El negro

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

El negro está allí, tirado entre los árboles. No muerto. Tirado. Recargado. El cuello en ángulo recto. Como si quisiera mirarse el pecho. Estirados los pies, sin tensión. Descansando. Los ojos cerrados. Al primer vistazo parecía dormido. Pero luego daba la impresión de tener la mirada perdida. Viajera. Una mano sobre el pecho. Desgonzada. La otra sobre las hojas secas en el suelo. Los dedos hundidos, leves, como raíces.
Cuando lo vi, lo envidié. Por su despreocupación. Pero luego sentí compasión. Llegué a pensar que estaba allí por desconsuelo. Apartado. Pensándose a sí mismo. O que era un desplazado de Bojayá. Pero al mirarle el traje apareció en mi mente un recuerdo de jazz. De una banda de jazz. De un saxofonista. Lo digo por el traje y por el semblante de negro respetable, con pinceladas de plata en las sienes. Le calculé 60 años. No sé porqué. No tengo argumentos. Sólo le vi 60 años. Ni un año más, ni un año menos. Nunca he ido a los barrios de los negros. No sé si haya barrios sólo para negros. Como en norteamérica. O en sudáfrica. A lo mejor me trabaja la carátula de un disco de Ellington o de Gillespie. O alguna novela de Faulkner. No tengo forma de asegurarlo. Podría ser también Toni Morrison… O todos ellos juntos. No lo sé. O el afiche de aquel baterista en la cafetería de Izmenia. Le gustan tanto los blues a ella. Algo tengo que me hermana con este negro que está tirado entre los árboles. Algo de negro. Es respetable. Sí, el negro tiene aire respetable. Allí, tirado entre los árboles, y se ve tan digno. Quisiera hablarle. Oírlo. Su voz debe ser algo ronca. Gangosa. Lenta. Sosegada. Reveladora como la de todos los viejos. Los viejos negros. Pero, ¿cómo vino a parar aquí? Ya estaba cuando yo llegué. Eso le da derecho a guardar silencio. O a preguntar primero. Y yo, ¿cómo llegué aquí? ¿Por qué estoy aquí esperando al negro? Nadie más vino conmigo. De repente siento que siempre he estado aquí. Que no soy de otro lugar, sino de aquí. Esperando a que el negro despierte. A que se mueva. A que dé alguna muestra de vida. De que respira. No es que parezca muerto. No me lo parece. No. Pero qué alivio sería verlo moverse. O suspirar. Yo también suspiraría. Está vivo. Tiene que estar vivo. Si estuviera muerto se notaría en algo. En la atmósfera. En algo. En los mismos árboles. En él mismo. En mí. Sus dedos como raíces no son para un muerto. Creo verle la música en las yemas. Piano o saxofón. O trompeta. O batería… Algo mucho de tambor. Su semblante es de pura vida en reposo. Pienso en el alivio posterior a la danza. O en la paz de un sabio que espera. Es un negro inmenso. Total. La arboleda se vería desolada sin él. Es como si los árboles hubieran crecido para él. Para que se recargara en ellos. Debió llegar hace mucho tiempo. Lo digo porque parece integrado a la corteza. Pero también me sugiere que está recién recargado. O como si todavía estuviese acomodándose. Disfrutando las dificultades del acomodamiento. Como si se sintiese cómodo en la mera disposición.
El negro sigue allí. Tirado entre los árboles. Espero alguna pista de él. Relacionada con él. Procedente de él. Que llegue a él. Que me remita a él. Acostado me parece que es alto. Me hace pensar en casi dos metros de estatura. O más. Alto. Muy alto. Como si se hubiese tirado allí para no verse más alto que los demás. O para presentarse más bajo sin parecerlo. Entre los árboles, un árbol más. No me puedo cansar en esta espera. Ya no estoy al comienzo. Han pasado jornadas. Sigo aquí. Observando al negro. Aguardando. No aguardándolo, sino aguardando a que mueva un dedo. O un párpado. Creo que el mundo va a temblar cuando el negro se mueva. Cuando despierte. Cuando parpadee. La tierra se sacudirá cuando el negro suspire. Será un suspiro salido de bien adentro. De los entresijos de su alma. En voz alta. Eso pienso. Eso espero. Aquí… Una hoja cae. Lenta. Muy lenta. Testimonio de los lametazos del viento en las copas. Cae muy pero muy lenta. Como haciendo malabares en cuerdas invisibles. Trapecista que se regodea antes de caer en el pecho del negro. Cae. Cae… Sigue cayendo. Rebota. Como si se hubiera estrellado contra el nido de un pájaro. Rueda, pero alcanza a detenerse sobre el inmenso pecho del negro. Esa hoja delicada y silenciosa parece un grito que va a despertar de manera abrupta al negro. Pero se aquieta. Reposa en el reposo. Hace ver al negro más fuerte y más paciente. Pero también más tierno. Hoja tierna sobre su corazón. Un saludo susurrante. Entre sueños. Otra hoja cae. A un lado, cae. Sobre las otras hojas del suelo. Sobre el colchón amortigüante. El viento vuelve a lamer las alturas. Es la música que arrulla al negro. Otras hojas caen. Revolotean en la caída libre. Libres. Lentas. Muy lentas, perezosas de caer. En el silencio rumoroso el viento aumenta la sensación de sosiego. Es un silencio que parece gritar. Como si fuera a despertar al negro. Una de las hojas va directa a su rostro. La veo caer escondiéndose entre las demás. Debo detenerla. Sí, debo evitar que golpee al negro en el rostro. Interrumpiría con brusquedad su reflexión ensimismada… Pero no puedo moverme. Ni extender mis brazos. Si los muevo caerán más hojas y nidos con polluelos… Y el negro despertaría sobresaltado. Y podría morir. Y no tengo ningún derecho. Tampoco puedo caminar. Mis pies han echado raíces. Y la hoja cae… Sigue cayendo…

