Intención


Lucho Ávila

Ángel Galeano Higua
(Fragmento)

Pasan de uno en uno para la última conversación… Colonos y barequeros, mineros y aserradores, pescadores que vienen desde El Dorado y El Tagual, Tiquisio y Arenal, La Garita y Villa Uribe, Micumao y La Ventura, se aglomeran en susurros alrededor de la casa de la cooperativa donde yace el cuerpo inerte de Lucho.
Clemente ya regresó a las encumbradas entrañas de la serranía, donde la tierra se hermana con el cielo. Muchos de quienes en la tarde acompañaron al padre hasta su comunión final con los ancestros, ahora están allí, en Montecristo, para su última conversación con el hijo. Ni María Fernanda, ni Aura Elena, quieren desprenderse del féretro color caoba, salpicado por sus lágrimas, el mismo que Estefanía conservaba bajo su cama desde cuando cumplió cuarenta años, siguiendo una antigua costumbre de familia y que ahora cedió para guarecer a Lucho. Fabricado sobre medidas hace seis años por el carpintero de Montecristo, ha sido ataviado con la misma bandera de Colombia que cada mes izan los mejores alumnos de la escuela primaria y del colegio de bachillerato.
El río fue testigoSolano y su grupo, mientras tanto, se han parapetado en las afueras del pueblo, junto a una marranera. Ya no se atreven a pavonearse por la calle del Medio con sus enlodados driles de campaña, como al mediodía, ni por las calles aledañas. Se esconden con la zozobra de que Lucho puede que no esté del todo muerto. Solano, con sus ojos que parecen dos cuchilladas y su nariz de pájaro carroñero, quiere conversar e intenta poner tema, pero el silencio de sus compinches lo obliga a cerrar el pico. El obscuro transcurrir de las horas crea en varios de ellos la idea de que Lucho se levantará del ataúd y llegará hasta donde están agazapados. La noche se convierte en un largo tormento y Solano siente cómo sus hombres se mueven nerviosos, como si temblaran, sobre todo el más joven, recién reclutado e iniciado con esta tarea macabra del doble crimen. Su nombre de pila, aquel con el que su madre y su padre lo llamaban de niño, es Olegario, pero Solano se lo cambió por el alias de Camilo.
— Tan ingenuo este güevón —dijo Solano una noche cuando en un intermedio de su conspiración, hablaron de lo que él, Olegario, esperaba de la guerra.
— De la guerra no, de la revolución —le respondió Olegario, y luego habló de volver a su tierra para cultivarla, de tener buenos caminos para todos y de casarse con la muchacha de la finca de al lado, con quien siempre había soñado tener varios hijos—. Lo que más quiero de la revolución es la paz, la alegría.
— Lo que digo, tan ingenuo este güevón, se parece al curita de hace veinte años, sólo le falta la boina.
Solano soltó una carcajada, que más parecía una hilera de resuellos, y entre estertores lo motejó así: Camilo. Luego le advirtió: el mundo nunca cambiará y nosotros vinimos fue a lo que vinimos, no a dar misa ni sermones, así que aterrice, bájese de esa nube, “su reverencia”, no sea tan marica.
La noche es empujada por el murmullo de los rezos. Las linternas y mecheros sobran afuera porque la luna ha venido también, redonda de luz, a mirarlo todo, a alumbrar los andurriales por donde siguen llegando los sudorosos deudos.
