Cuentos


Al cabo de dos años, por obra del azar, aparece esta breve misiva que se hallaba refundida de manera inexplicable, escrita por Helena García Martínez, activa participante de las sesiones del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo de Medellín y en la que habla de sus impresiones al leer el libro de cuentos Palabras al viento. Con alegría y gratitud, y como desagravio con ella, por esta jugada del duendecillo invisible que a veces esconde las palabras manadas del corazón, me atrevo a publicarla hoy sin omitir ni una coma.

Carta a un “héroe de barrio”
Al Brujo mayor

Querido Ángel:

En este encuentro de martes quiero que conozcas mi impresión sobre el libro Palabras al viento y otros cuentos que comienza con acierto la Colección El Aprendiz de Brujo.
La dedicatoria de tu obra para las dos mujeres que han acompañado tu pasión por escribir saliéndote de cánones establecidos para narrar los aconteceres cotidianos, y para vivirlos, me parece muy merecida.
“De una sentada”, me fui con cada renglón que ingeniaste para concretar con palabras sencillas los hechos reveladores que se instauran a diario en tus viajes por la escritura.
Los personajes que pasean por las páginas de tu libro están teñidos de encanto, de ternura, de soledad contagiosa. Algunos que no son visibles con los ojos, —un tanto espectros como el que transita por la obra de Shakespeare que ahora leemos—, son tangibles mientras visitan tu casa, tu escritorio. Quizás, por su compañía inspiradora hayas pintado con palabras y gran habilidad estos 16 relatos amenos.
Viajé expectante por todos los espacios que elegiste: las calles, los árboles con sus hojas y sombras, las moradas familiares y de amigos del alma, los claustros educativos. Cada sitio escogido albergó con sencillez y maestría a los protagonistas de tus historias.
La forma como te atreves a poner el desenfreno en El otro viaje, me ubicó de pasajera en la silla de atrás del auto, para esperar el desenlace. Ella va… ocupa el primer puesto en mi corazón, y punto. Al contrario de lo que quiera pregonar el título de tu libro, que bien merecía ser re-editado, a las palabras que coleccionaste en bonito formato, no se las llevará el viento.
Agradezco la puesta de tu obra en mis manos de aprendiz. Espero que tus palabras en cada sesión de martes y en tus obras literarias, visiten a menudo el propósito de concebir otros relatos con mi propio sello.

Helena García Martínez
Integrante del Grupo Literario
El Aprendiz de Brujo
Junio 14 de 2016

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Nota: “Héroe de barrio“, se refiere al trabajo audiovisual realizado por Alejandra Ortiz, Simón Marín, Sara Londoño, Leidy Alzate, Adriana Echeverri, Melanie Tobón, estudiantes de periodismo de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, sobre la labor literaria y de periodismo desarrollada por Ángel Galeano Higua: https://www.youtube.com/watch?v=kg8NV6M4pXM

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El negro

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

El negro está allí, tirado entre los árboles. No muerto. Tirado. Recargado. El cuello en ángulo recto. Como si quisiera mirarse el pecho. Estirados los pies, sin tensión. Descansando. Los ojos cerrados. Al primer vistazo parecía dormido. Pero luego daba la impresión de tener la mirada perdida. Viajera. Una mano sobre el pecho. Desgonzada. La otra sobre las hojas secas en el suelo. Los dedos hundidos, leves, como raíces.
Cuando lo vi, lo envidié. Por su despreocupación. Pero luego sentí compasión. Llegué a pensar que estaba allí por desconsuelo. Apartado. Pensándose a sí mismo. O que era un desplazado de Bojayá. Pero al mirarle el traje apareció en mi mente un recuerdo de jazz. De una banda de jazz. De un saxofonista. Lo digo por el traje y por el semblante de negro respetable, con pinceladas de plata en las sienes. Le calculé 60 años. No sé porqué. No tengo argumentos. Sólo le vi 60 años. Ni un año más, ni un año menos. Nunca he ido a los barrios de los negros. No sé si haya barrios sólo para negros. Como en norteamérica. O en sudáfrica. A lo mejor me trabaja la carátula de un disco de Ellington o de Gillespie. O alguna novela de Faulkner. No tengo forma de asegurarlo. Podría ser también Toni Morrison… O todos ellos juntos. No lo sé. O el afiche de aquel baterista en la cafetería de Izmenia. Le gustan tanto los blues a ella. Algo tengo que me hermana con este negro que está tirado entre los árboles. Algo de negro. Es respetable. Sí, el negro tiene aire respetable. Allí, tirado entre los árboles, y se ve tan digno. Quisiera hablarle. Oírlo. Su voz debe ser algo ronca. Gangosa. Lenta. Sosegada. Reveladora como la de todos los viejos. Los viejos negros. Pero, ¿cómo vino a parar aquí? Ya estaba cuando yo llegué. Eso le da derecho a guardar silencio. O a preguntar primero. Y yo, ¿cómo llegué aquí? ¿Por qué estoy aquí esperando al negro? Nadie más vino conmigo. De repente siento que siempre he estado aquí. Que no soy de otro lugar, sino de aquí. Esperando a que el negro despierte. A que se mueva. A que dé alguna muestra de vida. De que respira. No es que parezca muerto. No me lo parece. No. Pero qué alivio sería verlo moverse. O suspirar. Yo también suspiraría. Está vivo. Tiene que estar vivo. Si estuviera muerto se notaría en algo. En la atmósfera. En algo. En los mismos árboles. En él mismo. En mí. Sus dedos como raíces no son para un muerto. Creo verle la música en las yemas. Piano o saxofón. O trompeta. O batería… Algo mucho de tambor. Su semblante es de pura vida en reposo. Pienso en el alivio posterior a la danza. O en la paz de un sabio que espera. Es un negro inmenso. Total. La arboleda se vería desolada sin él. Es como si los árboles hubieran crecido para él. Para que se recargara en ellos. Debió llegar hace mucho tiempo. Lo digo porque parece integrado a la corteza. Pero también me sugiere que está recién recargado. O como si todavía estuviese acomodándose. Disfrutando las dificultades del acomodamiento. Como si se sintiese cómodo en la mera disposición.
El negro sigue allí. Tirado entre los árboles. Espero alguna pista de él. Relacionada con él. Procedente de él. Que llegue a él. Que me remita a él. Acostado me parece que es alto. Me hace pensar en casi dos metros de estatura. O más. Alto. Muy alto. Como si se hubiese tirado allí para no verse más alto que los demás. O para presentarse más bajo sin parecerlo. Entre los árboles, un árbol más. No me puedo cansar en esta espera. Ya no estoy al comienzo. Han pasado jornadas. Sigo aquí. Observando al negro. Aguardando. No aguardándolo, sino aguardando a que mueva un dedo. O un párpado. Creo que el mundo va a temblar cuando el negro se mueva. Cuando despierte. Cuando parpadee. La tierra se sacudirá cuando el negro suspire. Será un suspiro salido de bien adentro. De los entresijos de su alma. En voz alta. Eso pienso. Eso espero. Aquí… Una hoja cae. Lenta. Muy lenta. Testimonio de los lametazos del viento en las copas. Cae muy pero muy lenta. Como haciendo malabares en cuerdas invisibles. Trapecista que se regodea antes de caer en el pecho del negro. Cae. Cae… Sigue cayendo. Rebota. Como si se hubiera estrellado contra el nido de un pájaro. Rueda, pero alcanza a detenerse sobre el inmenso pecho del negro. Esa hoja delicada y silenciosa parece un grito que va a despertar de manera abrupta al negro. Pero se aquieta. Reposa en el reposo. Hace ver al negro más fuerte y más paciente. Pero también más tierno. Hoja tierna sobre su corazón. Un saludo susurrante. Entre sueños. Otra hoja cae. A un lado, cae. Sobre las otras hojas del suelo. Sobre el colchón amortigüante. El viento vuelve a lamer las alturas. Es la música que arrulla al negro. Otras hojas caen. Revolotean en la caída libre. Libres. Lentas. Muy lentas, perezosas de caer. En el silencio rumoroso el viento aumenta la sensación de sosiego. Es un silencio que parece gritar. Como si fuera a despertar al negro. Una de las hojas va directa a su rostro. La veo caer escondiéndose entre las demás. Debo detenerla. Sí, debo evitar que golpee al negro en el rostro. Interrumpiría con brusquedad su reflexión ensimismada… Pero no puedo moverme. Ni extender mis brazos. Si los muevo caerán más hojas y nidos con polluelos… Y el negro despertaría sobresaltado. Y podría morir. Y no tengo ningún derecho. Tampoco puedo caminar. Mis pies han echado raíces. Y la hoja cae… Sigue cayendo…