_____

Tomado de Palabras al viento y otros cuentos, Edit. Fundación Arte & Ciencia, Medellín

Anuncios

El otro viaje

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

 

La conversación corría, las palabras salían hacia delante, hacia la sabana, pero chocaban contra el vidrio y un poco atontadas se deslizaban como criaturas diminutas hasta el otro extremo del cristal desde donde saltaban hacia los oídos. Algunas caían sobre los desnudos hombros de Virginia y se escurrían por las tirillas de su blusa amarilla. Otras se fugaban por las ventanas como guirnaldas al viento y otras más chorreaban el tablero de los controles.
De pronto, Jairo notó algo nuevo, como si Virginia hablara desde otra parte, desde otra emoción. Al principio no le prestó atención. Habían dejado atrás los asuntos del trabajo y ahora Virginia exaltaba la belleza de la sabana cubierta de algodón, aquel “enjambre de motitas blancas palpitando bajo el sol”. Le dieron vueltas al tema hasta cuando él empezó a comparar las distantes y suaves ondulaciones de la tierra con el cuerpo de una hermosa mujer. Virginia se quitó la hebilla con que sujetaba la trenza sobre la nuca y su cabellera se explayó como una fiesta de bucles cobreados. Jairo hablaba de aquella línea que parecía la espalda de una bella dama. La respuesta silenciosa de Virginia se hizo tan intensa que Jairo volteó a mirarla y descubrió que tenía los ojos cerrados. Fue cuando el algodonal se hizo garganta vertiginosa, larga y recta, y Jairo sintió que un pánico desconocido se le metía en los tuétanos. Siempre había creído que el miedo aparecía sólo en las manos en forma de temblor, que la respiración se alteraba y que uno abría los ojos más de la cuenta. Pero no, en medio de aquel vértigo un pavor indescriptible lo había invadido y hasta lo sintió impregnándole la ropa e inclusive que llegaba hasta toda su historia pasada y futura, hasta toda su memoria y alcanzó a percibir que su propia sombra, la misma que proyectaba cada mañana cuando salía a caminar, parpadeaba atemorizada.
No podía creer que Virginia tuviera los ojos cerrados y que permaneciera rígida, sosteniendo el pie derecho hundido hasta el fondo del acelerador. Su primera reacción fue gritarle que los abriera: ¡¿Te has vuelto loca?!, ¡¿qué te pasa?! Pero ella iba en otro viaje. La zangoloteó: ¡Frena! ¡Nos vamos a estrellar! Pero Virginia parecía una estatua de mármol, mordiéndose el labio inferior y con una delgada línea ondulante, como el aletazo de un pájaro, cruzándole la frente. El carro rugía. Cada grito suyo lo asustaba más a él que a ella. Quiso controlar el timón pero Virginia lo sujetaba con firmeza. Metió un pie entre los de ella buscando el freno, pero aquellas piernas envueltas en la vaporosa falda estampada de tela hindú, parecían dos barras de hierro que se lo impedían. Se acercaban a una curva. Jairo pensó en lanzarse fuera y hasta alcanzó a abrir la puerta, pero al ver aquella larga y devoradora banda de pavimento, la volvió a cerrar. De nuevo quiso controlar el timón, por lo menos para evitar salirse de la vía, pero ella continuaba con las manos firmes en la dirección y el pie en el acelerador, al punto que carro y conductora parecían una sola pieza. Al llegar a la curva, Virginia, de repente, frenó, apagó el motor y abrió los ojos, que habían adquirido un nuevo y poderoso destello. En su rostro, un poco cansado, se dibujaba una dulce sonrisa.
