases de pintura y de italiano. Tuvieron algunas discrepancias por el deseo que tenía Débora de pintar en grandes formatos. El maestro la criticó por juntar varios pliegos de papel y le dio a entender que era un error ponerle fecha a las pinturas. Débora lo admiraba tanto que llegó a borrar varias fechas que ya había puesto. Pero aquella atmósfera de trabajo no duró mucho, porque Pedro Nel, de manera inexplicable, cambió su relación con Débora, modificó su acostumbrada calidez por el trato frío y distante, a tal punto que empezó a negarse cuando Débora iba a las clases, y Giuliana ya no pudo seguir enseñándole italiano. Débora comprendió que aquellas puertas se las habían cerrado y, con dolor, decidió continuar adelante por sí misma. Sabía que la práctica la llevaría por el camino que ella soñaba y que si seguía con el maestro Pedro Nel se convertiría en una imitadora. Era consciente de que su estilo, su color, su temperamento eran diferentes y que el precio que tendría que pagar por su independencia sería muy alto, aunque ella no alcanzaba a sospechar cuánto.

Una de las mayores dificultades que se le presentaron a Débora fue conseguir una modelo para sus desnudos. Luisa Montoya, una atractiva vecina, aceptó servirle de modelo. Durante largas sesiones realizadas en su casa, con el visto bueno de su familia, Débora pintó su primera acuarela de gran formato, como si quisiera plasmar su plástica al tamaño de los grandes frescos de Pedro Nel.  Tituló esa pintura Cantarina de la rosa, ésta marcaría un hito en la producción de Débora.

Del grupo de amigas sólo la acompañó su inseparable amiga Luz Hernández, quien aprovechó para confesarle que no volvería a pintar porque había tomado la decisión de internarse en un convento. También le contó que el grupo de Pedro Nel había seguido pintando en El Bosque y que si quería irían a verlas. “Allá están, pero no quieren que usted vaya más al grupo porque ellas no van a pintar desnudos… No se le dé nada”, dijo Luz Hernández, “yo me voy en julio o sea que le voy a posar a usted todo este tiempo. Después buscamos a otra que me reemplace, quédese tranquila Débora, que usted va a salir adelante”. Débora tomó una lindísima jarra de cristal que tenía su madre, la llenó de agua, ambas se fueron a una de las piezas de adelante y Luz posó para que Débora la pintara. Los padres de Débora no se opusieron, se declararon muy respetuosos del arte de su hija. Así, las dos amigas duraron seis meses en esos ejercicios, de los cuales brotó otra acuarela La Amiga, que corresponde a una mujer desnuda en actitud de reposo, acostada boca abajo en su lecho con una especie de toga que le cubre parte de sus piernas y con la cabeza descansando sobre los brazos. Para lograr aquel formato unió tres pliegos que alcanzaron las dimensiones de 0,61 x 1,44 metros, una acuarela de gran formato.

Hasta que llegó el día en que Luz, muy joven todavía, se marchó para el convento. Quizás fue el llamado de una vocación o quizás fue una decepción amorosa, pero para Débora esta última posibilidad era muy extraña pues no le conocía romance alguno, ni pretendiente. Ellas vivían tan sumergidas en la pintura que no tenían tiempo para novios. Luz Hernández era una joven muy bella, alta y espigada, de trenzas y de muy buen ánimo. A pesar de que Débora presentía la falta que le haría su amiga y cómplice, la apoyó en su determinación de tomar los hábitos. Le obsequió una maleta de cuero, de las que vendía don Cástor en su almacén, para que recogiera allí su ropa. Al principio Luz no se amañó con las Hermanas de los Pobres y se retiró, pero su interés no decayó y Débora visitó las monjas de La Presentación para mediar que la admitieran.

