Ensayo


Ser “descalzo” es una forma de vida

Ángel Galeano Higua

El río fue testigo es una especie de devolución de lo que tomé prestado a ese puñado de utopistas modernos conocidos como “los descalzos”. Durante 40 años les he seguido la pista a varios de ellos admirado por su entrega, por esa suerte de devoción casi religiosa con que construyeron a pedacitos un mundo nuevo en la década de los 80. Porque ellos alcanzaron a construir un mundo nuevo, aunque por poco tiempo, en algunos lugares de Colombia.

Tuve la fortuna de enrolarme como cronista de esa odisea. De la mano del soñador mayor, Francisco Mosquera, una antorcha siempre encendida, y con mi corazón prendado de una mujer que lo dejó todo por entregarse al servicio de los más pobres de nuestro país, valiéndose no sólo de sus conocimientos y destrezas en el campo de la salud, sino echando mano de una infinita capacidad de trabajo y sacrificio: Carmen Beatriz, una auténtica descalza.

Francisco Mosquera, el estratega de los descalzos (Foto archivo El Pequeño Periódico, 1984)

Un cronista con ínfulas de aprendiz de escritor, es decir, un hombre con su propio sueño, lo que equivale a algo inútil para la sociedad en términos económicos y prácticos. No obstante, esa aparente inutilidad puede proyectarse como una conciencia dispuesta a hablar. Está presente, vive, respira, fluye como un río y como un río es testigo, no sólo de lo que se extiende más allá de sus orillas, sino del torrentoso cauce que corre sin cesar.

En ese tránsito y con la mirada cargada de curiosidad y asombro, comprendí que no podía guiarme por un solo pálpito, ni una sola voluntad, sino que existían muchos puntos de vista y que mi deber como periodista y escritor era aprender de todos ellos para poder contarlo después. Ser cronista de “los descalzos”, de sus acciones y reveses, de sus nostalgias y temores, y también de quienes en las comunidades recibían esa ofrenda como un milagro humano. Tomar atenta nota de quienes los combatían desde todos los niveles del poder, con el camuflaje de “insurrectos errantes” que combinaban “todas las formas de lucha”, o la tosca posición de la autoridad local o nacional, o parapetados en la sombra delincuencial de los narcos y otras pandillas.

A nombre de todos los credos conspiraron contra el sueño de los descalzos y en esa medida propiciaron un abigarrado cuadro de personajes y situaciones, de los cuales un aprendiz de escritor no puede darse el lujo de despreciar a ninguno. Al contrario, con el júbilo de quien encuentra un tesoro, los he querido recoger en mi morral de viajero, a donde van a parar todas las historias que me asaltan en los caminos.

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Algunos descalzos asistentes a la presentación del libro en Bogotá, (Nov. de 2017)

Los primeros descalzos que conocí regaban su pregón en los barrios surorientales de Bogotá. Los vi desarrollar tareas de organización en los barrios de invasión y en una monumental refriega con la policía del Distrito cuando, luego de varios meses de meticulosa preparación, cuajó un multitudinario paro cívico exigiendo transporte público hasta Juan Rey, en la carretera a los llanos, que nos desbordó a todos. Tomé mis primeros apuntes y coleccioné recortes de prensa que aún conservo, con la idea de escribir un libro de cuentos. Recuerdo a líderes excepciones de esa zona como la liberal gaitanista, Cecilia Camacho de Orellanos. Eran los años del gobierno liberal de Alfonso López Michelsen. Entonces cursaba estudios de Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional.

Con la primera oleada juvenil que abandonó la ciudad, tuve la oportunidad de conocer el trabajo pionero en la zona cafetera, en una apartada vereda de Neira a orillas del río Cauca, a donde se había descalzado Arnulfo Cifuentes, uno de los activistas de los cerros surorientales de la capital, en compañía de Olga Lucía Giraldo. Allí los vi intentando, por primera vez, cambiar sus manos de intelectuales por los de labriego. Esfuerzos infructuosos a la postre. Cabalgué con ellos por esas empinadas cumbres llevando mi proyector manual de filminas, para proyectar en un telón improvisado de una finca las imágenes de un encuentro campesino realizado en la vereda La María. Los campesinos lanzaban exclamaciones, entre incrédulos y asustados al verse plasmados en esa sábana prestada por la esposa del mayordomo.

Después viajé a la región tabacalera del Carmen de Bolívar y Ovejas, donde me establecí durante más de un año. A pesar de las condiciones muy difíciles escribí mi primer libro relacionado con esta gesta, una especie de novela de más de 200 páginas, que recogía la vida del carmero Rufino Tamayo y su familia campesina dedicada al cultivo del tabaco, y a una mujer hermosa a la que llamaban La Turca, ataviada casi siempre con un turbante de colores vivos y que vivía en una casita de palma en las afueras de Ovejas, quien no sólo me invitaba a almorzar cuando la visitaba en compañía de Tito, otro descalzo oriundo de San Juan Nepomuceno, sino que nos contaba historias de su oficio de leer el tabaco. Entre los personajes resaltaba un maestro del colegio cuyo nombre, por desgracia he olvidado, quien me abrió varias puertas de amistad con pobladores de aquel pueblo donde había nacido el gran músico Lucho Bermúdez. Cuando terminé de escribirla la envié a Bogotá para evitar que la policía me la incautara, ya que en cualquier momento podía ser interceptado como sospechoso: no era de la región, no tenía empleo, y para completar me reunía con campesinos y líderes de la población. Varios años después, en una visita a Bogotá me dirigí a la casa frente a La Rebeca de la calle 26, buscando al secretario regional a quien había confiado mi manuscrito, pero para mi sorpresa me dijo, con todo el desparpajo, que no recordaba dónde la había dejado. Retomé mis estudios de ingeniería, pero mi pensamiento estaba ya en otro viaje.

En mi definitivo paso por Medellín y Antioquia, pude acompañar a varias delegaciones en campaña y comisiones del periódico, a diferentes poblaciones alejadas. Tomé apuntes de cuanto podía, entrevistas y anécdotas. En Medellín, por ejemplo, fui testigo de la marejada humana que llegó huyendo de la violencia, a lo que hoy se conoce como la Comuna 13. Esas montañas se poblaron de la noche a la mañana con miles de familias que buscaban donde detenerse en la desesperada carrera que habían iniciado en Urabá y otras poblaciones del noroccidente antioqueño por salvar su vida. Vi cómo esos compañeros se esmeraban día y noche por ayudarlos en la organización comunal, trazaban calles, establecían pilas de agua comunitaria, aunaban las fuerzas de los desplazados en medio de las contradicciones propias de aquel desorden.

De la mano de los dirigentes sindicales conocí los grandes centros de producción textilera en Itagüí, Bello y Medellín, los socavones de las minas de carbón de Amagá y Titiribí y estuve en el entierro de más de cien mineros que murieron achicharrados por la explosión del grisú, en una tragedia anunciada de la cual los responsables fueron la empresa y el gobierno. Asistí a muchos sindicatos en la elaboración de sus periódicos y aprendí de su coraje y su persistencia, pero también conocí de sus carencias culturales y las limitaciones impuestas por el establecimiento para dificultarles el acceso al mundo del libro, de la literatura, del arte y de la ciencia.
Y en todos estos trances, cada año, el “Día más luminoso de la tierra”, el Primero de Mayo, que sigo celebrando aunque sea en la intimidad de los recuerdos.

A finales de los años 70, estando radicado en Medellín como maestro del INEM, conocí a la descalza con quien he vivido desde entonces. Y con ella nos fuimos para el Sur de Bolívar, llevando con nosotros a nuestra pequeña hija Bárbara de dos años. Abandoné mis estudios que había retomado en la sede de la U. Nal en Medellín. Doble revolución para mí, desde entonces no he vuelto a ser el mismo. Fue una ruptura que tanto ella como yo quisimos que fuera total, hasta que a los 10 años de estar allí, se hizo imposible continuar por el grave peligro cernido en el Sur de Bolívar y en todo el país, por parte de los grupos armados, y tuvimos que regresar a Medellín para empezar de nuevo, desde cero.

El río fue testigo corresponde a este tramo y el puerto de Magangué como base principal desde donde irradiaron su acción más de 35 descalzos provenientes de diferentes regiones del país.

Aquí funcionó el Centro Médico de Especialistas, Calle de Las Damas de Magangué, desde donde los descalzos organizaron cientos de brigadas de salud para los pobladores del Sur de Bolívar. (Foto archivo de El Pequeño Periódico)

En este libro aparecen los hechos históricos tal como sucedieron y se constituye en mi alegato fundamentado y mi denuncia del asesinato de nuestros compañeros por parte de los grupos armados. Lo terminé de escribir por primera vez en el año 2000, fue publicado en el 2003, sin editar y ahora, con el concienzudo trabajo de relectura, corrección y edición que me llevó más de tres años, y el acompañamiento de mi mujer y mi hija, de algunos amigos y la mirada incisiva y crítica de Conrado Zuluaga, recorro el país entregándolo no solo a aquellos valientes e inolvidables descalzos donde quiera que estén, sino, y sobre todo, a las nuevas generaciones para que conozcan esta trascendental estrategia revolucionaria concebida y dirigida por Francisco Mosquera, única en el país y quizás en Latinoamérica.

Al contrario de lo que algunos puedan pensar, ésta no se ha agotado, sino que se proyecta como una necesidad para que Colombia ingrese, al fin, en el camino de la autonomía, la dignidad, la modernización y el auténtico desarrollo armónico fruto de la diversidad y las contradicciones. Ser descalzo es una forma de vida, una concepción y una ruta, sin importar dónde nos hallemos ni con quién. Los descalzos siempre dirigen su mirada hacia un horizonte en el que todos los colombianos disfrutaremos algún día con dignidad y en armonía, sin discriminaciones de ningún tipo, del gran misterio de la vida. ¿Cómo no escribir sobre esta generación y sus atrevimientos vigentes?