— No te asustes, querido —susurró y descansó su mano en la rodilla de él. Jadeaba como una atleta que recién acababa de correr la gran prueba y se humedecía los labios con la punta de la lengua— Es apenas un ejercicio —Él la miraba aturdido, como si hubiera recibido una trompada. Al sentir aquella mano en su rodilla, algo, similar a una descarga de espasmos, le recorrió el cuerpo. No era la primera vez que su fogosidad lo confundía. Virginia cerró los ojos de nuevo y echó hacia atrás el cuerpo, la cabeza en el espaldar, irguiendo los senos bajo la blusa como un desafío.
— Déjame yo conduzco —dijo Jairo queriendo ser persuasivo, como si le hablase a un enfermo, deseoso de volver cuanto antes a la ciudad. En respuesta, ella, displicente, agitó la mano como si espantara una mosca y en el ademán Jairo vio, en uno de sus dedos alargados y finos, aquel anillo de oro en forma de serpiente enrollada, que siempre le pareció como si acabara de enroscarse. El viento acariciaba las matas de algodón y silbaba entre las despeinadas ramas de una acacia solitaria. Era lo único que se oía, hasta cuando Virginia aspiró tanto aire por la boca que pareció querer devorarlo todo y luego lo exhaló en un largo suspiro.
— ¿Por qué lo has hecho? —preguntó Jairo.
— ¿Qué?
— Correr como una loca.
— ¿No te gustó?
— Para nada…, me has dado un gran susto.
— ¿Creíste que nos mataríamos?… ¿lo creíste?
— Sí, por un momento sí. Dime ¿por qué lo hiciste?
— Te lo voy a confesar de una vez por todas… —los ojos de Virginia refulgían más allá del parabrisas y sobre el labio se adivinaban diminutas gotitas de sudor—. De un tiempo para acá, cuando paso por esta carretera y la veo como una provocativa línea recta, siento inmensos deseos de bebérmela, de recorrerla palmo a palmo en un instante, de volar, entonces cierro los ojos y acelero… —Virginia miró a Jairo como para corroborar que no hablaba sola y volvió sus ojos a la curva donde empezaba el altozano— A veces vengo de noche, cargada de tantos sueños que no me dejan dormir, vengo con la ilusión de encontrarme con alguien, pero con quien me encuentro es con mi soledad… En las noches no necesito cerrar los ojos, me basta apagar las farolas y acelerar al máximo… Todo es oscuro y delicioso, leve, si vieras, como si esta sabana fuera el socavón más profundo de la tierra. A veces, las estrellas y la luna se asoman y entonces cierro los ojos y me dejo ir… Pero no creas que ha sido fácil. Me llevó mucho tiempo quitar el temblor de mis manos. Parecía como si tuvieran miedo propio. Tuve que poner de acuerdo a mis pies: uno se negaba a empujar el acelerador a fondo, y el otro se entusiasmaba por pisar el freno… Ha sido una maravillosa experiencia, como de liberación… ¿Viste que ya aprendí a calcular el momento exacto de llegar a la curva? Han sido muchos meses de práctica, muchos, dos y tres veces al día, hasta convertirlos en un ejercicio que me embriaga y que ya no puedo evitar, que no quiero evitar… Y hoy, ¿sabes?, contigo a mi lado, me sentí feliz y quise compartirlo…
Jairo no supo qué decir. Quería huir. Sintió encima la mirada quemante de Virginia que lo confundía, como si tuviera el poder de estrujarle el alma y ponerla en entredicho. Quiso hacerla entrar en razón, pero se abstuvo porque en el fondo de su ser la admiraba. Él no sería capaz de hacer algo así, no tenía esos arrestos para jugar a sobrepasar aquellos límites.
— No sé qué decir… —dijo.
— ¿Nunca has sentido estos deseos de correr, de volar, de ser libre? —preguntó ella.
— Por supuesto que sí, pero en otras formas menos peligrosas…
— Te da miedo, ¿verdad?
— No, no es miedo…
— ¿Qué más puede ser?
— Quizás sea prudencia…
— ¡Prudencia! ¡Sensatez! ¡Cordura!… No veo cómo puedas volar con tantas tijeras cortándote las alas.