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Tomado de Palabras al viento y otros cuentos, Edit. Fundación Arte & Ciencia, Medellín

El otro viaje

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

 

La conversación corría, las palabras salían hacia delante, hacia la sabana, pero chocaban contra el vidrio y un poco atontadas se deslizaban como criaturas diminutas hasta el otro extremo del cristal desde donde saltaban hacia los oídos. Algunas caían sobre los desnudos hombros de Virginia y se escurrían por las tirillas de su blusa amarilla. Otras se fugaban por las ventanas como guirnaldas al viento y otras más chorreaban el tablero de los controles.
De pronto, Jairo notó algo nuevo, como si Virginia hablara desde otra parte, desde otra emoción. Al principio no le prestó atención. Habían dejado atrás los asuntos del trabajo y ahora Virginia exaltaba la belleza de la sabana cubierta de algodón, aquel “enjambre de motitas blancas palpitando bajo el sol”. Le dieron vueltas al tema hasta cuando él empezó a comparar las distantes y suaves ondulaciones de la tierra con el cuerpo de una hermosa mujer. Virginia se quitó la hebilla con que sujetaba la trenza sobre la nuca y su cabellera se explayó como una fiesta de bucles cobreados. Jairo hablaba de aquella línea que parecía la espalda de una bella dama. La respuesta silenciosa de Virginia se hizo tan intensa que Jairo volteó a mirarla y descubrió que tenía los ojos cerrados. Fue cuando el algodonal se hizo garganta vertiginosa, larga y recta, y Jairo sintió que un pánico desconocido se le metía en los tuétanos. Siempre había creído que el miedo aparecía sólo en las manos en forma de temblor, que la respiración se alteraba y que uno abría los ojos más de la cuenta. Pero no, en medio de aquel vértigo un pavor indescriptible lo había invadido y hasta lo sintió impregnándole la ropa e inclusive que llegaba hasta toda su historia pasada y futura, hasta toda su memoria y alcanzó a percibir que su propia sombra, la misma que proyectaba cada mañana cuando salía a caminar, parpadeaba atemorizada.
No podía creer que Virginia tuviera los ojos cerrados y que permaneciera rígida, sosteniendo el pie derecho hundido hasta el fondo del acelerador. Su primera reacción fue gritarle que los abriera: ¡¿Te has vuelto loca?!, ¡¿qué te pasa?! Pero ella iba en otro viaje. La zangoloteó: ¡Frena! ¡Nos vamos a estrellar! Pero Virginia parecía una estatua de mármol, mordiéndose el labio inferior y con una delgada línea ondulante, como el aletazo de un pájaro, cruzándole la frente. El carro rugía. Cada grito suyo lo asustaba más a él que a ella. Quiso controlar el timón pero Virginia lo sujetaba con firmeza. Metió un pie entre los de ella buscando el freno, pero aquellas piernas envueltas en la vaporosa falda estampada de tela hindú, parecían dos barras de hierro que se lo impedían. Se acercaban a una curva. Jairo pensó en lanzarse fuera y hasta alcanzó a abrir la puerta, pero al ver aquella larga y devoradora banda de pavimento, la volvió a cerrar. De nuevo quiso controlar el timón, por lo menos para evitar salirse de la vía, pero ella continuaba con las manos firmes en la dirección y el pie en el acelerador, al punto que carro y conductora parecían una sola pieza. Al llegar a la curva, Virginia, de repente, frenó, apagó el motor y abrió los ojos, que habían adquirido un nuevo y poderoso destello. En su rostro, un poco cansado, se dibujaba una dulce sonrisa.
— No te asustes, querido —susurró y descansó su mano en la rodilla de él. Jadeaba como una atleta que recién acababa de correr la gran prueba y se humedecía los labios con la punta de la lengua— Es apenas un ejercicio —Él la miraba aturdido, como si hubiera recibido una trompada. Al sentir aquella mano en su rodilla, algo, similar a una descarga de espasmos, le recorrió el cuerpo. No era la primera vez que su fogosidad lo confundía. Virginia cerró los ojos de nuevo y echó hacia atrás el cuerpo, la cabeza en el espaldar, irguiendo los senos bajo la blusa como un desafío.
— Déjame yo conduzco —dijo Jairo queriendo ser persuasivo, como si le hablase a un enfermo, deseoso de volver cuanto antes a la ciudad. En respuesta, ella, displicente, agitó la mano como si espantara una mosca y en el ademán Jairo vio, en uno de sus dedos alargados y finos, aquel anillo de oro en forma de serpiente enrollada, que siempre le pareció como si acabara de enroscarse. El viento acariciaba las matas de algodón y silbaba entre las despeinadas ramas de una acacia solitaria. Era lo único que se oía, hasta cuando Virginia aspiró tanto aire por la boca que pareció querer devorarlo todo y luego lo exhaló en un largo suspiro.
— ¿Por qué lo has hecho? —preguntó Jairo.
— ¿Qué?
— Correr como una loca.
— ¿No te gustó?
— Para nada…, me has dado un gran susto.
— ¿Creíste que nos mataríamos?… ¿lo creíste?
— Sí, por un momento sí. Dime ¿por qué lo hiciste?
— Te lo voy a confesar de una vez por todas… —los ojos de Virginia refulgían más allá del parabrisas y sobre el labio se adivinaban diminutas gotitas de sudor—. De un tiempo para acá, cuando paso por esta carretera y la veo como una provocativa línea recta, siento inmensos deseos de bebérmela, de recorrerla palmo a palmo en un instante, de volar, entonces cierro los ojos y acelero… —Virginia miró a Jairo como para corroborar que no hablaba sola y volvió sus ojos a la curva donde empezaba el altozano— A veces vengo de noche, cargada de tantos sueños que no me dejan dormir, vengo con la ilusión de encontrarme con alguien, pero con quien me encuentro es con mi soledad… En las noches no necesito cerrar los ojos, me basta apagar las farolas y acelerar al máximo… Todo es oscuro y delicioso, leve, si vieras, como si esta sabana fuera el socavón más profundo de la tierra. A veces, las estrellas y la luna se asoman y entonces cierro los ojos y me dejo ir… Pero no creas que ha sido fácil. Me llevó mucho tiempo quitar el temblor de mis manos. Parecía como si tuvieran miedo propio. Tuve que poner de acuerdo a mis pies: uno se negaba a empujar el acelerador a fondo, y el otro se entusiasmaba por pisar el freno… Ha sido una maravillosa experiencia, como de liberación… ¿Viste que ya aprendí a calcular el momento exacto de llegar a la curva? Han sido muchos meses de práctica, muchos, dos y tres veces al día, hasta convertirlos en un ejercicio que me embriaga y que ya no puedo evitar, que no quiero evitar… Y hoy, ¿sabes?, contigo a mi lado, me sentí feliz y quise compartirlo…
Jairo no supo qué decir. Quería huir. Sintió encima la mirada quemante de Virginia que lo confundía, como si tuviera el poder de estrujarle el alma y ponerla en entredicho. Quiso hacerla entrar en razón, pero se abstuvo porque en el fondo de su ser la admiraba. Él no sería capaz de hacer algo así, no tenía esos arrestos para jugar a sobrepasar aquellos límites.
— No sé qué decir… —dijo.
— ¿Nunca has sentido estos deseos de correr, de volar, de ser libre? —preguntó ella.
— Por supuesto que sí, pero en otras formas menos peligrosas…
— Te da miedo, ¿verdad?
— No, no es miedo…
— ¿Qué más puede ser?
— Quizás sea prudencia…
— ¡Prudencia! ¡Sensatez! ¡Cordura!… No veo cómo puedas volar con tantas tijeras cortándote las alas.