La peor desgracia que le puede pasar a una nación es que suceda una dislocación entre generaciones, una ruptura en esa cadena de la memoria. Por ello no debemos ahorrar ningún esfuerzo para contarles a los niños y a los jóvenes esta historia que sucedió, que es real, y que El río fue testigo recrea con la fuerza y la pasión propias de quienes la inspiraron. He venido a devolver lo que tomé de ustedes, los descalzos, con la vergüenza de no haber alcanzado la altura sublime que esta saga merece, pero con la alegría de haberlo intentado.
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Palabras de Ángel Galeano Higua durante la presentación del libro El río fue testigo, ante un grupo de descalzos y amigos reunidos en Bogotá el 16 de noviembre de 2017.

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Perfil del científico Raúl Gonzalo Cuero Rengifo

Inventar es algo tan serio como un juego de niños

Ángel Galeano Higua

(Ensayo)

El objeto prohibido
Algo alborota la curiosidad del niño. Cada vez que cruza la habitación siente que lo atrae. Es un objeto que su padre trajo luego de uno de sus largos viajes de ultramar y que puso sobre el escaparate con la perentoria advertencia de que nadie debe tocarlo. Esta prohibición aumenta la inquietud del niño a tal punto que ya no puede soportarlo más y aprovecha que su padre se hace de nuevo a la mar para estirar la mano y rozar sus aristas. Teme que como el aparato está hecho de metal y no de madera podría quemarle la mano, pero sólo percibe tres hileras de círculos sostenidos por delgadas palanquitas que semejan el costillar de un pescado. Ese primer atisbo aviva su desazón. Con el paso de los días sus dedos se tornan más atrevidos, pulsa uno de aquellos círculos en cuyo centro hay dibujado un signo y lo siente hundirse. Ignora de qué se trata pero ya no puede dar marcha atrás, quiere saberlo todo sobre ese aparato.
La curiosidad extrae lo mejor de él y se da a la furtiva tarea de averiguar qué tipo de artefacto es, y si sirve para algo. Tiene siete años y ya posee su primer secreto. No quiere que nadie se entere, ni siquiera su hermano César, menor que él, con quien pasa tardes enteras, descalzos, pateando la pelota de trapo en la empantanada calle de La Loma. Tampoco quiere que su abuela Estefanía lo sepa, ni su bisabuela Petronila a quien visita todas las tardes en su casa de bahareque, techo de paja y lata, donde tanto lo amañan los rituales ancestrales de la comunidad negra, esos baños que la anciana le prodiga con agua calentada al sol y perfumada con hierbas aromáticas que ella recoge sabiamente en el monte. Inclusive deja pasar varios domingos sin recorrer los diez kilómetros que lo separan de La Carretera, el bailadero que queda en la vía hacia Cali, adonde acostumbra ir a escuchar música y observar, escondido detrás de las puertas, cómo baila la gente para memorizar los pasos y practicar después en su casa. Anhela ser grande para poder bailar en pareja el son y el guaguancó.
Tampoco se detiene a observar los lagartos que andan por aquí y por allí, ni tampoco se distrae en la casa de su abuela mirando las cucarachas que andan en pareja.
Pasan los días y como ya sabe en qué momentos puede acercarse al aparato, lo explora sin que nadie lo vea. Una tarde, de pronto, reconoce el artefacto en una película: es una máquina de escribir. Semejante descubrimiento lo alebresta aún más, sobre todo porque sus padres no saben leer ni escribir. Se rebusca una cinta y se da mañas de ponerla a funcionar utilizando los talegos de papel en que empacan el arroz en la tienda vecina.
Aprende a escribir a máquina por su propia cuenta y cuando ingresa a la secundaria en el colegio Pascual de Andagoya es un experto sólo superado por Chila, su hermana, y por Vaquita, su vecino, quien no obstante tener medio lado paralizado por una apoplejía, es más rápido a pesar de utilizar un solo dedo. Rosita, la profesora de mecano-taquigrafía, se impacienta tratando de inculcarle el método tradicional, pero Raúl persiste en su propio modo que le da velocidad y precisión aventajando a los demás estudiantes, entrega el primero los ejercicios pero como no los hace con el método tradicional, la profesora no le reconoce la máxima nota. No importa, él prosigue con su propio sistema.

Este sencillo hecho sucedido en el puerto de Buenaventura a mediados de los años 50, muestra la forma como Raúl Gonzalo Cuero Rengifo ha capoteado la vida siguiendo su propio sistema de “supervivencia”, hasta lograr la cúspide de la eficiencia y creatividad científicas. Levantándose sobre las propias limitaciones de la comunidad afrocolombiana en el Pacífico, pobre y olvidada, sin héroes ni referencias universales, Raúl se ha convertido en un gran inventor que trabaja con la NASA y recorre el mundo gracias a su inagotable curiosidad y la forma inteligente y creativa de sortear las dificultades. Con su madurez para relacionar ideas y fenómenos, lograda a lo largo de su vida, y la universalidad de su pensamiento ha pulverizado la creencia de que la raza negra es incapaz de encumbrar la ciencia y hacer grandes aportes a la humanidad.

Infancia y curiosidad
El caso de la máquina de escribir es apenas una muestra de la manera particular como Raúl Cuero abordó en su niñez y adolescencia las múltiples y variadas experiencias que se le han presentado en la vida. Él afirma que la persistencia en su propio método de escribir “comprueba que la eficiencia es más importante que la convención”, pero no desconoce que los métodos cambian con el tiempo y “hay que estar alerta mientras se mantiene la esencia”.
Su infancia, poblada de fantasmas y espíritus, fue rica en rituales y costumbres de origen africano traídas por sus antepasados a Buenaventura, principal puerto colombiano sobre el Océano Pacífico donde nació Raúl en 1948, hijo de Olimpa Rengifo, una mujer negra cimarrona, y Félix Cuero, negro también, elegante y de gran estatura, marinero de la Flota Mercante Grancolombiana. La influencia por parte de la familia materna fue fundamental. Eran siete mujeres que vivían en la misma casa: la abuela Estéfana, y la bisabuela Petronila, a quien Raúl acompañaba por los caminos identificando plantas, recolectando hojas, palpándolas, oliéndolas, probándolas, estimulando su apetito por el conocimiento. “Mi madre era la única que vivía en su propia casa con su marido y sus hijos”, a no menos de cinco cuadras de distancia. Su bisabuela, antes de cada comida, echaba un grano de arroz bajo el piso de madera en honor de los que habían muerto y lanzaba otro al aire para los pobres que aún estaban vivos. Con el tiempo, Raúl, en uno de sus viajes a África descubriría que aquella era una costumbre en el país de Ghana, pero allá en lugar de arroz lo hacían con las bebidas.
En más de una ocasión fue víctima del “mal de ojo”: fuerte dolor de cabeza y estómago, fiebre, inapetencia, pérdida de peso, que hubiera podido llevarlo a la muerte si las tres mujeres de su vida: madre, abuela y bisabuela, no lo hubieran arropado “apretadamente en sábanas de algodón”, frotado con perfume de laurel Bayrum y lo alimentado a la fuerza con infusiones de “felidonia” y “escobabosa”, hierbas recogidas por Petronila en sus paseos, y remataron el tratamiento con un repugnante bebedizo que Raúl debió tomar una vez al día bajo la luna llena, hasta que se curó.
La situación de pobreza era tal en Buenaventura que no tenían juguetes, ni libros, ni agua potable. Tenían que inventar sus propios juegos y juguetes, lo que redundaba en beneficio de la creatividad. Y sus padres, iletrados y estrictos, le decían que aprendiera a leer y escribir sino quería quedarse como cargador de bultos en el muelle. El régimen de disciplina en el hogar era muy severo y los castigos no se hacían esperar a la menor falta, sobre todo para los tres hombres, a quienes la madre les sumergía la cabeza en una pila de agua hasta que pataleaban. El orden en la casa era planeado con rigurosidad por la madre, que distribuía las tareas a cada uno de los diez hijos. Después de las siete estaba prohibido salir a la calle, pero Raúl burlaba aquella regla cuando los novios de sus hermanas estaban de visita, entonces se fugaba hasta la plazoleta frente a la Estación de Bomberos para jugar al fútbol o piropear a las muchachas. Tuvo dos novias que le enseñaron a bailar.
Podría pensarse que estas vivencias son despreciables para un científico, pero para Raúl Cuero, no. Las cuenta como si las volviera a esculcar y goza porque sin ellas no hubiera podido desarrollar su creatividad. Desde niño nada le fue desdeñable. Sortear las adversidades le estimuló la búsqueda de explicaciones de los hechos, de las ideas y creencias. Tal fue el caso un domingo que debían asistir a misa y comulgar, con sus impecables uniformes blancos, pero él, por haberse quedado jugando al fútbol en la playa el día anterior, olvidó confesarse y cuando corrió a la iglesia con sus ropas embarradas el sacerdote, que era un “paisita”, no lo quiso confesar y lo acusó de haber pisado la casa de Dios sucio y oliendo a lodo como el diablo. Creyó que su madre lo consolaría, pero ella lo castigó hundiéndolo de cabeza en una pila de agua. Desde entonces comenzó a dudar de los sacerdotes, “a quienes había idolatrado hasta ese día” y deseó estar ya en la secundaria para no tener que confesarse ni ir obligado a misa.