Por esos días, Jesusita Vallejo le sugirió a Débora que fuera donde Carlos Correa que estaba pintando lo mismo. Débora ya lo conocía. Sabía que a la edad de 13 años él había estudiado música, pero que tres años después había ingresado al taller de fotografía de Rafael Mesa como retocador de negativos, oficio con el cual se ganaba la vida. Sabía que luego se dejaría llevar por su inclinación a la pintura y recibió clases de varios maestros, entre ellos Pedro Nel Gómez, quien le enseñó a mirar el mundo con ojos de artista y le despertó el interés por la figura humana.  También sabía que Carlos Correa había presentado su primera exposición individual en 1936 y que en la invitación que hizo a los periódicos había declarado que su exposición era un reto a las fosilizadas formas del arte imperante. A Carlos Correa le atraía el tema la sexualidad en la adolescencia, por el cual estudió la maternidad, el desnudo y la muerte. De aquellos ejercicios quedó Maternidad blanca, un desnudo que traza la línea de unión de su búsqueda en el mismo sentido que lo hacía Débora. Así pues, la pintora lo visitó y le pidió que pasara por su casa porque quería mostrarle su trabajo. Cuando Carlos Correa conoció los desnudos pintados por Débora, quedó deslumbrado ante aquellas acuarelas en grandes formatos.

Ya con varias pinturas terminadas, Débora llamó a Pedro Nel para mostrárselas. Al fin y al cabo él seguía siendo su maestro admirado en cuya obra ella había encontrado el camino que buscaba. Al ver semejante trabajo, Pedro Nel le dijo que no se metiera en eso tan grande. “Pero a mí me gusta mucho, maestro”, le respondió Débora. “Pues usted sabrá…” Y hasta ahí llegó la visita, porque Pedro Nel se marchó sin decir nada más.

Sor Josefina, acuarela

Antes de que Carlos Correa dejara la ciudad para atender el cargo de director de la Escuela de Pintura de Cali, acompañó a Débora, junto con Rafael Sanz, a ciertos lugares donde no quedaría bien que ella fuera sola, porque lo que Débora quería era tomar algunos apuntes de aquellos ambientes fuertes, diurnos y nocturnos, de calles y cantinas, donde la vida era una lucha. El sector de Guayaquil hervía como un puerto donde las expresiones culturales autóctonas antioqueñas contrastaban con el flujo de personajes picarescos, trabajadores, ladrones, prostitutas, curanderos, culebreros, hierbateros, campesinos con los productos de su terruño, mendigos, chulos, carteristas y cuchilleros peleadores. En las noches el tango se apersonaba en la multitud de cafés y adquiere esa fascinante popularidad. Débora trabajaba de manera incansable y en ese trajín recordó haber dejado, entre sus bocetos que esperaban turno, a uno que hizo de Sor Josefina Posada. Entonces pintó una acuarela en la cual la monja, sentada en el borde de su cama de enferma, escribe apoyada en la mesita auxiliar. En la cabecera aparece un crucifijo como única compañía. Era una acuarela de homenaje a una de sus maestras más queridas, como si al pintarla pagara una deuda del alma y cada pincelada fuese un conjuro contra el dolor y la muerte.

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Débora: El Arte, venganza sublime, Ángel Galeano Higua. Edit. Panamericana.

La portentosa gesta de “los descalzos”

Eladio Ospina

 

Y el río está más seco, más rojas sus aguas, más desoladas sus gentes, más pobre de peces, alcaraván y gaviotas, más poblado de muertos. Pero sigue ahí como un testigo que no han podido matar.
Estremece pensar que ahora todo está más mal, más lúgubre, crece el abandono del Estado, también ayer lo había, pero era más amable el abandono de ayer, el de antes de pasar la última guerra, todavía a Dios que hay que llevarlo, siempre ha sido y será así, Dios va donde lo lleva el hombre.

Carmen Beatriz y Bárbara (a quienes está dedicado El río fue testigo) camino a Ciénaga de Oro, Córdoba, 1983. Archivo particular.