— Estás exagerando, confundes el instinto de conservación.
— Sigue así y tu vuelo no va a ser más alto que el de una gallina con instinto de conservación.
— Es mejor que nos vayamos —dijo de pronto Jairo, arrepentido de estar allí.
Virginia no se inmutó, quería descansar. Luego de aquellas jornadas terminaba extenuada pero dichosa.
— O quizás sea mejor que me dejes aquí —agregó él, en medio de un desconcierto que lo violentaba hacia una vergüenza insoportable. Cuando quiso abrir la puerta para abandonar el auto, Virginia, mirándolo con otro fuego muy cercano al desprecio, puso el motor en marcha.
— Eres cobarde hasta para conversar —le espetó, sin mirarlo ni darle tiempo para nada. Las llantas empezaron a rechinar en cada curva del altozano. Poco a poco, la sabana se fue extendiendo abajo, esplendorosa de algodón. Virginia mantenía alta la velocidad y fijos los ojos chispeantes en la carretera. Apabullado, Jairo guardaba silencio y se sujetaba a la silla y al borde de la ventanilla. Estaba pálido y se sentía sin fuerzas para mirar a Virginia. Las palabras le sonaban como si su cabeza se hubiese convertido en un tambor. Ella daba vuelta al timón en cada curva y su cabellera ondeaba como un manojo de cometas. Las llantas chirriaban. Virginia volvió a morderse el labio y en su frente empezó a dibujarse de nuevo aquel aletazo. Jairo miró de reojo aquellas manos delicadas que maniobraban con exactitud el timón. La serpiente de oro se desenroscaba entre los dedos, ahora más sensuales y ágiles.
— Valiente bobo me resultaste… —dijo ella en voz alta pero con tono distante, entre furiosa y frustrada, como si hablara consigo misma. Jairo no quería hablar más en todo el camino. Virginia, como si sus palabras fuesen una trivialidad, dijo al poco rato: — Apuesto a que no eres capaz de intentarlo.
Aquel reto entró en Jairo como una bofetada. Esas palabras corrieron a juntarse con las anteriores, amalgamándose en un corrosivo desafío. La palidez de su rostro se acentuó y sus dientes se apretaron como si mordieran una decisión. Debió hacer un grande esfuerzo para desanudar el trapo de su lengua, pues el reclamo de su amor propio, humillado, así se lo gritaba.
— Devolvámonos, quiero intentarlo —dijo Jairo, al cabo de unos segundos, con una voz que parecía prestada. Sorprendida, Virginia detuvo la marcha y lo miró interrogante.
— ¿Qué dijiste?
— Que nos devolvamos.
— ¿A dónde?
— A la sabana, quiero intentarlo…
Virginia dudó. Esculcó el semblante de Jairo como si hubiera pasado muchos años sin verlo. Aquella palidez y la extraña fuerza de su voz le inquietaron, pero no supo si era miedo o compasión lo que ahora le despertaba. Comprendió que lo había presionado demasiado y sintió en la garganta la acidez de un arrepentimiento atravesado. Consideró la posibilidad de confesárselo para que desistiera.
— ¿Intentar qué? —le preguntó.
— Intentar un tramo, quiero saber qué se siente…, si me gusta quisiera aprender contigo…
— Pero…
— Nada, volvamos allá —y la desplazó del volante, obligándola a bajarse y a intercambiar el puesto. Así desandaron el altozano, haciendo rechinar aún más las llantas, hasta donde empezaba la carretera plana y recta, justo donde Virginia había frenado luego de la delirante carrera.
— ¿Vas a intentarlo desde aquí? —preguntó Virginia, más preocupada que curiosa.
— Sí, desde aquí —Jairo se acomodó en la silla, dispuesto a emprender la carrera.
— ¿Y dónde te detendrás, si esta es la curva de llegada?
— Probaré en sentido contrario al menos un tramo y tú me avisarás cuando deba frenar —Aceleró varias veces pero sin quitar el otro pie del embrague, como un toro que rastrilla la arena con ímpetu antes de embestir. Ahora Virginia era la que no sabía qué hacer. Por un instante sintió deseos de bajarse, pero él la miró desafiante, sin la palidez de antes, sino con otra más amarfilada.
— Me avisas cuando deba detenerme —repitió Jairo y fijó sus ojos en la carretera. Luego, mientras iba retirando el pie del embrague, pisó poco a poco el acelerador hasta el fondo. Virginia se agarró con fuerza del borde de la ventanilla. El carro avanzaba cada vez a mayor velocidad. Jairo memorizó la alargada línea de la carretera—. Quedo en tus manos —dijo, y cerró los ojos, lanzándose a ciegas.
Nunca sabría con exactitud cuánto tiempo transcurrió. Sus manos y sus brazos se sostenían firmes. En su frente empezaron a hervir diminutas gotas de sudor. El motor resoplaba como si fuera a estallar. Jairo imaginaba las matas de algodón pasando veloces hacia atrás. Se vio sentado en aquella silla, sosteniendo el volante, como había visto a Virginia antes. ¿Y Virginia? ¿Qué estaría pensando? Cómo le gustaría verla. Seguro que iba pendiente. Pero, ¿por qué no le decía nada? ¿Por qué no le indicaba si así iba bien? De pronto sintió deseos de abrir los ojos, pero aguantó un poco más para vivir la misteriosa vibración de la que Virginia había hablado. Ella le avisaría cuándo debía frenar, al menos eso fue lo que él le pidió. Quiso preguntárselo, pero se reprimió. Quizás era muy pronto y la tremenda ansiedad que lo subyugaba lo hacía calcular mal. Además, aquélla era, también, una prueba de su capacidad para arañar los límites. Sin poder evitarlo, su mano derecha se levantó como si una agobiante duda le acosará: ¿sí iba ella allí, a su lado? Tocó su hombro y sobre la redonda frescura de su piel sintió la tirilla de su blusa. El carro titubeó. Esa piel suave le gustó, ¿por qué no la había acariciado antes? Las llantas chirriaron entre el polvo y el pavimento. Sobre el dorso de la mano con que tocaba el hombro de Virginia, Jairo sentía el acariciante cosquilleo de su cabellera agitada por el viento. El motor roncaba con angustiante resequedad. Virginia tomó la mano de Jairo entre las suyas y la acarició. Las llantas lamían con fiereza el borde de la cuneta. Ambos entrelazaron los dedos. El carro temblequeaba y las llantas tiraban hacia fuera del pavimento. Jairo sintió entre sus dedos la dolorosa presión de la serpiente enroscada. Las ruedas zigzagueaban. El brazo con que Jairo sostenía el volante empezó a temblar, sentía su cuerpo empapado en sudor. A medida que avanzaban en aquel atrevido ejercicio, la mano sostenida en la dirección iba dejando de ser una acerada tenaza, y el brazo una potente barra metálica, para convertirse en un amasijo de temblores sin control. La doble lucha que llegaba al cerebro de Jairo era contradictoria: por un lado Virginia con toda su carga y por otro, el cansancio de aquella masa de músculos y nervios encalambrados.
Sin poder soportarlo más, Jairo le preguntó a Virginia si debía frenar ya, pero no obtuvo ninguna respuesta. Apretó con desesperada fuerza la mano como si quisiese asfixiar la serpiente y llamar la atención de Virginia quien —sin duda ése era su juego— quería llevar las cosas hasta un extremo intolerable. Pero tampoco oyó su voz, ni recibió señal alguna de su mano. Entonces, hundido ya en la incertidumbre, abrió los ojos, y en el fogonazo de un parpadeo sólo alcanzó a ver que Virginia viajaba también con los ojos cerrados y que, al frente, a pocos centímetros, el áspero y formidable pecho color ocre, de una enorme roca, los esperaba imperturbable.

