Ensayo


Primera declaratoria de guerra contra Débora

Ángel Galeano Higua

(Ensayo)

Bailarina en descanso – acuarela

A comienzos de 1938 el grupo de pintoras reinició sus labores pero no invitaron a Débora. Fue la primera declaratoria de guerra contra ella. Débora habló con Pedro Nel, le pidió una explicación, pero el grupo no la quería por su propósito de pintar desnudos. Entonces Débora le pidió que le dictara clases a ella. “Está bien”, le dijo Pedro Nel, “vaya a mi casa de Aranjuez y allá le enseño”.

Débora fue con su hermana Elvira a casa del maestro donde conoció a Giuliana Scalaberni, su esposa, con quien estableció amistad. Ese día, Débora pintó un retrato de Elvira, una acuarela. Pedro Nel también la pintó. Días después pintó varios bodegones. Y así Débora siguió practicando la acuarela, aunque su sueño era hacer grandes formatos, ojalá desnudos al tamaño natural. A Giuliana le encantó el trabajo de Débora e hizo comentarios muy positivos delante de Pedro Nel, llegando inclusive a proponer que ella la llevaría a Italia, a Europa, para que pintara allá. Empezó a enseñarle italiano. Débora se entusiasmó con la idea e iba a casa del maestro a clases de pintura y de italiano. Tuvieron algunas discrepancias por el deseo que tenía Débora de pintar en grandes formatos. El maestro la criticó por juntar varios pliegos de papel y le dio a entender que era un error ponerle fecha a las pinturas. Débora lo admiraba tanto que llegó a borrar varias fechas que ya había puesto. Pero aquella atmósfera de trabajo no duró mucho, porque Pedro Nel, de manera inexplicable, cambió su relación con Débora, modificó su acostumbrada calidez por el trato frío y distante, a tal punto que empezó a negarse cuando Débora iba a las clases, y Giuliana ya no pudo seguir enseñándole italiano. Débora comprendió que aquellas puertas se las habían cerrado y, con dolor, decidió continuar adelante por sí misma. Sabía que la práctica la llevaría por el camino que ella soñaba y que si seguía con el maestro Pedro Nel se convertiría en una imitadora. Era consciente de que su estilo, su color, su temperamento eran diferentes y que el precio que tendría que pagar por su independencia sería muy alto, aunque ella no alcanzaba a sospechar cuánto.

Una de las mayores dificultades que se le presentaron a Débora fue conseguir una modelo para sus desnudos. Luisa Montoya, una atractiva vecina, aceptó servirle de modelo. Durante largas sesiones realizadas en su casa, con el visto bueno de su familia, Débora pintó su primera acuarela de gran formato, como si quisiera plasmar su plástica al tamaño de los grandes frescos de Pedro Nel.  Tituló esa pintura Cantarina de la rosa, ésta marcaría un hito en la producción de Débora.

Del grupo de amigas sólo la acompañó su inseparable amiga Luz Hernández, quien aprovechó para confesarle que no volvería a pintar porque había tomado la decisión de internarse en un convento. También le contó que el grupo de Pedro Nel había seguido pintando en El Bosque y que si quería irían a verlas. “Allá están, pero no quieren que usted vaya más al grupo porque ellas no van a pintar desnudos… No se le dé nada”, dijo Luz Hernández, “yo me voy en julio o sea que le voy a posar a usted todo este tiempo. Después buscamos a otra que me reemplace, quédese tranquila Débora, que usted va a salir adelante”. Débora tomó una lindísima jarra de cristal que tenía su madre, la llenó de agua, ambas se fueron a una de las piezas de adelante y Luz posó para que Débora la pintara. Los padres de Débora no se opusieron, se declararon muy respetuosos del arte de su hija. Así, las dos amigas duraron seis meses en esos ejercicios, de los cuales brotó otra acuarela La Amiga, que corresponde a una mujer desnuda en actitud de reposo, acostada boca abajo en su lecho con una especie de toga que le cubre parte de sus piernas y con la cabeza descansando sobre los brazos. Para lograr aquel formato unió tres pliegos que alcanzaron las dimensiones de 0,61 x 1,44 metros, una acuarela de gran formato.

Hasta que llegó el día en que Luz, muy joven todavía, se marchó para el convento. Quizás fue el llamado de una vocación o quizás fue una decepción amorosa, pero para Débora esta última posibilidad era muy extraña pues no le conocía romance alguno, ni pretendiente. Ellas vivían tan sumergidas en la pintura que no tenían tiempo para novios. Luz Hernández era una joven muy bella, alta y espigada, de trenzas y de muy buen ánimo. A pesar de que Débora presentía la falta que le haría su amiga y cómplice, la apoyó en su determinación de tomar los hábitos. Le obsequió una maleta de cuero, de las que vendía don Cástor en su almacén, para que recogiera allí su ropa. Al principio Luz no se amañó con las Hermanas de los Pobres y se retiró, pero su interés no decayó y Débora visitó las monjas de La Presentación para mediar que la admitieran.

Por esos días, Jesusita Vallejo le sugirió a Débora que fuera donde Carlos Correa que estaba pintando lo mismo. Débora ya lo conocía. Sabía que a la edad de 13 años él había estudiado música, pero que tres años después había ingresado al taller de fotografía de Rafael Mesa como retocador de negativos, oficio con el cual se ganaba la vida. Sabía que luego se dejaría llevar por su inclinación a la pintura y recibió clases de varios maestros, entre ellos Pedro Nel Gómez, quien le enseñó a mirar el mundo con ojos de artista y le despertó el interés por la figura humana.  También sabía que Carlos Correa había presentado su primera exposición individual en 1936 y que en la invitación que hizo a los periódicos había declarado que su exposición era un reto a las fosilizadas formas del arte imperante. A Carlos Correa le atraía el tema la sexualidad en la adolescencia, por el cual estudió la maternidad, el desnudo y la muerte. De aquellos ejercicios quedó Maternidad blanca, un desnudo que traza la línea de unión de su búsqueda en el mismo sentido que lo hacía Débora. Así pues, la pintora lo visitó y le pidió que pasara por su casa porque quería mostrarle su trabajo. Cuando Carlos Correa conoció los desnudos pintados por Débora, quedó deslumbrado ante aquellas acuarelas en grandes formatos.

Ya con varias pinturas terminadas, Débora llamó a Pedro Nel para mostrárselas. Al fin y al cabo él seguía siendo su maestro admirado en cuya obra ella había encontrado el camino que buscaba. Al ver semejante trabajo, Pedro Nel le dijo que no se metiera en eso tan grande. “Pero a mí me gusta mucho, maestro”, le respondió Débora. “Pues usted sabrá…” Y hasta ahí llegó la visita, porque Pedro Nel se marchó sin decir nada más.

Sor Josefina, acuarela

Antes de que Carlos Correa dejara la ciudad para atender el cargo de director de la Escuela de Pintura de Cali, acompañó a Débora, junto con Rafael Sanz, a ciertos lugares donde no quedaría bien que ella fuera sola, porque lo que Débora quería era tomar algunos apuntes de aquellos ambientes fuertes, diurnos y nocturnos, de calles y cantinas, donde la vida era una lucha. El sector de Guayaquil hervía como un puerto donde las expresiones culturales autóctonas antioqueñas contrastaban con el flujo de personajes picarescos, trabajadores, ladrones, prostitutas, curanderos, culebreros, hierbateros, campesinos con los productos de su terruño, mendigos, chulos, carteristas y cuchilleros peleadores. En las noches el tango se apersonaba en la multitud de cafés y adquiere esa fascinante popularidad. Débora trabajaba de manera incansable y en ese trajín recordó haber dejado, entre sus bocetos que esperaban turno, a uno que hizo de Sor Josefina Posada. Entonces pintó una acuarela en la cual la monja, sentada en el borde de su cama de enferma, escribe apoyada en la mesita auxiliar. En la cabecera aparece un crucifijo como única compañía. Era una acuarela de homenaje a una de sus maestras más queridas, como si al pintarla pagara una deuda del alma y cada pincelada fuese un conjuro contra el dolor y la muerte.

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Débora: El Arte, venganza sublime, Ángel Galeano Higua. Edit. Panamericana.

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Gaitán y la masacre del 9 de abril

Ángel Galeano Higua

(ensayo)

Gaitán, acuarela de Débora Arango.

Débora está sentada en mitad de la calle junto al Parque de Berrío, con su caballete, entre ingenua y avispada, tomando apuntes para una pintura de la manifestación. Gaitán es un potente imán que atrae a la multitud. Su llegada ha sido apoteósica. Medellín se ha volcado detrás de él en un río de fiesta. Todos quieren verlo, saludarlo, tocarlo. Para la iglesia y los sectores más conservadores, él es el anticristo, el demonio liberal, el revolucionario. Para los liberales y el pueblo, Gaitán representa la esperanza, la dignidad, la oportunidad de una sociedad más justa y respetuosa. La multitud se agita y ondea las banderas multicolores. Al comienzo Débora puede recoger algunos trazos, pero la gente pasa, empuja, los trazos se desvían. Alguien tropieza con el caballete, otro tumba los frascos… la avalancha circula detrás del caudillo y a duras penas Débora logra salvar algunas cosas. Entre empellones traza unas cuantas líneas más y luego se marcha a su estudio. Así le ha tocado muchas veces, correr a su paleta con la imagen que acaba de recoger en la memoria. Ese ejercicio repetido a fuerza de circunstancias para retener en su mente los colores llenos de vida, los gestos, las actitudes y ademanes, la atmósfera palpitante de humanidad.