¿Recuerdas la hija de Chago Aldana? Tenía unos seis años en aquellos años de nuestro canto a la esperanza, hace un mes me encontró por las redes, hubo fiesta en su casa en Pueblorico donde vive y aquí en la mía. Hablé con él, le mataron un hijo de diecisiete años y lo sacaron de la tierra. ¡Te das cuenta Ángel, porque era mejor el abandono antes de la guerra!
Portentosa la gesta de aquellos descalzos, que abandonaron familia, universidad. trabajo, amigos y amores. Portentoso su sacrificio, su entusiasmo, la consecuencia con su propio pensamiento, tan escasa en estos tiempos.
Dura la batalla por el sostenimiento, efervescente era ver la luz que empezaba a iluminar esas montañas; a los campesinos, niños, mujeres y hombres, esbozar una sonrisa cuando llegábamos. Apasionante su asombro ante el cosmos reflejado en una pantalla, o la vida inicial en un microscopio. Un millón de historias navegaron por ese río o desembarcaron y se fueron cordillera adentro, más aquellas que luego descendieron.

Solo hombres que lleven su causa en el pecho podían resistir tal epopeya, pero hoy su gran valor y el valor de tu libro, además de las experiencias que se recogerán mañana, y la huella que le dejas, es rendirle un tributo a la utopía, esa vieja desbrozadora de sueños, sin la cual se muere el impuso vital de los cambios. Las grandes gestas tienen su origen en la utopía, pero el mundo le cambió su significación, para cortarle alas. A este país le hace falta la quimera, pero entre un Estado paraco, los que manejan el poder y los otros, la dejaron sin aire.
Algunos amigos renunciaron pronto y hablan desde su corta experiencia, es comprensible su visión y su renuncia, les tocó la etapa en que no sabíamos cómo sobrevivir en medio de tanta gente, de tanto extraño, de tantos jueces, policías, alcaldes paracos y, terratenientes que eran los comandantes en esa etapa de la historia. Apenas dábamos lo primeros pasos por un sendero desconocido. Hasta que se unieron en su contra los nuevos inquisidores, la gendarmería de extrema izquierda.
Tu persistencia en no dejar morir el sueño, ni en el corazón ni en el olvido, te hace merecedor del título “Ángel salvador de la quimera”. Tu libro es un respirar profundo para darle aliento a la utopía.
Buena suerte navegante.

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Eladio Ospina fue uno de los primeros obreros descalzos que llegaron al Sur de Bolívar a comienzos de los años 80. Hoy desarrolla en Medellín una entusiasta actividad cultural y escribe poesía, como una fina y delicada filigrana de la vida.

El Adoptado

Cartel de Bienvenida. Escuela Normal Superior de Medellín, institución educativa fundada en 1851, considerada como “baluarte del saber pedagógico”, cuya misión es formar maestros con alta competencia académica. (Fotografía de mi archivo particular)

He sido adoptado por una multitud de niños y jóvenes, y por un puñado de docentes de la Escuela Normal Superior de Medellín, quienes me recibieron con calle de honor y aplausos bajo un sol quemante. Colgado en lo alto del edificio principal, un cartelón hecho a mano por los estudiantes, me daba la bienvenida. Este encuentro es fruto del programa Adopta un Autor enmarcado dentro de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

Con el rector, Juan Carlos Zapata Correa cuando me enseñaba los tesoros históricos que guarda la legendaria institución. (foto de mi archivo particular)

Luego del saludo protocolario del rector, Juan Carlos Zapata Correa, presenté un breve saludo a la muchachada, que enseguida entonó el Himno de la institución, (letra de Hernando Elejalde Toro y música del maestro Carlos Vieco Ortiz). Luego pasamos a la biblioteca engalanada con dibujos alusivos a mis cuentos (en especial “La mascotera”), poemas y saludos escritos por los chicos. Un profesor escribió un poema exaltando mi labor de escritor y lo leyó para todos. Inclusive tenían en uno de los estantes de libros una gran fotografía mía colgada, que me hizo sonrojar.