Grandes temas, grandes misterios
A raíz de la negativa del clérigo a confesarlo, Raúl discutió con los profesores sobre la religión, empezó a buscar una explicación de la existencia de Dios y como uno de los maestros dijo que Dios estaba en todas partes, Raúl partió la cola de una lagartija y dijo que Dios debía estar en esa cola porque seguía moviéndose y sería bueno comprobarlo con un microscopio. Por supuesto recibió un castigo pero ello no opacó sus deseos de estudiar ciencias biológicas. Al contrario, empezó a plantearse el origen de la vida, interrogante que lo llevaría a las profundas pesquisas que se convertirían en el eje principal de sus investigaciones científicas.
Sus padres le inculcaban el amor por el estudio, pero de quien recibió el ejemplo de exponer las ideas fue de Vaquita, el vecino que nunca terminó la escuela primaria pero fue un autodidacta disciplinado. Tenía una tienda donde se reunían abogados, políticos y deportistas a tertuliar mientras bebían cerveza. Raúl se escondía debajo de las mesas para escuchar los debates y soñaba con que algún día llegaría a ser como ellos que hablaban de la Segunda Guerra, de negocios y religión, mujeres y política, mil temas de los cuales no entendía nada, pero le fascinaba la forma cómo exponían sus argumentos. Motivado por esas tertulias regaló sus libros de tiras cómicas y se concentró en lecturas “más serias”. De esa manera llegó a sus manos el libro El origen de la vida, de Oparín, con el que incursionó por primera vez en la evolución. Lo leía tanto que se le desencuadernó y debió remendarlo con engrudo. “Lo llevaba a todas partes como un buen amuleto de la suerte”.
La vida era un enigma que empezaba con las afugias de cada día y, además del deporte, lo que más les ayudaba a sobrellevarla era la música. La salsa era el alimento del alma. Benny Moré, Ismael Rivera, Cheo Feliciano, Héctor Lavoe, eran sus héroes inmortales.
Enmarañada en esa herencia de ancestros, llegaba esta música a Buenaventura que bailaban como si la llevaran en la sangre. Al comienzo la salsa fue calificada por los sectores más conservadores de la sociedad como música del demonio, incivilizada, propia de los negros y no apta para blancos. Un origen parecido al del jazz, que con los años se convirtiría para Raúl en su música predilecta.

La muerte de César
Otro acontecimiento lo marcó de manera profunda: la muerte de su hermano menor. César era el mejor de la clase y a los trece años sobresalía también como jugador de fútbol. Raúl lo admiraba, creía que llegaría a ser un gran deportista a semejanza de otros bonaverenses que se han destacado a nivel nacional e internacional, como Delio “Maravilla” Gamboa y Víctor Campaz. Aunque a Raúl le gustaba más el baloncesto, en el cual destacaría luego a nivel nacional gracias a su empinada estatura, habilidad y efectividad, los dos hermanos jugaban al fútbol descalzos porque carecían de recursos para comprar guayos y los demás utilizaban unos zapatos con clavos metálicos en lugar de tacos o taches. Durante un partido César resultó herido en una pierna, el tratamiento no fue el apropiado, se infectó con el tétano y en dos semanas murió.
Fue tan grande el impacto para Raúl que la manera de sublimar su dolor consistió en estudiar con más ahínco y dedicar sus logros a la memoria de su hermano. El nombre de Buenaventura era un espejismo, no había la tal buena ventura. Eran muchos los que nacían pero pocos los que sobrevivían. Para sobrevivir había que estar alerta todo el tiempo, no podían darse el lujo de descuidarse un solo instante. Tenían que obrar positivamente si no querían sucumbir. El fallecimiento de su hermano hizo pensar a Raúl en la muerte y el abandono. Buenaventura estaba al margen del país, la mayoría era descendiente de ancestros africanos pero no eran conscientes de ello. Como vivía entre negros, Raúl sentía que no pertenecía a ninguna minoría, no se consideraba diferente a los demás, todavía no había experimentado el trato con los blancos del interior, conocidos con el “afectuoso apodo de paisitas”.

Calentamiento obligado
Jugar sin descanso le sirvió de alivio. Jugaba con otros muchachos en un parque del centro de Buenaventura desde donde podía divisar el puerto, los enormes barcos mercantes de diversas banderas anclados y el tranquilo e inmenso Océano Pacífico al fondo. Procuraba llegar antes que los demás para dejarse ir en sueños de viajes lejanos. Después se reunían para hablar de mil cosas, lo que estimulaba en Raúl sus relaciones sociales y la disposición para los debates. Luego se dispersaban, algunos se deslizaban hacia La Pilota, el sector donde estaban las prostitutas, sitio visitado por los estibadores y en general por todos los hombres de Buenaventura. Raúl regresaba a su casa un poco más tranquilo. Nunca necesitó del licor ni el cigarrillo, y la única vez que tomó un trago de aguardiente le produjo tal dolor de cabeza y vómito que decidió no volver a probarlo jamás.
Con “El Gordito” Palacios, que era delgado y atlético, lo mismo que Ignacio “Nacho” Mosquera y Edgar Rincón y todos los muchachos que jugaban baloncesto en el Pascual de Andagoya, Raúl hacía llave para los partidos que jugaban en los recreos. Siempre ganaban porque sumaban sus destrezas: Edgar y “El Gordito” eran lanzadores excepcionales, no fallaban una canasta. “Nacho” era capaz de resistir los embates más difíciles con mucha firmeza y flexibilidad, no se daba por vencido. Tenía doce años cuando organizó y dirigió el equipo de baloncesto “Standard”, el primer equipo en que jugó Raúl y que fue campeón muchas veces en su categoría. No desperdiciaba ningún momento para aprender de todos ellos. El deporte era un excelente paliativo contra las adversidades, le permitió desarrollar un gran sentido de pertenencia a su comunidad, a respetar al contrincante, dominar el miedo y tener sentido de liderazgo, así como a disfrutar y manejar los triunfos. Le interesaba las inmensas posibilidades que el baloncesto le ofrecía de aprender a tomar decisiones de conjunto para obtener un propósito y desarrollar su propio talento.
Gracias al baloncesto hizo su primer viaje a Cali en 1960 para entrenar como seleccionado al equipo departamental. El gimnasio donde practicaba estaba ubicado en el exclusivo barrio de San Fernando y para llegar allí debía caminar a través de las calles bordeadas de árboles. Cierto día fue interceptado por una pandilla de jóvenes blancos del barrio que desde sus autos lujosos lo amenazaron y obligaron a correr para no ser atropellado. Eran una réplica de las películas de moda. Raúl debió correr tanto que cuando llegó al gimnasio no tuvo necesidad de hacer calentamiento. Sin embargo, nunca se quejó ante el entrenador pues no sabía cómo lo tomaría. El hecho de ser negro lo ponía en riesgo en aquel sector de gente rica acostumbrada a ver a los negros como sirvientes, y no esperaban que él, alto y espigado, fuera un destacado basquetbolista.
Para poder salir de Buenaventura los jóvenes tenían dos caminos: destacarse en el estudio o ser buenos deportistas. Raúl iba por ambos lados, pues al terminar su secundaria ya era reconocido como gran deportista, y ahora, luego de muchos días de tensión, lograba el cupo en la Escuela de Medicina de la Universidad del Valle, para entonces una institución de status distinguido. Pero el cupo era en una lista de espera y mientras tanto tenía que tomar cursos generales.

Una de las primeras clavadas
Tenía 16 años cuando el público lo vio elevarse sobre los demás jugadores, hacer una rápida finta y con sus poderosas manos clavar el balón en la canasta del equipo contrario. Fue uno de los primeros clavados en la historia del baloncesto colombiano. Era un sello merecedor de la más alta admiración y respeto. Algo logró, pero no lo suficiente como para evitar el peso de la discriminación en la Cali de aquellos tiempos en que se podía percibir el peso invisible de la frontera que separaba a los “europeos puros”, blancos acaudalados, de una parte, y los mestizos, indígenas y negros, de la otra. Cali era un verdadero emporio azucarero y con vigorosas empresas farmacéuticas, pero ejercía la discriminación étnica. La Universidad del Valle tenía uno de los mejores planes académicos del país y recibía poco más de tres mil jóvenes, pero Raúl era apenas uno de los seis estudiantes negros que había en toda la universidad.
Raúl Cuero recuerda que la presión social era tan fuerte que algunos de sus compañeros, negros y mestizos, llegaron a situaciones increíbles de autonegación como alisarse y teñirse el cabello, untarse la cara y las manos con cremas blanqueadoras, imitar la forma de hablar, ahorrar durante varios días para ir a sentarse en los restaurantes de los barrios de clase alta y tomar un refresco a pequeños sorbos para que les durara largas horas. Otros recurrían al licor para evadir las presiones sociales. En Cali fue donde Raúl vio por vez primera a un negro triste. Los chistes ridiculizando a Buenaventura y a los negros le dolían en el alma.
El deporte le permitió superar muchas barreras sociales y académicas gracias a su talento y a que en la selección de baloncesto de la Universidad, de la cual él era uno de los jugadores estrella, sus compañeros le ofrecieron su amistad y respeto, y una solidaridad que conmovió a Raúl por siempre. Eran jugadores excepcionales, diestros y disciplinados, de gran disposición mental que facilitaba la efectividad canastera de Raúl. Esto los llevó a ser campeones departamentales y nacionales varias veces. Su fama corrió y Raúl Cuero se convirtió en una celebridad.
En el salón de clases la atmósfera no era la misma. La convencional y fría formalidad de los compañeros apagaban la espontaneidad propia de una auténtica amistad. Raúl no se sentía cómodo. Tanta convención social lo torturaba. Añoraba los años en Buenaventura, pero estaba decidido a seguir adelante con sus estudios. Mientras la Universidad organizaba las fiestas anuales en los clubes más exclusivos de la ciudad, a los cuales le era prohibida la entrada por el color de su piel, él aprovechaba y avanzaba en sus investigaciones sobre las plantas en el campo y entrenando el baloncesto sin descanso. Sabía que para sortear aquella situación de desigualdad requería una descomunal fuerza de voluntad. Si bien lo admiraban por el espectáculo que les ofrecía jugando baloncesto, no lo aceptaban en la vida cotidiana. Esto generaba en Raúl una gran desconfianza hacia esa sociedad, desconfianza que lo salvó de caer en sus garras: “la aceptación de esa escala de valores habría sido el equivalente a la negación de mi potencial”. Se apartó de la sociedad y dedicó su tiempo a la ciencia, en secreto, de la misma forma en que había explorado aquella máquina de escribir en su niñez.
Encontraba un oasis cuando iba a su ciudad natal y entraba al cine con sus amigos, discutía de diversos temas y escuchaban salsa. Era como si recargara sus baterías para volver a la universidad. Pero al cabo de año y medio tomó la decisión de marcharse de Cali en busca de un ambiente académico menos tenso. Se trasladó a Palmira, a la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional, y allí encontró una atmósfera menos asfixiante, con más diversidad étnica. No había la exclusión de la que iba huyendo.

