Cuentos


Como una rama

Ángel Galeano Higua

(Ejercicio de cuento)

1

Alistó la soga sin que sus padres lo notaran. La ocultó entre las ramas de la buganvilia florecida, de donde la tomaría cuando todos durmieran, incluido Nabuconodosor, que la pasaba tirado junto a la puerta y de allí no se movía hasta que amaneciera. Ni siquiera ladraba, era su formidable contextura lo que atemorizaba. A quien más obedecía era a ella: ¡Acuéstate!, y Nabuco se acostaba, quietecito. ¡Levántate!, y de un brinco se ponía de pie y paraba la cola y las orejas dispuesto a la acción. Pero aquella noche la niña no lo quería de pie.
Sin pensar en nada, esperó haciéndose la dormida, metida entre las cobijas con la chaqueta puesta y las botas listas debajo de la cama. Sus padres se acostaron después del noticiero y todo quedó en silencio. Aguardó unos minutos y salió a hurtadillas, cuidándose de no tropezar con nada.

 

2

De un tiempo para acá, al amanecer, el sordo rugido de los carros opaca el canto de los pájaros. El desayuno está listo, pero ella no acude. El padre echa un vistazo: perezosa, dormilona, vamos, es hora de desayunar e ir al colegio, no es momento de jugar. La cama está vacía. La madre lo corrobora. A gritos la llaman. Cunden los temores. Miran aquí y allí, no está. El mundo se les viene encima. Pronuncian su nombre mientras recorren la casa, salen a la calle y lo único que ven, además de a Nabuco tirado junto a la puerta, es a la cuadrilla de hombres que por estos días realizan trabajos en el parque.
Llaman a la policía. Nuestra hija ha desaparecido. Tocan en las casas, nadie la ha visto. Los vecinos corren asustados a comprobar que sus hijos sí están. Ella es la única que falta.

 

3

Un carro de esos con cabina para que los obreros se trepen y arreglen los postes y el alumbrado, llega con su ruido y su humo, y se planta al pie del laurel más grande. No vienen a arreglar ningún poste, ningún cable, lo que traen es motosierras. Esto es pan comido, dicen. Lo habían anunciado días atrás en el periódico. Hoy talarán ése y todos los árboles del parque. Tal es la orden impartida. Necesitan el terreno para construir un edificio. La firma constructora les dijo a los vecinos que ese era el progreso, la ciudad crece, serán afortunados, tendrán un centro comercial ahí mismo, en su barrio.

 

4

Amparada en las sombras de la noche, la niña trepó al árbol. Su árbol. Donde planeaba construir una casita de muñecas con su amiga de la casa de enseguida, como habían visto en un libro de historietas. Soñaban con esa casita hecha de tablas y la noticia de que derribarían el laurel las asustó hasta el llanto. Hagámosla esta noche, propuso ella. La amiguita no se decidió. Está bien, la haré yo. El problema era que ya no alcanzaba a conseguir las tablas ni con qué amarrarlas. Entonces cambió de estrategia: no permitirá que tumben el árbol. Si el árbol cae, ella caerá con él… Avísales a los demás.
Se acomodó en la horqueta formada por dos gruesas ramas que ya conocía y procedió a amarrarse a ellas con la soga. Primero los pies y luego la cintura, después echó un nudo que aprendió en una excursión del colegio, pero más complicado, que ni ella misma podrá deshacer.
Allí pasó la noche sintiéndose árbol. Nabuco no quitó la mirada ni un instante de la horqueta.

 

5

¿Cómo está vestida?… ¿A qué hora la vieron por última vez?… ¿Notaron algo raro en ella?… No han digerido todavía una pregunta cuando les cae otra y otra más. ¿Algo raro, dice usted, señor inspector?… Déjenos pensar, tenemos la cabeza a punto de estallar… No, nada raro… Tenía su pijama de florecitas que tanto le gusta… Veíamos el noticiero cuando nos dio el besito de las buenas noches… Ayúdenos, por lo que más quiera… No sabemos cómo ha podido desaparecer así. ¡No puede ser! Ni un rastro de nada… En cambio de preguntarnos tantas cosas, ¿por qué no la buscan?
¿Y si se fue para donde un familiar? ¿Qué dice?… Piénsenlo, un tío, los abuelos… Imposible, viven al otro extremo de la ciudad, ella no sabe llegar allá… Tengamos en cuenta que los niños de hoy son muy despiertos…

 

6

El jefe mira su reloj y da la orden. Dos obreros con su casco amarillo y guantes de cuero suben a la cabina como quien aborda una cápsula viajera. Llevan cuerdas especiales y una motosierra que la niña, desde arriba, identifica como un arma. Han acordonado alrededor del árbol. Todo va de acuerdo al manual de instrucciones.
De repente: ¡Levántate! Suena como una diana. Nabuco se pone de pie de un brinco y corre hacia el árbol. ¿Qué pasa?, pregunta el jefe de la cuadrilla… ¿De quién es ese perro? Deténganlo.
¡Es mío!, grita la niña. ¡Y si me tocan a mí o al árbol, él nos defenderá!
Desde la cabina los obreros la descubren. No saben qué hacer. Es una niña, parece una rama, dice uno de ellos por el radioteléfono. ¿Parece una rama?, explíquese… Sí, quiero decir que está amarrada al árbol.
Corren los padres de la niña, el inspector, los policías, asoman los vecinos, confundidos todos. Nabuco ladra por primera vez.

 

7

Se hallan tan sorprendidos intentando comprender cómo puede estar amarrada la niña allí, en lo alto del árbol, que no se dan cuenta cuando los niños salen de sus casas sigilosos, algunos con su mascota, y se dirigen a toda prisa, cada uno a un árbol, llevando una cuerda en sus manos…

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Medellín, julio 2 de 2017

Ejercicio escrito para el blog de Claudia Restrepo Ruiz, http://poesiaculinaria.blogspot.com.co, con motivo de sus primeros diez años en el ciberespacio.

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El bocetero

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

Sabe que con el río a sus pies la imaginación corre más de prisa, las escenas se desbocan, se afanan sus manos. El puente de piedra fue escenario de un encarnizado combate del cual muy pocos se acuerdan. Lo escuchó de niño y esas escenas palabreadas en el aire nunca lo abandonaron. Oye los gritos, el choque metálico de las armas, el cascoteo de los caballos. Quiere librarse de aquella carga y para ello no cuenta más que con la afilada punta de su grafito.
Se sienta en la baranda. El morral a la espalda, las hojas enganchadas a la tabla y sobre su cabeza el sombrero aguadeño que sólo se quita para dormir. Desde allí puede ver los achocolatados guiños del agua que le alebrestan el pensamiento. Parece un chiquillo con las piernas colgando. Cree que aquellos muertos dejaron algo por decir y quiere revivirlos. Ha recorrido la ciudad recogiendo historias bajo los aleros, husmeando en las casonas, esculcando los parques y los ventorrillos. Y no era que le contaran las historias, sino que él las veía en la mirada. Procuraba deslizar sus ojos hacia el paisaje para no sentirse abrumado. Ante los primeros zarpazos de la pulsión, muchos empezaron a recelar de sus ojos que los transparentaba y huían como si estuviese infectado por un bicho que todo lo cristalizaba.