De aquella vivencia surge Gaitán, una abigarrada acuarela en la que se puede observar la gigantesca figura del caudillo que avanza sobre el lomo de la multitud. El colorido es una cita de seres humanos entusiasmados rodeados por banderas de diversos países. El cuadro parece haber sido creado como los murales, por secciones. Gaitán es el homenaje de Débora a aquel hombre que una vez la acogió con fraternidad y respeto.

Ahora Gaitán ya no ocupa ningún cargo en el gobierno, pues el conservador antioqueño Mariano Ospina Pérez ha ganado la presidencia en las elecciones de 1946. Es un período difícil para el país. A pesar de haber logrado la presidencia, los conservadores no controlan el congreso, ni los consejos municipales, ni las asambleas departamentales. Se desata una ola de violencia en las zonas rurales de Santander y Boyacá contra los liberales. Pronto el país entra en una zozobra dolorosa. En ese ambiente Gaitán consolida su liderazgo y es elegido jefe único del liberalismo. La violencia se acrecienta, las autoridades de policía toman partido quebrando su imparcialidad constitucional, los periódicos también se alinean en uno u otro bando dedicando sus páginas a exaltar a sus favoritos y a denigrar del contrario. A estos gravísimos hechos se le suma que la iglesia acrecienta su protagonismo político hasta llegar a puntos extremos como el de Monseñor Builes cuando declara desde el púlpito que los liberales no pueden ser considerados católicos. En medio de esta atmósfera de exacerbada violencia la población vive injustas condiciones de vida: salarios de hambre, carencia de servicios de salud, educación y vivienda. La mujer continúa marginada sin derechos civiles.

Masacre del 9 de Abril, acuarela de Débora Arango.

Al acercarse la fecha de la celebración de la IX Conferencia Panamericana, que se realizará en Bogotá, cierta paridad que tenía el gobierno de Ospina Pérez se rompe, los pocos liberales que hacían parte del gabinete renuncian y Ospina Pérez conforma un gobierno enteramente conservador. Es entonces cuando en plena celebración de la IX Conferencia, el 9 de abril de 1948, cae asesinado Jorge Eliécer Gaitán en pleno corazón de Bogotá. El criminal es detenido, linchado por la turba y su cuerpo arrastrado por las céntricas calles de la capital.

A partir de ese instante Bogotá entra en una catarsis monstruosa. La ira de la población se desborda y se suceden los saqueos, crímenes, incendios. La ciudad se parece a las de Europa bombardeada durante la segunda guerra mundial. La violencia se riega por todo el país, campos y ciudades chorrean la sangre fratricida de los colombianos.

Débora plasma con sus pinceles el dolor que la embarga. Su obra adquiere otro vuelo y recoge las imágenes desgarradoras que en compañía de su padre y hermanos escuchan por la radio en su casa finca de Envigado. La acuarela Masacre del 9 de abril, es una magnífica condena a los violentos hechos que generaron la sangrienta racha. La pintura es una composición de cinco movimientos unidos alrededor de una edificación que simboliza la república. En primer instancia aparece Gaitán en una camilla que sus seguidores suben, algunos de ellos con improvisadas armas rústicas. Al lado derecho el asesino es arrastrado por las calles. En el mismo costado en la parte superior, aparecen entre incendios, los uniformados matando a varias personas. Al lado izquierdo, varios curas escapan por una escalera, ayudados en la parte superior por otros religiosos. Y en la parte central superior, una mujer de la bohemia toca las campanas sostenida por las piernas por un monje. Y en mitad exactamente de toda la acuarela las palabras “Viva Gaitán”.

Se suceden hechos inauditos en todo el país. Setecientos liberales de Puerto Berrío son apresados en sus casas para sofocar una posible revuelta a raíz del asesinato de Gaitán y enviados en trenes a Medellín, los encierran en la plaza de toros durante tres días, a la intemperie, en condiciones humillantes y sin alimento. Débora pinta El tren de la muerte, una acuarela dramática en la que se ve el tren rodando por la carrilera y en uno de los vagones se muestran cabezas y cuerpos mutilados que llevan como macabra mercancía. En las puertas resaltan las huellas de unas manos ensangrentadas. El humo blancuzco sobre el tren es una avalancha de espirales. Débora ha complementado esta escena con un viaje al puerto sobre el Gran Río.

La obra pictórica de Débora se hunde en los momentos históricos que vive el país. Es el testimonio de una artista que no puede callar su grito de horror ante tanta barbarie.

En medio de ese baño de sangre, vienen unas elecciones presidenciales a las cuales no concurre el liberalismo por razones obvias. Laureano Gómez resulta presidente y de inmediato constituye un gabinete conservador con el cual se propone instaurar una hegemonía absoluta. Un ataque al corazón lo obliga a retirarse del poder por un tiempo, pero cuando quiere retornar sucede un golpe militar encabezado por el general Gustavo Rojas Pinilla y Colombia entra en otra etapa tenebrosa de su historia. Débora, muy atenta desde Casablanca, plasma este episodio con una nueva fuerza satírica. Salida de Laureano es una acuarela con nuevos elementos simbólicos que inaugura en la obra de Débora una nueva etapa. La representación de personajes con figuras animales se perfila en este cuadro que muestra a Laureano como enorme y horrible sapo que va en una camilla cargada por cuatro chulos. La marcha va encabezada por un esqueleto cuya bandera lleva impresa la calavera cruzada por dos fémures. El cuadro está pintado en diagonal y en la parte superior izquierda, oscura, se ven varios curas de camándula al cuello con los brazos en alto saludando a Laureano. Una hilera de cañones los custodia. En el extremo opuesto de la diagonal están los militares enfilados. Cierra el desfile un militar con gorra y un fusil en la mano en ademán de aplastar con la culata algunos bichos que hay en el piso. Esta pintura la repitió Débora al óleo.

En esta nueva metáfora zoomorfa de la obra de Débora están las pinturas La danza, La justicia, La República, Junta Militar, Doña Berta y Plebiscito, que son un inventario de nuestra historia durante esos aciagos tiempos.

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Tomado de Débora Arango: El arte, venganza sublime. 100 Personajes, 100 Autores. Edit. Panamericana.

Entre Barcelona y París

Ángel Galeano Higua

En un pueblito español

Mi cuerpo ya está aquí, pero el compuesto inmaterial e invisible que me contiene sigue caminando por Barcelona y París. Deambulo como un fantasma entre la Rue Christine y el boulevard de Saint Germain y Saint Michel, buscando a Valjean y esperando a que pase la carroza en que viaja Balzac con su traje alquilado…

En Barcelona sigo el rastro de la lagartija multicolor en el parque Güell y busco el Mediterráneo al final de las ramblas, donde han levantado bolardos contra los lunáticos. Y en Cerdanyola de Vallés escuchamos la guitarra de Miguel Ángel Sanz, que acaricia los poemas de Lucía Estrada, Rubén Darío Lotero, Luis Hernán Rincón, Miguel Méndez Camacho y Jorge Debravo, que descubrió en el libro La última página.

Creo saber, Valjean, por donde corriste, qué río te acompañó en tu desdicha

 Hicimos maletas a mediados de diciembre y en el equipaje incluimos nuestros libros para entregarlos a Maryuth Contreras, una de las protagonistas de El río fue testigo, que ahora vive en Barcelona, y a Anne Lise, una amiga investigadora de la Universidad de París. Tenía que aprovechar aquel viaje, regalo con que mi esposa y mi hija me celebraban mis primeros 70 años, para llevar también la novela de los descalzos a mi hermano Andrés, que vino con su familia a pasar navidad con nosotros en la capital francesa. Para mis sobrinos Ana María y Juan Camilo: Palabras al viento. Y a Marta Lucía: Mompox, una victoria sobre el tiempo, el libro de Bárbara.

 Corrí hacia el primer vagón para ver si ese tren se dirigía al Palacio de Versalles, cuando lo comprobé quise avisarle a mi esposa y a mi hija, pero ellas ya lo estaban abordando en ese instante y apenas si alcanzaron a hacerme señas de que subiera. Antes de que el metro cerrara las puertas salté al interior del primer vagón. A mis espaldas sentí el golpe al cerrarse la puerta. Carmen corrió a la ventanilla de su vagón para comprobar que yo sí había alcanzado a subir. Al verme sonrío con tan dulce alegría que se me grabó su imagen como una de las más bellas. Dos estaciones más adelante cambié de vagón y me reuní con ellas.

Música de guitarra compuesta por Miguel Ángel Sanz, para el poema “El río sin agua”, de Luis Hernán Rincón.

 Las mujeres son incansables. Versalles les queda chiquito. No se cansan de mirar vitrinas, medirse zapatos y trajes, mirar espejos y bolsos… Así en Lafayatte o en las tiendas de Saint Germain.

Lo mejor de Versalles son sus jardines, aún en esta época de invierno. Son un laberinto y a la vez una creciente ramificación. Los árboles duermen mientras nosotros tiritamos.

 Creo saber, Valjean, por donde corriste, qué río te acompañó en tu desdicha. Qué edificios vieron tu dilatada fuga, qué callejones te protegieron… Ya lo sé.

 Al frío de París sólo se le puede derrotar recorriendo sus calles con la imaginación ardiendo, ancha y hambrienta. Beberse esta lloviznita pertinaz, este aguacero de medianoche…Mientras escucho una historia dolorosa y triste en un bar de Saint Michel…

Faro de hierro, proscenio para las fotografías testimoniales, dama esbelta que rige los Campos Elíseos.

 No sabía de tus pinceles, Rodin, sólo de tus esculturas. Por eso, al descubrir tus acuarelas admiré aún más tu obra, como si hubieras guardado el secreto de tus pinturas para enseñármelas ahora. Y Camille ronda todos tus atrevimientos.

 Sólo estando adentro sentimos necesidad de estar afuera. Amanece tan tarde y anochece tan temprano, que uno se pregunta ¿dónde queda el día? ¿Dónde está el sol?, ¿qué se hizo el cielo? El gélido silencio de la neblina los contiene.