— Estás exagerando, confundes el instinto de conservación.
— Sigue así y tu vuelo no va a ser más alto que el de una gallina con instinto de conservación.
— Es mejor que nos vayamos —dijo de pronto Jairo, arrepentido de estar allí.
Virginia no se inmutó, quería descansar. Luego de aquellas jornadas terminaba extenuada pero dichosa.
— O quizás sea mejor que me dejes aquí —agregó él, en medio de un desconcierto que lo violentaba hacia una vergüenza insoportable. Cuando quiso abrir la puerta para abandonar el auto, Virginia, mirándolo con otro fuego muy cercano al desprecio, puso el motor en marcha.
— Eres cobarde hasta para conversar —le espetó, sin mirarlo ni darle tiempo para nada. Las llantas empezaron a rechinar en cada curva del altozano. Poco a poco, la sabana se fue extendiendo abajo, esplendorosa de algodón. Virginia mantenía alta la velocidad y fijos los ojos chispeantes en la carretera. Apabullado, Jairo guardaba silencio y se sujetaba a la silla y al borde de la ventanilla. Estaba pálido y se sentía sin fuerzas para mirar a Virginia. Las palabras le sonaban como si su cabeza se hubiese convertido en un tambor. Ella daba vuelta al timón en cada curva y su cabellera ondeaba como un manojo de cometas. Las llantas chirriaban. Virginia volvió a morderse el labio y en su frente empezó a dibujarse de nuevo aquel aletazo. Jairo miró de reojo aquellas manos delicadas que maniobraban con exactitud el timón. La serpiente de oro se desenroscaba entre los dedos, ahora más sensuales y ágiles.
— Valiente bobo me resultaste… —dijo ella en voz alta pero con tono distante, entre furiosa y frustrada, como si hablara consigo misma. Jairo no quería hablar más en todo el camino. Virginia, como si sus palabras fuesen una trivialidad, dijo al poco rato: — Apuesto a que no eres capaz de intentarlo.
Aquel reto entró en Jairo como una bofetada. Esas palabras corrieron a juntarse con las anteriores, amalgamándose en un corrosivo desafío. La palidez de su rostro se acentuó y sus dientes se apretaron como si mordieran una decisión. Debió hacer un grande esfuerzo para desanudar el trapo de su lengua, pues el reclamo de su amor propio, humillado, así se lo gritaba.
— Devolvámonos, quiero intentarlo —dijo Jairo, al cabo de unos segundos, con una voz que parecía prestada. Sorprendida, Virginia detuvo la marcha y lo miró interrogante.
— ¿Qué dijiste?
— Que nos devolvamos.
— ¿A dónde?
— A la sabana, quiero intentarlo…
Virginia dudó. Esculcó el semblante de Jairo como si hubiera pasado muchos años sin verlo. Aquella palidez y la extraña fuerza de su voz le inquietaron, pero no supo si era miedo o compasión lo que ahora le despertaba. Comprendió que lo había presionado demasiado y sintió en la garganta la acidez de un arrepentimiento atravesado. Consideró la posibilidad de confesárselo para que desistiera.
— ¿Intentar qué? —le preguntó.
— Intentar un tramo, quiero saber qué se siente…, si me gusta quisiera aprender contigo…
— Pero…
— Nada, volvamos allá —y la desplazó del volante, obligándola a bajarse y a intercambiar el puesto. Así desandaron el altozano, haciendo rechinar aún más las llantas, hasta donde empezaba la carretera plana y recta, justo donde Virginia había frenado luego de la delirante carrera.
— ¿Vas a intentarlo desde aquí? —preguntó Virginia, más preocupada que curiosa.
— Sí, desde aquí —Jairo se acomodó en la silla, dispuesto a emprender la carrera.
— ¿Y dónde te detendrás, si esta es la curva de llegada?