Era un grupo numeroso de estudiantes tanto de primaria como de secundaria, seleccionados, quienes venían leyendo y comentando desde dos meses atrás mi libro Palabras al viento.

Muchas preguntas de diversa índole relacionadas con la creación literaria: ¿Quiénes son Carmen Beatriz y Bárbara? ¿Por qué el libro está dedicado a ellas? Háblenos de la bravura que aparece en el epígrafe de Harper Lee. ¿Recuerda el primer momento en que sintió que quería ser escritor? ¿Qué le gusta escribir más: cuentos o novelas? ¿Qué nos aconseja para poder escribir? ¿No le parece que ser escritor es una figura condenada a desaparecer como los dinosaurios? ¿Cómo vence la página en blanco?…

Con dibujos, mensajes y poemas alusivos a mis cuentos, los estudiantes me dieron la bienvenida.

Fueron una lección para mí y se las agradecí. Respondí desde el fondo de mi ser porque recordé que a la edad de ellos, en mi colegio, nunca pude conversar con un autor. Les dije que no había recetas para aprender a escribir, sino que la clave está en vivir la propia vida…

Les conté que además de leer y escribir me gustaba hacer libros. Llevé una colección de libros de la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA que doné a la Biblioteca de la Normal, y un morral grande repleto de más libros para rifar entre ellos, que se abalanzaron porque todos querían uno.

Con el Coordinador, profesores y bibliotecarias.

Se arremolinaron para tomarse una fotografía conmigo y que les firmara los libros. A quienes no les tocó ninguno me pidieron que les firmará su cuaderno, algunos arrancaron una hoja para que otros pudieran también llevarse mi firma, como si yo, de veras, fuera un gran escritor. Inclusive colgaron más arriba mi retrato, al lado de otros autores, esos sí maestros de la palabra y el pensamiento que no nombro por respeto y vergüenza de verme allí junto a ellos.

Conversemos

Fue un ambiente de entusiasta desorden que disfruté tanto como ellos. Es la palabra la que nos puso en esa vibración y creo que esa magia de las historias contadas nos llenó de nuevas energías.

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Las fotografías son de mi archivo particular.

 

 

El río fue testigo

Conrado Zuluaga

(Presentación del libro de Ángel Galeano Higua)

 

La historia que aquí se cuenta es real, los nombres de los personajes son ficticios. Esa frase, o una similar con alguna variante, acompaña muchos libros. Se podría decir que es una muletilla a la cual recurren con frecuencia el cine y la literatura. A veces como advertencia, en otras como anzuelo para el desprevenido lector.

Aquí se trata de una verdad, de una tremenda historia real, que merece ser contada y leída, en la cual participaron muchos hombres y mujeres. La mayoría de los que aquí aparecen eran oriundos de la región, otros –conocidos como los descalzos– llegaron allí, desde diversos lugares, con un patrimonio compuesto por la buena voluntad, sus ideales y sueños, sus deseos de servir y, a veces, con una profesión que hizo mucho bien en esas tierras.

Es una bella historia, heroica y desoladora al mismo tiempo, porque los enemigos agazapados –autoridades, guerrillas, paramilitares, politicastros y narcos– acabaron con ella. Fue una gran aventura que, entonces como hoy, merece todo el respeto y la admiración. El lector lo sabe al terminar el texto. En la historia del país, hay muy pocas experiencias, de pronto ninguna, como esta.

El narrador, uno de los descalzos, ha guardado con celo, todos esos avatares: los triunfos parciales que alcanzaron, los abrazos de solidaridad, las sonrisas de los niños, la fe y la entereza de unos hombres y mujeres, del campo y la ciudad, que creyeron en sus propias fuerzas. Nada ha quedado por fuera de este texto y eso es tan valioso como la historia que cuenta.

