Intención


El Adoptado

Cartel de Bienvenida. Escuela Normal Superior de Medellín, institución educativa fundada en 1851, considerada como “baluarte del saber pedagógico”, cuya misión es formar maestros con alta competencia académica. (Fotografía de mi archivo particular)

He sido adoptado por una multitud de niños y jóvenes, y por un puñado de docentes de la Escuela Normal Superior de Medellín, quienes me recibieron con calle de honor y aplausos bajo un sol quemante. Colgado en lo alto del edificio principal, un cartelón hecho a mano por los estudiantes, me daba la bienvenida. Este encuentro es fruto del programa Adopta un Autor enmarcado dentro de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín.

Con el rector, Juan Carlos Zapata Correa cuando me enseñaba los tesoros históricos que guarda la legendaria institución. (foto de mi archivo particular)

Luego del saludo protocolario del rector, Juan Carlos Zapata Correa, presenté un breve saludo a la muchachada, que enseguida entonó el Himno de la institución, (letra de Hernando Elejalde Toro y música del maestro Carlos Vieco Ortiz). Luego pasamos a la biblioteca engalanada con dibujos alusivos a mis cuentos (en especial “La mascotera”), poemas y saludos escritos por los chicos. Un profesor escribió un poema exaltando mi labor de escritor y lo leyó para todos. Inclusive tenían en uno de los estantes de libros una gran fotografía mía colgada, que me hizo sonrojar.

Era un grupo numeroso de estudiantes tanto de primaria como de secundaria, seleccionados, quienes venían leyendo y comentando desde dos meses atrás mi libro Palabras al viento.

Muchas preguntas de diversa índole relacionadas con la creación literaria: ¿Quiénes son Carmen Beatriz y Bárbara? ¿Por qué el libro está dedicado a ellas? Háblenos de la bravura que aparece en el epígrafe de Harper Lee. ¿Recuerda el primer momento en que sintió que quería ser escritor? ¿Qué le gusta escribir más: cuentos o novelas? ¿Qué nos aconseja para poder escribir? ¿No le parece que ser escritor es una figura condenada a desaparecer como los dinosaurios? ¿Cómo vence la página en blanco?…

Con dibujos, mensajes y poemas alusivos a mis cuentos, los estudiantes me dieron la bienvenida.

Fueron una lección para mí y se las agradecí. Respondí desde el fondo de mi ser porque recordé que a la edad de ellos, en mi colegio, nunca pude conversar con un autor. Les dije que no había recetas para aprender a escribir, sino que la clave está en vivir la propia vida…

Les conté que además de leer y escribir me gustaba hacer libros. Llevé una colección de libros de la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA que doné a la Biblioteca de la Normal, y un morral grande repleto de más libros para rifar entre ellos, que se abalanzaron porque todos querían uno.

Con el Coordinador, profesores y bibliotecarias.

Se arremolinaron para tomarse una fotografía conmigo y que les firmara los libros. A quienes no les tocó ninguno me pidieron que les firmará su cuaderno, algunos arrancaron una hoja para que otros pudieran también llevarse mi firma, como si yo, de veras, fuera un gran escritor. Inclusive colgaron más arriba mi retrato, al lado de otros autores, esos sí maestros de la palabra y el pensamiento que no nombro por respeto y vergüenza de verme allí junto a ellos.

Conversemos

Fue un ambiente de entusiasta desorden que disfruté tanto como ellos. Es la palabra la que nos puso en esa vibración y creo que esa magia de las historias contadas nos llenó de nuevas energías.

_____

Las fotografías son de mi archivo particular.