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Tomado de Palabras al viento y otros cuentos. Edit Fundación Arte & Ciencia.

Como una rama

Ángel Galeano Higua

(Ejercicio de cuento)

1

Alistó la soga sin que sus padres lo notaran. La ocultó entre las ramas de la buganvilia florecida, de donde la tomaría cuando todos durmieran, incluido Nabuconodosor, que la pasaba tirado junto a la puerta y de allí no se movía hasta que amaneciera. Ni siquiera ladraba, era su formidable contextura lo que atemorizaba. A quien más obedecía era a ella: ¡Acuéstate!, y Nabuco se acostaba, quietecito. ¡Levántate!, y de un brinco se ponía de pie y paraba la cola y las orejas dispuesto a la acción. Pero aquella noche la niña no lo quería de pie.
Sin pensar en nada, esperó haciéndose la dormida, metida entre las cobijas con la chaqueta puesta y las botas listas debajo de la cama. Sus padres se acostaron después del noticiero y todo quedó en silencio. Aguardó unos minutos y salió a hurtadillas, cuidándose de no tropezar con nada.

 

2

De un tiempo para acá, al amanecer, el sordo rugido de los carros opaca el canto de los pájaros. El desayuno está listo, pero ella no acude. El padre echa un vistazo: perezosa, dormilona, vamos, es hora de desayunar e ir al colegio, no es momento de jugar. La cama está vacía. La madre lo corrobora. A gritos la llaman. Cunden los temores. Miran aquí y allí, no está. El mundo se les viene encima. Pronuncian su nombre mientras recorren la casa, salen a la calle y lo único que ven, además de a Nabuco tirado junto a la puerta, es a la cuadrilla de hombres que por estos días realizan trabajos en el parque.
Llaman a la policía. Nuestra hija ha desaparecido. Tocan en las casas, nadie la ha visto. Los vecinos corren asustados a comprobar que sus hijos sí están. Ella es la única que falta.