En el patio, sobre la leña hecha brasa, en la ollaza de barro, se mantiene el café caliente endulzado con panela, que los dolientes se sirven con la totuma. Maryú y Selene se turnan cuando la bebida se acaba, y preparan más. En un rincón, las gargantas sedientas calman su deseo con el agua fresca de la múcura, cuya base redonda está acuñada con centenarias piedras bruñidas por la corriente de la quebrada.
De la boca de las mujeres brotan incesantes las letanías, sólo interrumpidas de vez en cuando por un lamento gritado que desgarra la noche y va a estrellarse junto a la marranera, donde Olegario cree ver a Lucho que llega sonriente con los dos agujeros en el cráneo, en los cuales Clemente, con la cabeza vendada y el sombrero puesto, le coloca flores rojas y amarillas.
Para los asesinos la noche es larga. En cambio, para el gentío es muy corta porque ninguno alcanza a conversar todo lo que quedó pendiente del sueño de arrozales y maizales, del mantenimiento del molino, del segundo Festival de la Cosecha, del cuidado de la recua de mulas recién adquirida, del concurso de lectura para niños, de la carrera de caballos proyectada en la cancha de fútbol no hace mucho arrancada a la manigua, del nuevo camino y el abastecimiento de víveres para los mineros de La Amargura, y tantas cosas más, como la próxima brigada de salud.
De pronto, en mitad de la conversa, la luna se vuelve sol y la pesadilla parece una fantasía y el gentío se siente liviano y compacto, como si todos fuesen Clementes y todos fuesen Luchos. El café de la ollaza es reemplazado por el sancocho de pescado para el desayuno. Varias mujeres y hombres deshollejan papas, yucas, ñame y pelan plátanos, mientras otros tiran el chinchorro en la quebrada para atrapar los peces. Aún la ollaza no ha soltado el primer hervor, cuando varios niños llegan corriendo y gritando:
— ¡Algo sucede! ¡Vengan a verlo!
— Niños, por favor, dejen la bulla, respeten —les dice Estefanía, con el índice en los labios.
— ¡Pero es que algo sucede allí, en las afueras! —insiste uno de los chicos.
— Profesor, ¿podría ir a ver de qué se trata? —le pide Estefanía a Alí, cuyo puesto en la cadena de vigilancia es cubierto de inmediato por un parroquiano..
Alí, con sus casi dos metros de estatura y sus grandes zancadas, al lado de varios montecristianos más, sigue a los chicos, que apresuran sus pasos hacia la marranera, sobre la cual ven, como sostenida por hilos invisibles, una densa nube negra que pende sobre la pocilga. Un pedazo circular de la noche se niega a abandonar la tierra. Al comienzo no se atreven a acercarse, aquello parece brujería, pero cuando Alí da un primer paso y lo siguen los demás, descubren en su interior el cuerpo de Olegario, alias Camilo, indefenso como un niño, que, con una cuerda al cuello, cuelga de un travesaño del techo. De Solano y los demás no hay otro rastro.
— Lo mató el remordimiento —dice Carlos Reyes al enterarse, y aplasta el aire en la palma de la mano izquierda con el puño de la otra.
— Era muy tierno para el remordimiento —opina Estefanía—, más bien lo mató la frustración y las órdenes de Solano —Estefanía mueve la cabeza como un péndulo, con un no reiterativo que, además de acusación, es dolor, perplejidad.
— Hay que ir a avisarle al inspector —dice con resignación—. Es para lo único que sirve.