 

 

Anuncios

Lucho Ávila

Ángel Galeano Higua
(Fragmento)

Pasan de uno en uno para la última conversación… Colonos y barequeros, mineros y aserradores, pescadores que vienen desde El Dorado y El Tagual, Tiquisio y Arenal, La Garita y Villa Uribe, Micumao y La Ventura, se aglomeran en susurros alrededor de la casa de la cooperativa donde yace el cuerpo inerte de Lucho.
Clemente ya regresó a las encumbradas entrañas de la serranía, donde la tierra se hermana con el cielo. Muchos de quienes en la tarde acompañaron al padre hasta su comunión final con los ancestros, ahora están allí, en Montecristo, para su última conversación con el hijo. Ni María Fernanda, ni Aura Elena, quieren desprenderse del féretro color caoba, salpicado por sus lágrimas, el mismo que Estefanía conservaba bajo su cama desde cuando cumplió cuarenta años, siguiendo una antigua costumbre de familia y que ahora cedió para guarecer a Lucho. Fabricado sobre medidas hace seis años por el carpintero de Montecristo, ha sido ataviado con la misma bandera de Colombia que cada mes izan los mejores alumnos de la escuela primaria y del colegio de bachillerato.
El río fue testigoSolano y su grupo, mientras tanto, se han parapetado en las afueras del pueblo, junto a una marranera. Ya no se atreven a pavonearse por la calle del Medio con sus enlodados driles de campaña, como al mediodía, ni por las calles aledañas. Se esconden con la zozobra de que Lucho puede que no esté del todo muerto. Solano, con sus ojos que parecen dos cuchilladas y su nariz de pájaro carroñero, quiere conversar e intenta poner tema, pero el silencio de sus compinches lo obliga a cerrar el pico. El obscuro transcurrir de las horas crea en varios de ellos la idea de que Lucho se levantará del ataúd y llegará hasta donde están agazapados. La noche se convierte en un largo tormento y Solano siente cómo sus hombres se mueven nerviosos, como si temblaran, sobre todo el más joven, recién reclutado e iniciado con esta tarea macabra del doble crimen. Su nombre de pila, aquel con el que su madre y su padre lo llamaban de niño, es Olegario, pero Solano se lo cambió por el alias de Camilo.
— Tan ingenuo este güevón —dijo Solano una noche cuando en un intermedio de su conspiración, hablaron de lo que él, Olegario, esperaba de la guerra.
— De la guerra no, de la revolución —le respondió Olegario, y luego habló de volver a su tierra para cultivarla, de tener buenos caminos para todos y de casarse con la muchacha de la finca de al lado, con quien siempre había soñado tener varios hijos—. Lo que más quiero de la revolución es la paz, la alegría.
— Lo que digo, tan ingenuo este güevón, se parece al curita de hace veinte años, sólo le falta la boina.
Solano soltó una carcajada, que más parecía una hilera de resuellos, y entre estertores lo motejó así: Camilo. Luego le advirtió: el mundo nunca cambiará y nosotros vinimos fue a lo que vinimos, no a dar misa ni sermones, así que aterrice, bájese de esa nube, “su reverencia”, no sea tan marica.
La noche es empujada por el murmullo de los rezos. Las linternas y mecheros sobran afuera porque la luna ha venido también, redonda de luz, a mirarlo todo, a alumbrar los andurriales por donde siguen llegando los sudorosos deudos.