— Probaré en sentido contrario al menos un tramo y tú me avisarás cuando deba frenar —Aceleró varias veces pero sin quitar el otro pie del embrague, como un toro que rastrilla la arena con ímpetu antes de embestir. Ahora Virginia era la que no sabía qué hacer. Por un instante sintió deseos de bajarse, pero él la miró desafiante, sin la palidez de antes, sino con otra más amarfilada.
— Me avisas cuando deba detenerme —repitió Jairo y fijó sus ojos en la carretera. Luego, mientras iba retirando el pie del embrague, pisó poco a poco el acelerador hasta el fondo. Virginia se agarró con fuerza del borde de la ventanilla. El carro avanzaba cada vez a mayor velocidad. Jairo memorizó la alargada línea de la carretera—. Quedo en tus manos —dijo, y cerró los ojos, lanzándose a ciegas.
Nunca sabría con exactitud cuánto tiempo transcurrió. Sus manos y sus brazos se sostenían firmes. En su frente empezaron a hervir diminutas gotas de sudor. El motor resoplaba como si fuera a estallar. Jairo imaginaba las matas de algodón pasando veloces hacia atrás. Se vio sentado en aquella silla, sosteniendo el volante, como había visto a Virginia antes. ¿Y Virginia? ¿Qué estaría pensando? Cómo le gustaría verla. Seguro que iba pendiente. Pero, ¿por qué no le decía nada? ¿Por qué no le indicaba si así iba bien? De pronto sintió deseos de abrir los ojos, pero aguantó un poco más para vivir la misteriosa vibración de la que Virginia había hablado. Ella le avisaría cuándo debía frenar, al menos eso fue lo que él le pidió. Quiso preguntárselo, pero se reprimió. Quizás era muy pronto y la tremenda ansiedad que lo subyugaba lo hacía calcular mal. Además, aquélla era, también, una prueba de su capacidad para arañar los límites. Sin poder evitarlo, su mano derecha se levantó como si una agobiante duda le acosará: ¿sí iba ella allí, a su lado? Tocó su hombro y sobre la redonda frescura de su piel sintió la tirilla de su blusa. El carro titubeó. Esa piel suave le gustó, ¿por qué no la había acariciado antes? Las llantas chirriaron entre el polvo y el pavimento. Sobre el dorso de la mano con que tocaba el hombro de Virginia, Jairo sentía el acariciante cosquilleo de su cabellera agitada por el viento. El motor roncaba con angustiante resequedad. Virginia tomó la mano de Jairo entre las suyas y la acarició. Las llantas lamían con fiereza el borde de la cuneta. Ambos entrelazaron los dedos. El carro temblequeaba y las llantas tiraban hacia fuera del pavimento. Jairo sintió entre sus dedos la dolorosa presión de la serpiente enroscada. Las ruedas zigzagueaban. El brazo con que Jairo sostenía el volante empezó a temblar, sentía su cuerpo empapado en sudor. A medida que avanzaban en aquel atrevido ejercicio, la mano sostenida en la dirección iba dejando de ser una acerada tenaza, y el brazo una potente barra metálica, para convertirse en un amasijo de temblores sin control. La doble lucha que llegaba al cerebro de Jairo era contradictoria: por un lado Virginia con toda su carga y por otro, el cansancio de aquella masa de músculos y nervios encalambrados.
Sin poder soportarlo más, Jairo le preguntó a Virginia si debía frenar ya, pero no obtuvo ninguna respuesta. Apretó con desesperada fuerza la mano como si quisiese asfixiar la serpiente y llamar la atención de Virginia quien —sin duda ése era su juego— quería llevar las cosas hasta un extremo intolerable. Pero tampoco oyó su voz, ni recibió señal alguna de su mano. Entonces, hundido ya en la incertidumbre, abrió los ojos, y en el fogonazo de un parpadeo sólo alcanzó a ver que Virginia viajaba también con los ojos cerrados y que, al frente, a pocos centímetros, el áspero y formidable pecho color ocre, de una enorme roca, los esperaba imperturbable.