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Tomado de El río fue testigo.

Morir más

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

El niño ha muerto. Es de día pero no pueden asomarse afuera. A todo aquel que ha salido le han disparado. A Margaritainés le pegaron un tiro en la frente con sólo asomarse y a Obdulio le despedazaron el brazo que sacó por la ventana. El niño murió de fiebre, alguna infección y sin ni siquiera agua para humedecer sus labios. La madre le untaba su saliva o las lágrimas en los labiecitos, pero el niño murió. ¿Sería de hambre?, preguntó el padre. ¿El hambre da fiebre?, responde ella. En la casa reina el silencio. Con el alma apretujada, la madre quiere que a su hijo se le entierre en el cementerio. El padre, menos expresivo pero mordiendo el duelo, dice que eso no es posible, que si salen los asesinan. Pero la madre está triste, tanto que bordea el desespero. Al criaturito no lo podemos enterrar como a un perro, no, él es un ser humano, un inocente y a los inocentes se les entierra en un cementerio. Eso dice. Llora, llora con profundo dolor. El hombre sostiene que no es posible pero ella lo llama cobarde. Lo haré yo misma, dice, ¿qué importa morir más? Ya nuestro hijo no respira, ¿qué importancia tiene vivir? Tal vez tenga razón, empieza a pensar el padre, no vale la pena seguir así, sitiados, como enterrados en vida. Poco antes de medianoche los dos están convencidos de que deben salir a darle sepultura a su pequeño, enterrarlo como es debido. Por los pasadizos que han construido se comunican con los vecinos que colindan con el patio de atrás. Ellos también les dicen que no lo hagan, que es un gran riesgo, que pueden morir, pero la pareja ya no tiene duda. Sólo querían contárselo. Los vecinos opinan que es mejor enterrarlo en el patio, les ayudamos, traemos nuestras palas, haremos vigilancia. Pero para los padres aquello ya es inaceptable. Será enterrado como un ser humano, como un niño inocente, en donde podamos ir a visitarlo y a conversar con él y a llevarle flores, enfatiza la madre. La oscuridad es propicia para salir. Cubierta Palabras al viento jpgLos bandidos no conocen aquellos vericuetos y por eso no se aventuran a permanecer en los mismos sitios de francotiradores donde se ufanan de día y se juntan detrás de la casona que han usurpado al tendero Humberto. Tienen bloqueadas las dos salidas, pero desconocen la existencia de un corredor por el lado del caño. Por allí intentarán salir con el niño muerto. Ustedes verán, les dice la madre a los vecinos, si quieren arriesgarse es cosa de ustedes, se lo agradecemos, por supuesto, pero no se lo pedimos. Los vecinos deciden colaborar conmovidos por la firmeza de la madre, sienten el torrente por sus venas y reafirman su voluntad. La suerte está echada, ¡qué carajo! Al poco rato las sombras se deslizan. Una silueta de mujer va agachada cargando a un niño en sus brazos, como si lo arrullara. La siguen otras sombras sigilosas con sus palas en la mano. Son una extraña procesión. Cada palada con que perforan la tierra es silenciosa, como sus respiraciones. Cuando están echando la tierra encima del envoltorio, la luz de una linterna hiere las tumbas y no les queda más remedio que tirarse al suelo mientras sobre sus cabezas pasa el chorro mortecino. Luego vuelven a su labor. Entre ahogados sollozos, la madre le susurra las últimas instrucciones al pequeño que yace bajo el montículo. Los hombres la esperan sudorosos. ¿Para qué regresar?, pregunta la madre. El silencio es mayor… Ustedes sí, porque tienen a sus hijos allá, ¿pero nosotros? Nadie responde. El padre dice gracias y estrecha la mano a cada vecino. Luego, se separan, como si unos y otros buscaran los extremos de la noche.
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Tomado del libro Palabras al viento y otros cuentos, Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín, 2a. Edición. Fundación Arte y Ciencia. Pg. 101

Invitación a leer mi libro

Tengo el honor de compartirte la publicación de la 2ª Edición de mi libro Palabras al viento y otros cuentos, editado por la Fundación Arte & Ciencia. Aunque recibió el Premio Nacional de Cuento de la Cámara de Comercio de Medellín, su primera edición, hace 13 años, fue muy restringida y no se comercializó.En Venecia 1

Durante este tiempo varias personas me lo reclamaron y estuvo a punto de ser publicado por algunas editoriales sin llegar a concretarse. Motivado por estas demostraciones, decidí leerlo de nuevo y corregirlo. He invertido varios meses en esta bellísima tarea que me reconfortó y a la vez me mostró algunos errores de la primera edición. Uno de los lectores que me acompañó en esta tarea fue Juan José Hoyos, quien escribió la nota de presentación para la contracarátula que enaltece a los 16 cuentos que constituyen el libro.

Hoy, bajo el sello de la Fundación Arte & Ciencia el libro ve la luz por segunda vez, en un formato especial con el cual esta Editorial inicia la nueva Colección El Aprendiz de Brujo para narrativa, lo cual me enorgullece.

Por todo esto te invito a adquirirlo, toda vez que la Fundación Arte & Ciencia es una entidad sin ánimo de lucro que no recibe ninguna subvención y sólo se apoya en los ingresos que los lectores aportan por la compra de sus libros. Te lo puedo entregar yo, de manera personal, o si lo prefieres puedes seguir las indicaciones que al final aparecen.