 Y en la noche conocemos la famosa, empinada e inútil “chatarra” mitificada, que forma parte del mapa turístico de París. Faro de hierro, proscenio para las fotografías testimoniales, dama esbelta que rige los Campos Elíseos.

 Entro en una tienda de antigüedades en Montmartre atraído por el guiño de tres campanas exhibidas en la vitrina. Una en especial, sostenida por un pájaro liviano que está a punto de levantar el vuelo. Me atiende un hombre mayor, casi un anciano, de cabello blanco y pulcro chaleco de lana, me saluda con una sonrisa amistosa. Le pregunto si habla español y me responde que un poco, reforzando sus palabras con una seña del índice y el pulgar dando la medida pequeña. Correspondo a su sonrisa y le digo que me interesa ver las campanas… Abre la vitrina y tomo la que más guiños me hace. Es de bronce, dice. Le he dejado la pátina porque hace parte de la historia de las cosas. Además, afirma, esa capa protege su brillo y el tiempo. El pájaro sujeta la campana con sus patas dando la sensación de un solo cuerpo aéreo. La hago sonar y el tintineo es claro, limpio, como si tuviera en él los sonidos de su cuna ancestral. La compro, digo. ¿Cuánto vale? Mira en un cuaderno: 15 euros. ¿Sabe de dónde procede? Es de algún país de África, pero no tengo el dato preciso, me responde. La envuelve despacio en un papel especial, como si fuera un regalo.

Para no sucumbir en invierno, los árboles se despojan de sus hojas, flores y retoños

 Parecían, pero no lo estaban. Con sus instrumentos esperan en aquella acera a que un detonante los ponga en acción. Son hombres mayores, blindados contra el frío por sus chaquetas. Al comienzo pienso que están borrachos. ¿Qué los impulsa a salir de noche bajo aquella férula helada? Admiro su presencia que por sí sola alegra la calle, los restaurantes y cafés a esta hora repletos. El silencio con que pasan los transeúntes contrasta con nuestra espera. De repente, a una señal del trompetista, empiezan a tocar un jazz… Empiezo a grabarlos. Al momento aparecen varios turistas con sus celulares y los enfocan… La noche adquiere otro semblante y por unos minutos el frío de París sufre una deliciosa derrota. Más que borrachos, están embriagados de música.

 Para no sucumbir en invierno, los árboles se despojan de sus hojas, flores y retoños. Como esqueletos despeinados, impertérritos, recogen al máximo su ser para ahorrar energía y sostenerse de pie.

 Tanto fue lo que nos previnieron sobre el invierno en París que, confieso, llegué a sentir pánico por el frío. En los inconvenientes que tendría si me sucediera lo que en Lima, cuando una noche de viento y atmósfera amenazante, cuando visitamos el parque del agua, tuve necesidad de orinar una y otra vez… Pensaba también en mi garganta, la posibilidad de un resfrío como lo tuve en Suiza. O el peor caso: que se helaran mis pies hasta la hipotermia, como lo viví en Bogotá. Pero nada de esto sucedió y el paseo por Barcelona y París lo disfruté de lo lindo.

París sí existe y está aquí, miren.

 Sí existe. París sí existe y está aquí, en París mismo, donde ha estado siempre, pero que nos parecía un sueño, un mito, una ficción. Sin embargo, algo de irreal permanece en sus calles y edificios, en el río y en sus gentes. En sus ruidos apagados por el frío invernal, en sus vitrinas y en sus bares y restaurantes nocturnos. Es como si nos moviéramos en una postal inviolable, como si la realidad se mantuviera fuera de nosotros y se resistiera a profanar la imaginación. Vinimos con nuestra idea de París a cuestas y de que el mundo se había estremecido con la revolución de 1789 y la Comuna de París. Algo de todo eso nos lo dice el exquisito sabor del vino, los crepes, el pan… y al digerirlos traspasamos a nuestra saliva y al estómago, la capacidad cognoscitiva. Ponemos la mente en la lengua, el olfato y el jugo gástrico, para que la vibración de ese nuevo mundo, entre en nosotros de manera más primigenia, sin el filtro empobrecedor de la razón.

Un guía conversa con un grupo de niños visitantes del Museo D´Orsay

 El mundo detrás de una sonrisa. ¿Quién se ríe de quién? ¿El autor o su obra? ¿Da Vinci o La Gioconda? Miles de personas entran en oleadas al Louvre, como cumpliendo un ritual de sintonía.

 Y de pronto, en los Jardines de Luxemburgo, aparece un muchacho en pantaloneta y camisilla, trotando. Unos metros atrás lo sigue una chica esbelta y de balaca, también en pantaloneta y blusa deportiva. En aquel frío parece ficción que haya quien trote, vestido con aquella ropa más apropiada para el trópico. Sonreímos desde nuestro parapeto de trapos, gorros y guantes…

 París no ha dejado de ser un sueño. Lo que sucede es que ahora sabemos lo ancho que es.

Ser “descalzo” es una forma de vida

Ángel Galeano Higua

El río fue testigo es una especie de devolución de lo que tomé prestado a ese puñado de utopistas modernos conocidos como “los descalzos”. Durante 40 años les he seguido la pista a varios de ellos admirado por su entrega, por esa suerte de devoción casi religiosa con que construyeron a pedacitos un mundo nuevo en la década de los 80. Porque ellos alcanzaron a construir un mundo nuevo, aunque por poco tiempo, en algunos lugares de Colombia.

Tuve la fortuna de enrolarme como cronista de esa odisea. De la mano del soñador mayor, Francisco Mosquera, una antorcha siempre encendida, y con mi corazón prendado de una mujer que lo dejó todo por entregarse al servicio de los más pobres de nuestro país, valiéndose no sólo de sus conocimientos y destrezas en el campo de la salud, sino echando mano de una infinita capacidad de trabajo y sacrificio: Carmen Beatriz, una auténtica descalza.

Francisco Mosquera, el estratega de los descalzos (Foto archivo El Pequeño Periódico, 1984)

Un cronista con ínfulas de aprendiz de escritor, es decir, un hombre con su propio sueño, lo que equivale a algo inútil para la sociedad en términos económicos y prácticos. No obstante, esa aparente inutilidad puede proyectarse como una conciencia dispuesta a hablar. Está presente, vive, respira, fluye como un río y como un río es testigo, no sólo de lo que se extiende más allá de sus orillas, sino del torrentoso cauce que corre sin cesar.

En ese tránsito y con la mirada cargada de curiosidad y asombro, comprendí que no podía guiarme por un solo pálpito, ni una sola voluntad, sino que existían muchos puntos de vista y que mi deber como periodista y escritor era aprender de todos ellos para poder contarlo después. Ser cronista de “los descalzos”, de sus acciones y reveses, de sus nostalgias y temores, y también de quienes en las comunidades recibían esa ofrenda como un milagro humano. Tomar atenta nota de quienes los combatían desde todos los niveles del poder, con el camuflaje de “insurrectos errantes” que combinaban “todas las formas de lucha”, o la tosca posición de la autoridad local o nacional, o parapetados en la sombra delincuencial de los narcos y otras pandillas.

A nombre de todos los credos conspiraron contra el sueño de los descalzos y en esa medida propiciaron un abigarrado cuadro de personajes y situaciones, de los cuales un aprendiz de escritor no puede darse el lujo de despreciar a ninguno. Al contrario, con el júbilo de quien encuentra un tesoro, los he querido recoger en mi morral de viajero, a donde van a parar todas las historias que me asaltan en los caminos.

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Algunos descalzos asistentes a la presentación del libro en Bogotá, (Nov. de 2017)

Los primeros descalzos que conocí regaban su pregón en los barrios surorientales de Bogotá. Los vi desarrollar tareas de organización en los barrios de invasión y en una monumental refriega con la policía del Distrito cuando, luego de varios meses de meticulosa preparación, cuajó un multitudinario paro cívico exigiendo transporte público hasta Juan Rey, en la carretera a los llanos, que nos desbordó a todos. Tomé mis primeros apuntes y coleccioné recortes de prensa que aún conservo, con la idea de escribir un libro de cuentos. Recuerdo a líderes excepciones de esa zona como la liberal gaitanista, Cecilia Camacho de Orellanos. Eran los años del gobierno liberal de Alfonso López Michelsen. Entonces cursaba estudios de Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional.

Con la primera oleada juvenil que abandonó la ciudad, tuve la oportunidad de conocer el trabajo pionero en la zona cafetera, en una apartada vereda de Neira a orillas del río Cauca, a donde se había descalzado Arnulfo Cifuentes, uno de los activistas de los cerros surorientales de la capital, en compañía de Olga Lucía Giraldo. Allí los vi intentando, por primera vez, cambiar sus manos de intelectuales por los de labriego. Esfuerzos infructuosos a la postre. Cabalgué con ellos por esas empinadas cumbres llevando mi proyector manual de filminas, para proyectar en un telón improvisado de una finca las imágenes de un encuentro campesino realizado en la vereda La María. Los campesinos lanzaban exclamaciones, entre incrédulos y asustados al verse plasmados en esa sábana prestada por la esposa del mayordomo.