 

3

Un carro de esos con cabina para que los obreros se trepen y arreglen los postes y el alumbrado, llega con su ruido y su humo, y se planta al pie del laurel más grande. No vienen a arreglar ningún poste, ningún cable, lo que traen es motosierras. Esto es pan comido, dicen. Lo habían anunciado días atrás en el periódico. Hoy talarán ése y todos los árboles del parque. Tal es la orden impartida. Necesitan el terreno para construir un edificio. La firma constructora les dijo a los vecinos que ese era el progreso, la ciudad crece, serán afortunados, tendrán un centro comercial ahí mismo, en su barrio.

 

4

Amparada en las sombras de la noche, la niña trepó al árbol. Su árbol. Donde planeaba construir una casita de muñecas con su amiga de la casa de enseguida, como habían visto en un libro de historietas. Soñaban con esa casita hecha de tablas y la noticia de que derribarían el laurel las asustó hasta el llanto. Hagámosla esta noche, propuso ella. La amiguita no se decidió. Está bien, la haré yo. El problema era que ya no alcanzaba a conseguir las tablas ni con qué amarrarlas. Entonces cambió de estrategia: no permitirá que tumben el árbol. Si el árbol cae, ella caerá con él… Avísales a los demás.
Se acomodó en la horqueta formada por dos gruesas ramas que ya conocía y procedió a amarrarse a ellas con la soga. Primero los pies y luego la cintura, después echó un nudo que aprendió en una excursión del colegio, pero más complicado, que ni ella misma podrá deshacer.
Allí pasó la noche sintiéndose árbol. Nabuco no quitó la mirada ni un instante de la horqueta.

 

5

¿Cómo está vestida?… ¿A qué hora la vieron por última vez?… ¿Notaron algo raro en ella?… No han digerido todavía una pregunta cuando les cae otra y otra más. ¿Algo raro, dice usted, señor inspector?… Déjenos pensar, tenemos la cabeza a punto de estallar… No, nada raro… Tenía su pijama de florecitas que tanto le gusta… Veíamos el noticiero cuando nos dio el besito de las buenas noches… Ayúdenos, por lo que más quiera… No sabemos cómo ha podido desaparecer así. ¡No puede ser! Ni un rastro de nada… En cambio de preguntarnos tantas cosas, ¿por qué no la buscan?
¿Y si se fue para donde un familiar? ¿Qué dice?… Piénsenlo, un tío, los abuelos… Imposible, viven al otro extremo de la ciudad, ella no sabe llegar allá… Tengamos en cuenta que los niños de hoy son muy despiertos…

 

6

El jefe mira su reloj y da la orden. Dos obreros con su casco amarillo y guantes de cuero suben a la cabina como quien aborda una cápsula viajera. Llevan cuerdas especiales y una motosierra que la niña, desde arriba, identifica como un arma. Han acordonado alrededor del árbol. Todo va de acuerdo al manual de instrucciones.
De repente: ¡Levántate! Suena como una diana. Nabuco se pone de pie de un brinco y corre hacia el árbol. ¿Qué pasa?, pregunta el jefe de la cuadrilla… ¿De quién es ese perro? Deténganlo.
¡Es mío!, grita la niña. ¡Y si me tocan a mí o al árbol, él nos defenderá!
Desde la cabina los obreros la descubren. No saben qué hacer. Es una niña, parece una rama, dice uno de ellos por el radioteléfono. ¿Parece una rama?, explíquese… Sí, quiero decir que está amarrada al árbol.
Corren los padres de la niña, el inspector, los policías, asoman los vecinos, confundidos todos. Nabuco ladra por primera vez.

 

7

Se hallan tan sorprendidos intentando comprender cómo puede estar amarrada la niña allí, en lo alto del árbol, que no se dan cuenta cuando los niños salen de sus casas sigilosos, algunos con su mascota, y se dirigen a toda prisa, cada uno a un árbol, llevando una cuerda en sus manos…

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Medellín, julio 2 de 2017

Ejercicio escrito para el blog de Claudia Restrepo Ruiz, http://poesiaculinaria.blogspot.com.co, con motivo de sus primeros diez años en el ciberespacio.

El bocetero

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

Sabe que con el río a sus pies la imaginación corre más de prisa, las escenas se desbocan, se afanan sus manos. El puente de piedra fue escenario de un encarnizado combate del cual muy pocos se acuerdan. Lo escuchó de niño y esas escenas palabreadas en el aire nunca lo abandonaron. Oye los gritos, el choque metálico de las armas, el cascoteo de los caballos. Quiere librarse de aquella carga y para ello no cuenta más que con la afilada punta de su grafito.
Se sienta en la baranda. El morral a la espalda, las hojas enganchadas a la tabla y sobre su cabeza el sombrero aguadeño que sólo se quita para dormir. Desde allí puede ver los achocolatados guiños del agua que le alebrestan el pensamiento. Parece un chiquillo con las piernas colgando. Cree que aquellos muertos dejaron algo por decir y quiere revivirlos. Ha recorrido la ciudad recogiendo historias bajo los aleros, husmeando en las casonas, esculcando los parques y los ventorrillos. Y no era que le contaran las historias, sino que él las veía en la mirada. Procuraba deslizar sus ojos hacia el paisaje para no sentirse abrumado. Ante los primeros zarpazos de la pulsión, muchos empezaron a recelar de sus ojos que los transparentaba y huían como si estuviese infectado por un bicho que todo lo cristalizaba.

Ahora está allí, listo para bocetear la batalla. Sabe que desde lo alto puede ver mejor. El escenario para la lucha incluye los tres arcos del puente con su tangente de paso. Quiere imaginar los bandos, pero necesita el aliciente de unos ojos detonadores. Supone a los contingentes a lado y lado del río, mostrándose la furia. No son tiempos de armas automáticas. La única forma de ir a la contienda es atravesando el puente a pie o a caballo, armados de fusiles, machetes o palos. O cruzando el río a nado con el cuchillo entre los dientes. Quien controle el puente se pondrá en ventaja.