Te agradeceré que lo leas y que ojalá me hagas llegar tus comentarios, para mí muy valiosos.

Angel Galeano Higua
Cel. 315 476 8993

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NOTA DE LA EDITORIAL:

Puedes pedir el libro a domicilio, consignando el valor de $32 mil en la cuenta de ahorros de Bancolombia No.1031 0897895 ($25 mil del libro, más el costo del envío a tu casa). Nos indicas la dirección en nuestro correo: fundarteyciencia@gmail.com y de inmediato te lo enviáremos.

 

Edición revisada y corregida por el autor.

Edición revisada y corregida por el autor.

A manera de Presentación

Desde hace algún tiempo, en Colombia se ha vuelto una especie de lugar común decir que el cuento es un género de aprendizaje, menos difícil que la novela. También que, dada su brevedad, alcanzar la maestría en su ejecución puede lograrse con cierta facilidad si se es un escritor virtuoso. Nada más engañoso que la aparente facilidad de este género, tan antiguo como la poesía y tan emparentado con ella. En tiempos modernos, Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant, Anton Chejov y James Joyce —entre otros muchos escritores— lo reinventaron, lo acercaron a la vida y a los lectores de nuestros tiempos.
En nuestro país han hecho lo mismo grandes escritores como Tomás Carrasquilla, José Félix Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Manuel Mejía Vallejo, Gabriel García Márquez… En esa tradición se inscriben los cuentos de “Palabras al viento”, de Ángel Galeano Higua. Ángel no es un escritor principiante. Los cuentos de su libro son el resultado de un largo oficio. Los lectores se deslizarán sin dificultades por sus páginas, como llevados por las aguas tranquilas de un río de aguas mansas. Pero al llegar a puerto descubrirán el motivo de sus sobresaltos, después de acompañar en sus cambiantes suertes a los personajes de Los aretes de mi hermana, El negro, Palabras al viento, Las hojas de Noelia, Morir más y otros cuentos inolvidables.
Bienvenida la reedición de este libro que en el año 2003 recibió el Premio del Concurso Nacional de Cuentos de la Cámara de Comercio de Medellín.

Juan José Hoyos

Ya viene en camino

Con la presentación del escritor Juan José Hoyos, aparecerá en próximos días la 2ª Edición de Palabras al viento y otros cuentos, de Ángel Galeano Higua, Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín. Con esta obra la Fundación Arte & Ciencia de Medellín, inicia la nueva colección de narrativa: El Aprendiz de Brujo.

Novedades

Pantalla de la Cámara Colombiana del Libro en la que se anuncia la nueva edición revisada y corregida por el autor.

Días de libros

Excelente acogida tuvieron nuestros libros y nuestros autores.

 

Stand de la Fundación 3Cuando llegamos con nuestro cargamento a Carlosé, aquel corredor parecía un campo de refugiados pero sonrientes, animosos, hormiguitas moviéndose de un lado a otro, llevando, trayendo cajas, colgando emblemas, alistando estantes. Uno de los guías nos indicó el espacio donde debíamos montar nuestra mesa. Sabíamos que la literatura pesa, pero cada vez que tenemos que trastear con nuestro catálogo lo comprobamos como la primera vez. ¿Qué podrá pesar más: los cuentos, las novelas, la poesía, los ensayos y las crónicas? Nunca lo sabremos, cada uno tiene su peso específico, y juntos pues aumenta en forma geométrica.

Nos tocó en el túnel blanco, imponente y atractivo, junto al parque por el que los habitantes del Barrio Carlos E. Restrepo dieron una ardua y tesonera lucha, cuya victoria es ejemplo para las comunidades, no sólo de Medellín, sino de todo el país. Si no fuera por esa lección cívica organizada y combativa, esta Feria Popular del Libro hubiera tenido que recogerse en el bulevar de siempre. Nos esperaba una prueba interesante entre libreros de todos los estratos. Vender nuestros propios libros de la mano de nuestros autores. Qué bella jornada. Los escritores diciéndoles a los lectores compradores: mira, este libro, lo escribí yo y te lo vendo. Una bellísima simbiosis sin fronteras entre los hacedores y los lectores, sin intermediarios, con la ventaja de abaratar la oferta porque no teníamos intermediarios que encarecen los libros.