Después viajé a la región tabacalera del Carmen de Bolívar y Ovejas, donde me establecí durante más de un año. A pesar de las condiciones muy difíciles escribí mi primer libro relacionado con esta gesta, una especie de novela de más de 200 páginas, que recogía la vida del carmero Rufino Tamayo y su familia campesina dedicada al cultivo del tabaco, y a una mujer hermosa a la que llamaban La Turca, ataviada casi siempre con un turbante de colores vivos y que vivía en una casita de palma en las afueras de Ovejas, quien no sólo me invitaba a almorzar cuando la visitaba en compañía de Tito, otro descalzo oriundo de San Juan Nepomuceno, sino que nos contaba historias de su oficio de leer el tabaco. Entre los personajes resaltaba un maestro del colegio cuyo nombre, por desgracia he olvidado, quien me abrió varias puertas de amistad con pobladores de aquel pueblo donde había nacido el gran músico Lucho Bermúdez. Cuando terminé de escribirla la envié a Bogotá para evitar que la policía me la incautara, ya que en cualquier momento podía ser interceptado como sospechoso: no era de la región, no tenía empleo, y para completar me reunía con campesinos y líderes de la población. Varios años después, en una visita a Bogotá me dirigí a la casa frente a La Rebeca de la calle 26, buscando al secretario regional a quien había confiado mi manuscrito, pero para mi sorpresa me dijo, con todo el desparpajo, que no recordaba dónde la había dejado. Retomé mis estudios de ingeniería, pero mi pensamiento estaba ya en otro viaje.

En mi definitivo paso por Medellín y Antioquia, pude acompañar a varias delegaciones en campaña y comisiones del periódico, a diferentes poblaciones alejadas. Tomé apuntes de cuanto podía, entrevistas y anécdotas. En Medellín, por ejemplo, fui testigo de la marejada humana que llegó huyendo de la violencia, a lo que hoy se conoce como la Comuna 13. Esas montañas se poblaron de la noche a la mañana con miles de familias que buscaban donde detenerse en la desesperada carrera que habían iniciado en Urabá y otras poblaciones del noroccidente antioqueño por salvar su vida. Vi cómo esos compañeros se esmeraban día y noche por ayudarlos en la organización comunal, trazaban calles, establecían pilas de agua comunitaria, aunaban las fuerzas de los desplazados en medio de las contradicciones propias de aquel desorden.

De la mano de los dirigentes sindicales conocí los grandes centros de producción textilera en Itagüí, Bello y Medellín, los socavones de las minas de carbón de Amagá y Titiribí y estuve en el entierro de más de cien mineros que murieron achicharrados por la explosión del grisú, en una tragedia anunciada de la cual los responsables fueron la empresa y el gobierno. Asistí a muchos sindicatos en la elaboración de sus periódicos y aprendí de su coraje y su persistencia, pero también conocí de sus carencias culturales y las limitaciones impuestas por el establecimiento para dificultarles el acceso al mundo del libro, de la literatura, del arte y de la ciencia.
Y en todos estos trances, cada año, el “Día más luminoso de la tierra”, el Primero de Mayo, que sigo celebrando aunque sea en la intimidad de los recuerdos.

A finales de los años 70, estando radicado en Medellín como maestro del INEM, conocí a la descalza con quien he vivido desde entonces. Y con ella nos fuimos para el Sur de Bolívar, llevando con nosotros a nuestra pequeña hija Bárbara de dos años. Abandoné mis estudios que había retomado en la sede de la U. Nal en Medellín. Doble revolución para mí, desde entonces no he vuelto a ser el mismo. Fue una ruptura que tanto ella como yo quisimos que fuera total, hasta que a los 10 años de estar allí, se hizo imposible continuar por el grave peligro cernido en el Sur de Bolívar y en todo el país, por parte de los grupos armados, y tuvimos que regresar a Medellín para empezar de nuevo, desde cero.

El río fue testigo corresponde a este tramo y el puerto de Magangué como base principal desde donde irradiaron su acción más de 35 descalzos provenientes de diferentes regiones del país.

Aquí funcionó el Centro Médico de Especialistas, Calle de Las Damas de Magangué, desde donde los descalzos organizaron cientos de brigadas de salud para los pobladores del Sur de Bolívar. (Foto archivo de El Pequeño Periódico)

En este libro aparecen los hechos históricos tal como sucedieron y se constituye en mi alegato fundamentado y mi denuncia del asesinato de nuestros compañeros por parte de los grupos armados. Lo terminé de escribir por primera vez en el año 2000, fue publicado en el 2003, sin editar y ahora, con el concienzudo trabajo de relectura, corrección y edición que me llevó más de tres años, y el acompañamiento de mi mujer y mi hija, de algunos amigos y la mirada incisiva y crítica de Conrado Zuluaga, recorro el país entregándolo no solo a aquellos valientes e inolvidables descalzos donde quiera que estén, sino, y sobre todo, a las nuevas generaciones para que conozcan esta trascendental estrategia revolucionaria concebida y dirigida por Francisco Mosquera, única en el país y quizás en Latinoamérica.

Al contrario de lo que algunos puedan pensar, ésta no se ha agotado, sino que se proyecta como una necesidad para que Colombia ingrese, al fin, en el camino de la autonomía, la dignidad, la modernización y el auténtico desarrollo armónico fruto de la diversidad y las contradicciones. Ser descalzo es una forma de vida, una concepción y una ruta, sin importar dónde nos hallemos ni con quién. Los descalzos siempre dirigen su mirada hacia un horizonte en el que todos los colombianos disfrutaremos algún día con dignidad y en armonía, sin discriminaciones de ningún tipo, del gran misterio de la vida. ¿Cómo no escribir sobre esta generación y sus atrevimientos vigentes?

La peor desgracia que le puede pasar a una nación es que suceda una dislocación entre generaciones, una ruptura en esa cadena de la memoria. Por ello no debemos ahorrar ningún esfuerzo para contarles a los niños y a los jóvenes esta historia que sucedió, que es real, y que El río fue testigo recrea con la fuerza y la pasión propias de quienes la inspiraron. He venido a devolver lo que tomé de ustedes, los descalzos, con la vergüenza de no haber alcanzado la altura sublime que esta saga merece, pero con la alegría de haberlo intentado.
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Palabras de Ángel Galeano Higua durante la presentación del libro El río fue testigo, ante un grupo de descalzos y amigos reunidos en Bogotá el 16 de noviembre de 2017.

Perfil del científico Raúl Gonzalo Cuero Rengifo

Inventar es algo tan serio como un juego de niños

Ángel Galeano Higua

(Ensayo)

El objeto prohibido
Algo alborota la curiosidad del niño. Cada vez que cruza la habitación siente que lo atrae. Es un objeto que su padre trajo luego de uno de sus largos viajes de ultramar y que puso sobre el escaparate con la perentoria advertencia de que nadie debe tocarlo. Esta prohibición aumenta la inquietud del niño a tal punto que ya no puede soportarlo más y aprovecha que su padre se hace de nuevo a la mar para estirar la mano y rozar sus aristas. Teme que como el aparato está hecho de metal y no de madera podría quemarle la mano, pero sólo percibe tres hileras de círculos sostenidos por delgadas palanquitas que semejan el costillar de un pescado. Ese primer atisbo aviva su desazón. Con el paso de los días sus dedos se tornan más atrevidos, pulsa uno de aquellos círculos en cuyo centro hay dibujado un signo y lo siente hundirse. Ignora de qué se trata pero ya no puede dar marcha atrás, quiere saberlo todo sobre ese aparato.
La curiosidad extrae lo mejor de él y se da a la furtiva tarea de averiguar qué tipo de artefacto es, y si sirve para algo. Tiene siete años y ya posee su primer secreto. No quiere que nadie se entere, ni siquiera su hermano César, menor que él, con quien pasa tardes enteras, descalzos, pateando la pelota de trapo en la empantanada calle de La Loma. Tampoco quiere que su abuela Estefanía lo sepa, ni su bisabuela Petronila a quien visita todas las tardes en su casa de bahareque, techo de paja y lata, donde tanto lo amañan los rituales ancestrales de la comunidad negra, esos baños que la anciana le prodiga con agua calentada al sol y perfumada con hierbas aromáticas que ella recoge sabiamente en el monte. Inclusive deja pasar varios domingos sin recorrer los diez kilómetros que lo separan de La Carretera, el bailadero que queda en la vía hacia Cali, adonde acostumbra ir a escuchar música y observar, escondido detrás de las puertas, cómo baila la gente para memorizar los pasos y practicar después en su casa. Anhela ser grande para poder bailar en pareja el son y el guaguancó.
Tampoco se detiene a observar los lagartos que andan por aquí y por allí, ni tampoco se distrae en la casa de su abuela mirando las cucarachas que andan en pareja.
Pasan los días y como ya sabe en qué momentos puede acercarse al aparato, lo explora sin que nadie lo vea. Una tarde, de pronto, reconoce el artefacto en una película: es una máquina de escribir. Semejante descubrimiento lo alebresta aún más, sobre todo porque sus padres no saben leer ni escribir. Se rebusca una cinta y se da mañas de ponerla a funcionar utilizando los talegos de papel en que empacan el arroz en la tienda vecina.
Aprende a escribir a máquina por su propia cuenta y cuando ingresa a la secundaria en el colegio Pascual de Andagoya es un experto sólo superado por Chila, su hermana, y por Vaquita, su vecino, quien no obstante tener medio lado paralizado por una apoplejía, es más rápido a pesar de utilizar un solo dedo. Rosita, la profesora de mecano-taquigrafía, se impacienta tratando de inculcarle el método tradicional, pero Raúl persiste en su propio modo que le da velocidad y precisión aventajando a los demás estudiantes, entrega el primero los ejercicios pero como no los hace con el método tradicional, la profesora no le reconoce la máxima nota. No importa, él prosigue con su propio sistema.