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Editado por Sílaba Editores y Fundación Arte & Ciencia, Medellín, Septiembre 2017

Palabras al viento o
Los infinitos umbrales
Leonardo Agudelo Velásquez

(Crítica)

Leer a Ángel Galeano Higua en Palabras al viento, luego de haberlo conocido desde hace más de cuatro décadas produce una extraña sensación, parece uno enfrentado a dos personas. Uno el profesor del Inem durante quinto y sexto de bachillerato, docente de electricidad y electrónica recién llegado de la capital y luego presidente de Aceinem, Asociación de Profesores del Inem “José Félix de Restrepo”, llevando el megáfono portador de la “voz del pueblo”. Poco después supe por mis amadas profesoras de español y literatura: Laura Pineda y Laura Escobar que había viajado a Magangué: “Al trabajo Político”. Así fue durante varios años, hasta un ceniciento domingo, recién llegado a Bogotá con mi maleta habitada por una muda de ropa, dos libros junto al diploma de Historiador, cuando me topé con una carta suya en la sesión del lector del Magazín del Espectador, creí por sus líneas en tan importante diario que se había convertido en un gran intelectual y eso me regocijo aquellos inciertos días en la capital.
Nos reencontramos gracias al laberinto de internet y supe que se había convertido en todo un gestor cultural, eso llevó a que me vendiera su novela El río fue testigo, una especie magnífica de autobiografía y literatura, donde redescubrí el universo Caribe a ojos de un bogotano. Escribí algunas piezas para ese caballito de batalla que Ángel se había inventado en Magangué; El Pequeño Periódico. Mi antiguo profesor era un delicado cordón umbilical que me recordaba las cosas que yo anhelaba de joven estudiante, por eso respondía emocionado a sus pedidos para esa línea de batalla de su periódico: una criatura creada de tinta, papel y la eterna convicción de Ángel que: “otro mundo es posible”.

Ese era a quien yo recordaba hasta leer Palabras al viento, más que una autobiografía: toda gran literatura es el pretexto de un creador para danzar frente a la inmortalidad, su libro de cuentos semeja una geografía de su sensibilidad: como finos trazos de los pinceles sobre papel de arroz con que los chinos nos han dejado su pictogramas al lado de lo cual dibujan nebulosos paisajes con las fuerzas de la naturaleza. Cada uno de los relatos del libro es un pedazo de la piel curtida, de su naturaleza. Con imágenes que corren como ríos subterráneos de relato a relato: árboles de donde sus hojas parten al otoño, pintorreteadas ejecutivas, la sinfonía del papel bajo la punta del lápiz. Semeja el texto un tríptico que termina con los paisajes calcinados del intenso amor. Allí resuma mucho amor: Conversaciones con un retrato; Soledad de ayer y de hoy, Las hojas de Noelia.
Su narrativa es un encuentro poético con los cuatro elementos de la creación: aire, agua, tierra y fuego que mutan gracias a su narrativa, en hojas que caen de los árboles, o en nubes jugando a ser motas de algodón: o la música frenética con la agonía líquida del ahogado, el amor por las figuras lineales o los libros: “las palabras que caen y los objetos en fuga”. Todo lo anterior para llegar a esa zona de “Twiling Zone” de Cambio de renglón o El Otro viaje, un extraño relato que rebela los bordes cortantes, ocultos en la nebulosa del inconsciente humano.

Al final un bello texto para él, que ama, él que sabe que va a morir y para aquellos que saben que el oficio de la gran literatura es recordarnos ese ‘algo’ que merece ser salvado de este naufragio cósmico en que está empeñada la especie.