Ahora está allí, listo para bocetear la batalla. Sabe que desde lo alto puede ver mejor. El escenario para la lucha incluye los tres arcos del puente con su tangente de paso. Quiere imaginar los bandos, pero necesita el aliciente de unos ojos detonadores. Supone a los contingentes a lado y lado del río, mostrándose la furia. No son tiempos de armas automáticas. La única forma de ir a la contienda es atravesando el puente a pie o a caballo, armados de fusiles, machetes o palos. O cruzando el río a nado con el cuchillo entre los dientes. Quien controle el puente se pondrá en ventaja.

De pronto, como si la vida obedeciera a sus requerimientos, el bocetero ve que una mujer se dirige hacia el puente por el otro extremo. Falda larga y roja, blusa blanca de mangas cortas. El cabello luminoso se agita con el viento. La mujer se detiene. Duda. Hace mucho tiempo nadie cruza el puente y ahora están los dos: él, queriendo dar vida a una batalla que lo atormenta, y ella, engalanada como para una fiesta. Lleva unas sandalias tan delgadas que parece descalza. Avanza por el adoquinado. Sé quién eres, le dice de pronto. El bocetero se sorprende, pero logra permanecer en silencio mirándola de soslayo, ocultos los ojos bajo el ala de su sombrero.

¿Sabes quién soy? Le gustaría que se lo dijera. Y ella, como si le hubiera leído el pensamiento: Eres alguien de quien todos huyen. Él continúa callado, centrado en su cabello que se agita como un racimo de cometas. Vengo a que dibujes lo que ves en mis ojos. Su voz decidida es ajena a toda súplica. No dibujo lo que veo en los ojos, sino en la mirada. ¿Acaso no es lo mismo? Para nada, responde él, moviendo la cabeza. La mira pero sin fijar sus ojos en los de ella, eludiéndolos, más bien observándole el cabello que sigue aleteando, y los aretes plateados, y los labios carmesí que se le antojan como una carnosa herida. Mírame, no le tengo miedo a tu mirada, dice ella, desafiante. He venido para que mires mi vida y mi futuro y lo dibujes de una vez por todas.

El bocetero percibe una contenida furia en su voz y pretende tranquilizarla. No con palabras, él casi no habla, traza. Entonces mira, ahora sí, sus ojos desde una distancia que ha aprendido a controlar. Los dibuja como los ve, pero no dibuja la mirada. Cuando le enseña el dibujo la mujer sonríe. Está bien, pero falta, ¿no es cierto?, dibuje de mis ojos lo que quiera, le dice animándolo. Pero el bocetero le advierte que no dibuja lo que quiere sino lo que ve en la mirada. Bueno, está bien, lo que sea, contesta ella, dibuje lo que sea. La punta del lápiz empieza a corretear sobre la hoja, danza febril, dedos alucinados. Ojos fijos en los ojos, se deja embeber de aquellas dos lunas azulinas que lo miran. Ella se siente atravesada por los ojos negros que la navegan, hasta que sus recuerdos comienzan a fluir como una película. El bocetero aguarda a que aquel flujo se detenga, pero las escenas corren sin cesar. La mira como cuchicheándole que no se deje embaucar por los sinsabores de esa carrera memoriosa que la confunde y la desgasta. Al fin, el desfile de sucesos se hace más lento hasta detenerse en el borde del río. Alzándose la falda, se encarama de pronto sobre la baranda, como una equilibrista. El bocetero se asusta, ¡cuidado, puede caerse! Su cabello quiere irse detrás del viento y ella quiere irse detrás de su cabello. La mujer no sabe que él puede ver su destino y todavía guarda la ilusión de poseer su secreto. El bocetero vacila. Ella percibe la duda y lo desafía a que pinte lo que ve. Él se resiste, forcejea, hasta que aquella poderosa energía lo impele de nuevo a tomar el lápiz, y con trazos rápidos y precisos la dibuja. Un gran salto. Mujer pájaro sobre los arcos del puente. Él se admira de lo que ha logrado, sostiene una lucha dolorosa, aparece en su dibujo una belleza terrible que no conviene dejar ver de la mujer. Inventa una excusa, el dibujo no ha quedado bien, debo repetirlo. Piensa en cambiarlo, en engañarla para salvarla. Déjamelo ver, le exige la mujer, intrigada. Pero él se niega, se siente violentado por lo que sus manos han plasmado. Intenta borrar una parte, alterarlo, tachar, enmendar, pero la mujer le arrebata la hoja. Al ver el dibujo, el semblante de la mujer se avejenta, como si todos los cansancios acudiesen a engrosar las líneas de su rostro, como si hubiese sido sorprendida in fraganti con el gran secreto de su vida. Y sin que él pueda detenerla, se arroja de cabeza al vacío.

Aterrado, el bocetero comprende que su dibujo ha adquirido vida. Nunca había sido invadido por una confusión semejante. No puede dejar de mirar los círculos concéntricos en el río, insaciables gargantas que acaban de tragarse a la mujer. ¡No he debido dibujarla! ¿Qué hacer para no continuar esclavo de sus manos? Pero más que de sus manos, es aquella fuerza interior que lo avasalla por lo que ve. Algo debe hacer para liberarse. Lo que al comienzo fue virtud y talento, ahora es tormento.

Cuando los socorristas rescatan el cuerpo río abajo, frente a la Plaza de Toros, descubren en el bolsillo de su falda una desteñida carta en la que se despide de su familia y anuncia que nadie es culpable de su muerte, que la soledad la asfixiaba como un gas letal. Pero el bocetero no se siente liberado de culpa, su desazón aumenta, le parece que ella escribió esa carta para condenarlo en secreto y amarrarlo a su final. A partir de aquel día, muchos, al verlo, para ocultar su miedo lo insultan. Otros lo observan de lejos, temerosos, pero nadie lo mira de frente. Las mujeres les tapan los ojos a sus hijos y cambian de acera como si fuera un apestado.

Con la cabeza gacha, el sombrero más ladeado y los ojos cubiertos por unos lentes de vidrio ahumado, el bocetero se retira hacia los cerros de Santa Elena con la esperanza de no toparse con nadie. Lo alimenta la ilusión de que, desde allí, podrá observar el puente a sus anchas y dibujar la batalla que, según cree, se le revelará en cualquier momento. No ha terminado de acomodarse sobre una piedra, cuando ve que un ejército baja del cerro Nutibara y otro avanza por San Diego. Ambos se dirigen hacia el puente. Se quita los lentes, siente que lo envuelve una premura. A medida que los dos ejércitos acuden a su cita fatal, los ojos se le humedecen por la emoción. Cuando los dos bandos están a punto de chocar en mitad del puente, brota de entre las aguas del río un tercer ejército. La mano del bocetero tiembla, se le seca la garganta y penetra en su propio campo de batalla donde galopa sin control, hasta el instante en que dibuja lo que se le revela como la bandera flameante de quienes emergen del agua. Es la falda larga y roja de la mujer que cruza el puente, el cabello agitado por el viento, que le hace señas con los brazos en alto, solitaria e invicta.

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Cuento finalista en el Primer Concurso Nacional e Internacional “Gabriel García Márquez”, convocado por la Fundación Pro-Aracataca. 2017

 

Cambio de renglón

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

El tren metropolitano se deslizaba como la mantequilla en la sartén caliente. Yolanda había adquirido la costumbre de agregarle a aquel viaje, otro: el de la lectura. Aprovechando la vía sin altibajos se sentaba, sacaba su libro del bolso y se instalaba como si estuviese en la sala de su casa.