Este sencillo hecho sucedido en el puerto de Buenaventura a mediados de los años 50, muestra la forma como Raúl Gonzalo Cuero Rengifo ha capoteado la vida siguiendo su propio sistema de “supervivencia”, hasta lograr la cúspide de la eficiencia y creatividad científicas. Levantándose sobre las propias limitaciones de la comunidad afrocolombiana en el Pacífico, pobre y olvidada, sin héroes ni referencias universales, Raúl se ha convertido en un gran inventor que trabaja con la NASA y recorre el mundo gracias a su inagotable curiosidad y la forma inteligente y creativa de sortear las dificultades. Con su madurez para relacionar ideas y fenómenos, lograda a lo largo de su vida, y la universalidad de su pensamiento ha pulverizado la creencia de que la raza negra es incapaz de encumbrar la ciencia y hacer grandes aportes a la humanidad.

Infancia y curiosidad
El caso de la máquina de escribir es apenas una muestra de la manera particular como Raúl Cuero abordó en su niñez y adolescencia las múltiples y variadas experiencias que se le han presentado en la vida. Él afirma que la persistencia en su propio método de escribir “comprueba que la eficiencia es más importante que la convención”, pero no desconoce que los métodos cambian con el tiempo y “hay que estar alerta mientras se mantiene la esencia”.
Su infancia, poblada de fantasmas y espíritus, fue rica en rituales y costumbres de origen africano traídas por sus antepasados a Buenaventura, principal puerto colombiano sobre el Océano Pacífico donde nació Raúl en 1948, hijo de Olimpa Rengifo, una mujer negra cimarrona, y Félix Cuero, negro también, elegante y de gran estatura, marinero de la Flota Mercante Grancolombiana. La influencia por parte de la familia materna fue fundamental. Eran siete mujeres que vivían en la misma casa: la abuela Estéfana, y la bisabuela Petronila, a quien Raúl acompañaba por los caminos identificando plantas, recolectando hojas, palpándolas, oliéndolas, probándolas, estimulando su apetito por el conocimiento. “Mi madre era la única que vivía en su propia casa con su marido y sus hijos”, a no menos de cinco cuadras de distancia. Su bisabuela, antes de cada comida, echaba un grano de arroz bajo el piso de madera en honor de los que habían muerto y lanzaba otro al aire para los pobres que aún estaban vivos. Con el tiempo, Raúl, en uno de sus viajes a África descubriría que aquella era una costumbre en el país de Ghana, pero allá en lugar de arroz lo hacían con las bebidas.
En más de una ocasión fue víctima del “mal de ojo”: fuerte dolor de cabeza y estómago, fiebre, inapetencia, pérdida de peso, que hubiera podido llevarlo a la muerte si las tres mujeres de su vida: madre, abuela y bisabuela, no lo hubieran arropado “apretadamente en sábanas de algodón”, frotado con perfume de laurel Bayrum y lo alimentado a la fuerza con infusiones de “felidonia” y “escobabosa”, hierbas recogidas por Petronila en sus paseos, y remataron el tratamiento con un repugnante bebedizo que Raúl debió tomar una vez al día bajo la luna llena, hasta que se curó.
La situación de pobreza era tal en Buenaventura que no tenían juguetes, ni libros, ni agua potable. Tenían que inventar sus propios juegos y juguetes, lo que redundaba en beneficio de la creatividad. Y sus padres, iletrados y estrictos, le decían que aprendiera a leer y escribir sino quería quedarse como cargador de bultos en el muelle. El régimen de disciplina en el hogar era muy severo y los castigos no se hacían esperar a la menor falta, sobre todo para los tres hombres, a quienes la madre les sumergía la cabeza en una pila de agua hasta que pataleaban. El orden en la casa era planeado con rigurosidad por la madre, que distribuía las tareas a cada uno de los diez hijos. Después de las siete estaba prohibido salir a la calle, pero Raúl burlaba aquella regla cuando los novios de sus hermanas estaban de visita, entonces se fugaba hasta la plazoleta frente a la Estación de Bomberos para jugar al fútbol o piropear a las muchachas. Tuvo dos novias que le enseñaron a bailar.
Podría pensarse que estas vivencias son despreciables para un científico, pero para Raúl Cuero, no. Las cuenta como si las volviera a esculcar y goza porque sin ellas no hubiera podido desarrollar su creatividad. Desde niño nada le fue desdeñable. Sortear las adversidades le estimuló la búsqueda de explicaciones de los hechos, de las ideas y creencias. Tal fue el caso un domingo que debían asistir a misa y comulgar, con sus impecables uniformes blancos, pero él, por haberse quedado jugando al fútbol en la playa el día anterior, olvidó confesarse y cuando corrió a la iglesia con sus ropas embarradas el sacerdote, que era un “paisita”, no lo quiso confesar y lo acusó de haber pisado la casa de Dios sucio y oliendo a lodo como el diablo. Creyó que su madre lo consolaría, pero ella lo castigó hundiéndolo de cabeza en una pila de agua. Desde entonces comenzó a dudar de los sacerdotes, “a quienes había idolatrado hasta ese día” y deseó estar ya en la secundaria para no tener que confesarse ni ir obligado a misa.

Grandes temas, grandes misterios
A raíz de la negativa del clérigo a confesarlo, Raúl discutió con los profesores sobre la religión, empezó a buscar una explicación de la existencia de Dios y como uno de los maestros dijo que Dios estaba en todas partes, Raúl partió la cola de una lagartija y dijo que Dios debía estar en esa cola porque seguía moviéndose y sería bueno comprobarlo con un microscopio. Por supuesto recibió un castigo pero ello no opacó sus deseos de estudiar ciencias biológicas. Al contrario, empezó a plantearse el origen de la vida, interrogante que lo llevaría a las profundas pesquisas que se convertirían en el eje principal de sus investigaciones científicas.
Sus padres le inculcaban el amor por el estudio, pero de quien recibió el ejemplo de exponer las ideas fue de Vaquita, el vecino que nunca terminó la escuela primaria pero fue un autodidacta disciplinado. Tenía una tienda donde se reunían abogados, políticos y deportistas a tertuliar mientras bebían cerveza. Raúl se escondía debajo de las mesas para escuchar los debates y soñaba con que algún día llegaría a ser como ellos que hablaban de la Segunda Guerra, de negocios y religión, mujeres y política, mil temas de los cuales no entendía nada, pero le fascinaba la forma cómo exponían sus argumentos. Motivado por esas tertulias regaló sus libros de tiras cómicas y se concentró en lecturas “más serias”. De esa manera llegó a sus manos el libro El origen de la vida, de Oparín, con el que incursionó por primera vez en la evolución. Lo leía tanto que se le desencuadernó y debió remendarlo con engrudo. “Lo llevaba a todas partes como un buen amuleto de la suerte”.
La vida era un enigma que empezaba con las afugias de cada día y, además del deporte, lo que más les ayudaba a sobrellevarla era la música. La salsa era el alimento del alma. Benny Moré, Ismael Rivera, Cheo Feliciano, Héctor Lavoe, eran sus héroes inmortales.
Enmarañada en esa herencia de ancestros, llegaba esta música a Buenaventura que bailaban como si la llevaran en la sangre. Al comienzo la salsa fue calificada por los sectores más conservadores de la sociedad como música del demonio, incivilizada, propia de los negros y no apta para blancos. Un origen parecido al del jazz, que con los años se convirtiría para Raúl en su música predilecta.

La muerte de César
Otro acontecimiento lo marcó de manera profunda: la muerte de su hermano menor. César era el mejor de la clase y a los trece años sobresalía también como jugador de fútbol. Raúl lo admiraba, creía que llegaría a ser un gran deportista a semejanza de otros bonaverenses que se han destacado a nivel nacional e internacional, como Delio “Maravilla” Gamboa y Víctor Campaz. Aunque a Raúl le gustaba más el baloncesto, en el cual destacaría luego a nivel nacional gracias a su empinada estatura, habilidad y efectividad, los dos hermanos jugaban al fútbol descalzos porque carecían de recursos para comprar guayos y los demás utilizaban unos zapatos con clavos metálicos en lugar de tacos o taches. Durante un partido César resultó herido en una pierna, el tratamiento no fue el apropiado, se infectó con el tétano y en dos semanas murió.
Fue tan grande el impacto para Raúl que la manera de sublimar su dolor consistió en estudiar con más ahínco y dedicar sus logros a la memoria de su hermano. El nombre de Buenaventura era un espejismo, no había la tal buena ventura. Eran muchos los que nacían pero pocos los que sobrevivían. Para sobrevivir había que estar alerta todo el tiempo, no podían darse el lujo de descuidarse un solo instante. Tenían que obrar positivamente si no querían sucumbir. El fallecimiento de su hermano hizo pensar a Raúl en la muerte y el abandono. Buenaventura estaba al margen del país, la mayoría era descendiente de ancestros africanos pero no eran conscientes de ello. Como vivía entre negros, Raúl sentía que no pertenecía a ninguna minoría, no se consideraba diferente a los demás, todavía no había experimentado el trato con los blancos del interior, conocidos con el “afectuoso apodo de paisitas”.