De pronto, como si la vida obedeciera a sus requerimientos, el bocetero ve que una mujer se dirige hacia el puente por el otro extremo. Falda larga y roja, blusa blanca de mangas cortas. El cabello luminoso se agita con el viento. La mujer se detiene. Duda. Hace mucho tiempo nadie cruza el puente y ahora están los dos: él, queriendo dar vida a una batalla que lo atormenta, y ella, engalanada como para una fiesta. Lleva unas sandalias tan delgadas que parece descalza. Avanza por el adoquinado. Sé quién eres, le dice de pronto. El bocetero se sorprende, pero logra permanecer en silencio mirándola de soslayo, ocultos los ojos bajo el ala de su sombrero.

¿Sabes quién soy? Le gustaría que se lo dijera. Y ella, como si le hubiera leído el pensamiento: Eres alguien de quien todos huyen. Él continúa callado, centrado en su cabello que se agita como un racimo de cometas. Vengo a que dibujes lo que ves en mis ojos. Su voz decidida es ajena a toda súplica. No dibujo lo que veo en los ojos, sino en la mirada. ¿Acaso no es lo mismo? Para nada, responde él, moviendo la cabeza. La mira pero sin fijar sus ojos en los de ella, eludiéndolos, más bien observándole el cabello que sigue aleteando, y los aretes plateados, y los labios carmesí que se le antojan como una carnosa herida. Mírame, no le tengo miedo a tu mirada, dice ella, desafiante. He venido para que mires mi vida y mi futuro y lo dibujes de una vez por todas.

El bocetero percibe una contenida furia en su voz y pretende tranquilizarla. No con palabras, él casi no habla, traza. Entonces mira, ahora sí, sus ojos desde una distancia que ha aprendido a controlar. Los dibuja como los ve, pero no dibuja la mirada. Cuando le enseña el dibujo la mujer sonríe. Está bien, pero falta, ¿no es cierto?, dibuje de mis ojos lo que quiera, le dice animándolo. Pero el bocetero le advierte que no dibuja lo que quiere sino lo que ve en la mirada. Bueno, está bien, lo que sea, contesta ella, dibuje lo que sea. La punta del lápiz empieza a corretear sobre la hoja, danza febril, dedos alucinados. Ojos fijos en los ojos, se deja embeber de aquellas dos lunas azulinas que lo miran. Ella se siente atravesada por los ojos negros que la navegan, hasta que sus recuerdos comienzan a fluir como una película. El bocetero aguarda a que aquel flujo se detenga, pero las escenas corren sin cesar. La mira como cuchicheándole que no se deje embaucar por los sinsabores de esa carrera memoriosa que la confunde y la desgasta. Al fin, el desfile de sucesos se hace más lento hasta detenerse en el borde del río. Alzándose la falda, se encarama de pronto sobre la baranda, como una equilibrista. El bocetero se asusta, ¡cuidado, puede caerse! Su cabello quiere irse detrás del viento y ella quiere irse detrás de su cabello. La mujer no sabe que él puede ver su destino y todavía guarda la ilusión de poseer su secreto. El bocetero vacila. Ella percibe la duda y lo desafía a que pinte lo que ve. Él se resiste, forcejea, hasta que aquella poderosa energía lo impele de nuevo a tomar el lápiz, y con trazos rápidos y precisos la dibuja. Un gran salto. Mujer pájaro sobre los arcos del puente. Él se admira de lo que ha logrado, sostiene una lucha dolorosa, aparece en su dibujo una belleza terrible que no conviene dejar ver de la mujer. Inventa una excusa, el dibujo no ha quedado bien, debo repetirlo. Piensa en cambiarlo, en engañarla para salvarla. Déjamelo ver, le exige la mujer, intrigada. Pero él se niega, se siente violentado por lo que sus manos han plasmado. Intenta borrar una parte, alterarlo, tachar, enmendar, pero la mujer le arrebata la hoja. Al ver el dibujo, el semblante de la mujer se avejenta, como si todos los cansancios acudiesen a engrosar las líneas de su rostro, como si hubiese sido sorprendida in fraganti con el gran secreto de su vida. Y sin que él pueda detenerla, se arroja de cabeza al vacío.

Aterrado, el bocetero comprende que su dibujo ha adquirido vida. Nunca había sido invadido por una confusión semejante. No puede dejar de mirar los círculos concéntricos en el río, insaciables gargantas que acaban de tragarse a la mujer. ¡No he debido dibujarla! ¿Qué hacer para no continuar esclavo de sus manos? Pero más que de sus manos, es aquella fuerza interior que lo avasalla por lo que ve. Algo debe hacer para liberarse. Lo que al comienzo fue virtud y talento, ahora es tormento.

Cuando los socorristas rescatan el cuerpo río abajo, frente a la Plaza de Toros, descubren en el bolsillo de su falda una desteñida carta en la que se despide de su familia y anuncia que nadie es culpable de su muerte, que la soledad la asfixiaba como un gas letal. Pero el bocetero no se siente liberado de culpa, su desazón aumenta, le parece que ella escribió esa carta para condenarlo en secreto y amarrarlo a su final. A partir de aquel día, muchos, al verlo, para ocultar su miedo lo insultan. Otros lo observan de lejos, temerosos, pero nadie lo mira de frente. Las mujeres les tapan los ojos a sus hijos y cambian de acera como si fuera un apestado.

Con la cabeza gacha, el sombrero más ladeado y los ojos cubiertos por unos lentes de vidrio ahumado, el bocetero se retira hacia los cerros de Santa Elena con la esperanza de no toparse con nadie. Lo alimenta la ilusión de que, desde allí, podrá observar el puente a sus anchas y dibujar la batalla que, según cree, se le revelará en cualquier momento. No ha terminado de acomodarse sobre una piedra, cuando ve que un ejército baja del cerro Nutibara y otro avanza por San Diego. Ambos se dirigen hacia el puente. Se quita los lentes, siente que lo envuelve una premura. A medida que los dos ejércitos acuden a su cita fatal, los ojos se le humedecen por la emoción. Cuando los dos bandos están a punto de chocar en mitad del puente, brota de entre las aguas del río un tercer ejército. La mano del bocetero tiembla, se le seca la garganta y penetra en su propio campo de batalla donde galopa sin control, hasta el instante en que dibuja lo que se le revela como la bandera flameante de quienes emergen del agua. Es la falda larga y roja de la mujer que cruza el puente, el cabello agitado por el viento, que le hace señas con los brazos en alto, solitaria e invicta.