Cierto día, por la mañana, un brinquito imperceptible, como un hipo del vagón, hizo que los ojos de Yolanda saltaran dos palabras adelante en el renglón que leía. Atribuyó la pequeña variación a un parpadeo involuntario y devolvió la mirada para enlazar las palabras alteradas, continuando con la lectura como si nada hubiera sucedido.

carrilera-en-curvaLas idas y venidas siguieron pero ya no fueron los saltitos en el mismo renglón, sino el cambio evidente de línea lo que generó una especie de bucle en el hilo de aquella historia, que era la de un hombre que miraba mucho, obligando a Yolanda a desandar el relato. A la semana siguiente, el casi imperceptible brinquito le empujó la lectura dos renglones más abajo, donde el hombre que miraba mucho se hallaba estremecido por algo que había visto, no podía dormir y pasaba las noches enteras sumido en recurrentes visiones. El sutil movimiento del metro hizo que la mirada de Yolanda se desplazara varios renglones arriba, donde el hombre que observaba mucho aún no había entrado en el desasosiego y todavía dormía, aunque con los ojos abiertos.

La lectura sufría tales vaivenes que Yolanda empezó a sospechar que algo extraño sucedía, pero la conjetura le duraba sólo unos segundos porque luego retomaba el texto olvidándose del pequeño incidente. Dos días después descubrió que el pequeño salto sucedía en el mismo lugar. Suspendió la lectura en el retorno para prestar atención al instante en que el tren empezara a trepar el puente sobre el río. Desde allí se podía ver el Parque Norte con sus juegos mecánicos y el lago donde la gente iba a remar los domingos, se podía disfrutar la vista de la ciudad universitaria con sus campos deportivos y los edificios de las facultades y el teatro. A Yolanda le gustaba la fuente de la plaza central con su fiesta de agua cristalina aureolada por un pequeño arco iris. La película pasó pero sin que ella la disfrutara ese día porque su atención estaba puesta en el brinquito del vagón, atenta a cualquier alteración que le permitiera conocer la causa que afectaba sus lecturas. Pero no percibió nada extraño. Cosas de la vida, se dijo, recriminándose si no sería que imaginaba tonterías.

A punto estaba de olvidarse del asunto cuando, durante el viaje de regreso, el hombre que miraba mucho parecía a punto de enloquecer de tanto ver y en uno de esos recorridos que hacía con sus incansables pupilas resultó fijando su vista en ella, en Yolanda, que se leyó mirada por unos ojos color café, enigmáticos y a la vez curiosos. El tren metropolitano había sufrido de nuevo aquel sobresalto, desapercibido para los demás. Yolanda observó que sólo podía experimentarlo si iba leyendo. Así, a la mañana siguiente, pudo comprobar que cuando el metro iba en la mitad del puente sucedía el altibajo. Faltaba averiguar qué lo causaba.

Podría ser algo en los rieles, pensaba Yolanda. Pero ¿cómo comprobarlo? Tendría que ir a pie hasta el puente y eso no se lo permitirían. Lo más cuerdo sería informar al encargado del mantenimiento del metro. Sí, eso haría al día siguiente. Poco antes de abordar el metro se presentaría ante uno de los guardias, pediría que le permitieran hablar con el jefe de mantenimiento o por lo menos con alguno de los técnicos o de los empleados encargados de la seguridad de la vía y le contaría lo que estaba sucediendo, le diría que sus lecturas sufrían alteraciones por algo que había en la carrilera. No importaba si al principio no le creían, ella insistiría. ¿Acaso estaba inventando? Más tranquila por la decisión tomada, esa noche se acostó y soñó que el hombre que miraba mucho continuaba observándola como si quisiera decirle algo. A donde ella iba aquella mirada la seguía y cuando esos ojos entre enigmáticos y curiosos, le hicieron un guiño, Yolanda despertó sobresaltada.

Era tarde. Se duchó lo más rápido que pudo, pasó la peinilla por su cabello dos o tres veces, pero no alcanzó a maquillarse ni a desayunar, tomó su bolso a la carrera y bajó las escaleras de afán. Al regreso conversaría con los empleados del tren. A pesar de su esfuerzo no alcanzó a tomar el de las 6 y 15, el que acostumbraba todas las mañanas. Eso significaba que corría el riesgo de llegar tarde al trabajo, pues el próximo tren demoraría cinco minutos en pasar.

Contaba con ese tiempo, pero pensó que no le alcanzaría para conversar con el jefe de mantenimiento, así que de manera instintiva sacó el libro del bolso y se sentó a leer en una de las butacas. De tal manera se sumergió en el relato que no se percató de que hacía rato habían transcurrido los cinco minutos y el tren no llegaba. Sólo cuando terminó el capítulo final levantó sus ojos del libro y se asombró al ver tanta gente silenciosa y compungida en la estación. Quiso saber qué pasaba, por qué el retraso. Preguntó a unos y a otros, pero todos la miraban como sonámbulos. Al fin, uno de los guardias le informó que el tren se había descarrillado en el puente. Yolanda sintió que la abandonaban todos los parpadeos y que la garganta se le taponaba. El libro se le cayó de las manos y sin poder evitarlo se quedó lela mirando al vigilante quien, a su vez, la observaba con sus ojos cafés, enigmáticos y a la vez curiosos.

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NOTA :  Este cuento hace parte del libro Palabras al viento, con el cual el autor obtuvo el Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín. Se han publicado dos ediciones de esta obra, la última de reciente aparición fue editada en Medellín por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, con la presentación del escritor y periodista Juan José Hoyos.

 

Lucho Ávila

Ángel Galeano Higua
(Fragmento)