Encrucijada
¿Pero qué era lo que Raúl Cuero quería estudiar?
Al terminar la secundaria todos sus compañeros de curso tenían claro lo que querían estudiar: Uno, leyes; otro, matemáticas; aquel, idiomas. Raúl, en cambio, tenía interés en diversas áreas del conocimiento con tendencia hacia las ciencias biológicas. De niño había sentido mucha curiosidad por los lagartos y las cucarachas. Las lecturas del libro de Oparín también le habían impactado. Su estadía en Palmira fue de un año y medio. Allí practicó el baloncesto con pasión, encontró en Óscar González a “su hermano del alma”, que medía 2,10 metros de estatura, llevaron al equipo de la Facultad de Agronomía a coronarse campeón nacional, con la guía de “el Gordo Salcedo”, su entrenador, que lo animó a desarrollar aún más sus habilidades como líder. Hasta que llegó el día que sintió a Palmira pequeña para sus sueños y tuvo la certeza de que un negro sin dinero y sin tierra no tenía futuro como agrónomo en este país. A pesar del poco tiempo había consolidado sus conocimientos básicos y había sentido cómo latía el deseo de estudiar los fenómenos ecológicos y la incidencia humana en ellos, entonces pidió el traslado a la Universidad Nacional en Bogotá.
Las calles de la capital estaban atiborradas de gente que parecía programada para no expresarse con espontaneidad. La idiosincrasia de los negros del Pacífico o de los costeños del Caribe era constreñida por una frialdad en el trato y la sutil intolerancia a sus expresiones festivas en la música, la ropa y las reuniones. Hizo varios amigos con quienes amortiguó los largos momentos de desazón, pero no necesitó más de un año y medio para darse cuenta de que en el deporte que más amaba no podía desplegar su destreza, como driblar con firmeza, pasar a toda velocidad y lanzar, jugar en cualquier posición, desarrollar la creatividad individual o apoyarse en el conjunto, sino que debía ceñirse a unas directrices más teóricas que prácticas y trabajar para una figura central. Y en la academia pudo percibir el marcado sesgo hacia lo teórico en detrimento de la práctica, cosa que lo defraudó.
Tanto en la universidad como fuera de ella, la capital de Colombia tenía las mismas aberraciones raciales, los mismos prejuicios contra los negros que en Cali, pero con la diferencia de que en Bogotá hacía más frío. Comprendió que estaba maduro para regresar a Cali, soportar la discriminación sin dejarse apabullar y proseguir sus estudios en la Universidad del Valle.
De nuevo el deporte abría el camino. Una vez en Cali volvió al seleccionado de baloncesto pero ahora con el norteamericano Don Curry como entrenador, quien creía sin titubeos que a los atletas había que rodeárseles de óptimas condiciones para que pudieran desarrollar su capacidad. De esta forma Raúl resultó viviendo cerca de la universidad, en el barrio San Fernando donde años atrás había sido humillado por una pandilla de jóvenes blancos. Ahora, acompañado por dos entrenadores norteamericanos, podía transitar sin ser molestado, más bien admirado, porque en Colombia había una exagerada ponderación por lo extranjero.
Con este terreno a su favor y experto en manejar la discriminación, Raúl pudo dedicarse por entero a sus estudios de biología, que eran su mayor sueño.
Tuvo la fortuna de conocer al doctor Percy Lilly, profesor invitado de Microbiología y Fisiología de la Universidad de Heidelberg, Estados Unidos, quien reconoció en Raúl la desmesurada curiosidad y pasión por la ciencia, y lo estimuló para realizar experimentos dentro y fuera del laboratorio. Le facilitó el acceso a su biblioteca, una de las más completas del Departamento de Biología, propiciando así una nueva mirada sobre diversos tópicos del conocimiento. Le ofreció su amistad y cuando lo invitaba a cenar con su familia la conversación adquiría el vuelo de una comunión entre la ciencia y la amistad.
Había desarrollado un experimento con el muérdago, planta de hojas carnosas parásita en los árboles, cuando se graduó en Biología. La planta creció más del promedio en el laboratorio, lo que animó al profesor Lilly quien lo recomendó para optar una beca en la Universidad de Heidelberg. Ese día Raúl se vio en la encrucijada: el baloncesto o su educación científica. Estaba en uno de sus mejores momentos deportivos, pero debía tomar una decisión que lo afectaría para toda la vida.

Un tiquete a USA por siete dólares
El muelle era un hervidero. Los estibadores, negros corpulentos como gladiadores modernos, iban y venían, sudando, acosados por los capataces blancos. Cargaban y descargaban los barcos provenientes de diversas partes del mundo. Desde cuando era niño, Raúl sentía que aquel lugar le dolía. Le era imposible ignorar que allí su pueblo era esclavizado. Pero aquel día tenía que ir porque subiría a uno de los buques de la Flota Mercante Grancolombiana llevando su maleta de viajero. Muchas manos negras se agitaron en el aire para despedirlo. Era como si quisieran alcanzarlo, irse con él, protegerlo, desearle que no se diera por vencido.
Algo singular había en aquel viaje. Nunca antes se había visto que un negro fuera pasajero invitado en un barco de la Flota Mercante. Los cupos eran de los blancos que hacían turismo. Los negros no podían ser más que cargadores, marineros, sirvientes, nunca pasajeros y mucho menos invitados que fueran a Estados Unidos a estudiar. Y se sorprenderían aún más si se enteraran de que por ser hijo de uno de los marineros más antiguos de la Flota Mercante el costo era de un dólar por día. Por supuesto que lograr el reconocimiento de este derecho no fue nada fácil. Finalmente lo logró y debió pagar la suma de 7 dólares en total. Los ojos se le anegaron frente a aquellas manos que lo despedían.
Durante el viaje Raúl volvió a vivir la misma situación que en tierra: lo confundieron con un camarero, le asignaron una habitación de menor rango que a los demás pasajeros y no pudo establecer relación de amistad sino con los marineros que eran negros, varios de ellos conocían a Félix, su padre, y se alegraron de saber que iba a estudiar. A los siete días descendió en el puerto de Baltimore, Estado de Maryland, dando inicio a uno de sus periplos más sorprendentes de un compatriota dedicado a la Ciencia, que lo llevaría a culminar sus estudios de Biología en el tiempo récord de un año, gracias a que la universidad convalidó varios de sus cursos en la Universidad del Valle. Sus calificaciones fueron de las más altas. Los compañeros de curso lo acogieron sin prejuicios y el ambiente fue propicio para el desarrollo de su talento. Comprendió que cuando las mentes están en sincronía universal no importan las diferencias culturales ni étnicas. Raúl experimentó la consolidación de sus propias habilidades y talentos y sintió que una inmensa energía lo imbuía para seguir adelante en aquel mundo de incesante movimiento. De la Universidad de Heidelberg pasó a la Universidad estatal de Ohio donde hizo la maestría en Patología Vegetal. En algunos momentos se enfermó por la altísima presión de trabajo, pero se levantó y continuó. Cuando terminó sus estudios regresó a la Universidad del Valle a enseñar Micología y Patología Vegetal. Él era el único negro en el Departamento de Biología, varios de sus antiguos profesores eran ahora sus colegas. Propuso nuevos cursos para enfatizar en la investigación. Sabía que a los jóvenes estudiantes había que estimularlos a ser creativos, a llevar a la práctica sus conocimientos y habilidades. Esta idea la desarrollaría años más tarde con el revolucionario proyecto conocido como Parques de la Creatividad donde miles de jóvenes pueden poner en juego sus capacidades inventivas.
Como profesor en la Universidad del Valle estableció entre los estudiantes el énfasis en la investigación y no estimuló la memorización, compartió con los jóvenes lo que sabía de laboratorio, las técnicas, sin importarle los conocimientos previos. Se sentía como un alumno en busca de nuevos conocimientos. Así pudo convertir sus clases en algo dinámico, alegre, donde los muchachos podían soltar su mentalidad analítica. Ayudó a muchos estudiantes con sus propios recursos, invitándolos a no desmayar. El único placer extra que tenía era el jazz, del cual afirma que está sustentado en los estados de energía pura de la conciencia universal. El jazz no sólo es el fruto de una excelsa creación del hombre sino que su origen y conformación están enraizados en la lucha por la sobrevivencia de los negros y hoy es un arte universal.
Después de cuatro años obedeció a su propia necesidad de expandir los conocimientos y obtuvo una beca en Gran Bretaña. Recibió entrenamiento en microbiología de alimentos durante varios meses y pudo evidenciar la diferencia del sistema educativo británico en relación con el de Estados Unidos. Luego fue a Escocia, a la Universidad de Strathclyde, reconocida por el énfasis en la creatividad. Conoció, entre otros, al profesor John Smith, microbiólogo de trayectoria mundial, quien reforzó en Raúl las habilidades en la investigación científica.
Lo que sigue es un historial en continua elevación hacia la creatividad científica.