___

Tomado de Palabras al viento y otros cuentos. Edit Fundación Arte & Ciencia.

“Es una bella historia, heroica y desoladora al mismo tiempo, porque los enemigos agazapados –autoridades, guerrillas, paramilitares, politicastros y narcos– acabaron con ella. Fue una gran aventura que, entonces como hoy, merece todo el respeto y la admiración. El lector lo sabe al terminar el texto. En la historia del país, hay muy pocas experiencias, de pronto ninguna, como esta”. (Conrado Zuluaga)

Entre Barcelona y París

Ángel Galeano Higua

En un pueblito español

Mi cuerpo ya está aquí, pero el compuesto inmaterial e invisible que me contiene sigue caminando por Barcelona y París. Deambulo como un fantasma entre la Rue Christine y el boulevard de Saint Germain y Saint Michel, buscando a Valjean y esperando a que pase la carroza en que viaja Balzac con su traje alquilado…

En Barcelona sigo el rastro de la lagartija multicolor en el parque Güell y busco el Mediterráneo al final de las ramblas, donde han levantado bolardos contra los lunáticos. Y en Cerdanyola de Vallés escuchamos la guitarra de Miguel Ángel Sanz, que acaricia los poemas de Lucía Estrada, Rubén Darío Lotero, Luis Hernán Rincón, Miguel Méndez Camacho y Jorge Debravo, que descubrió en el libro La última página.

Creo saber, Valjean, por donde corriste, qué río te acompañó en tu desdicha

 Hicimos maletas a mediados de diciembre y en el equipaje incluimos nuestros libros para entregarlos a Maryuth Contreras, una de las protagonistas de El río fue testigo, que ahora vive en Barcelona, y a Anne Lise, una amiga investigadora de la Universidad de París. Tenía que aprovechar aquel viaje, regalo con que mi esposa y mi hija me celebraban mis primeros 70 años, para llevar también la novela de los descalzos a mi hermano Andrés, que vino con su familia a pasar navidad con nosotros en la capital francesa. Para mis sobrinos Ana María y Juan Camilo: Palabras al viento. Y a Marta Lucía: Mompox, una victoria sobre el tiempo, el libro de Bárbara.