Pasan de uno en uno para la última conversación… Colonos y barequeros, mineros y aserradores, pescadores que vienen desde El Dorado y El Tagual, Tiquisio y Arenal, La Garita y Villa Uribe, Micumao y La Ventura, se aglomeran en susurros alrededor de la casa de la cooperativa donde yace el cuerpo inerte de Lucho.
Clemente ya regresó a las encumbradas entrañas de la serranía, donde la tierra se hermana con el cielo. Muchos de quienes en la tarde acompañaron al padre hasta su comunión final con los ancestros, ahora están allí, en Montecristo, para su última conversación con el hijo. Ni María Fernanda, ni Aura Elena, quieren desprenderse del féretro color caoba, salpicado por sus lágrimas, el mismo que Estefanía conservaba bajo su cama desde cuando cumplió cuarenta años, siguiendo una antigua costumbre de familia y que ahora cedió para guarecer a Lucho. Fabricado sobre medidas hace seis años por el carpintero de Montecristo, ha sido ataviado con la misma bandera de Colombia que cada mes izan los mejores alumnos de la escuela primaria y del colegio de bachillerato.
El río fue testigoSolano y su grupo, mientras tanto, se han parapetado en las afueras del pueblo, junto a una marranera. Ya no se atreven a pavonearse por la calle del Medio con sus enlodados driles de campaña, como al mediodía, ni por las calles aledañas. Se esconden con la zozobra de que Lucho puede que no esté del todo muerto. Solano, con sus ojos que parecen dos cuchilladas y su nariz de pájaro carroñero, quiere conversar e intenta poner tema, pero el silencio de sus compinches lo obliga a cerrar el pico. El obscuro transcurrir de las horas crea en varios de ellos la idea de que Lucho se levantará del ataúd y llegará hasta donde están agazapados. La noche se convierte en un largo tormento y Solano siente cómo sus hombres se mueven nerviosos, como si temblaran, sobre todo el más joven, recién reclutado e iniciado con esta tarea macabra del doble crimen. Su nombre de pila, aquel con el que su madre y su padre lo llamaban de niño, es Olegario, pero Solano se lo cambió por el alias de Camilo.
— Tan ingenuo este güevón —dijo Solano una noche cuando en un intermedio de su conspiración, hablaron de lo que él, Olegario, esperaba de la guerra.
— De la guerra no, de la revolución —le respondió Olegario, y luego habló de volver a su tierra para cultivarla, de tener buenos caminos para todos y de casarse con la muchacha de la finca de al lado, con quien siempre había soñado tener varios hijos—. Lo que más quiero de la revolución es la paz, la alegría.
— Lo que digo, tan ingenuo este güevón, se parece al curita de hace veinte años, sólo le falta la boina.
Solano soltó una carcajada, que más parecía una hilera de resuellos, y entre estertores lo motejó así: Camilo. Luego le advirtió: el mundo nunca cambiará y nosotros vinimos fue a lo que vinimos, no a dar misa ni sermones, así que aterrice, bájese de esa nube, “su reverencia”, no sea tan marica.
La noche es empujada por el murmullo de los rezos. Las linternas y mecheros sobran afuera porque la luna ha venido también, redonda de luz, a mirarlo todo, a alumbrar los andurriales por donde siguen llegando los sudorosos deudos.
En el patio, sobre la leña hecha brasa, en la ollaza de barro, se mantiene el café caliente endulzado con panela, que los dolientes se sirven con la totuma. Maryú y Selene se turnan cuando la bebida se acaba, y preparan más. En un rincón, las gargantas sedientas calman su deseo con el agua fresca de la múcura, cuya base redonda está acuñada con centenarias piedras bruñidas por la corriente de la quebrada.
De la boca de las mujeres brotan incesantes las letanías, sólo interrumpidas de vez en cuando por un lamento gritado que desgarra la noche y va a estrellarse junto a la marranera, donde Olegario cree ver a Lucho que llega sonriente con los dos agujeros en el cráneo, en los cuales Clemente, con la cabeza vendada y el sombrero puesto, le coloca flores rojas y amarillas.
Para los asesinos la noche es larga. En cambio, para el gentío es muy corta porque ninguno alcanza a conversar todo lo que quedó pendiente del sueño de arrozales y maizales, del mantenimiento del molino, del segundo Festival de la Cosecha, del cuidado de la recua de mulas recién adquirida, del concurso de lectura para niños, de la carrera de caballos proyectada en la cancha de fútbol no hace mucho arrancada a la manigua, del nuevo camino y el abastecimiento de víveres para los mineros de La Amargura, y tantas cosas más, como la próxima brigada de salud.
De pronto, en mitad de la conversa, la luna se vuelve sol y la pesadilla parece una fantasía y el gentío se siente liviano y compacto, como si todos fuesen Clementes y todos fuesen Luchos. El café de la ollaza es reemplazado por el sancocho de pescado para el desayuno. Varias mujeres y hombres deshollejan papas, yucas, ñame y pelan plátanos, mientras otros tiran el chinchorro en la quebrada para atrapar los peces. Aún la ollaza no ha soltado el primer hervor, cuando varios niños llegan corriendo y gritando:
— ¡Algo sucede! ¡Vengan a verlo!
— Niños, por favor, dejen la bulla, respeten —les dice Estefanía, con el índice en los labios.
— ¡Pero es que algo sucede allí, en las afueras! —insiste uno de los chicos.
— Profesor, ¿podría ir a ver de qué se trata? —le pide Estefanía a Alí, cuyo puesto en la cadena de vigilancia es cubierto de inmediato por un parroquiano..
Alí, con sus casi dos metros de estatura y sus grandes zancadas, al lado de varios montecristianos más, sigue a los chicos, que apresuran sus pasos hacia la marranera, sobre la cual ven, como sostenida por hilos invisibles, una densa nube negra que pende sobre la pocilga. Un pedazo circular de la noche se niega a abandonar la tierra. Al comienzo no se atreven a acercarse, aquello parece brujería, pero cuando Alí da un primer paso y lo siguen los demás, descubren en su interior el cuerpo de Olegario, alias Camilo, indefenso como un niño, que, con una cuerda al cuello, cuelga de un travesaño del techo. De Solano y los demás no hay otro rastro.
— Lo mató el remordimiento —dice Carlos Reyes al enterarse, y aplasta el aire en la palma de la mano izquierda con el puño de la otra.
— Era muy tierno para el remordimiento —opina Estefanía—, más bien lo mató la frustración y las órdenes de Solano —Estefanía mueve la cabeza como un péndulo, con un no reiterativo que, además de acusación, es dolor, perplejidad.
— Hay que ir a avisarle al inspector —dice con resignación—. Es para lo único que sirve.

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Tomado de El río fue testigo.

Morir más

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

El niño ha muerto. Es de día pero no pueden asomarse afuera. A todo aquel que ha salido le han disparado. A Margaritainés le pegaron un tiro en la frente con sólo asomarse y a Obdulio le despedazaron el brazo que sacó por la ventana. El niño murió de fiebre, alguna infección y sin ni siquiera agua para humedecer sus labios. La madre le untaba su saliva o las lágrimas en los labiecitos, pero el niño murió. ¿Sería de hambre?, preguntó el padre. ¿El hambre da fiebre?, responde ella. En la casa reina el silencio. Con el alma apretujada, la madre quiere que a su hijo se le entierre en el cementerio. El padre, menos expresivo pero mordiendo el duelo, dice que eso no es posible, que si salen los asesinan. Pero la madre está triste, tanto que bordea el desespero. Al criaturito no lo podemos enterrar como a un perro, no, él es un ser humano, un inocente y a los inocentes se les entierra en un cementerio. Eso dice. Llora, llora con profundo dolor. El hombre sostiene que no es posible pero ella lo llama cobarde. Lo haré yo misma, dice, ¿qué importa morir más? Ya nuestro hijo no respira, ¿qué importancia tiene vivir? Tal vez tenga razón, empieza a pensar el padre, no vale la pena seguir así, sitiados, como enterrados en vida. Poco antes de medianoche los dos están convencidos de que deben salir a darle sepultura a su pequeño, enterrarlo como es debido. Por los pasadizos que han construido se comunican con los vecinos que colindan con el patio de atrás. Ellos también les dicen que no lo hagan, que es un gran riesgo, que pueden morir, pero la pareja ya no tiene duda. Sólo querían contárselo. Los vecinos opinan que es mejor enterrarlo en el patio, les ayudamos, traemos nuestras palas, haremos vigilancia. Pero para los padres aquello ya es inaceptable. Será enterrado como un ser humano, como un niño inocente, en donde podamos ir a visitarlo y a conversar con él y a llevarle flores, enfatiza la madre. La oscuridad es propicia para salir. Cubierta Palabras al viento jpgLos bandidos no conocen aquellos vericuetos y por eso no se aventuran a permanecer en los mismos sitios de francotiradores donde se ufanan de día y se juntan detrás de la casona que han usurpado al tendero Humberto. Tienen bloqueadas las dos salidas, pero desconocen la existencia de un corredor por el lado del caño. Por allí intentarán salir con el niño muerto. Ustedes verán, les dice la madre a los vecinos, si quieren arriesgarse es cosa de ustedes, se lo agradecemos, por supuesto, pero no se lo pedimos. Los vecinos deciden colaborar conmovidos por la firmeza de la madre, sienten el torrente por sus venas y reafirman su voluntad. La suerte está echada, ¡qué carajo! Al poco rato las sombras se deslizan. Una silueta de mujer va agachada cargando a un niño en sus brazos, como si lo arrullara. La siguen otras sombras sigilosas con sus palas en la mano. Son una extraña procesión. Cada palada con que perforan la tierra es silenciosa, como sus respiraciones. Cuando están echando la tierra encima del envoltorio, la luz de una linterna hiere las tumbas y no les queda más remedio que tirarse al suelo mientras sobre sus cabezas pasa el chorro mortecino. Luego vuelven a su labor. Entre ahogados sollozos, la madre le susurra las últimas instrucciones al pequeño que yace bajo el montículo. Los hombres la esperan sudorosos. ¿Para qué regresar?, pregunta la madre. El silencio es mayor… Ustedes sí, porque tienen a sus hijos allá, ¿pero nosotros? Nadie responde. El padre dice gracias y estrecha la mano a cada vecino. Luego, se separan, como si unos y otros buscaran los extremos de la noche.
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Tomado del libro Palabras al viento y otros cuentos, Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín, 2a. Edición. Fundación Arte y Ciencia. Pg. 101