En el patio, sobre la leña hecha brasa, en la ollaza de barro, se mantiene el café caliente endulzado con panela, que los dolientes se sirven con la totuma. Maryú y Selene se turnan cuando la bebida se acaba, y preparan más. En un rincón, las gargantas sedientas calman su deseo con el agua fresca de la múcura, cuya base redonda está acuñada con centenarias piedras bruñidas por la corriente de la quebrada.
De la boca de las mujeres brotan incesantes las letanías, sólo interrumpidas de vez en cuando por un lamento gritado que desgarra la noche y va a estrellarse junto a la marranera, donde Olegario cree ver a Lucho que llega sonriente con los dos agujeros en el cráneo, en los cuales Clemente, con la cabeza vendada y el sombrero puesto, le coloca flores rojas y amarillas.
Para los asesinos la noche es larga. En cambio, para el gentío es muy corta porque ninguno alcanza a conversar todo lo que quedó pendiente del sueño de arrozales y maizales, del mantenimiento del molino, del segundo Festival de la Cosecha, del cuidado de la recua de mulas recién adquirida, del concurso de lectura para niños, de la carrera de caballos proyectada en la cancha de fútbol no hace mucho arrancada a la manigua, del nuevo camino y el abastecimiento de víveres para los mineros de La Amargura, y tantas cosas más, como la próxima brigada de salud.
De pronto, en mitad de la conversa, la luna se vuelve sol y la pesadilla parece una fantasía y el gentío se siente liviano y compacto, como si todos fuesen Clementes y todos fuesen Luchos. El café de la ollaza es reemplazado por el sancocho de pescado para el desayuno. Varias mujeres y hombres deshollejan papas, yucas, ñame y pelan plátanos, mientras otros tiran el chinchorro en la quebrada para atrapar los peces. Aún la ollaza no ha soltado el primer hervor, cuando varios niños llegan corriendo y gritando:
— ¡Algo sucede! ¡Vengan a verlo!
— Niños, por favor, dejen la bulla, respeten —les dice Estefanía, con el índice en los labios.
— ¡Pero es que algo sucede allí, en las afueras! —insiste uno de los chicos.
— Profesor, ¿podría ir a ver de qué se trata? —le pide Estefanía a Alí, cuyo puesto en la cadena de vigilancia es cubierto de inmediato por un parroquiano..
Alí, con sus casi dos metros de estatura y sus grandes zancadas, al lado de varios montecristianos más, sigue a los chicos, que apresuran sus pasos hacia la marranera, sobre la cual ven, como sostenida por hilos invisibles, una densa nube negra que pende sobre la pocilga. Un pedazo circular de la noche se niega a abandonar la tierra. Al comienzo no se atreven a acercarse, aquello parece brujería, pero cuando Alí da un primer paso y lo siguen los demás, descubren en su interior el cuerpo de Olegario, alias Camilo, indefenso como un niño, que, con una cuerda al cuello, cuelga de un travesaño del techo. De Solano y los demás no hay otro rastro.
— Lo mató el remordimiento —dice Carlos Reyes al enterarse, y aplasta el aire en la palma de la mano izquierda con el puño de la otra.
— Era muy tierno para el remordimiento —opina Estefanía—, más bien lo mató la frustración y las órdenes de Solano —Estefanía mueve la cabeza como un péndulo, con un no reiterativo que, además de acusación, es dolor, perplejidad.
— Hay que ir a avisarle al inspector —dice con resignación—. Es para lo único que sirve.