El mejor invento
El arduo camino recorrido por Raúl Cuero es dilatado e imposible de recoger en pocas páginas. No es fácil tener una visión de conjunto del mundo, se requiere un conocimiento muy amplio y unitario sobre diferentes disciplinas. No puede haber fronteras vedadas entre una y otra disciplina, el sentido creativo requiere plena libertad. Y para ejercer la creatividad, es decir, lograr lo que antes nadie ha logrado, además del talento, es necesario tener valor y persistir sin tregua.
En sus indagaciones sobre biogénesis, Raúl no desdeña nada: la Tabla Periódica de los Elementos creada por Mendeleyev. Dice a propósito que “Si Galileo Galilei mostró la referencia universal, Mendeleyev mostró de qué estamos hechos”. La teoría atómica de Niels Borh, la evolución postulada por Darwin y Wallace, la teoría cuántica de Schröringer y Einstein… Sus investigaciones, hoy financiadas por la NASA, muestran la alta interacción que existe entre la emisión de electrones, el crecimiento celular y el metabolismo. Utilizando la biotecnología puede practicar conceptos sobre mecánica cuántica que le permiten precisar rasgos de vida en ambientes extraterrestres, como en Marte o la Luna. Tiene que ver con su inquietud fundamental del origen de la vida en la Tierra, la comprensión de las enfermedades y los procesos de la muerte.
Sus descubrimientos se dirigen a resolver problemas de contaminación que afectan la calidad de vida en nuestro planeta. Cómo limpiar las aguas contaminadas por el petróleo, la polución ambiental debida a emisiones de gases tóxicos, las radiaciones en los alimentos. La exploración del mundo microbiano -parásitos, hongos, virus, bacterias- ha sido la columna vertebral de sus investigaciones. Los alimentos naturales contienen elementos antimicrobianos y su uso continuo y en buenas cantidades es preventivo contra las infecciones. Rescata las costumbres ancestrales que utilizaban el clavo, la canela, el perejil, el cilantro, el jengibre y muchos más.
Le preocupa la contaminación bacteriana en los alimentos. Las buenas dietas no nacen en la mesa sino en los campos. Raúl fue criado comiendo pescado varias veces al día, y comer pollo o carne roja era un lujo. En el mundo de hoy es al contrario.
Uno de sus primeros aportes científicos fue desarrollar compuestos naturales para combatir los microorganismos tóxicos. A partir de esta experiencia Raúl cambió su método de investigación que consistía en sacar conclusiones basado en un principio, por el de extraer leyes a partir de experiencias particulares. Esto le permitió avanzar a grandes pasos en la búsqueda creativa de conceptos básicos con la ciencia aplicada. Su lucidez fluyó más y mejor. Esto le ha permitido generar más de veinte invenciones, como desarrollar una tecnología para eliminar materiales químicos tóxicos y radionucleares utilizados para controlar la contaminación por el deterioro de las plantas nucleares en Fukushima, Japón.
La NASA Brief Technology en diciembre de 2007 le otorgó un premio por: “La eliminación efectiva de la contaminación por radionucleidos como Metales de uranio y tóxicos, Uso del suelo marciano simulante (ceniza volcánica)”. Este trabajo también se dio a conocer en la publicación tecnológica de la NASA, porque la patente de esta invención que hizo para la NASA contribuye al adelanto de la investigación espacial.
Descubrió una molécula natural que bloquea la radiación ultravioleta para evitar el cáncer de piel. Ha desarrollado un método para producir nanopartículas naturales (millones de veces diminutas) que impactará la tecnología porque hasta el momento esas nanopartículas son sintéticas y muy costosas. Por este Descubrimiento de invención y Nueva Tecnología la NASA le otorgó otro premio en febrero de 2009.
Su atención está centrada actualmente en el desarrollo de un compuesto natural que aumente la fertilidad y la reproducción en animales y en humanos, en la búsqueda de nuevos antibióticos, en inventar una tecnología que permita convertir el agua salada en agua potable, en producir un detector de colesterol…
Pero el invento que le produce mayor alegría es de los Parques de la Creatividad, laboratorios fundados por él y que se encuentran en Colombia, Estados Unidos, México, Israel, donde miles de jóvenes pueden explorar de manera lúdica su capacidad inventiva, crear nuevas tecnologías y nuevos paradigmas. “Es el invento que más aprecio porque está enfocada para crear la cultura de la creatividad en los jóvenes”. En ellos Raúl Cuero ha podido poner en práctica su forma de pensamiento: no hay nada mejor para el desarrollo individual y la armonía entre las personas, que el espíritu creativo. Como dijera Nietzsche: “La madurez consiste en recuperar la seriedad con que jugaba cuando era niño”.
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Fuentes consultadas
– De Buenaventura la Nasa. Cuero R. Raúl G., Una vida entre el triunfo y la supervivencia. Intermedio Editores 2011.
– Así es Raúl Cuero. Margarita Rosa Silva, El País, Cali. Marzo 21, 2012
– Colombiano, genio de la Nasa, quiere crear vida en Marte. Andrea Linares Gómez. Vida de Hoy, Elcolombiano.com
– Reportaje a Raúl Cuero. Orlando Mejía Rivera. Revista Universidad de Antioquia.
– De pobre en Buenaventura a Científico en la NASA. John Eric Gómez Marín. El Colombiano. Noviembre 18 de 2009.
– La creatividad es un camino solitario. Entrevista en la Revista Semana. Abril 7 de 2012.
– Nunca planeo un invento. Elespectador.com, 5 de septiembre de 2012.
– Triunfa en la NASA. Margarita Vidal, El País, Cali. Septiembre 3 de 2011.
– Raúl Cuero, el científico colombiano que tuvo la fortuna de la escasez. Catalina Oquendo, Eltiempo.com. Septiembre 8 de 2011.

Días de libros

Excelente acogida tuvieron nuestros libros y nuestros autores.

 

Stand de la Fundación 3Cuando llegamos con nuestro cargamento a Carlosé, aquel corredor parecía un campo de refugiados pero sonrientes, animosos, hormiguitas moviéndose de un lado a otro, llevando, trayendo cajas, colgando emblemas, alistando estantes. Uno de los guías nos indicó el espacio donde debíamos montar nuestra mesa. Sabíamos que la literatura pesa, pero cada vez que tenemos que trastear con nuestro catálogo lo comprobamos como la primera vez. ¿Qué podrá pesar más: los cuentos, las novelas, la poesía, los ensayos y las crónicas? Nunca lo sabremos, cada uno tiene su peso específico, y juntos pues aumenta en forma geométrica.

Nos tocó en el túnel blanco, imponente y atractivo, junto al parque por el que los habitantes del Barrio Carlos E. Restrepo dieron una ardua y tesonera lucha, cuya victoria es ejemplo para las comunidades, no sólo de Medellín, sino de todo el país. Si no fuera por esa lección cívica organizada y combativa, esta Feria Popular del Libro hubiera tenido que recogerse en el bulevar de siempre. Nos esperaba una prueba interesante entre libreros de todos los estratos. Vender nuestros propios libros de la mano de nuestros autores. Qué bella jornada. Los escritores diciéndoles a los lectores compradores: mira, este libro, lo escribí yo y te lo vendo. Una bellísima simbiosis sin fronteras entre los hacedores y los lectores, sin intermediarios, con la ventaja de abaratar la oferta porque no teníamos intermediarios que encarecen los libros.

Bárbara Galeano Zuluaga, autora del libro "Mompox, Una victoria sobre el tiempo", firma autógrafos en el stand de la Fundación Arte & Ciencia.

Bárbara Galeano Zuluaga, autora del libro Mompox, Una victoria sobre el tiempo, firma autógrafos en el stand de la Fundación Arte & Ciencia.

Cada autor tenía su turno. Unos más nerviosos que otros, pero allí estaban orgullosos de los títulos que cubrían nuestra mesa. A medida que transcurría la tarde el túnel iba entrando en calor. Calor de visitantes y calor del sol que se acumulaba. Todos sudábamos la feria, pero estábamos contentos de ver la respuesta del público que acudía en masa. Esto fue el viernes y la romería aumentó el sábado. Era un desfile constante y abigarrado, jóvenes de todas las edades con ese brillo de aventuras en los ojos tal cual son los lectores de verdad. Esculcando aquí y allí, buscando un título, husmeando solapas, hojeando, dudando hasta que se decidían: me llevo este. Al rato, este otro…

Al caer la tarde, tanto del viernes como del sábado, aquel túnel era “un sauna literario”. Para refrescar la garganta, reseca de tanto ofrecer los libros, teníamos que salir fuera del túnel para tomar un refresco. Y volvíamos con más bríos. El balance final fue positivo en todos los sentidos. No llovió, aunque el sol se hizo el odioso a ratos. La concurrencia superó lo que habíamos vivido en años anteriores. Las ventas de nuestros libros también superaron la de los años pasados y pudimos comprobar la sed, el hambre que los habitantes de Medellín tienen de leer, de que hayan más eventos culturales alrededor del libro, de la cultura, del conocimiento.

Hicimos una bonita tarea. Nuestros libros quedaron en manos de más lectores, aumentamos nuestra base de amigos a quienes les haremos información de nuestras actividades y nuevas publicaciones. El Grupo Literario El Aprendiz de Brujo se lució. Nos esperan mayores retos, escribir más y mejores libros para nuestro creciente círculo de lectores. Hermoso reto que aceptamos con entusiasmo.

Nuestras estadísticas

Los más vendidos

1. Mompox, Una victoria sobre el tiempo, de Bárbara Galeano Zuluaga.
2. Los Cuadernos de Saúl, de Saúl Álvarez Lara
Bitácora del cuerpo, de Claudia Restrepo Ruiz
Abro la noche, de David Marín Hincapié
3. El fin de la enfermedad, ensayo de la Dra. Silvia Casabianca Zuleta.
4. Colección Poetas Anónimos (Paquetes de promoción):
Los pasquines del infierno, de Álvaro Julián Moncada
La última página, Selección de El Pequeño Periódico 30 Años.
Canción para una despedida, de Antonio Botero Palacio.
A la Tierra vuelvo y sigo, de Luis Hernán Rincón.
5. Perfil de Mujer, selección de crónicas de El Pequeño Periódico 30 Años.
6. El traído – Cuentos de Navidad, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.
7. La palabra se baña en el río, Grupo Literario El Aprendiz de Brujo
8. Una danza contra el viento, cuentos de Álvaro Jiménez Guzmán
9. Las voces que trae la brisa, cuentos de Nubia. A. Mesa G.
10. Flores en la pared y otros cuentos, Grupo literario El Aprendiz de Brujo
11. Las siete muertes del lector, ensayos de Ángel Galeano Higua.
12. Aoketekete y otros relatos del río, Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

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Publicado en fundarteyciencia

Las siete muertes del lector

Ángel Galeano Higua

(Ensayo)

 

De la abundante gama de héroes anónimos que pueblan nuestro país, hay uno que descuella de manera especial por su silenciosa presencia: el lector. No importa la condición social, sexo, raza o edad, el lector es hoy un héroe moderno que nada contra la corriente. Es una especie de lisiado que batalla para calmar otras hambres: las del espíritu.