Calentamiento obligado
Jugar sin descanso le sirvió de alivio. Jugaba con otros muchachos en un parque del centro de Buenaventura desde donde podía divisar el puerto, los enormes barcos mercantes de diversas banderas anclados y el tranquilo e inmenso Océano Pacífico al fondo. Procuraba llegar antes que los demás para dejarse ir en sueños de viajes lejanos. Después se reunían para hablar de mil cosas, lo que estimulaba en Raúl sus relaciones sociales y la disposición para los debates. Luego se dispersaban, algunos se deslizaban hacia La Pilota, el sector donde estaban las prostitutas, sitio visitado por los estibadores y en general por todos los hombres de Buenaventura. Raúl regresaba a su casa un poco más tranquilo. Nunca necesitó del licor ni el cigarrillo, y la única vez que tomó un trago de aguardiente le produjo tal dolor de cabeza y vómito que decidió no volver a probarlo jamás.
Con “El Gordito” Palacios, que era delgado y atlético, lo mismo que Ignacio “Nacho” Mosquera y Edgar Rincón y todos los muchachos que jugaban baloncesto en el Pascual de Andagoya, Raúl hacía llave para los partidos que jugaban en los recreos. Siempre ganaban porque sumaban sus destrezas: Edgar y “El Gordito” eran lanzadores excepcionales, no fallaban una canasta. “Nacho” era capaz de resistir los embates más difíciles con mucha firmeza y flexibilidad, no se daba por vencido. Tenía doce años cuando organizó y dirigió el equipo de baloncesto “Standard”, el primer equipo en que jugó Raúl y que fue campeón muchas veces en su categoría. No desperdiciaba ningún momento para aprender de todos ellos. El deporte era un excelente paliativo contra las adversidades, le permitió desarrollar un gran sentido de pertenencia a su comunidad, a respetar al contrincante, dominar el miedo y tener sentido de liderazgo, así como a disfrutar y manejar los triunfos. Le interesaba las inmensas posibilidades que el baloncesto le ofrecía de aprender a tomar decisiones de conjunto para obtener un propósito y desarrollar su propio talento.
Gracias al baloncesto hizo su primer viaje a Cali en 1960 para entrenar como seleccionado al equipo departamental. El gimnasio donde practicaba estaba ubicado en el exclusivo barrio de San Fernando y para llegar allí debía caminar a través de las calles bordeadas de árboles. Cierto día fue interceptado por una pandilla de jóvenes blancos del barrio que desde sus autos lujosos lo amenazaron y obligaron a correr para no ser atropellado. Eran una réplica de las películas de moda. Raúl debió correr tanto que cuando llegó al gimnasio no tuvo necesidad de hacer calentamiento. Sin embargo, nunca se quejó ante el entrenador pues no sabía cómo lo tomaría. El hecho de ser negro lo ponía en riesgo en aquel sector de gente rica acostumbrada a ver a los negros como sirvientes, y no esperaban que él, alto y espigado, fuera un destacado basquetbolista.
Para poder salir de Buenaventura los jóvenes tenían dos caminos: destacarse en el estudio o ser buenos deportistas. Raúl iba por ambos lados, pues al terminar su secundaria ya era reconocido como gran deportista, y ahora, luego de muchos días de tensión, lograba el cupo en la Escuela de Medicina de la Universidad del Valle, para entonces una institución de status distinguido. Pero el cupo era en una lista de espera y mientras tanto tenía que tomar cursos generales.

Una de las primeras clavadas
Tenía 16 años cuando el público lo vio elevarse sobre los demás jugadores, hacer una rápida finta y con sus poderosas manos clavar el balón en la canasta del equipo contrario. Fue uno de los primeros clavados en la historia del baloncesto colombiano. Era un sello merecedor de la más alta admiración y respeto. Algo logró, pero no lo suficiente como para evitar el peso de la discriminación en la Cali de aquellos tiempos en que se podía percibir el peso invisible de la frontera que separaba a los “europeos puros”, blancos acaudalados, de una parte, y los mestizos, indígenas y negros, de la otra. Cali era un verdadero emporio azucarero y con vigorosas empresas farmacéuticas, pero ejercía la discriminación étnica. La Universidad del Valle tenía uno de los mejores planes académicos del país y recibía poco más de tres mil jóvenes, pero Raúl era apenas uno de los seis estudiantes negros que había en toda la universidad.
Raúl Cuero recuerda que la presión social era tan fuerte que algunos de sus compañeros, negros y mestizos, llegaron a situaciones increíbles de autonegación como alisarse y teñirse el cabello, untarse la cara y las manos con cremas blanqueadoras, imitar la forma de hablar, ahorrar durante varios días para ir a sentarse en los restaurantes de los barrios de clase alta y tomar un refresco a pequeños sorbos para que les durara largas horas. Otros recurrían al licor para evadir las presiones sociales. En Cali fue donde Raúl vio por vez primera a un negro triste. Los chistes ridiculizando a Buenaventura y a los negros le dolían en el alma.
El deporte le permitió superar muchas barreras sociales y académicas gracias a su talento y a que en la selección de baloncesto de la Universidad, de la cual él era uno de los jugadores estrella, sus compañeros le ofrecieron su amistad y respeto, y una solidaridad que conmovió a Raúl por siempre. Eran jugadores excepcionales, diestros y disciplinados, de gran disposición mental que facilitaba la efectividad canastera de Raúl. Esto los llevó a ser campeones departamentales y nacionales varias veces. Su fama corrió y Raúl Cuero se convirtió en una celebridad.
En el salón de clases la atmósfera no era la misma. La convencional y fría formalidad de los compañeros apagaban la espontaneidad propia de una auténtica amistad. Raúl no se sentía cómodo. Tanta convención social lo torturaba. Añoraba los años en Buenaventura, pero estaba decidido a seguir adelante con sus estudios. Mientras la Universidad organizaba las fiestas anuales en los clubes más exclusivos de la ciudad, a los cuales le era prohibida la entrada por el color de su piel, él aprovechaba y avanzaba en sus investigaciones sobre las plantas en el campo y entrenando el baloncesto sin descanso. Sabía que para sortear aquella situación de desigualdad requería una descomunal fuerza de voluntad. Si bien lo admiraban por el espectáculo que les ofrecía jugando baloncesto, no lo aceptaban en la vida cotidiana. Esto generaba en Raúl una gran desconfianza hacia esa sociedad, desconfianza que lo salvó de caer en sus garras: “la aceptación de esa escala de valores habría sido el equivalente a la negación de mi potencial”. Se apartó de la sociedad y dedicó su tiempo a la ciencia, en secreto, de la misma forma en que había explorado aquella máquina de escribir en su niñez.
Encontraba un oasis cuando iba a su ciudad natal y entraba al cine con sus amigos, discutía de diversos temas y escuchaban salsa. Era como si recargara sus baterías para volver a la universidad. Pero al cabo de año y medio tomó la decisión de marcharse de Cali en busca de un ambiente académico menos tenso. Se trasladó a Palmira, a la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional, y allí encontró una atmósfera menos asfixiante, con más diversidad étnica. No había la exclusión de la que iba huyendo.

Encrucijada
¿Pero qué era lo que Raúl Cuero quería estudiar?
Al terminar la secundaria todos sus compañeros de curso tenían claro lo que querían estudiar: Uno, leyes; otro, matemáticas; aquel, idiomas. Raúl, en cambio, tenía interés en diversas áreas del conocimiento con tendencia hacia las ciencias biológicas. De niño había sentido mucha curiosidad por los lagartos y las cucarachas. Las lecturas del libro de Oparín también le habían impactado. Su estadía en Palmira fue de un año y medio. Allí practicó el baloncesto con pasión, encontró en Óscar González a “su hermano del alma”, que medía 2,10 metros de estatura, llevaron al equipo de la Facultad de Agronomía a coronarse campeón nacional, con la guía de “el Gordo Salcedo”, su entrenador, que lo animó a desarrollar aún más sus habilidades como líder. Hasta que llegó el día que sintió a Palmira pequeña para sus sueños y tuvo la certeza de que un negro sin dinero y sin tierra no tenía futuro como agrónomo en este país. A pesar del poco tiempo había consolidado sus conocimientos básicos y había sentido cómo latía el deseo de estudiar los fenómenos ecológicos y la incidencia humana en ellos, entonces pidió el traslado a la Universidad Nacional en Bogotá.
Las calles de la capital estaban atiborradas de gente que parecía programada para no expresarse con espontaneidad. La idiosincrasia de los negros del Pacífico o de los costeños del Caribe era constreñida por una frialdad en el trato y la sutil intolerancia a sus expresiones festivas en la música, la ropa y las reuniones. Hizo varios amigos con quienes amortiguó los largos momentos de desazón, pero no necesitó más de un año y medio para darse cuenta de que en el deporte que más amaba no podía desplegar su destreza, como driblar con firmeza, pasar a toda velocidad y lanzar, jugar en cualquier posición, desarrollar la creatividad individual o apoyarse en el conjunto, sino que debía ceñirse a unas directrices más teóricas que prácticas y trabajar para una figura central. Y en la academia pudo percibir el marcado sesgo hacia lo teórico en detrimento de la práctica, cosa que lo defraudó.
Tanto en la universidad como fuera de ella, la capital de Colombia tenía las mismas aberraciones raciales, los mismos prejuicios contra los negros que en Cali, pero con la diferencia de que en Bogotá hacía más frío. Comprendió que estaba maduro para regresar a Cali, soportar la discriminación sin dejarse apabullar y proseguir sus estudios en la Universidad del Valle.
De nuevo el deporte abría el camino. Una vez en Cali volvió al seleccionado de baloncesto pero ahora con el norteamericano Don Curry como entrenador, quien creía sin titubeos que a los atletas había que rodeárseles de óptimas condiciones para que pudieran desarrollar su capacidad. De esta forma Raúl resultó viviendo cerca de la universidad, en el barrio San Fernando donde años atrás había sido humillado por una pandilla de jóvenes blancos. Ahora, acompañado por dos entrenadores norteamericanos, podía transitar sin ser molestado, más bien admirado, porque en Colombia había una exagerada ponderación por lo extranjero.
Con este terreno a su favor y experto en manejar la discriminación, Raúl pudo dedicarse por entero a sus estudios de biología, que eran su mayor sueño.
Tuvo la fortuna de conocer al doctor Percy Lilly, profesor invitado de Microbiología y Fisiología de la Universidad de Heidelberg, Estados Unidos, quien reconoció en Raúl la desmesurada curiosidad y pasión por la ciencia, y lo estimuló para realizar experimentos dentro y fuera del laboratorio. Le facilitó el acceso a su biblioteca, una de las más completas del Departamento de Biología, propiciando así una nueva mirada sobre diversos tópicos del conocimiento. Le ofreció su amistad y cuando lo invitaba a cenar con su familia la conversación adquiría el vuelo de una comunión entre la ciencia y la amistad.
Había desarrollado un experimento con el muérdago, planta de hojas carnosas parásita en los árboles, cuando se graduó en Biología. La planta creció más del promedio en el laboratorio, lo que animó al profesor Lilly quien lo recomendó para optar una beca en la Universidad de Heidelberg. Ese día Raúl se vio en la encrucijada: el baloncesto o su educación científica. Estaba en uno de sus mejores momentos deportivos, pero debía tomar una decisión que lo afectaría para toda la vida.