Clemente

Ángel Galeano Higua

(Fragmento)

En la tienda de Martiniano, el primer desplazado de San Mateo, no hay aguardiente. Tampoco tinto, con el cual Leonardo pretendía a esa hora neutralizar las ansias de Nicario. Les toca ir al estanquillo que queda junto a la iglesia del Caño, o a la tienda de Henry, en el Barrio Sur. Se deciden por la de Henry y al cabo de media hora regresan a la oficina. Nicario está más calmado. Leonardo también. El hecho de haber caminado por la calle de Las Damas, despejada a esa hora, y con el aire fresco de la noche, oloroso a río, les ha llevado un poco de sosiego, sobre todo a Nicario, que debe enfrentar ahora la parte de Clemente que falta. Por eso, echa mano del recurso etílico. Busca, con la ayuda de un par de tragos, tener los arrestos necesarios para contar aquella dolorosa historia.

La noche se repite en los labios de Nicario, pero más profunda. Los hombres se hallan sumidos en el sueño más pesado que antecede al amanecer, cuando el cuerpo parece abandonado por el espíritu o es puro espíritu, y los sensores han perdido su capacidad de reaccionar ante estímulos externos. En el relato de Nicario se reitera el viaje por aquellos extraños y livianos mundos tan cercanos a la penumbra, cuando los inocentes de todas las épocas son víctimas de las hordas insomnes que no conocen la paz del alma, sino que se debaten entre las zozobrantes ambiciones del poder, alimentadas por el apetito feroz de intrigas y traiciones.El río fue testigoPor eso, el piquete de hombres armados llegó a San Mateo a las cuatro de la mañana e irrumpió en los ranchos de barequeros, arrieros y aserradores y los reunió, medio dormidos aún, junto a la escuela. Escogieron a unos cuantos rehenes y los llevaron al otro lado de la quebrada, pero antes dijeron: si nos pasa algo, ellos la pagarán. A esa hora, en El Dorado, no se había levantado nadie. Dionisio, por ejemplo, el viejo aserrador que siempre abandonaba la hamaca a las cuatro de la mañana, aquel día siguió durmiendo como nunca. “Yo creo que cuando van a pasar las cosas, es así”, dice Nicario. Utilizaron a Lisandro, uno de los barequeros de La Amargura, para que llamara a Clemente. Para obligarlo le pusieron el revólver en la cabeza a la pequeña Marledys, una de sus hijas, y le dijeron: Hágalo o despídase de ella. Así de criminal es la guerrilla. En medio de aquel silencio aterrador, todos oyeron, en la desfalleciente voz de Lisandro, el nombre de Clemente, cuyas sílabas de idéntica vocal se elevaron en zigzagueante vuelo por las montañas y lamieron las copas de los árboles. El viejo colono se extrañó, no sólo por la hora en que lo urgían, sino por aquel raro temblor en la otrora firme voz de Lisandro. Se asomó con cautela y al presentir la muerte entre las sombras se devolvió de un salto y trancó la puerta, enseguida perforada por la ráfaga. Clemente respondió con la escopeta de doce tiros que mantenía siempre a mano detrás de la puerta, la misma escopeta que Lucho vería, siete horas después, en poder de Solano, el más viejón de los asaltantes. Luego cometió el error de asomarse por uno de los agujeros que había hecho como mirador, pero lo que vio no fue la silueta agazapada del enemigo, sino una explosión negra que esparció toda su memoria por el universo. Quedó irreconocible de la nariz para arriba. Oliva, que estaba aferrada a él, lo sintió desgonzarse, y cuando vio que sus manos largaban la escopeta supo que le habían arrancado la vida. Entonces empezó a gritarles, como enloquecida, que la mataran también a ella y a los niños, y cuando salió, al cabo de un cuarto de hora, con la niña de tres meses alzada, Lisandro, desde donde lo tenían encañonado, la vio con los pies descalzos bañados en sangre. Los asaltantes pararon la balacera y Solano le dijo que si Clemente no estaba muerto entonces la matarían a ella. Lo único que Oliva atinó a gritarles fue: ¡Asesinos! ¡Cobardes! ¡¿Por qué no siguen disparando?! Los otros niños estaban tendidos en el suelo. Las hamacas estaban agujereadas por las balas. Clemente las colgaba bajitas para no ser blanco fácil, pero esa noche los pequeños las colgaron altas y Clemente, tan pronto entró, después de percibir la emboscada, lo primero que hizo fue voltearlas con rapidez haciendo rodar a los niños por el suelo. Quédense tendidos y quietos, les ordenó, no levanten la cabeza, y así se quedaron hasta que aquellos hombres armados entraron y los sacaron a empellones. Luego, los niños vieron cómo saquearon su casa y la tienda de la cooperativa e irrespetaron, también, las pequeñas cosas cotidianas con que ellos tanto jugaban.
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Tomado de El río fue testigo (2003)
Edit. Universidad de Antioquia. Pág.184

En la boca del cura
Ángel Galeano Higua

(Cuento)

Había querido flotar, sentirme liviano como un pájaro o como un pez, y cuando me creí cercano a esa levedad irrumpió aquel fuego graneado desde ambas orillas. El remolcador Doña Rosario, la embarcación más grande que haya transitado por la cuenca del Gran Río, se bamboleaba como un barquito de papel. Aún no habían transcurrido ni cuatro días desde que zarpamos del puerto de Soplaviento, dos leguas al norte de Baracoa. El sol de aquellas seis de la mañana era una naranja inmensa que empezaba a rodar más allá de Islagrande, salpicando al mundo con su jugo luminoso. Recuerdo que también se embarcaron los de la brigada de salud: Óscar Mauricio, el médico, y Biviana, la bacterióloga, pero ellos se quedaron en la desembocadura del Cauca dos días después. Yo continué hacia El Dorado, donde me establecería durante dos meses con la biblioteca ambulante.