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Cuento finalista en el Primer Concurso Nacional e Internacional “Gabriel García Márquez”, convocado por la Fundación Pro-Aracataca. 2017

 

Cambio de renglón

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

El tren metropolitano se deslizaba como la mantequilla en la sartén caliente. Yolanda había adquirido la costumbre de agregarle a aquel viaje, otro: el de la lectura. Aprovechando la vía sin altibajos se sentaba, sacaba su libro del bolso y se instalaba como si estuviese en la sala de su casa.

Cierto día, por la mañana, un brinquito imperceptible, como un hipo del vagón, hizo que los ojos de Yolanda saltaran dos palabras adelante en el renglón que leía. Atribuyó la pequeña variación a un parpadeo involuntario y devolvió la mirada para enlazar las palabras alteradas, continuando con la lectura como si nada hubiera sucedido.

carrilera-en-curvaLas idas y venidas siguieron pero ya no fueron los saltitos en el mismo renglón, sino el cambio evidente de línea lo que generó una especie de bucle en el hilo de aquella historia, que era la de un hombre que miraba mucho, obligando a Yolanda a desandar el relato. A la semana siguiente, el casi imperceptible brinquito le empujó la lectura dos renglones más abajo, donde el hombre que miraba mucho se hallaba estremecido por algo que había visto, no podía dormir y pasaba las noches enteras sumido en recurrentes visiones. El sutil movimiento del metro hizo que la mirada de Yolanda se desplazara varios renglones arriba, donde el hombre que observaba mucho aún no había entrado en el desasosiego y todavía dormía, aunque con los ojos abiertos.

La lectura sufría tales vaivenes que Yolanda empezó a sospechar que algo extraño sucedía, pero la conjetura le duraba sólo unos segundos porque luego retomaba el texto olvidándose del pequeño incidente. Dos días después descubrió que el pequeño salto sucedía en el mismo lugar. Suspendió la lectura en el retorno para prestar atención al instante en que el tren empezara a trepar el puente sobre el río. Desde allí se podía ver el Parque Norte con sus juegos mecánicos y el lago donde la gente iba a remar los domingos, se podía disfrutar la vista de la ciudad universitaria con sus campos deportivos y los edificios de las facultades y el teatro. A Yolanda le gustaba la fuente de la plaza central con su fiesta de agua cristalina aureolada por un pequeño arco iris. La película pasó pero sin que ella la disfrutara ese día porque su atención estaba puesta en el brinquito del vagón, atenta a cualquier alteración que le permitiera conocer la causa que afectaba sus lecturas. Pero no percibió nada extraño. Cosas de la vida, se dijo, recriminándose si no sería que imaginaba tonterías.

A punto estaba de olvidarse del asunto cuando, durante el viaje de regreso, el hombre que miraba mucho parecía a punto de enloquecer de tanto ver y en uno de esos recorridos que hacía con sus incansables pupilas resultó fijando su vista en ella, en Yolanda, que se leyó mirada por unos ojos color café, enigmáticos y a la vez curiosos. El tren metropolitano había sufrido de nuevo aquel sobresalto, desapercibido para los demás. Yolanda observó que sólo podía experimentarlo si iba leyendo. Así, a la mañana siguiente, pudo comprobar que cuando el metro iba en la mitad del puente sucedía el altibajo. Faltaba averiguar qué lo causaba.

Podría ser algo en los rieles, pensaba Yolanda. Pero ¿cómo comprobarlo? Tendría que ir a pie hasta el puente y eso no se lo permitirían. Lo más cuerdo sería informar al encargado del mantenimiento del metro. Sí, eso haría al día siguiente. Poco antes de abordar el metro se presentaría ante uno de los guardias, pediría que le permitieran hablar con el jefe de mantenimiento o por lo menos con alguno de los técnicos o de los empleados encargados de la seguridad de la vía y le contaría lo que estaba sucediendo, le diría que sus lecturas sufrían alteraciones por algo que había en la carrilera. No importaba si al principio no le creían, ella insistiría. ¿Acaso estaba inventando? Más tranquila por la decisión tomada, esa noche se acostó y soñó que el hombre que miraba mucho continuaba observándola como si quisiera decirle algo. A donde ella iba aquella mirada la seguía y cuando esos ojos entre enigmáticos y curiosos, le hicieron un guiño, Yolanda despertó sobresaltada.

Era tarde. Se duchó lo más rápido que pudo, pasó la peinilla por su cabello dos o tres veces, pero no alcanzó a maquillarse ni a desayunar, tomó su bolso a la carrera y bajó las escaleras de afán. Al regreso conversaría con los empleados del tren. A pesar de su esfuerzo no alcanzó a tomar el de las 6 y 15, el que acostumbraba todas las mañanas. Eso significaba que corría el riesgo de llegar tarde al trabajo, pues el próximo tren demoraría cinco minutos en pasar.

Contaba con ese tiempo, pero pensó que no le alcanzaría para conversar con el jefe de mantenimiento, así que de manera instintiva sacó el libro del bolso y se sentó a leer en una de las butacas. De tal manera se sumergió en el relato que no se percató de que hacía rato habían transcurrido los cinco minutos y el tren no llegaba. Sólo cuando terminó el capítulo final levantó sus ojos del libro y se asombró al ver tanta gente silenciosa y compungida en la estación. Quiso saber qué pasaba, por qué el retraso. Preguntó a unos y a otros, pero todos la miraban como sonámbulos. Al fin, uno de los guardias le informó que el tren se había descarrillado en el puente. Yolanda sintió que la abandonaban todos los parpadeos y que la garganta se le taponaba. El libro se le cayó de las manos y sin poder evitarlo se quedó lela mirando al vigilante quien, a su vez, la observaba con sus ojos cafés, enigmáticos y a la vez curiosos.

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NOTA :  Este cuento hace parte del libro Palabras al viento, con el cual el autor obtuvo el Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín. Se han publicado dos ediciones de esta obra, la última de reciente aparición fue editada en Medellín por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, con la presentación del escritor y periodista Juan José Hoyos.