____

Tomado de El río fue testigo.

Morir más

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

El niño ha muerto. Es de día pero no pueden asomarse afuera. A todo aquel que ha salido le han disparado. A Margaritainés le pegaron un tiro en la frente con sólo asomarse y a Obdulio le despedazaron el brazo que sacó por la ventana. El niño murió de fiebre, alguna infección y sin ni siquiera agua para humedecer sus labios. La madre le untaba su saliva o las lágrimas en los labiecitos, pero el niño murió. ¿Sería de hambre?, preguntó el padre. ¿El hambre da fiebre?, responde ella. En la casa reina el silencio. Con el alma apretujada, la madre quiere que a su hijo se le entierre en el cementerio. El padre, menos expresivo pero mordiendo el duelo, dice que eso no es posible, que si salen los asesinan. Pero la madre está triste, tanto que bordea el desespero. Al criaturito no lo podemos enterrar como a un perro, no, él es un ser humano, un inocente y a los inocentes se les entierra en un cementerio. Eso dice. Llora, llora con profundo dolor. El hombre sostiene que no es posible pero ella lo llama cobarde. Lo haré yo misma, dice, ¿qué importa morir más? Ya nuestro hijo no respira, ¿qué importancia tiene vivir? Tal vez tenga razón, empieza a pensar el padre, no vale la pena seguir así, sitiados, como enterrados en vida. Poco antes de medianoche los dos están convencidos de que deben salir a darle sepultura a su pequeño, enterrarlo como es debido. Por los pasadizos que han construido se comunican con los vecinos que colindan con el patio de atrás. Ellos también les dicen que no lo hagan, que es un gran riesgo, que pueden morir, pero la pareja ya no tiene duda. Sólo querían contárselo. Los vecinos opinan que es mejor enterrarlo en el patio, les ayudamos, traemos nuestras palas, haremos vigilancia. Pero para los padres aquello ya es inaceptable. Será enterrado como un ser humano, como un niño inocente, en donde podamos ir a visitarlo y a conversar con él y a llevarle flores, enfatiza la madre. La oscuridad es propicia para salir. Cubierta Palabras al viento jpgLos bandidos no conocen aquellos vericuetos y por eso no se aventuran a permanecer en los mismos sitios de francotiradores donde se ufanan de día y se juntan detrás de la casona que han usurpado al tendero Humberto. Tienen bloqueadas las dos salidas, pero desconocen la existencia de un corredor por el lado del caño. Por allí intentarán salir con el niño muerto. Ustedes verán, les dice la madre a los vecinos, si quieren arriesgarse es cosa de ustedes, se lo agradecemos, por supuesto, pero no se lo pedimos. Los vecinos deciden colaborar conmovidos por la firmeza de la madre, sienten el torrente por sus venas y reafirman su voluntad. La suerte está echada, ¡qué carajo! Al poco rato las sombras se deslizan. Una silueta de mujer va agachada cargando a un niño en sus brazos, como si lo arrullara. La siguen otras sombras sigilosas con sus palas en la mano. Son una extraña procesión. Cada palada con que perforan la tierra es silenciosa, como sus respiraciones. Cuando están echando la tierra encima del envoltorio, la luz de una linterna hiere las tumbas y no les queda más remedio que tirarse al suelo mientras sobre sus cabezas pasa el chorro mortecino. Luego vuelven a su labor. Entre ahogados sollozos, la madre le susurra las últimas instrucciones al pequeño que yace bajo el montículo. Los hombres la esperan sudorosos. ¿Para qué regresar?, pregunta la madre. El silencio es mayor… Ustedes sí, porque tienen a sus hijos allá, ¿pero nosotros? Nadie responde. El padre dice gracias y estrecha la mano a cada vecino. Luego, se separan, como si unos y otros buscaran los extremos de la noche.
____

Tomado del libro Palabras al viento y otros cuentos, Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín, 2a. Edición. Fundación Arte y Ciencia. Pg. 101

Invitación a leer mi libro

Tengo el honor de compartirte la publicación de la 2ª Edición de mi libro Palabras al viento y otros cuentos, editado por la Fundación Arte & Ciencia. Aunque recibió el Premio Nacional de Cuento de la Cámara de Comercio de Medellín, su primera edición, hace 13 años, fue muy restringida y no se comercializó.En Venecia 1

Durante este tiempo varias personas me lo reclamaron y estuvo a punto de ser publicado por algunas editoriales sin llegar a concretarse. Motivado por estas demostraciones, decidí leerlo de nuevo y corregirlo. He invertido varios meses en esta bellísima tarea que me reconfortó y a la vez me mostró algunos errores de la primera edición. Uno de los lectores que me acompañó en esta tarea fue Juan José Hoyos, quien escribió la nota de presentación para la contracarátula que enaltece a los 16 cuentos que constituyen el libro.

Hoy, bajo el sello de la Fundación Arte & Ciencia el libro ve la luz por segunda vez, en un formato especial con el cual esta Editorial inicia la nueva Colección El Aprendiz de Brujo para narrativa, lo cual me enorgullece.

Por todo esto te invito a adquirirlo, toda vez que la Fundación Arte & Ciencia es una entidad sin ánimo de lucro que no recibe ninguna subvención y sólo se apoya en los ingresos que los lectores aportan por la compra de sus libros. Te lo puedo entregar yo, de manera personal, o si lo prefieres puedes seguir las indicaciones que al final aparecen.