En la boca del curaSentirme pájaro o pez era una constante en mis sueños, pero nunca imaginé que aquel ejercicio flotante fuese roto de aquella manera. Liborio Pineda, Alberto Moreno y otros ancianos de cabello blanco, decían que el remolcador Doña Rosario se había deslizado por aquellas aguas desde los inmemoriales tiempos de la «Revolución en marcha» y de la gran huelga de los braceros que paralizó el transporte, no sólo en el gran cauce, sino por cuanto caño había. También contaban que miles de pescadores y colonos, cultivadores y mineros, dependieron por varias generaciones de aquella formidable tienda flotante que llevaba desde la sal y el azúcar hasta el cemento y el petróleo, cereales y refrescos, baterías y repuestos para tractores. La tienda móvil más surtida que se haya visto y el único correo que hilvanaba, como un arácnido, la intrincada telaraña de poblaciones esparcidas por la gran cuenca. La embarcación resoplaba mientras entregaba los víveres encargados y negociaba el oro extraído de Minallena y Muchooro y la noble madera de La Garita y Bosque Azul. En su poderosa lentitud hizo también las veces de ambulancia y también lugar de alborozo cuando en cubierta viajaron las cantaoras de Talaigua y Chico Cervantes, los Corraleros de Majagual, los Gaiteros de San Jacinto y Totó la Momposina… Surtidor incansable, fuese en tiempo de tormenta o de sol, de corraleja o de luto, nunca había tenido que soportar semejante lluvia letal, como la que relampagueaba aquella noche. Aguacero letal que no caía del cielo sino que brotaba de las armas disparadas por los hombres apostados en las dos orillas.

El día que partimos Fredy me ayudó, poco antes del amanecer, a subir los tres arcones con los libros de la biblioteca ambulante, verdaderos baúles de cedro que Ómar nos obsequió nueve meses atrás, al ver la forma lamentable como transportábamos los libros en desgarradas cajas de cartón, amarradas con cabuyas y zunchos. Cojan la madera que necesiten, nos dijo el día que clausuramos la brigada cultural, pero Jaqueline, que no tenía riendas en la lengua, lo emplazó para que hiciera el favor completo: ¿no ves que con las tablas así no sacan nada? Omar se puso ahí mismo a pulir la madera y me preguntó de qué tamaño quería los cajones y si les ponía o no bisagras o si los curaba con aceite o si los pintaba y de qué color. Al tercer día los cinco empaques de cartón raído fueron reemplazados por tres señores arcones, resistentes y pulidos, de tal manera calafateados que los cuatro elementos, aire, agua, polvo y sol, nunca penetrarían por sus junturas. Ahora sí tenemos biblioteca ambulante, recuerdo la deliciosa voz de Beatriz, entre sarcástica y festiva, mientras pasaba sus dedos delicados por la madera olorosa. Los 750 libros más el globo terráqueo, cupieron en un compartimiento especial y los diccionarios en otro. Todos los rigores acrisolados en aquellas brigadas se compensaron con el regalo. Lloviera a mares o se encabritaran los ríos, ni una gota salpicaría los libros.

Para mover cada arcón se necesitaban tres hombres, pero la última vez nos tocó a Fredy y a mí subirlo al jeep de Nasly. Me parece oír cuando los amortiguadores del carro chirriaron ante el peso de los libros y Nasly debió conducir despacio. Mientras más nos acercábamos a la ribera más húmeda se hallaba la arena, hasta que las llantas patinaron y eso nos obligó a cargar las arcas sobre los hombros. Cruzamos el playón y ascendimos por el tablón que servía de puente hasta el remolcador. Nasly alumbraba el camino con la linterna. Antes debíamos esperar de últimos por si quedaba espacio en la embarcación, de lo contrario teníamos que pagar el transporte en algún yonson o en la flota de la Niña Chechi. Varias veces nos tocó postergar la brigada por falta de dinero, pero con el paso del tiempo y gracias a nuestra persistencia, cierto día, durante las fiestas de La Candelaria, don Jaime, el propietario de la empresa naviera, le ordenó al capitán del remolcador que a partir de ese instante reservara para la biblioteca ambulante suficiente espacio bajo techo y lejos del calor de las turbinas. No se le olvide, enfatizó el naviero dirigiéndose al capitán, quien desde entonces cumplió la orden con alegría casi infantil, puesto que él mismo leía un libro en cada viaje. Prefiero las novelas, me confesó un día, porque en varias de ellas he encontrado la forma más parecida a esta vida que llevo.

Esa noche éramos quince, entre marineros, maquinistas, auxiliares de mecánica y electricistas, bodegueros, cocineros, los dos timoneles y el capitán. Sólo el médico y la bacterióloga que conformaban la brigada de salud, y el guía, se habían marchado. Recuerdo que era mediodía y el sol estrellaba su chorro contra el follaje por donde ellos se internaron.

— Doctor, ahí está La Ceiba esperándolo —dijo sonriente el capitán. El remolcador mermó su marcha mientras aquellos misionarios, con sus ojos juveniles y el morral a la espalda, transbordaron a la canoa de la cooperativa que salió a esperarlos. El guía, un adolescente nativo, cargó la caja con el microscopio apoyándose con sus pies desnudos sobre el borde de la canoa hasta colocar el instrumento en el bote. Yo también desembarcaría, pero sería 48 horas más tarde, en El Nogal, y en lugar de microscopio y vacunas llevaba un alimento poderoso todavía inapreciado por los pobladores: la biblioteca ambulante.

De la grabadora que se hallaba sobre la mesa del comedor, brotaban canciones de Juan Piña y Rafael Orozco con las cuales soñaba un marinero en su hamaca guindada a babor.

El viaje transcurrió en paz hasta cuando aquella ráfaga nos detuvo a mitad de camino. Intenté identificar el lugar donde nos hallábamos pero me sentí tan perdido como cuando de niño jugábamos a la gallina ciega. Lo de aquella noche no era un juego de niños sino una perversa empresa de adultos en cuyo fuego nos hallábamos cautivos. Quise aprovechar el brillo de los fogonazos para tratar de reconocer el lugar, pero la tupida silueta de los árboles fugaces más allá de la ribera enmarañada y el pardusco reflejo del agua no me ayudaron a ubicar sino a confundir. Como si existiese un pacto, la luna tampoco daba la cara y en cambio un viento frío correteó. Sobre el remolcador varias nubes se sumaron a la confabulación.

Eran las diez, o mejor dicho las veintidós horas, como dijo el capitán, cuando esa primera ráfaga hirió el silencio desde la orilla izquierda y el reguero de balas cayó en el agua a pocos metros del remolcador. De golpe la paz se hizo tan evidente porque se esfumaba.

— ¿Qué fue eso? —preguntó el marinero que descansaba en su hamaca, pero el interrogante se deshizo con el eco de la balacera que devoró la música del acordeón y el murmullo del río.

— Todo ha marchado de acuerdo al plan de viaje —Inclinado sobre la mesita de su camarote el capitán escribía en su diario, alumbrado por la breve luz de la lámpara, cuando la ráfaga espantó el sosiego y las próximas palabras quedaron represadas en la punta del bolígrafo. Se puso de pie y apagó la luz. La sangre palpitaba a toda velocidad en sus sienes y su pecho no daba la medida para su corazón. Por la ventanilla, chorreada por la luz roja a babor, vio la silueta del marinero sentado en la hamaca.