Un tiquete a USA por siete dólares
El muelle era un hervidero. Los estibadores, negros corpulentos como gladiadores modernos, iban y venían, sudando, acosados por los capataces blancos. Cargaban y descargaban los barcos provenientes de diversas partes del mundo. Desde cuando era niño, Raúl sentía que aquel lugar le dolía. Le era imposible ignorar que allí su pueblo era esclavizado. Pero aquel día tenía que ir porque subiría a uno de los buques de la Flota Mercante Grancolombiana llevando su maleta de viajero. Muchas manos negras se agitaron en el aire para despedirlo. Era como si quisieran alcanzarlo, irse con él, protegerlo, desearle que no se diera por vencido.
Algo singular había en aquel viaje. Nunca antes se había visto que un negro fuera pasajero invitado en un barco de la Flota Mercante. Los cupos eran de los blancos que hacían turismo. Los negros no podían ser más que cargadores, marineros, sirvientes, nunca pasajeros y mucho menos invitados que fueran a Estados Unidos a estudiar. Y se sorprenderían aún más si se enteraran de que por ser hijo de uno de los marineros más antiguos de la Flota Mercante el costo era de un dólar por día. Por supuesto que lograr el reconocimiento de este derecho no fue nada fácil. Finalmente lo logró y debió pagar la suma de 7 dólares en total. Los ojos se le anegaron frente a aquellas manos que lo despedían.
Durante el viaje Raúl volvió a vivir la misma situación que en tierra: lo confundieron con un camarero, le asignaron una habitación de menor rango que a los demás pasajeros y no pudo establecer relación de amistad sino con los marineros que eran negros, varios de ellos conocían a Félix, su padre, y se alegraron de saber que iba a estudiar. A los siete días descendió en el puerto de Baltimore, Estado de Maryland, dando inicio a uno de sus periplos más sorprendentes de un compatriota dedicado a la Ciencia, que lo llevaría a culminar sus estudios de Biología en el tiempo récord de un año, gracias a que la universidad convalidó varios de sus cursos en la Universidad del Valle. Sus calificaciones fueron de las más altas. Los compañeros de curso lo acogieron sin prejuicios y el ambiente fue propicio para el desarrollo de su talento. Comprendió que cuando las mentes están en sincronía universal no importan las diferencias culturales ni étnicas. Raúl experimentó la consolidación de sus propias habilidades y talentos y sintió que una inmensa energía lo imbuía para seguir adelante en aquel mundo de incesante movimiento. De la Universidad de Heidelberg pasó a la Universidad estatal de Ohio donde hizo la maestría en Patología Vegetal. En algunos momentos se enfermó por la altísima presión de trabajo, pero se levantó y continuó. Cuando terminó sus estudios regresó a la Universidad del Valle a enseñar Micología y Patología Vegetal. Él era el único negro en el Departamento de Biología, varios de sus antiguos profesores eran ahora sus colegas. Propuso nuevos cursos para enfatizar en la investigación. Sabía que a los jóvenes estudiantes había que estimularlos a ser creativos, a llevar a la práctica sus conocimientos y habilidades. Esta idea la desarrollaría años más tarde con el revolucionario proyecto conocido como Parques de la Creatividad donde miles de jóvenes pueden poner en juego sus capacidades inventivas.
Como profesor en la Universidad del Valle estableció entre los estudiantes el énfasis en la investigación y no estimuló la memorización, compartió con los jóvenes lo que sabía de laboratorio, las técnicas, sin importarle los conocimientos previos. Se sentía como un alumno en busca de nuevos conocimientos. Así pudo convertir sus clases en algo dinámico, alegre, donde los muchachos podían soltar su mentalidad analítica. Ayudó a muchos estudiantes con sus propios recursos, invitándolos a no desmayar. El único placer extra que tenía era el jazz, del cual afirma que está sustentado en los estados de energía pura de la conciencia universal. El jazz no sólo es el fruto de una excelsa creación del hombre sino que su origen y conformación están enraizados en la lucha por la sobrevivencia de los negros y hoy es un arte universal.
Después de cuatro años obedeció a su propia necesidad de expandir los conocimientos y obtuvo una beca en Gran Bretaña. Recibió entrenamiento en microbiología de alimentos durante varios meses y pudo evidenciar la diferencia del sistema educativo británico en relación con el de Estados Unidos. Luego fue a Escocia, a la Universidad de Strathclyde, reconocida por el énfasis en la creatividad. Conoció, entre otros, al profesor John Smith, microbiólogo de trayectoria mundial, quien reforzó en Raúl las habilidades en la investigación científica.
Lo que sigue es un historial en continua elevación hacia la creatividad científica.

El mejor invento
El arduo camino recorrido por Raúl Cuero es dilatado e imposible de recoger en pocas páginas. No es fácil tener una visión de conjunto del mundo, se requiere un conocimiento muy amplio y unitario sobre diferentes disciplinas. No puede haber fronteras vedadas entre una y otra disciplina, el sentido creativo requiere plena libertad. Y para ejercer la creatividad, es decir, lograr lo que antes nadie ha logrado, además del talento, es necesario tener valor y persistir sin tregua.
En sus indagaciones sobre biogénesis, Raúl no desdeña nada: la Tabla Periódica de los Elementos creada por Mendeleyev. Dice a propósito que “Si Galileo Galilei mostró la referencia universal, Mendeleyev mostró de qué estamos hechos”. La teoría atómica de Niels Borh, la evolución postulada por Darwin y Wallace, la teoría cuántica de Schröringer y Einstein… Sus investigaciones, hoy financiadas por la NASA, muestran la alta interacción que existe entre la emisión de electrones, el crecimiento celular y el metabolismo. Utilizando la biotecnología puede practicar conceptos sobre mecánica cuántica que le permiten precisar rasgos de vida en ambientes extraterrestres, como en Marte o la Luna. Tiene que ver con su inquietud fundamental del origen de la vida en la Tierra, la comprensión de las enfermedades y los procesos de la muerte.
Sus descubrimientos se dirigen a resolver problemas de contaminación que afectan la calidad de vida en nuestro planeta. Cómo limpiar las aguas contaminadas por el petróleo, la polución ambiental debida a emisiones de gases tóxicos, las radiaciones en los alimentos. La exploración del mundo microbiano -parásitos, hongos, virus, bacterias- ha sido la columna vertebral de sus investigaciones. Los alimentos naturales contienen elementos antimicrobianos y su uso continuo y en buenas cantidades es preventivo contra las infecciones. Rescata las costumbres ancestrales que utilizaban el clavo, la canela, el perejil, el cilantro, el jengibre y muchos más.
Le preocupa la contaminación bacteriana en los alimentos. Las buenas dietas no nacen en la mesa sino en los campos. Raúl fue criado comiendo pescado varias veces al día, y comer pollo o carne roja era un lujo. En el mundo de hoy es al contrario.
Uno de sus primeros aportes científicos fue desarrollar compuestos naturales para combatir los microorganismos tóxicos. A partir de esta experiencia Raúl cambió su método de investigación que consistía en sacar conclusiones basado en un principio, por el de extraer leyes a partir de experiencias particulares. Esto le permitió avanzar a grandes pasos en la búsqueda creativa de conceptos básicos con la ciencia aplicada. Su lucidez fluyó más y mejor. Esto le ha permitido generar más de veinte invenciones, como desarrollar una tecnología para eliminar materiales químicos tóxicos y radionucleares utilizados para controlar la contaminación por el deterioro de las plantas nucleares en Fukushima, Japón.
La NASA Brief Technology en diciembre de 2007 le otorgó un premio por: “La eliminación efectiva de la contaminación por radionucleidos como Metales de uranio y tóxicos, Uso del suelo marciano simulante (ceniza volcánica)”. Este trabajo también se dio a conocer en la publicación tecnológica de la NASA, porque la patente de esta invención que hizo para la NASA contribuye al adelanto de la investigación espacial.
Descubrió una molécula natural que bloquea la radiación ultravioleta para evitar el cáncer de piel. Ha desarrollado un método para producir nanopartículas naturales (millones de veces diminutas) que impactará la tecnología porque hasta el momento esas nanopartículas son sintéticas y muy costosas. Por este Descubrimiento de invención y Nueva Tecnología la NASA le otorgó otro premio en febrero de 2009.
Su atención está centrada actualmente en el desarrollo de un compuesto natural que aumente la fertilidad y la reproducción en animales y en humanos, en la búsqueda de nuevos antibióticos, en inventar una tecnología que permita convertir el agua salada en agua potable, en producir un detector de colesterol…
Pero el invento que le produce mayor alegría es de los Parques de la Creatividad, laboratorios fundados por él y que se encuentran en Colombia, Estados Unidos, México, Israel, donde miles de jóvenes pueden explorar de manera lúdica su capacidad inventiva, crear nuevas tecnologías y nuevos paradigmas. “Es el invento que más aprecio porque está enfocada para crear la cultura de la creatividad en los jóvenes”. En ellos Raúl Cuero ha podido poner en práctica su forma de pensamiento: no hay nada mejor para el desarrollo individual y la armonía entre las personas, que el espíritu creativo. Como dijera Nietzsche: “La madurez consiste en recuperar la seriedad con que jugaba cuando era niño”.
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Fuentes consultadas
– De Buenaventura la Nasa. Cuero R. Raúl G., Una vida entre el triunfo y la supervivencia. Intermedio Editores 2011.
– Así es Raúl Cuero. Margarita Rosa Silva, El País, Cali. Marzo 21, 2012
– Colombiano, genio de la Nasa, quiere crear vida en Marte. Andrea Linares Gómez. Vida de Hoy, Elcolombiano.com
– Reportaje a Raúl Cuero. Orlando Mejía Rivera. Revista Universidad de Antioquia.
– De pobre en Buenaventura a Científico en la NASA. John Eric Gómez Marín. El Colombiano. Noviembre 18 de 2009.
– La creatividad es un camino solitario. Entrevista en la Revista Semana. Abril 7 de 2012.
– Nunca planeo un invento. Elespectador.com, 5 de septiembre de 2012.
– Triunfa en la NASA. Margarita Vidal, El País, Cali. Septiembre 3 de 2011.
– Raúl Cuero, el científico colombiano que tuvo la fortuna de la escasez. Catalina Oquendo, Eltiempo.com. Septiembre 8 de 2011.