Bárbara Galeano Zuluaga, autora del libro "Mompox, Una victoria sobre el tiempo", firma autógrafos en el stand de la Fundación Arte & Ciencia.

Bárbara Galeano Zuluaga, autora del libro Mompox, Una victoria sobre el tiempo, firma autógrafos en el stand de la Fundación Arte & Ciencia.

Cada autor tenía su turno. Unos más nerviosos que otros, pero allí estaban orgullosos de los títulos que cubrían nuestra mesa. A medida que transcurría la tarde el túnel iba entrando en calor. Calor de visitantes y calor del sol que se acumulaba. Todos sudábamos la feria, pero estábamos contentos de ver la respuesta del público que acudía en masa. Esto fue el viernes y la romería aumentó el sábado. Era un desfile constante y abigarrado, jóvenes de todas las edades con ese brillo de aventuras en los ojos tal cual son los lectores de verdad. Esculcando aquí y allí, buscando un título, husmeando solapas, hojeando, dudando hasta que se decidían: me llevo este. Al rato, este otro…

Al caer la tarde, tanto del viernes como del sábado, aquel túnel era “un sauna literario”. Para refrescar la garganta, reseca de tanto ofrecer los libros, teníamos que salir fuera del túnel para tomar un refresco. Y volvíamos con más bríos. El balance final fue positivo en todos los sentidos. No llovió, aunque el sol se hizo el odioso a ratos. La concurrencia superó lo que habíamos vivido en años anteriores. Las ventas de nuestros libros también superaron la de los años pasados y pudimos comprobar la sed, el hambre que los habitantes de Medellín tienen de leer, de que hayan más eventos culturales alrededor del libro, de la cultura, del conocimiento.

Hicimos una bonita tarea. Nuestros libros quedaron en manos de más lectores, aumentamos nuestra base de amigos a quienes les haremos información de nuestras actividades y nuevas publicaciones. El Grupo Literario El Aprendiz de Brujo se lució. Nos esperan mayores retos, escribir más y mejores libros para nuestro creciente círculo de lectores. Hermoso reto que aceptamos con entusiasmo.

Nuestras estadísticas

Los más vendidos

1. Mompox, Una victoria sobre el tiempo, de Bárbara Galeano Zuluaga.
2. Los Cuadernos de Saúl, de Saúl Álvarez Lara
Bitácora del cuerpo, de Claudia Restrepo Ruiz
Abro la noche, de David Marín Hincapié
3. El fin de la enfermedad, ensayo de la Dra. Silvia Casabianca Zuleta.
4. Colección Poetas Anónimos (Paquetes de promoción):
Los pasquines del infierno, de Álvaro Julián Moncada
La última página, Selección de El Pequeño Periódico 30 Años.
Canción para una despedida, de Antonio Botero Palacio.
A la Tierra vuelvo y sigo, de Luis Hernán Rincón.
5. Perfil de Mujer, selección de crónicas de El Pequeño Periódico 30 Años.
6. El traído – Cuentos de Navidad, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.
7. La palabra se baña en el río, Grupo Literario El Aprendiz de Brujo
8. Una danza contra el viento, cuentos de Álvaro Jiménez Guzmán
9. Las voces que trae la brisa, cuentos de Nubia. A. Mesa G.
10. Flores en la pared y otros cuentos, Grupo literario El Aprendiz de Brujo
11. Las siete muertes del lector, ensayos de Ángel Galeano Higua.
12. Aoketekete y otros relatos del río, Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

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Publicado en fundarteyciencia

Mompox, En busca del tiempo detenido

Ángel Galeano Higua

WebLa terminal del norte de Medellín era un hervidero humano. Miles de viajeros cargados de maletas, paquetes, talegos, cajas, niños… esperaban sentados, de pie, acuclillados, acostados en las bancas. De pronto, en la sección de la Costa, varios viajeros sacaron sus boletos porque el empleado anunció en voz alta la salida del bus rumbo a Magangué. Nosotros habíamos comprado los tiquetes varias semanas antes y teníamos nuestros puestos asegurados. Muchos se lanzaron a la entrada de la rampa con el tiquete en la mano. ¿Qué pasa? Siempre ha salido un solo bus, pero este año la demanda fue tal que la empresa tuvo que programar tres buses. El primero salía a las 7 y 15 de la noche.