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El río fue testigo
De Ángel Galeano Higua

Por Joaquín Peña Gutiérrez*

Entre los acontecimientos históricos que fundamentan la Ilíada y la escritura de la obra median unos cinco siglos. Para el caso fue el tiempo suficiente para que aquellos acontecimientos se limpiaran, se esencializaran y se transformaran en una realización y sentido que el hecho histórico no previó. La historia de un saqueo –normal en aquellos tiempos; y en estos– se convirtió en una gesta del amor y la valentía y el honor. Se tiene así, para la literatura, la ficción nacida de la realidad sin ser ella. Es ni más ni menos el problema que se le plantea desde Homero hasta hoy a los escritores de relatos, cuentos y novelas, sin tener como Homero cinco siglos que le hagan el favor de cambiarle la historia por la ficción.

Rev. Hojas Universitarias No. 67Nadie sabe a ciencia cierta cuánto le cuesta a cada escritor sus invenciones. Nadie sabe que esa invención tan parecida a la realidad pasó por una selección, organización, desecho, cuántas reelaboraciones, transformaciones y apariciones imprevistas que la realidad que parece mostrar, no estuvo. Se quiere decir que el llamado realismo también enmascara y aunque no parezca, en últimas no se puede superponer a la realidad real.

El río fue testigo, la novela de 388 páginas de Ángel Galeano Higua publicada por la Universidad de Antioquia en su colección Narrativa, es el resultado de no se sabe cuántos enfrentamientos de su autor con una realidad que vivió Colombia hace poco tiempo y que él tuvo que –domesticar – para la literatura hasta convertirla en novela. Buena parte del éxito literario de una novela radica en el éxito de autor en este enfrentamiento; en la ficcionalización de la realidad de acuerdo con la naturaleza propia de la literatura; la novela, para el caso.

Ángel Galeano Higua toma, asume, quiere escribir o se le impone escribir sobre un hecho importante en la historia del país.

Las décadas del 60 y 70 tuvieron mucho movimiento en el mundo, Latinoamérica y Colombia. Un punto común lo constituye el deseo de transformación. En todo. En ese todo está incluida la revolución social, política, cultural. La revolución. Hay los que participan en ella en las movilizaciones de masas, en los movimientos obreros, estudiantiles; en la guerrilla, en política comunitaria popular –fundación de cooperativas, droguerías, brigadas de salud, librerías, bibliotecas, vías de comercialización de productos– al movimiento hippie también hay que mencionarlo en la misma dimensión.

Página Revista Hojas UniversitariasA imitación de los curas que tratan de realizar su jesusismo con la comunidad de los desposeídos, la novela desea dejar testimonio de la acción de una gran brigada de –apóstoles laicos que quiso hacer trabajo social como se entendía en aquel entonces, sin armas ni proselitismo político expreso. El resultado es la muerte para algunos. Para todos, el fracaso. El juego de agentes, factores e intereses, guerrilla, Estado, paracos, delincuencia prolongan hasta hoy la situación, como si la novela no hubiera terminado.

Ángel Galeano sabe que la palabra como la sal, preserva a los hechos, a la vida de la corrupción a la que los somete el tiempo. Ha escrito estas casi 400 páginas tal vez como llama; ellas se leen como si fueran menos a pesar de ese título como de otro tiempo.

El lector sabrá determinar cómo le fue al escritor en ese enfrentamiento ineludible entre la realidad real que sostiene su obra y su ficcionalización, que la hace del todo.

El autor es fundador de la Fundación Cultural Héctor Rojas Herazo, de Cartagena; de la Fundación Arte y Ciencia, de Medellín; de los libros Rumor de río, crónicas y reportajes, En la boca del cura y otros relatos; fundador y director de El Pequeño Periódico de carácter cultural, entre otras de sus construcciones de hombre atento a la cultura de los hombres y del país. La novela reseñada fue finalista en el Concurso Nacional convocado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de Bogotá en 2003.

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* Revista Hojas Universitarias, Universidad Central, Bogotá. No. 67, Julio-Diciembre de 2012, pg. 207,208

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