Te agradeceré que lo leas y que ojalá me hagas llegar tus comentarios, para mí muy valiosos.

Angel Galeano Higua
Cel. 315 476 8993

___________________

NOTA DE LA EDITORIAL:

Puedes pedir el libro a domicilio, consignando el valor de $32 mil en la cuenta de ahorros de Bancolombia No.1031 0897895 ($25 mil del libro, más el costo del envío a tu casa). Nos indicas la dirección en nuestro correo: fundarteyciencia@gmail.com y de inmediato te lo enviáremos.

 

Edición revisada y corregida por el autor.

Edición revisada y corregida por el autor.

A manera de Presentación

Desde hace algún tiempo, en Colombia se ha vuelto una especie de lugar común decir que el cuento es un género de aprendizaje, menos difícil que la novela. También que, dada su brevedad, alcanzar la maestría en su ejecución puede lograrse con cierta facilidad si se es un escritor virtuoso. Nada más engañoso que la aparente facilidad de este género, tan antiguo como la poesía y tan emparentado con ella. En tiempos modernos, Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant, Anton Chejov y James Joyce —entre otros muchos escritores— lo reinventaron, lo acercaron a la vida y a los lectores de nuestros tiempos.
En nuestro país han hecho lo mismo grandes escritores como Tomás Carrasquilla, José Félix Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Manuel Mejía Vallejo, Gabriel García Márquez… En esa tradición se inscriben los cuentos de “Palabras al viento”, de Ángel Galeano Higua. Ángel no es un escritor principiante. Los cuentos de su libro son el resultado de un largo oficio. Los lectores se deslizarán sin dificultades por sus páginas, como llevados por las aguas tranquilas de un río de aguas mansas. Pero al llegar a puerto descubrirán el motivo de sus sobresaltos, después de acompañar en sus cambiantes suertes a los personajes de Los aretes de mi hermana, El negro, Palabras al viento, Las hojas de Noelia, Morir más y otros cuentos inolvidables.
Bienvenida la reedición de este libro que en el año 2003 recibió el Premio del Concurso Nacional de Cuentos de la Cámara de Comercio de Medellín.

Juan José Hoyos

Ya viene en camino

Con la presentación del escritor Juan José Hoyos, aparecerá en próximos días la 2ª Edición de Palabras al viento y otros cuentos, de Ángel Galeano Higua, Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín. Con esta obra la Fundación Arte & Ciencia de Medellín, inicia la nueva colección de narrativa: El Aprendiz de Brujo.

Novedades

Pantalla de la Cámara Colombiana del Libro en la que se anuncia la nueva edición revisada y corregida por el autor.

Días de libros

Excelente acogida tuvieron nuestros libros y nuestros autores.

 

Stand de la Fundación 3Cuando llegamos con nuestro cargamento a Carlosé, aquel corredor parecía un campo de refugiados pero sonrientes, animosos, hormiguitas moviéndose de un lado a otro, llevando, trayendo cajas, colgando emblemas, alistando estantes. Uno de los guías nos indicó el espacio donde debíamos montar nuestra mesa. Sabíamos que la literatura pesa, pero cada vez que tenemos que trastear con nuestro catálogo lo comprobamos como la primera vez. ¿Qué podrá pesar más: los cuentos, las novelas, la poesía, los ensayos y las crónicas? Nunca lo sabremos, cada uno tiene su peso específico, y juntos pues aumenta en forma geométrica.

Nos tocó en el túnel blanco, imponente y atractivo, junto al parque por el que los habitantes del Barrio Carlos E. Restrepo dieron una ardua y tesonera lucha, cuya victoria es ejemplo para las comunidades, no sólo de Medellín, sino de todo el país. Si no fuera por esa lección cívica organizada y combativa, esta Feria Popular del Libro hubiera tenido que recogerse en el bulevar de siempre. Nos esperaba una prueba interesante entre libreros de todos los estratos. Vender nuestros propios libros de la mano de nuestros autores. Qué bella jornada. Los escritores diciéndoles a los lectores compradores: mira, este libro, lo escribí yo y te lo vendo. Una bellísima simbiosis sin fronteras entre los hacedores y los lectores, sin intermediarios, con la ventaja de abaratar la oferta porque no teníamos intermediarios que encarecen los libros.