Ése era el nuestro, pero en Magangué tomaríamos una chalupa hasta Bodegas y luego un carro directo a Mompox. Serían 13 horas de viaje. Íbamos en una delegación cuyo propósito era acompañar a Bárbara Galeano Zuluaga, autora del libro Mompox, Una victoria sobre el tiempo, quien iba a presentar su obra en la Casa de la Cultura de esa ciudad y haría una donación de libros para todas las bibliotecas escolares, incluida la Biblioteca Pública ”Pedro Salzedo del Villar”, gracias al apoyo de “Eyes Wide Open holistic center”.

Viajar en ese bus de Rápido Ochoa no era nada placentero, pues fuimos sometidos a una brutal temperatura de enfriamiento que nos obligó a cubrirnos con sacos, cobijas, guantes, enrroscarnos para resistir semejante atropello que nadie sabe explicarnos y que los conductores se niegan a mermar. ¿Qué necesidad hay de torturar a los viajeros con los buses convertidos en congeladores? Viola los derechos de los usuarios. A pesar de este martirio un sol rojo nos saludó al amanecer. Llegamos al puerto de Magangué, un infierno de calor, apaciguado por la inmensurable presencia del río Magdalena, anchuroso y callado, no obstante sus aguas disminuidas por el “fenómeno del Niño”.

Después de este contraste de temperaturas nos encontramos con la novedad de una terminal de transporte y un puerto fluvial que enaltece un poco la maltrecha imagen de Magangué. Y casi de inmediato empezó la magia. Una vez nos pusimos el salvavidas, el motor rugió, la chalupa empinó su proa y nos aventuramos por las aguas de nuestro gran río. Juncos de “tapón” florecido, bandadas de garzas, varias canoas flotaban sobre la superficie achocolatada del Magdalena. Íbamos con la corriente hasta la desembocadura del río Chicagua, donde la chalupa viró a la derecha aguas arriba por un calmado espejo, hasta Bodegas.

Los pregoneros nos recibieron ofreciéndonos el servicio de transporte por la carretera hacia Mompox. Emprendimos el viaje en dos carros con aire acondicionado por una carretera en pleno mantenimiento. Nos topamos con las máquinas y los piquetes de trabajadores que “reconstruían” la vía. Jaime Alvear, el conductor del taxi en que voy yo, nos habló del futuro puente que se construirá entre Santa Fe y Bodegas (Isla Grande) y con el cual se ahorrará mucho tiempo de viaje, pero el ferry quedará herido de muerte. Nos informó que hace poco inauguraron el puente en Santa Ana abriendo el horizonte hacia la Costa. Seguimos de largo por Cicuco, Puente Cartagena, Talaigua, Tierra Firme.Los carros ya no entran como antes por la plaza principal de estos pueblos. Vemos muchos niños y el conductor, al ver nuestro asombro, dijo que la sobrepoblación se debía al bocachico. Tengo 50 nietos, dijo, por aquí las mujeres son muy prolíficas por efecto del bocachico, ese pez es el culpable, nosotros los hombres, no tenemos culpa ninguna… Creímos que era un chiste, pero él se quedó serio. Así es, no le busque, agregó. A las 9 y 15 de la mañana llegamos al Hostal Villa de Mompox, en la Calle del Medio, donde habíamos reservado habitaciones con un mes de antelación.