Mientras más adverso y distractor sea el ambiente, más parece resistir. Sus vicisitudes empiezan desde la más tierna edad, cuando los adultos, de buena fe por supuesto, le “enseñan” a leer porque consideran la lectura un instrumento para defenderse, más que un ejercicio de la imaginación o un acto de libertad. Ahí empieza el vía crucis, la primera tumba. Porque la segunda la constituye el hecho de que otros sean quienes seleccionen los libros que se “deben” leer. El lector acepta, dado que quienes escogen los títulos aparecen como personas cultas que quieren ayudar, llámese profesor, maestro o promotor. Pero da la casualidad que la mayoría no sugiere, no seduce, sino que impone.

Alguien podría decir que hasta aquí el asunto no es tan grave. Pero la cuerda continúa tensionándose peligrosamente cuando en la escuela, el colegio o la universidad, se fija una fecha límite. Se debe leer contra reloj. Quien no lea dentro de ese plazo está perdido. Asistimos a la tercera muerte del lector, una derrota llena de angustia y descorazonamiento, como todo lo que violenta el curso natural de las cosas. Los que logran sacudirse y ponerse de pie porque todavía los asiste la persistencia, tienen que enfrentarse a una cuarta lápida: la del resumen escrito. Como si al placer de la imaginación se le pudiera poner cortapisas con análisis académicos.

La quinta muerte acaece luego, cuando se anuncia un examen sobre la obra. De por sí un examen es una prueba cargada de ansiedades. No basta el libro impuesto, los límites de tiempo, los resúmenes, ahora debe someterse a un interrogatorio con el agravante de una calificación. Un verdadero infierno, porque a eso que debe ser dicha de leer, se le convierte en prueba con altas posibilidades de descalificación. En el piso de un número queda tendido el lector, muerto por sexta vez, pero ahora más vacunado que nunca contra la lectura. Lo que más le ha dolido a ese joven es que en el examen, por lo general, no puede ni debe expresar su propia opinión sobre el texto leído, sino que debe ajustarse a los cánones impuestos, que por lo general son los del profesor. Los libros empiezan a parecerle definitivamente odiosos.

Puede haber alguien que a estas alturas insista en que la cuestión sigue sin ser tan grave. Entonces viene el gran remate: se le dice al estudiante que el español (es decir, la lectura) es menos importante que las matemáticas o que la química, etc. Como si existiera un campo del conocimiento más importante que otro. Inclusive se llega hasta el extremo de despreciar la lectura de obras literarias, sacrificándolas por lo que algunos llaman la “verdadera” lectura: la de temas de ciencia, historia o matemáticas.

La intención es reflexionar en voz alta sobre la libertad, porque uno de los mejores indicios del grado de libertad del que podría gozar un pueblo debiera ser el de la lectura espontánea y sin sujeción a prejuicios.

De tal suerte que, al final de esta insensata carrera de obstáculos que apabullan al lector, de ñapa se le echan culpas acusándolo de perezoso y repitiéndole la vieja cantinela de que “la juventud de hoy no lee”. Como seguramente se lo dijeron a los adultos actuales cuando eran jóvenes.

La vergüenza de escribir

Ángel Galeano Higua

Al hacer un balance de los quince años que duré escribiendo este libro, El río fue testigo, más ocho, viviendo la experiencia de los descalzos en el Sur de Bolívar, lo primero que me asombra es esa cifra de 23 años. Me parece increíble que haya transcurrido tanto tiempo. Tanto, pero a la vez tan corto, porque a veces pienso que escribí esta historia más rápido de lo debido.

¿A qué horas pasaron tantos años? ¿Qué hace que Carmen Beatriz, Bárbara y yo estábamos, al igual que un puñado de compañeros, haciendo maletas para unirnos a esa aventura del conocimiento?

¿Será que nuestra existencia no es más que una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas, tal y como lo sugiere Margarite Yourcenar en su libro “El tiempo, gran escultor”, y Nabokov, en su texto autobiográfico titulado: “Habla, memoria”?

¿Qué ha hecho posible que mientras muchas cosas cambiaron en el mundo, en el país, en la ciudad, en mi familia, en mí mismo, yo haya seguido empecinado en este libro? No tengo idea. “El trabajo llamaba, todos los hornos estaban encendidos, los éxtasis de la concepción atenuaban los inevitables dolores: así el aprendiz era instrumento humilde de una voluntad, en apariencia el ser más libre, cuando en realidad era el más esclavo”, dicho en palabras de Balzac.

En casa del aprendiz reinan las mujeres

Recuerdo que al regresar a Medellín, la sensación fue de un inmenso desamparo, como les sucede a todos los desplazados. Había que empezar de nuevo, pero con una tremenda carga en el alma. Inclusive con la dolorosa experiencia de ver cómo algunos de los viejos camaradas cambiaban de acera al vernos, como si fuésemos portadores de quién sabe qué pestes. De aquel retorno, eso fue lo más duro de todo. Menos mal que otros compañeros nos tendieron su mano generosa.

Carmen Beatriz y yo habíamos aprendido algo muy importante: a mantenernos unidos para poder ponernos de pie nuevamente. Bárbara había vivido su infancia en Magangué y todavía dependía de nosotros. Por eso el libro lo he dedicado a ellas dos, pues al fin y al cabo ellas tuvieron que soportar esta carga pesada y porque sin su comprensión me hubiera quedado muy difícil hacer lo que he hecho. Además, en casa del aprendiz de escritor reinan las mujeres, como diría Kundera.

El escritor no sabe: imagina

Creo que ese espíritu de construir una nueva oportunidad es el más grande tesoro que nos ha legado la generación de los descalzos, a cuya cabeza indiscutiblemente marchó un hombre fuera de serie: Francisco Mosquera Sánchez. Pacho marcó la vida de todos nosotros, una generación, la salvó, la proyectó y nos enseñó a amar la libertad. Por eso, junto a nuestro Gran Río Magdalena, él es uno de los personajes centrales en este libro.

¿Pero qué era lo que me permitía mantenerme con la pluma en la mano? Hablando con franqueza, no lo sé. Quizás sea cierto eso de que el escritor y el artista no saben: imaginan, y que su aventura consiste en decir lo que ignoran. Sí, eran muchas las cosas presentidas, teníamos la cabeza repleta de perplejidades. Medellín era otra ciudad que retumbaba en las noches por las bombas del narcotráfico. Colombia estaba en vísperas de tener otra Constitución cuyos pregoneros afirmaban que sería el remedio para todos los males del país.

El amuleto

A los pocos meses de estar deambulando por la ciudad y sin empleo, escribí una página en la que plasmé una especie de desfogue inconsciente, un pensamiento largo, como para darme ánimos a mí mismo.

Era una hoja escrita en una vieja máquina Remington que me prestaban en la oficina de la Cooperativa de Empleados Bancarios y a veces en las de algunos sindicatos como Sittelecom, Sintraempaques y Sintravicuña. Cada mañana yo ponía esa hoja frente a mis ojos, durante largo tiempo la leía en silencio para darme fuerzas. A veces, estando solo, la leía en voz alta y casi llegué a aprendérmela de memoria. Cuando la novela iba mal, mejor dicho cuando las palabras no me obedecían y después de largas horas de trabajo no lograba terminar ni un renglón que valiera la pena, cuando los personajes hacían lo que les daba la gana y yo no había aprendido a usar el látigo ni a dejarlos volar todavía, o a convencerlos para que siguieran la ruta que yo les había trazado, cuando ese maldito cliché lo enturbiaba todo, sacaba esa hoja como si fuera una bandera y la colocaba junto al pocillo de café humeante, frente a mí, sobre la mesa redonda del comedor donde me acostumbré a escribir desde niño, y la leía y releía una y otra vez. Por supuesto que la hoja con esta especie de acto de fe hoy la guardo como un amuleto.

La mano izquierda

Escribí este libro siete veces, seis de ellas bajo el título de “Los últimos descalzos”, llegando a tener más de mil páginas, las que me propuse reducir a la tercera parte. En el último borrador comprendí que ese no era el título para una historia que se desarrollaba mojada en las aguas de un gigante moribundo y callado, nuestro Río Magdalena. Entonces cambié el título por el de “El río fue testigo” que me ayudó a capotear los últimos tropiezos formales.

Al comienzo escribí como un lunático. Había días que llenaba hasta 20 cuartillas a mano. Fue un desaforado encantamiento, hasta cuando mi mano derecha empezó a fallar y me tocó echar mano de la mano izquierda. Fue una crisis terrible, pero cada mañana me propuse aprender a tomar el lápiz con la mano izquierda, trazar rayitas y círculos tal como me enseñó mi madre junto al lavadero cuando era niño, hasta ir dibujando poco a poco las letras para unirlas luego… ¿Cuánto tiempo se me fue en ese re-aprendizaje? No sé, pero hoy todo lo que escribo pasa primero por esta mano salvadora y luego voy con ambas al computador.

La vergüenza de escribir

Todo esto no es más que anecdótico y no pretendo otra cosa que mostrar una faceta de la férrea disciplina, la descomunal persistencia que un aprendiz debe desplegar para lograr su cometido. Un aprendizaje que prosigue, porque al volver a leer la novela he comprobado que me he quedado muy corto, que la realidad es inmensamente más rica. En días pasados estaba leyendo algunos apartes del libro y en esos reburujeros que siempre se forman sobre la mesa, descubrí un pequeño folleto editado por el Metro de Medellín y Comfenalco, que me habían regalado días atrás las hermanas Posada De Greiff, unas bondadosas amigas de un taller de literatura que tiene Comfama en las Torres de Bomboná. Pues bien, el folleto estaba abierto sin saber por qué en la página siete y un párrafo resaltado me miraba fijamente y me llamaba con tal fuerza que no pude evitar leerlo, era un texto de Gabriela Mistral que decía: “De toda creación saldrás con vergüenza, porque fue inferior a tu sueño”. Eso era precisamente lo que yo estaba sintiendo pero no sabía expresarlo. Una vergüenza, sí, porque apenas voy aprendiendo a manejar nuestro idioma, escudriñándole sus secretos milenarios, gozándome sus maravillas, asombrándome de su anchura, de los resortes que tensionan sus leyes, de la forma como las palabras se aparean, nacen, crecen, caminan, corren, gritan y se esconden en las callejuelas de los barrios y bajo los puentes, en las fábricas y en los vericuetos de este laberinto de cemento y humo. Al mismo tiempo he ido aprendiendo a reconocerme como a uno de los hijos de esta nación, a descubrir a mis compatriotas cargados de ilusiones, duelos y esperanzas.