Bárbara Galeano Zuluaga, autora del libro "Mompox, Una victoria sobre el tiempo", firma autógrafos en el stand de la Fundación Arte & Ciencia.

Bárbara Galeano Zuluaga, autora del libro Mompox, Una victoria sobre el tiempo, firma autógrafos en el stand de la Fundación Arte & Ciencia.

Cada autor tenía su turno. Unos más nerviosos que otros, pero allí estaban orgullosos de los títulos que cubrían nuestra mesa. A medida que transcurría la tarde el túnel iba entrando en calor. Calor de visitantes y calor del sol que se acumulaba. Todos sudábamos la feria, pero estábamos contentos de ver la respuesta del público que acudía en masa. Esto fue el viernes y la romería aumentó el sábado. Era un desfile constante y abigarrado, jóvenes de todas las edades con ese brillo de aventuras en los ojos tal cual son los lectores de verdad. Esculcando aquí y allí, buscando un título, husmeando solapas, hojeando, dudando hasta que se decidían: me llevo este. Al rato, este otro…

Al caer la tarde, tanto del viernes como del sábado, aquel túnel era “un sauna literario”. Para refrescar la garganta, reseca de tanto ofrecer los libros, teníamos que salir fuera del túnel para tomar un refresco. Y volvíamos con más bríos. El balance final fue positivo en todos los sentidos. No llovió, aunque el sol se hizo el odioso a ratos. La concurrencia superó lo que habíamos vivido en años anteriores. Las ventas de nuestros libros también superaron la de los años pasados y pudimos comprobar la sed, el hambre que los habitantes de Medellín tienen de leer, de que hayan más eventos culturales alrededor del libro, de la cultura, del conocimiento.

Hicimos una bonita tarea. Nuestros libros quedaron en manos de más lectores, aumentamos nuestra base de amigos a quienes les haremos información de nuestras actividades y nuevas publicaciones. El Grupo Literario El Aprendiz de Brujo se lució. Nos esperan mayores retos, escribir más y mejores libros para nuestro creciente círculo de lectores. Hermoso reto que aceptamos con entusiasmo.

Nuestras estadísticas

Los más vendidos

1. Mompox, Una victoria sobre el tiempo, de Bárbara Galeano Zuluaga.
2. Los Cuadernos de Saúl, de Saúl Álvarez Lara
Bitácora del cuerpo, de Claudia Restrepo Ruiz
Abro la noche, de David Marín Hincapié
3. El fin de la enfermedad, ensayo de la Dra. Silvia Casabianca Zuleta.
4. Colección Poetas Anónimos (Paquetes de promoción):
Los pasquines del infierno, de Álvaro Julián Moncada
La última página, Selección de El Pequeño Periódico 30 Años.
Canción para una despedida, de Antonio Botero Palacio.
A la Tierra vuelvo y sigo, de Luis Hernán Rincón.
5. Perfil de Mujer, selección de crónicas de El Pequeño Periódico 30 Años.
6. El traído – Cuentos de Navidad, del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.
7. La palabra se baña en el río, Grupo Literario El Aprendiz de Brujo
8. Una danza contra el viento, cuentos de Álvaro Jiménez Guzmán
9. Las voces que trae la brisa, cuentos de Nubia. A. Mesa G.
10. Flores en la pared y otros cuentos, Grupo literario El Aprendiz de Brujo
11. Las siete muertes del lector, ensayos de Ángel Galeano Higua.
12. Aoketekete y otros relatos del río, Grupo Literario El Aprendiz de Brujo.

____

Publicado en fundarteyciencia

Página siguiente »