Fueron tres segundos entre una y otra ráfaga, tiempo suficiente para ver pasar la película de nuestra propia vida. Volví a mi infancia, quiero decir a mi esencia, pero esos recuerdos se hicieron añicos con otra ráfaga proveniente de la orilla opuesta.

— ¡Todos al piso! —gritó el capitán, ya en la puerta de su camarote. Vi cuando uno de los maquinistas se tendió, a estribor, alumbrado por una luz verde. El capitán repitió la orden y también se tiró al piso jalándome de la camisa. En un viaje anterior él me había hablado de un posible asalto al remolcador. Están dañando la zona, dijo, preocupado por la racha de atracos en el río, como el que cometieron contra una chalupa donde viajaba una brigada de salud, los despojaron de todas sus pertenencias incluido el instrumental, aunque su afán era por el oro, el dinero y los víveres. Ya no hay respeto ni por las mujeres, dijo el capitán, si algún día la emprenden contra el remolcador no sé qué vamos a hacer para defendernos. El capitán era un hombre alto y fornido, de rostro tostado por el sol y curtido por los vientos del Sur. La gente vive como puede, prosiguió, pero alguien viene con un arma en la mano a imponerles un orden extraño y luego llega otro con una arma igual a decirles que ese no es el orden… Ajá, ¿entonces?

Tendido sobre la gruesa lámina de acero del piso sentía en mi pecho el rugir de las turbinas y el murmureo del agua que lamía la nave transmitiéndole esa temperatura extraída a lo largo de su recorrido y con la cual perseveraba como la aorta de un gigante dormido. El juramento que hice varios años atrás de enseñarle a leer a nuestros compatriotas del sur de Bolívar corría el riesgo de quedar truncado. De repente, con todos mis sueños quedaba al borde del abismo. ¿Qué había hecho con mi vida? A esa hora pudiera estar cómodamente sentado en la poltrona de la sala oyendo un concierto de Beethoven o de Bach, o conversando con mis padres y mis hermanos, o departiendo con algún grupo de amigos, o en algún cine viendo a Natasha Kinski, o disfrutando del amor con Flor Marina, filosofando entre susurros sobre la delicia de sus labios y volviendo a la caricia soñada, buscando eternizar el corrientazo embriagador. Pero Flor Marina prefirió quedarse en la ciudad, y hasta mejor que hubiera sucedido así porque de lo contrario estaría también allí, en peligro como yo.

Nuevas ráfagas cayeron muy cerca del remolcador para amedrentarnos, como si al herir al río ablandasen una posible resistencia de la tripulación y a la vez se estuviese dirimiendo el predominio sobre la embarcación. La nave disminuyó la marcha y en medio del fuego quedó convertida en rehén equidistante. Parecía como si aquellos hombres armados quisieran gobernarla pero ninguno se atrevía a lanzarse al asalto. Supusimos que querían el remolcador íntegro y sin un solo rasguño, que lo necesitaban para ganar su guerra, pues tendrían víveres y combustible para mucho tiempo y controlarían el paso por el Gran Cauce. El capitán se arrastró hasta la cabina de mando donde los dos timoneles permanecían firmes en su puesto. Yo lo seguí.

— Manténganlo así, despacio y sin variar el curso, pero apaguen la luz —les ordenó el capitán, ya de pie en el interior de la cabina. Luego, a tientas, encendió el radio transmisor y le envió un mensaje al naviero, poniéndolo al tanto de la situación.

— Capitán, aguante hasta que amanezca —la voz del empresario se oyó como si el viento la empujase desde muy lejos— Voy a pedir ayuda.

El capitán recordó cuando don Jaime, asesorado por un alto mando militar, le dijo que debía llevar armas para defenderse, pero él se negó. «Un arma es, de todos modos, una afrenta», les había dicho. Apagó el transmisor y se sumió en sus cavilaciones. Darle armas a la tripulación significaba entrar en esa guerra que tanto odiaba, era hacerles el juego a unos y a otros y aceptar el laberinto sin salida de una aventura fratricida.

— Yo no estoy en guerra y usted tampoco, ¿verdad?, ni la tripulación, a pesar del abandono en que Dios y los hombres han mantenido a esta región —No sabría decir si el capitán se dirigía a mí o pensaba en voz alta. Yo, por mi parte, sostenía mi propio combate, muy distinto y a muy largo plazo. Mi armamento iba embalado en los arcones y cada libro era un proyectil que apuntaba directo al alma. La música permanecía invicta en medio del gatilleo, como una paradoja. Aguardábamos no sé qué, inmóviles, como si el tiempo no transcurriera.

— Mi deber es salvar la vida de toda la tripulación —dijo el capitán. Luego me preguntó cuántos hombres armados creía yo que habría en las dos orillas. No lo sé, le respondí, pero parecen muchos. Sí señor, son muchos, por lo menos tres veces más que nosotros. Dijo que lo más seguro era que mientras unos disparaban otros se estarían preparando para el abordaje, aunque el río allí no era manso. Al escucharlo imaginé a los asaltantes trepando a cubierta, empapados pero disparándonos a quemarropa. Habría que esperarlos en el borde de la nave y golpearlos tan pronto asomaran la cabeza. Recordé la navaja de camping que mi hermano me había regalado en la última navidad y la palpé en uno de mis bolsillos. Con ella me defendería, pensé. El problema era que la noche estaba muy oscura y el capitán había ordenado apagar todas las luces, diferentes a los reflectores que caían sobre el hilo de la corriente. Me atreví a comentar que era muy riesgoso mantener el remolcador en movimiento. Aun cuando fuese muy lentamente podría estrellarse. El capitán estuvo de acuerdo pero dijo que debíamos sostenernos en mitad del río, alejados de ambas orillas. De pronto se oyó un altavoz:

—¡Capitán, detenga el remolcador! —el mensaje provenía de la ribera izquierda y tenía un tono seco, castrense. El silencio en oleadas acarició la noche, acentuando la incansable música del acordeón. El capitán tomó el megáfono y preguntó al lado de la noche de donde provino la orden que quiénes eran y qué querían.

— ¡Haga lo que le decimos, nada más. Deténgase! —respondieron de allá mismo.

— ¡Somos gente de paz y estamos desarmados, ¿qué quieren?! —El canto entreverado con las notas del acordeón, la tumbadora y el clarinete, persistía con su trotecito ancestral.

— ¡Nosotros somos los que hacemos las preguntas! ¡Deténgase de una vez por todas!

— Si no nos dicen quiénes son y qué quieren, no nos detendremos! —varias ráfagas cayeron sobre el remolcador y las balas rebotaron sobre la estructura metálica silbando y arrancando chispas.

— ¿Qué hacemos, capitán? —preguntó uno de los timoneles

— ¡Ocupen los puestos de emergencia y abran bien los ojos!