Soy hijo de EL PEQUEÑO PERIÓDICO

Las dificultades para escribir este libro fueron muchas. Empezando por mi ignorancia, repleta de cliché y pobreza panfletaria. No tenía ni idea de cómo empezar a escribir la novela, aunque había leído muchas novelas desde mi adolescencia. Había intentado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO hacer entrevistas, reportajes, crónicas y entonces me propuse corregirlos con el pretexto de agruparlos en dos libros: “Rumor de río” y “Navegantes de la utopía”. Este proceso editorial me mostró varios de ellos pésimamente escritos. Qué pena tan grande se siente al verse uno mismo plagado con tantos errores juntos. Pero sobre ese manojo de rudimentos tenía que empezar a aprender a escribir lo que había presenciado en el Sur de Bolívar y que me había conmovido las fibras más íntimas de mi ser. Debía contarlo aun cuando fuera para mí mismo. Desde luego había tomado notas hasta de lo más pueril. Tomaba fotografías, grababa, todo lo quería recoger y transformarlo en palabras. Llenaba cuadernos, escribía por el respaldo de cualquier hoja, un recibo, una chapola de propaganda, lo que fuera. Sin ningún plan definido, sin una estructura. Nada. Sólo dejándome llevar por el acto de escribir. Y también de leer, sobre todo a los grandes clásicos. Mientras estaba en esta batalla, se fueron descolgando algunos ejercicios que se rebelaron y se agruparon bajo títulos como “En la boca del cura” y “Palabras al viento”.

Sin EL PEQUEÑO PERIÓDICO tampoco hubiera podido avanzar y por eso me considero un hijo suyo. En el fondo de esta novela está la historia del nacimiento del periódico tal y como sucedió hace 21 años. Por un momento pensé que el periódico sería el único eje central de la novela. Pero no, porque otros personajes me sacudían de la solapa y me gritaban a la cara: ¡Aquí estamos! Entonces volvía a ver a las bandadas de niños descalzos que se movían como pequeños pájaros en aquellos villorrios, algo delgados pero siempre alegres. También me daba vueltas Totó La Momposina con su maravillosa voz y su baile mágico, las cantaoras de Talaigua y toda esa gama de grupos musicales… Y la historia de las brigadas de salud se irguió como uno de los pilares de la novela. A la cabeza, otro gran hombre, el médico Roberto Giraldo, un científico antioqueño que también lo dejó todo por irse a esas alejadas regiones para servirle a la comunidad. Hoy, este compatriota está recorriendo el mundo compartiendo sus investigaciones sobre el Sida, el cual, según sus estudios, no es viral, pues, además, el tal virus nadie lo ha visto, nadie lo ha aislado todavía y sólo nos han vendido una imagen construida en el computador. En este mismo recinto de la Biblioteca Pública Piloto estuvo él exponiendo con lujo de detalles que el Sida es una enfermedad infectocontagiosa, que no se transmite sexualmente y que su cura puede ser tan barata como tratar una amibiasis o quizás menos. Un personaje de esta talla tiene asegurado su puesto en la historia, y la literatura también tendrá que dar cuenta de esa titánica tarea.

La biblioteca que anda

Otro personaje que no me dejaba en paz era la biblioteca ambulante, la que llevábamos de pueblito en pueblito por las riberas del Magdalena, por los caminos de la Serranía de San Lucas, por las ciénagas y quebradas… Una biblioteca ambulante que iba a la par con las brigadas de salud y con el periódico. Y digo personaje porque a veces parecía que la biblioteca tuviera vida propia, se movía sola, la dejábamos en un pueblito y aparecía en otro.

¿Pero a dónde llegaban esas brigadas? Nada menos que a aquellas regiones donde los descalzos estaban construyendo cooperativas campesinas. Se llegaron a unir cientos de pequeñas cooperativas en una sola, gracias a la propuesta visionaria de Pacho, hasta conformar la Cooperativa Integral Campesina de Bolívar, con miles de afiliados. Esta empresa llegó a comercializar gran parte de las cosechas de los campesinos de aquella región: arroz, sorgo, maíz, plátano, pescado, fríjol y hasta oro y madera.

Con este puntal la novela se encumbra, diría yo. Aún me parece estar viendo las lanchas en el puerto de Magangué descargadas por docenas de coteros que trasladaban cientos de bultos a los camiones llegados de Medellín, Barranquilla o Bucaramanga. Y los precios siempre fueron favorables para los labriegos. ¿Cómo dejar por fuera de la novela este hecho sin precedentes allí? Fue una demostración de que Colombia tiene vocación agrícola y puede auto-sostenerse e inclusive alimentar los mercados de otros países, que no tiene ninguna necesidad de comprarle trigo a los Estados Unidos, ni arroz ni muchos otros productos, si se liberan debidamente las fuerzas productivas del campo. La Cooperativa fue una verdadera empresa revolucionaria.

“Mentir bien la verdad”

El manejo de estos hechos y personajes fue para mí una escuela formidable. Tuve que estudiar muchas cosas durante varios años, viajar, entrevistar de nuevo a los campesinos, buscar a los descalzos dispersos por todo el país, consultar documentos, leer periódicos, ir a las bibliotecas de Bogotá, Cartagena, Medellín. Comparar y comprobar todo, a tal punto, que puedo asegurarles que los datos que aparecen en la novela son rigurosamente ciertos. Como son ciertos los capítulos en los cuales los grupos armados que irrumpieron en el Sur de Bolívar en los años 80s amparados en la demagogia condescendiente del Presidente de la República de entonces, asesinaron a varios de los descalzos.

La forma como fueron acribillados Luis Eduardo Rolón, Aydeé Osorio, Luis Ávila, Clemente Ávila, Raúl Ramírez, Rafael, Genaro y desaparecidos otros como Apolinar Tamayo, tal como está contada en la novela corresponde a los hechos. Porque “la literatura es mentir bien la verdad”, como nos ha enseñado Juan Carlos Onetti. Al narrar estos acontecimientos volví a llorarlos a todos y a cada uno, y muertos-vivos han quedado en la novela, instalados entre nosotros como un hierro candente en la memoria para que nunca los olvidemos. Su vida ha regado los campos para que broten nuevas flores. Su único delito fue soñar con un país mejor, con una sociedad más justa, con una Colombia sin grilletes, digna de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos…

Cuando Joseph Conrad escribió que «No existe la derrota total», no estaba meramente iluminando sus novelas, sino que también nos mostraba una luz para las nuestras.

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NOTA: Palabras de Ángel Galeano H. durante la presentación de su novela El río fue testigo. Biblioteca Pública Piloto, Medellín, septiembre 3 de 2003. Publicado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO, No. 64 y en el libro Las siete muertes del lector (Edit. Fundación Arte & Ciencia, Medellín).

“El río fue testigo” en Magangué

Cuando amaneció y el sol enrojecía la sabana entre Sincelejo y Magangué, empecé a escribir unas palabras en mi libreta para decirlas en esta reunión. Al tornar a este puerto volvimos a ver la película tantas veces repetida e iniciada hace 23 años, cuando un grupo de soñadores decidimos abandonarlo todo en la ciudad para irnos detrás de una visión que sólo nosotros veíamos. Volví a recordar la alegría con que los magangueleños sueles derrotar la desesperanza, esa forma de alma limpia que cada día los hace vigorosos a pesar de las desgracias. Al ver de nuevo la sabana supe que el paisaje hacía parte del embrujo. Que la comunión se hizo perfecta entre los tres componentes: la utopía, el paisaje y sobre todo la naturaleza alegre, cordial y generosa de los pobladores del Sur de Bolívar.

Fuimos un agregado de fuera cuyo único propósito era servir a la comunidad. Soñábamos con vivir para siempre aquí y por eso quemamos nuestras naves al venirnos, sin pensar jamás que regresaríamos a las grandes ciudades donde nos ahogaba el humo, el cemento y el tumulto de espejismos donde priman las carencias para los humildes. Esas grandes ciudades deshumanizadas y que deshumanizan incesantemente. Esos laberintos del vértigo donde la única práctica es la salvaje fatalidad de “sálvese quien pueda”.

Vinimos médicos, bacteriólogas, ingenieros, economistas, optómetras, sociólogos, odontólogos, artistas, y hasta yo, un inservible aprendiz de escritor que quería contar esa epopeya. Y trajimos a nuestros niños como muestra de toda nuestra entrega. Y nos unimos con los médicos, los bacteriólogos, abogados y demás profesionales de la región y todos ganamos porque sumamos fuerzas para los mismos propósitos. Así nuestra sensibilidad creció y aprendimos lo que nunca jamás se aprende en las universidades ni en los libros: la alegría de vivir sencilla y limpiamente. Magangué nos enseñó eso y siempre lo llevaremos en el corazón.

Por eso les traigo el saludo del doctor Roberto Giraldo, de la doctora Silvia Casabianca, de Alejandro Acosta, Fernando Alameda, Álvaro Garcés, Bety Velásquez, Patricia Botero… y tantos descalzos que tuvieron la gracia de venir aquí. Y aunque nos tocó partir debido a la noche oscura que cayó como una maldición sobre la región y el país, algo muy íntimo y profundo se nos quedó aquí, en este puerto, en este río, en ustedes.