Días de libros

Excelente acogida tuvieron nuestros libros y nuestros autores.

 

Stand de la Fundación 3Cuando llegamos con nuestro cargamento a Carlosé, aquel corredor parecía un campo de refugiados pero sonrientes, animosos, hormiguitas moviéndose de un lado a otro, llevando, trayendo cajas, colgando emblemas, alistando estantes. Uno de los guías nos indicó el espacio donde debíamos montar nuestra mesa. Sabíamos que la literatura pesa, pero cada vez que tenemos que trastear con nuestro catálogo lo comprobamos como la primera vez. ¿Qué podrá pesar más: los cuentos, las novelas, la poesía, los ensayos y las crónicas? Nunca lo sabremos, cada uno tiene su peso específico, y juntos pues aumenta en forma geométrica.

Nos tocó en el túnel blanco, imponente y atractivo, junto al parque por el que los habitantes del Barrio Carlos E. Restrepo dieron una ardua y tesonera lucha, cuya victoria es ejemplo para las comunidades, no sólo de Medellín, sino de todo el país. Si no fuera por esa lección cívica organizada y combativa, esta Feria Popular del Libro hubiera tenido que recogerse en el bulevar de siempre. Nos esperaba una prueba interesante entre libreros de todos los estratos. Vender nuestros propios libros de la mano de nuestros autores. Qué bella jornada. Los escritores diciéndoles a los lectores compradores: mira, este libro, lo escribí yo y te lo vendo. Una bellísima simbiosis sin fronteras entre los hacedores y los lectores, sin intermediarios, con la ventaja de abaratar la oferta porque no teníamos intermediarios que encarecen los libros.

Bárbara Galeano Zuluaga, autora del libro "Mompox, Una victoria sobre el tiempo", firma autógrafos en el stand de la Fundación Arte & Ciencia.

Bárbara Galeano Zuluaga, autora del libro Mompox, Una victoria sobre el tiempo, firma autógrafos en el stand de la Fundación Arte & Ciencia.

Cada autor tenía su turno. Unos más nerviosos que otros, pero allí estaban orgullosos de los títulos que cubrían nuestra mesa. A medida que transcurría la tarde el túnel iba entrando en calor. Calor de visitantes y calor del sol que se acumulaba. Todos sudábamos la feria, pero estábamos contentos de ver la respuesta del público que acudía en masa. Esto fue el viernes y la romería aumentó el sábado. Era un desfile constante y abigarrado, jóvenes de todas las edades con ese brillo de aventuras en los ojos tal cual son los lectores de verdad. Esculcando aquí y allí, buscando un título, husmeando solapas, hojeando, dudando hasta que se decidían: me llevo este. Al rato, este otro…

Al caer la tarde, tanto del viernes como del sábado, aquel túnel era “un sauna literario”. Para refrescar la garganta, reseca de tanto ofrecer los libros, teníamos que salir fuera del túnel para tomar un refresco. Y volvíamos con más bríos. El balance final fue positivo en todos los sentidos. No llovió, aunque el sol se hizo el odioso a ratos. La concurrencia superó lo que habíamos vivido en años anteriores. Las ventas de nuestros libros también superaron la de los años pasados y pudimos comprobar la sed, el hambre que los habitantes de Medellín tienen de leer, de que hayan más eventos culturales alrededor del libro, de la cultura, del conocimiento.

Hicimos una bonita tarea. Nuestros libros quedaron en manos de más lectores, aumentamos nuestra base de amigos a quienes les haremos información de nuestras actividades y nuevas publicaciones. El Grupo Literario El Aprendiz de Brujo se lució. Nos esperan mayores retos, escribir más y mejores libros para nuestro creciente círculo de lectores. Hermoso reto que aceptamos con entusiasmo.

Nuestras estadísticas

Los más vendidos

1. Mompox, Una victoria sobre el tiempo, de Bárbara Galeano Zuluaga.
2. Los Cuadernos de Saúl, de Saúl Álvarez Lara
Bitácora del cuerpo, de Claudia Restrepo Ruiz
Abro la noche, de David Marín Hincapié
3. El fin de la enfermedad, ensayo de la Dra. Silvia Casabianca Zuleta.
4. Colección Poetas Anónimos (Paquetes de promoción):
Los pasquines del infierno, de Álvaro Julián Moncada
La última página, Selección de El Pequeño Periódico 30 Años.
Canción para una despedida, de Antonio Botero Palacio.
A la Tierra vuelvo y sigo, de Luis Hernán Rincón.
5. Perfil de Mujer, selección de crónicas de El Pequeño Periódico 30 Años.
6. El traído – Cuentos de Navidad, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.
7. La palabra se baña en el río, Grupo Literario El Aprendiz de Brujo
8. Una danza contra el viento, cuentos de Álvaro Jiménez Guzmán
9. Las voces que trae la brisa, cuentos de Nubia. A. Mesa G.
10. Flores en la pared y otros cuentos, Grupo literario El Aprendiz de Brujo
11. Las siete muertes del lector, ensayos de Ángel Galeano Higua.
12. Aoketekete y otros relatos del río, Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

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Publicado en fundarteyciencia

Las siete muertes del lector

Ángel Galeano Higua

(Ensayo)

 

De la abundante gama de héroes anónimos que pueblan nuestro país, hay uno que descuella de manera especial por su silenciosa presencia: el lector. No importa la condición social, sexo, raza o edad, el lector es hoy un héroe moderno que nada contra la corriente. Es una especie de lisiado que batalla para calmar otras hambres: las del espíritu.

Mientras más adverso y distractor sea el ambiente, más parece resistir. Sus vicisitudes empiezan desde la más tierna edad, cuando los adultos, de buena fe por supuesto, le “enseñan” a leer porque consideran la lectura un instrumento para defenderse, más que un ejercicio de la imaginación o un acto de libertad. Ahí empieza el vía crucis, la primera tumba. Porque la segunda la constituye el hecho de que otros sean quienes seleccionen los libros que se “deben” leer. El lector acepta, dado que quienes escogen los títulos aparecen como personas cultas que quieren ayudar, llámese profesor, maestro o promotor. Pero da la casualidad que la mayoría no sugiere, no seduce, sino que impone.

Alguien podría decir que hasta aquí el asunto no es tan grave. Pero la cuerda continúa tensionándose peligrosamente cuando en la escuela, el colegio o la universidad, se fija una fecha límite. Se debe leer contra reloj. Quien no lea dentro de ese plazo está perdido. Asistimos a la tercera muerte del lector, una derrota llena de angustia y descorazonamiento, como todo lo que violenta el curso natural de las cosas. Los que logran sacudirse y ponerse de pie porque todavía los asiste la persistencia, tienen que enfrentarse a una cuarta lápida: la del resumen escrito. Como si al placer de la imaginación se le pudiera poner cortapisas con análisis académicos.

La quinta muerte acaece luego, cuando se anuncia un examen sobre la obra. De por sí un examen es una prueba cargada de ansiedades. No basta el libro impuesto, los límites de tiempo, los resúmenes, ahora debe someterse a un interrogatorio con el agravante de una calificación. Un verdadero infierno, porque a eso que debe ser dicha de leer, se le convierte en prueba con altas posibilidades de descalificación. En el piso de un número queda tendido el lector, muerto por sexta vez, pero ahora más vacunado que nunca contra la lectura. Lo que más le ha dolido a ese joven es que en el examen, por lo general, no puede ni debe expresar su propia opinión sobre el texto leído, sino que debe ajustarse a los cánones impuestos, que por lo general son los del profesor. Los libros empiezan a parecerle definitivamente odiosos.

Puede haber alguien que a estas alturas insista en que la cuestión sigue sin ser tan grave. Entonces viene el gran remate: se le dice al estudiante que el español (es decir, la lectura) es menos importante que las matemáticas o que la química, etc. Como si existiera un campo del conocimiento más importante que otro. Inclusive se llega hasta el extremo de despreciar la lectura de obras literarias, sacrificándolas por lo que algunos llaman la “verdadera” lectura: la de temas de ciencia, historia o matemáticas.

La intención es reflexionar en voz alta sobre la libertad, porque uno de los mejores indicios del grado de libertad del que podría gozar un pueblo debiera ser el de la lectura espontánea y sin sujeción a prejuicios.

De tal suerte que, al final de esta insensata carrera de obstáculos que apabullan al lector, de ñapa se le echan culpas acusándolo de perezoso y repitiéndole la vieja cantinela de que “la juventud de hoy no lee”. Como seguramente se lo dijeron a los adultos actuales cuando eran jóvenes.

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