 

Lucho Ávila

Ángel Galeano Higua
(Fragmento)

Pasan de uno en uno para la última conversación… Colonos y barequeros, mineros y aserradores, pescadores que vienen desde El Dorado y El Tagual, Tiquisio y Arenal, La Garita y Villa Uribe, Micumao y La Ventura, se aglomeran en susurros alrededor de la casa de la cooperativa donde yace el cuerpo inerte de Lucho.
Clemente ya regresó a las encumbradas entrañas de la serranía, donde la tierra se hermana con el cielo. Muchos de quienes en la tarde acompañaron al padre hasta su comunión final con los ancestros, ahora están allí, en Montecristo, para su última conversación con el hijo. Ni María Fernanda, ni Aura Elena, quieren desprenderse del féretro color caoba, salpicado por sus lágrimas, el mismo que Estefanía conservaba bajo su cama desde cuando cumplió cuarenta años, siguiendo una antigua costumbre de familia y que ahora cedió para guarecer a Lucho. Fabricado sobre medidas hace seis años por el carpintero de Montecristo, ha sido ataviado con la misma bandera de Colombia que cada mes izan los mejores alumnos de la escuela primaria y del colegio de bachillerato.
El río fue testigoSolano y su grupo, mientras tanto, se han parapetado en las afueras del pueblo, junto a una marranera. Ya no se atreven a pavonearse por la calle del Medio con sus enlodados driles de campaña, como al mediodía, ni por las calles aledañas. Se esconden con la zozobra de que Lucho puede que no esté del todo muerto. Solano, con sus ojos que parecen dos cuchilladas y su nariz de pájaro carroñero, quiere conversar e intenta poner tema, pero el silencio de sus compinches lo obliga a cerrar el pico. El obscuro transcurrir de las horas crea en varios de ellos la idea de que Lucho se levantará del ataúd y llegará hasta donde están agazapados. La noche se convierte en un largo tormento y Solano siente cómo sus hombres se mueven nerviosos, como si temblaran, sobre todo el más joven, recién reclutado e iniciado con esta tarea macabra del doble crimen. Su nombre de pila, aquel con el que su madre y su padre lo llamaban de niño, es Olegario, pero Solano se lo cambió por el alias de Camilo.
— Tan ingenuo este güevón —dijo Solano una noche cuando en un intermedio de su conspiración, hablaron de lo que él, Olegario, esperaba de la guerra.
— De la guerra no, de la revolución —le respondió Olegario, y luego habló de volver a su tierra para cultivarla, de tener buenos caminos para todos y de casarse con la muchacha de la finca de al lado, con quien siempre había soñado tener varios hijos—. Lo que más quiero de la revolución es la paz, la alegría.
— Lo que digo, tan ingenuo este güevón, se parece al curita de hace veinte años, sólo le falta la boina.
Solano soltó una carcajada, que más parecía una hilera de resuellos, y entre estertores lo motejó así: Camilo. Luego le advirtió: el mundo nunca cambiará y nosotros vinimos fue a lo que vinimos, no a dar misa ni sermones, así que aterrice, bájese de esa nube, “su reverencia”, no sea tan marica.
La noche es empujada por el murmullo de los rezos. Las linternas y mecheros sobran afuera porque la luna ha venido también, redonda de luz, a mirarlo todo, a alumbrar los andurriales por donde siguen llegando los sudorosos deudos.
En el patio, sobre la leña hecha brasa, en la ollaza de barro, se mantiene el café caliente endulzado con panela, que los dolientes se sirven con la totuma. Maryú y Selene se turnan cuando la bebida se acaba, y preparan más. En un rincón, las gargantas sedientas calman su deseo con el agua fresca de la múcura, cuya base redonda está acuñada con centenarias piedras bruñidas por la corriente de la quebrada.
De la boca de las mujeres brotan incesantes las letanías, sólo interrumpidas de vez en cuando por un lamento gritado que desgarra la noche y va a estrellarse junto a la marranera, donde Olegario cree ver a Lucho que llega sonriente con los dos agujeros en el cráneo, en los cuales Clemente, con la cabeza vendada y el sombrero puesto, le coloca flores rojas y amarillas.
Para los asesinos la noche es larga. En cambio, para el gentío es muy corta porque ninguno alcanza a conversar todo lo que quedó pendiente del sueño de arrozales y maizales, del mantenimiento del molino, del segundo Festival de la Cosecha, del cuidado de la recua de mulas recién adquirida, del concurso de lectura para niños, de la carrera de caballos proyectada en la cancha de fútbol no hace mucho arrancada a la manigua, del nuevo camino y el abastecimiento de víveres para los mineros de La Amargura, y tantas cosas más, como la próxima brigada de salud.
De pronto, en mitad de la conversa, la luna se vuelve sol y la pesadilla parece una fantasía y el gentío se siente liviano y compacto, como si todos fuesen Clementes y todos fuesen Luchos. El café de la ollaza es reemplazado por el sancocho de pescado para el desayuno. Varias mujeres y hombres deshollejan papas, yucas, ñame y pelan plátanos, mientras otros tiran el chinchorro en la quebrada para atrapar los peces. Aún la ollaza no ha soltado el primer hervor, cuando varios niños llegan corriendo y gritando:
— ¡Algo sucede! ¡Vengan a verlo!
— Niños, por favor, dejen la bulla, respeten —les dice Estefanía, con el índice en los labios.
— ¡Pero es que algo sucede allí, en las afueras! —insiste uno de los chicos.
— Profesor, ¿podría ir a ver de qué se trata? —le pide Estefanía a Alí, cuyo puesto en la cadena de vigilancia es cubierto de inmediato por un parroquiano..
Alí, con sus casi dos metros de estatura y sus grandes zancadas, al lado de varios montecristianos más, sigue a los chicos, que apresuran sus pasos hacia la marranera, sobre la cual ven, como sostenida por hilos invisibles, una densa nube negra que pende sobre la pocilga. Un pedazo circular de la noche se niega a abandonar la tierra. Al comienzo no se atreven a acercarse, aquello parece brujería, pero cuando Alí da un primer paso y lo siguen los demás, descubren en su interior el cuerpo de Olegario, alias Camilo, indefenso como un niño, que, con una cuerda al cuello, cuelga de un travesaño del techo. De Solano y los demás no hay otro rastro.
— Lo mató el remordimiento —dice Carlos Reyes al enterarse, y aplasta el aire en la palma de la mano izquierda con el puño de la otra.
— Era muy tierno para el remordimiento —opina Estefanía—, más bien lo mató la frustración y las órdenes de Solano —Estefanía mueve la cabeza como un péndulo, con un no reiterativo que, además de acusación, es dolor, perplejidad.
— Hay que ir a avisarle al inspector —dice con resignación—. Es para lo único que sirve.

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Tomado de El río fue testigo.

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