La vida de todos los que vinimos aquí en la alborada de los años 80s quedó grabada para siempre con el hierro candente de la historia viva de Magangué.

Regados como estamos, en diversas ciudades del país y del mundo, cuando conversamos el hilo del Sur de Bolívar siempre es tema favorito, alegre y doloroso, porque aquí en esta hermosa región corrió la sangre de algunos de nuestros compañeros.

¿Entienden porqué tenía yo que escribir esta novela? Era una cuestión de vida. Un atrevimiento mío de plasmar en palabras la inmensidad de una experiencia humana, real y colectiva. Sé que sólo he logrado atrapar una gotita de este océano, pero es mi cuota, nuestra cuota, porque Carmen Beatriz y Bárbara tienen su alta participación, primero porque hicieron parte de esa avalancha libertaria de los descalzos, y segundo, porque supieron soportarme durante más de 15 años en que me empeciné en darle forma literaria a los recuerdos, a las lecturas, testimonios, silencios y soledades.

El libro es un homenaje sin condiciones a los pobladores de Magangué y la cuenca del Bajo Magdalena. También lo es para todos mis compañeros que entonces éramos un solo ideal. Y es un testimonio de admiración por Francisco Mosquera, Pacho, el timonel de esta empresa, el hombre que diseñó toda la estrategia de llegada y también de retirada para salvarnos la vida. Un homenaje a Pacho que supo avizorar la potencialidad de nuestro pueblo. Él salvó a una generación entera del turbión oportunista y enceguecido de la lucha armada. Vivió pendiente de no hacer concesiones a las aventuras desesperadas de los desesperados.

Este libro lo escribí porque me lo exigía el alma y el corazón, y ojalá todos estos jóvenes que esta noche nos acompañan en este lugar tan acogedor, como es Casetabla, casa de don Antonio Botero, nuestro hermano del camino, la empiecen a leer para que comience la indagación de la patria que era esta Colombia cuando ustedes eran niños. Sueño con que ustedes, hombres y mujeres del futuro, se valdrán de la historia de finales del siglo veinte y los dos primeros años del presente, para que comprendan qué pasó en esta noche amarga y se dispongan a ayudar en la reconstrucción nacional sobre los escombros de esta salvaje peste. Ojalá cuando ustedes tengan nuestra edad puedan gozar del respeto en el mundo entero, que hoy no tenemos.

Las desgracias que han sucedido en nuestra nación no deben repetirse nunca más. La literatura sirve para hacer más felices a los seres humanos, pero por encima de todo debe servirnos para la memoria, para no olvidar, para utilizar sabiamente el legado que nos dejan los mayores.

Hago entrega de este libro con la humildad del aprendiz, dispuesto a continuar ejercitándome con las palabras, con la poesía de la vida diaria, para seguir contando las vicisitudes, aciertos y sueños de nuestro pueblo. Porque un pueblo que no sueña está perdido en un presente engañoso.

Gracias.

Palabras de Ángel Galeano Higua, al presentar el libro El río fue testigo en el recinto de Casetabla, puerto de Magangué, Sur de Bolívar, 12 de octubre 2003

A propósito de El río fue testigo 1,

la novela de Ángel Galeano Higua

Por Javier Echeverri Restrepo

Novela de respiración profunda y gran aliento que se asoma al corazón presente. El río Magdalena es el espinazo geográfico y el puerto de Magangué, centro tentacular del relato.

Abre el texto una carta fragmentaria a Berenice que se convierte en gancho de entrada al fabulario de los descalzos. Luego arranca el apunte con olor a jornada y diario que irá tejiendo el camino cooperativo y la traza descalcista por el territorio nacional.

Al comienzo parece un texto algo desvertebrado que no promete encierro de alma. Luego nace la traza de espinazo social, definido y concreto con aquella boleta de Leonardo en el bolsillo. Inicialmente lo encontré fragmentario, el narrador muy explicativo y los perfiles ajados que reclaman el tejido del diálogo. Eso hace parte de mis equivocaciones. Poco a poco la crónica despierta el paisaje y emerge la gesta de los descalzos y una novela que pide diálogo lo tiene y entrega. Esa utopía descalcista fragmentaria toma cuerpo, el flujo del narrador destapa puntada a puntada la geografía y los hombres que habitan el Río Madre, sus puertos de agua dulce, ranchos de tabla, Magangué, su albarrada y jarillones.

Angel Galeano Higua

Aunque el texto está hecho de fibra verbosa y garruda busqué un Leonardo más personal en cuanto a la levedad femenina de su Manuela y la ausencia de chucherías adorables para aquella Valentina de sus amores, el narrador, dije las absorbe mucho. Pero luego descubro que Leonardo y su periódico de sueños es apenas una carta en la baraja de los utópicos descalzos. Asoman Liborio Pineda el ciego, maestro de memorias y recordaciones; Daniel Buitrago, que lee a Hawking y su Historia del Tiempo; la maestra Yajaira, otra figura en el camino de los descalzos; el médico Oscar Mauricio y la fiebre de la ciencia; Sara la Guajira y su tienda alquimista. ¿Cuántos son los descalzos? Pregunto al texto: recurso o fragmentación. El narrador me contesta, registro y novelario, la historia no deshilvana, sígame. Entonces lo fragmentario se torna recursivo y de la crónica verista se pasa a lo global entre el flujo del novelar. La gesta de los descalzos genera otro palpitar más allá del verismo social y el coloquio. Se juntan la crónica y el apunte fragmentario como tejido, aparecen el chandé y el Magangué de los descalzos, la novela se va apuntalando en las voces nativas del chandé de Talaigua Viejo y sus cantaoras frente al gringo Nathaniel Krieger de International Report. Cierra la primera parte otro fragmento de Berenice.

Crónica rasa de nuestra geografía, la segunda parte se centra en pintar el Primero de Mayo Internacional en letras gigantes en la muralla del río grande como registro y valla de los descalzos. Pintar la unidad obrera del internacionalismo como valla mural que haga presencia del movimiento descalzo. Es necesario escribir aquí las palabras del descalcista Hernando Patiño: sin historia andamos ciegos. Novela conciliatoria sin los tonos de la aventura armada, ni reporte ecológico de maderización y potrerización. Su textura humana es rica en honduras y lágrimas.

La Albarrada, frontera entre Magangué y el río Magdalena

La Albarrada, frontera entre Magangué y el río Magdalena

A estas alturas podemos hablar de una trama historial bien novelada. La gesta magangueleña del Primero de Mayo dibujada es lucha sincera de los descalzos contra el atraso agrario, la nación rojiazul y la Colombia vendida que vira como chalupa al garete. Mayo abre su fiesta obrera. Se levanta el Comité de Solidaridad, la cooperativa, vienen los obreros petroleros de Cicuco, las tejedoras de palma con los mil sombreros cascajaleros para el desfile de Mayo  la sombrerera Virgelina acaricia la barba negra de Calixto. Pescadores, mineros, chaluperos, petroleros, todos los descalcistas y gente de Mayo están allí, la gran marcha jornalera avanza. Montan tribuna para el día del trabajo y se mueve todo el espinazo sindical con sus trampazos y tramperos. Se levanta el esquirol Gilberto Salas, pero lo apagan Pacho, el médico Óscar Mauricio y la procesión descalcista. Su utopía será una fiesta de las cosechas y honrado sueño de niños, yo iré a llamar a sus puertas. El NO de los descalzos a las armas es la Colombia nueva y constructiva, parodiando una frase del libro, digamos que destruir es más fácil que construir, pero también más doloroso y la guerra labor de amargados.

El Magangué de los descalcistas es la albarrada con sus colgandejos de toda laya donde siguiendo el texto, todo es engullido por todos. La calle no es la calle, es mercado, comparsa, bazar, sobrevivencia, plaza, escándalo. No deja por fuera huevos de iguana, boa, tortuga y babilla, todo por kilos. Vienen las rondas cooperativas, del plátano, maíz, arroz, sorgo, siguen El Planchón de Santa Rosario, Polo y el naufragio de las maderas, cierran Adolfo y Pacho..

Magangué al atardecer

Las dos últimas partes fijan una traza más historial, la novela toca todos los paisajes, Cartagena, Cali, Medellín, el texto rompe nuestras endogamias y transita paisajes de montaña, mar, ciénaga, río, mientras empiezan a moverse las balas escondidas con el encono nacional de los grupos. La novela no se deja engañar ni se presta a fantasías de pajes guerreros, denuncia cómo se legalizan balas y guerra. Es sumatoria propia, intento ambicioso cosmogónico y totalizante de las grandes sumas del siglo XIX. Escritura voluntariosa, limpia sin oscuridades de estilo, oficio despierto que asume la modernidad sin discurso académico, pero con el dinamismo dialectal del documento social. Escritor que no mame realidad escribe paja. Novela documental donde las puntadas juegan el juego de la memoria. Historial de nuestras lágrimas, derrumbamiento de la utopía descalcista. El puente de Luis Eduardo en las aguas del río Boque que acaban las balas de Arcelicio y su banda gatillera, los proyectos de Leonardo y sus llamados a libros y prensa. Desmoronamiento final de los descalzos, deambulantes, desplazados con los sueños rotos por Solano y sus matones. Las muertes de Lucho y Clemente. El relato de Nicario a Leonardo sobre la muerte de Lucho, testimonio doloroso y verísimo. Siguen las muertes de los descalzos Raúl Ramírez y Aidé, puentes, cooperativas, bibliotecas todo vuela a la hora de las armas. Todo parece historia cansada en esa Magangué descalcista. La novela misma nos da las claves de salida del pantano, ella tiene tres frases conmovedoras: era muy tierno para el remordimiento, es tarde para la vida y el Mohán es la tristeza del agua. Ellas son la invitación final a la niñez eterna del poeta y al despierto silencio de los sabios. Siguiendo el consejo de otro descalzo, metámosle razón al corazón y oficio a la vida, la tarea de vivir es más grande que la de morir.

NOTAS:

1 Editorial Universidad de Antioquia, mayo de 2003.