Una ráfaga destruyó el reflector izquierdo y luego una chalupa intentó acercarse al remolcador, pero una granada disparada desde la otra orilla se estrelló contra ella iluminando el río. Los dos grupos iniciaron un enfrentamiento y el capitán impartió la orden de dar marcha atrás. Yo me parapeté detrás de los arcones. No supimos cuánto tiempo duró aquel fuego cruzado pero el remolcador alcanzó a retroceder cuatro leguas ayudado por la corriente. Los asaltantes debieron suspender hostilidades al ver que habíamos reculado. Quizás se efectuó una reunión de emisarios en mitad del río, donde antes estaba el remolcador y tal vez no se pusieron de acuerdo porque cada uno querría apropiarse por entero del remolcador. No sería extraño que unos hicieran pensar a los otros que en el remolcador iba un pelotón del enemigo y que todo había sido una trampa. Por lo que sucedió después debieron convenir que no sería para ninguno y unieron sus fuerzas para hundir el remolcador al amanecer. Nos bombardearían sin contemplaciones. La noche fue una larga incertidumbre. La grabadora había enmudecido y sólo se oían las turbinas y las gárgaras que la hélice hacía con el agua del río revuelto. Atrincherado entre los arcones recordé la campaña que durante varios meses adelantamos por todo el país para conseguir aquellos libros. El Atlas Universal y La Isla del Tesoro, La Ilíada y La Odisea, el Algebra de Baldor y la Aventura del pensamiento de Einstein, El mensajero sideral de Galileo y Kepler y El Proceso de Kafka, los tres tomos de la Historia de la Literatura y el Arte y las Biografías de grandes compositores. Decenas de novelas de los grandes maestros. Poemas como la Canción de la noche profunda y Morada al Sur. Cuántas gestiones para reunir aquella biblioteca detrás de la cual ahora yo me protegía. Ninguno de los cuatro elementos podía penetrar en los arcones, de tal suerte que ni una gota de agua mojaría los libros. Aquellos arcones podrían flotar, ¿por qué no?, podrían ser mi salvavidas. Animado por esa idea me dediqué a empujarlos hasta el borde de la embarcación. Al verme en el ajetreo, el capitán me dijo que yo era libre para tirarme al agua pero me aconsejó que no lo hiciera antes de la Boca del Cura pues allí acudían varios ríos y quebradas formando un tenebroso remolino. Además, me dijo que si lográbamos llegar allí al amanecer estaríamos a salvo y no tendría necesidad de zambullirme. Una gran tensión envolvía a la tripulación cuando a las tres de la mañana cayó un rayo anunciando tormenta. Creímos que aquella era la señal para iniciar el asalto. Con el relámpago nos vimos unos a otros como fantasmas y luego se desgajó el agua. En el radio transmisor la señal del naviero sonó débil pero insistente:

— Llamando al remolcador Doña Rosario … Llamando … —La voz sonó victoriosa entre las interferencias, para informarle al capitán que las Fuerzas Armadas tenían la orden directa de la Presidencia de la República de no movilizarse ni disparar un sólo tiro porque estaban negociando la paz y que a lo sumo un avión echaría un vistazo, nada más.

— ¿Entonces no hay ayuda?

— Ninguna, capitán, a este país se lo llevó el putas —dijo el empresario, entre cansado e indignado— Sálvense ustedes, no se pongan a carajear, yo voy a quedar arruinado, pero la vida vale más que todo el oro del mundo.

El día asomó su nariz neblinosa entre la lluvia y el capitán trató de auscultar el hilo de la corriente y las orillas con los binóculos, pero no pudo ver nada.

— Sé que estamos cerca a la Boca del Cura —dijo— Lo siento en el aire…

— ¡Alguien viene! —gritó un marinero. En un santiamén varias chalupas brotaron de entre la neblina. Grupos de asalto con metralletas en la mano y bandas cruzadas sobre el pecho repletas de balas y granadas al cinto, rodearon al remolcador. Eran ellos, en diez chalupas, todos con pasamontañas. Había algunas mujeres. Se les veía dispuestos a dispararnos en cualquier momento. Mientras unos llamaron nuestra atención por un lado, otros subían a cubierta por el otro. Nos ordenaron agruparnos con las manos en la cabeza y luego revisaron el remolcador palmo a palmo.

— ¿Dónde está su capitán?

— Aquí estoy —respondió éste con dignidad— ¿Por qué nos atacan?
— ¡Cállese! ¡Y dígale a los esbirros que salgan con las manos en alto!

— ¿Cuáles esbirros?, los que vamos aquí somos trabajadores, gente de paz.

— Hablo de los que llevan escondidos, lo sabemos… De todas maneras vamos a darles chumbimba, ¿entiende?, ¡vamos a volar esta mierda!

— Pero ¿por qué?

— Por sapos.

— ¡No!, están equivocados, somos trabajadores…

— Nunca nos equivocamos. Póngales el regalito —Varios hombres montaron en el cuarto de máquinas, sobre las turbinas, varias cargas de dinamita con relojes. El capitán les dijo que no sacaban nada haciendo aquello. Que los perjudicados eran los pobladores de la región. Que lo que llevaban allí eran alimentos y mercancías. Que si querían se lo llevaran a él de rehén pero que dejaran ir a los demás. Que les respetaran la vida, que eran gente humilde…

— ¡Cállese!, parece un loro. ¿Por qué nos desobedecieron allá arriba?

— No sabíamos que eran ustedes.

— ¿Qué se hicieron? ¿cuántos eran? ¿Dónde se bajaron?… ¡A ver, usted! —y sacaron a empellones a la negra Nicolasa, la encargada de la cocina—. ¡Arrodíllese! —el asaltante puso el cañón de la metralleta en la cabeza ensortijada de Nicolasa.

— A ver, negra, ¿dónde se quedaron? —el capitán trató de intervenir pero lo golpearon en la nuca. Un marinero intercedió, dijo que ella no sabía nada, que nadie sabía nada, pero la negra lo interrumpió:

— Se quedaron en Barranquilla —dijo.

— ¡Qué negra tan graciosa! —alegó el que parecía el comandante—. ¡Que chiste tan caro, negra, te costó la vida!

— ¡Déjala, compa —dijo otro, también con facha de comandante—. No vale la pena, queremos es a los monitos esos… ¿Qué hora es? —preguntó al último que salía del cuarto de máquinas.
— Quedan cinco minutos —respondió éste.

— ¡Muchachos, vámonos! ¡Díganle al capitán, si es que despierta, que saludes al Presidente! —Abordaron las chalupas y desaparecieron. Dos marineros arrastraron al capitán y se lanzaron con él al agua. Otros los siguieron y empezaron a nadar con desespero buscando la orilla. La nave volaría en mil pedazos en menos de cinco minutos y había que irse pronto y lo más lejos. Un marinero me ayudó a empujar dos arcones al río y nos lanzamos al agua. Sólo Nicolasa se quedó a bordo, arrodillada y quieta. No atendió nuestros gritos: ¡Tírate!, le decíamos, ¡Va a estallar, sálvate! Pero estaba paralizada y sorda. Debimos nadar dejándola allí sin ni siquiera tiempo para el dolor, porque la corriente nos halaba con fuerza.

El capitán tenía razón, estábamos en la Boca del Cura y sobre el agua tumultuosa y violenta la neblina moribunda luchaba contra el sol naciente. Al vernos flotando, los demás se aferraron también de los arcones y enseguida entramos todos en el portentoso hilo de la corriente.

Medellín, Junio 1995 – abril 1996

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Tomado del libro En la boca del cura y otros relatos. Edit. Fundación Arte & Ciencia, Medellín, Junio de 2000. Pg. 63

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