El Comedor costeño

Dejamos el equipaje en el hostal y nos dirigimos a la Albarrada, al Comedor costeño que nos recomendó doña Ana Cadena, la gerente del hostal. Fiesta del sabor, del gusto, a orillas del río: jugo de naranjas recién exprimidas, de corozo con hielo, patacones y yuca con suero costeño, huevos revueltos, café negro… Y en ese festín la conversación, la delicia de quedarse quieto un buen rato, impregnados ya del tiempo detenido. Los afanes quedaron atrás. Estábamos en Mompox. El calor era infernal aunque todavía faltaba más de una hora para el mediodía, la demoledora cita de la canícula. Cada uno debíamos mantener consigo una botella de agua para resistir los embates de la alta temperatura.

De regreso al hostal nuestra curiosidad aumentó, pero el calor no nos soltaba. La calle de la Albarrada, ahora remozada, lo mismo la Plaza de la Concepción y otros lugares del centro histórico, nos indicaron que soplaban nuevos vientos para Mompox. Los portones entreabiertos nos permitían ver los exuberantes jardines interiores, las ventanas con sus enrejados y sus pretiles, los árboles hermanos de la sombra… ¿Existe en Colombia otro sitio así? Pregunta Diana. No, responde Bárbara, Mompox es único. Muchos residentes pasaban en su bicicleta o en las ruidosas motos. Las mo totaxis iban y venían como cucarrones que acercaban y llevaban a la gente, no había ni un sólo semáforo y, sin embargo, no vimos ningún accidente.

Pasamos la tarde resguardándonos del fogaje. A las amigas de Bárbara les parecía increíble que existiera un lugar tan bello pero también tan caliente. Tatiana consultó en su termómetro: Mompox, 40º centígrados a la sombra. Con razón sudamos como caballos.

Al anochecer llegamos al restaurante de Yimi Alvarado, ubicado en una esquina de la Plaza de La Concepción, remodelada y acogedora, con la bella construcción de la Galería o Antiguo mercado cuyas escalinatas caen sobre el río, y en el costado opuesto la iglesia fundacional de La Concepción.

Los meseros de los restaurantes han dispuesto las mesas al aire libre para acoger a los turistas que llegan de diferentes partes del país y del extranjero. Se oye el saxofón en la esquina de Yimi. Un vientecillo delicioso corretea por la plaza. Hemos venido a refrescar el gaznate y a encontrarnos con el poeta Dagoberto Rodríguez Alemán, coordinador del evento de presentación del libro. Mientras yo converso con el poeta sobre los detalles del evento, Bárbara y sus amigas de la delegación: Juliana, Diana y Tatiana, así como Carmen Beatriz, se dejan llevar por el embrujo de los callejones, las vitrinas con artesanías y filigranas, acompañadas por el reflejo del río que titila como un sortilegio.

La conversación con el poeta adquiere nuevos acentos cuando llega Máximo Alemán, el Director del periódico El Mompoxino, en cuya edición de fin de año incluyó una reseña del libro escrita por el poeta, invitando al evento de lanzamiento.

Al día siguiente intentamos desayunar en la Albarrada de Santa Bárbara, con el estruendoso duelo de dos picós en los cuales reinaba el vallenato. De la legendaria Iglesia de Santa Bárbara se descolgaron varias campanadas, como si quisieran fusionar lo profano con lo sagrado. Picamos una carne a la parrilla con yuca y suero costeño en un improvisado asadero, pero nos puede más el Comedor costeño y hacía allí nos dirigimos a comer bocachico (reímos al recordar la teoría del taxista sobre la culpabilidad del bocachico en la sobrepoblación), pedimos arepa de huevo, los consabidos jugos de naranja y corozo, yuca y bollo de maíz con suero.

Casa de la Cultura

Es una de las construcciones más emblemáticas de Mompox, verdadera joya arquitectónica de la época colonial con sus jardines, altos tejados y amplios corredores. La visitamos antes del mediodía y nos alegró ver en la cartelera de entrada un afiche con la carátula del libro invitando al evento.

El director, Kevin Hamed Reinfstang Acuña, nos enseñó el auditorio donde tendremos la presentación. Nos presentó a la Secretaria de Educación, Cultura y Turismo de Mompox, Cielo Isabel Arias, a quien entregaremos, en dicho evento, 50 ejemplares en donación para que sean distribuidos en todas las bibliotecas existentes en Mompox.

Visitamos a algunos amigos para invitarlos, a otros les telefoneamos o les enviamos un mensaje por “whatsapp”. El poeta Dagoberto hizo lo mismo por su lado. Invitó a los dos alcaldes, el saliente y el entrante. Nos anunció que asistirán los personajes que aparecen en el libro. Ana Cadena, del Hostal donde nos hospedamos, nos anunció que también asistirá. Aunque es temporada decembrina se espera que asistan unas 50 personas interesadas en el tema del Patrimonio, Historia y Memoria de Mompox. Fue el cálculo que hicimos para los separadores que obsequiaremos y la copa de vino.

A las 6 de la tarde llegamos a la Casa de la Cultura: mejor esperar que ser esperados. Reubicamos algunas sillas, decidimos no utilizar la mesa, el micrófono se mostró reacio y el poeta se encargó de conseguir un técnico. Estaba listo el “videobim” para proyectar algunas de las fotografías que aparecen en el libro y que fueron tomadas por Bárbara. Los detalles, como el agua para los expositores, la mesa donde se expondrá el libro, el lugar que ocupará la autora…

Algo de nervios, no se niega. Pero estamos imbuidos del espíritu Caribe, de ese optimismo alegre y descomplicado. Todo saldrá bien, ya lo verán, nos dice el poeta.

Y así resultó. Poco antes de las siete damos inicio a la reunión. El poeta presentó su saludo y dio comienzo al conversatorio con la autora. Sus preguntas le permitieron a Bárbara exponer la secuencia del libro, los casos tratados de apropiación del patrimonio y la necesidad de que las leyes de preservación se cumplan para que Mompox siga siendo una singularidad, las experiencias en el trabajo de campo, el rigor de escribir la Tesis de grado con la cual optó el título de Antropóloga en la Universidad de Antioquia, sus recuerdos de infancia y esos viajes que le permitieron dar cuerpo a su tesis culminada en el 2005. Luego vino una década en la cual ella inició el proceso de adecuación del libro.

Una victoria sobre el tiempo

Al final del evento, quienes compraron el libro hacen fila para que Bárbara se los autografíe. No hay afán, mientras tanto brindamos con vino de corozo, en Mompox se ha detenido el tiempo desde hace más de cuatro siglos.

En acta firmada por la Secretaria de Educación, Cultura y Turismo de Mompox, el Director de la Casa de la Cultura, el poeta Dagoberto Rodríguez Alemán, y yo como Director Editorial de la Fundación Arte & Ciencia, quedó plasmada la entrega de los libros, con el listado detallado de las instituciones a cuyas bibliotecas llegará un ejemplar.

El propósito de nuestro viaje se cumplió a cabalidad. Acompañamos a Bárbara en la misión de devolverle a los momposinos lo que les pertenece, pero sistematizado en una prosa pulcra y ágil, y una excelente diagramación, un libro de Arte porque tanto como objeto, como texto literario y arsenal fotográfico, el libro invita a admirarlo.

Lo demás en los días siguientes fue deliciosa añadidura: las exploraciones por otros restaurantes, la visita a algunos talleres de orfebrería, el recorrido nocturno en bicicleta que hicieron Bárbara y sus amigas de la delegación por la albarrada y otros callejones legendarios, el paseo en la lancha “Valerosa Tours” por el Brazo de Mompox con sus oleadas de garzas al caer la tarde, y la degustación del dulce de cáscara de limón, los casabitos, las butifarras, el queso de capa, las visitas a varias iglesias y el inolvidable paseo a la luz de las farolas por la silenciosa Albarrada, remodelada y solitaria, todo ha quedado detenido en nosotros como un feliz recuerdo.

Al despedirnos, el último día, doña Ana Cadena nos entregó algo para el viaje. Es un paquete de casabitos: “Para que no nos olviden”, dijo sonriente. Las amigas de Bárbara, casi en coro, le responden que volverán. Ya lo verá, doña Ana, ya lo verá.

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