 Corrí hacia el primer vagón para ver si ese tren se dirigía al Palacio de Versalles, cuando lo comprobé quise avisarle a mi esposa y a mi hija, pero ellas ya lo estaban abordando en ese instante y apenas si alcanzaron a hacerme señas de que subiera. Antes de que el metro cerrara las puertas salté al interior del primer vagón. A mis espaldas sentí el golpe al cerrarse la puerta. Carmen corrió a la ventanilla de su vagón para comprobar que yo sí había alcanzado a subir. Al verme sonrío con tan dulce alegría que se me grabó su imagen como una de las más bellas. Dos estaciones más adelante cambié de vagón y me reuní con ellas.

Música de guitarra compuesta por Miguel Ángel Sanz, para el poema “El río sin agua”, de Luis Hernán Rincón.

 Las mujeres son incansables. Versalles les queda chiquito. No se cansan de mirar vitrinas, medirse zapatos y trajes, mirar espejos y bolsos… Así en Lafayatte o en las tiendas de Saint Germain.

Lo mejor de Versalles son sus jardines, aún en esta época de invierno. Son un laberinto y a la vez una creciente ramificación. Los árboles duermen mientras nosotros tiritamos.

 Creo saber, Valjean, por donde corriste, qué río te acompañó en tu desdicha. Qué edificios vieron tu dilatada fuga, qué callejones te protegieron… Ya lo sé.

 Al frío de París sólo se le puede derrotar recorriendo sus calles con la imaginación ardiendo, ancha y hambrienta. Beberse esta lloviznita pertinaz, este aguacero de medianoche…Mientras escucho una historia dolorosa y triste en un bar de Saint Michel…

Faro de hierro, proscenio para las fotografías testimoniales, dama esbelta que rige los Campos Elíseos.

 No sabía de tus pinceles, Rodin, sólo de tus esculturas. Por eso, al descubrir tus acuarelas admiré aún más tu obra, como si hubieras guardado el secreto de tus pinturas para enseñármelas ahora. Y Camille ronda todos tus atrevimientos.

 Sólo estando adentro sentimos necesidad de estar afuera. Amanece tan tarde y anochece tan temprano, que uno se pregunta ¿dónde queda el día? ¿Dónde está el sol?, ¿qué se hizo el cielo? El gélido silencio de la neblina los contiene.

 Y en la noche conocemos la famosa, empinada e inútil “chatarra” mitificada, que forma parte del mapa turístico de París. Faro de hierro, proscenio para las fotografías testimoniales, dama esbelta que rige los Campos Elíseos.

 Entro en una tienda de antigüedades en Montmartre atraído por el guiño de tres campanas exhibidas en la vitrina. Una en especial, sostenida por un pájaro liviano que está a punto de levantar el vuelo. Me atiende un hombre mayor, casi un anciano, de cabello blanco y pulcro chaleco de lana, me saluda con una sonrisa amistosa. Le pregunto si habla español y me responde que un poco, reforzando sus palabras con una seña del índice y el pulgar dando la medida pequeña. Correspondo a su sonrisa y le digo que me interesa ver las campanas… Abre la vitrina y tomo la que más guiños me hace. Es de bronce, dice. Le he dejado la pátina porque hace parte de la historia de las cosas. Además, afirma, esa capa protege su brillo y el tiempo. El pájaro sujeta la campana con sus patas dando la sensación de un solo cuerpo aéreo. La hago sonar y el tintineo es claro, limpio, como si tuviera en él los sonidos de su cuna ancestral. La compro, digo. ¿Cuánto vale? Mira en un cuaderno: 15 euros. ¿Sabe de dónde procede? Es de algún país de África, pero no tengo el dato preciso, me responde. La envuelve despacio en un papel especial, como si fuera un regalo.

Para no sucumbir en invierno, los árboles se despojan de sus hojas, flores y retoños

 Parecían, pero no lo estaban. Con sus instrumentos esperan en aquella acera a que un detonante los ponga en acción. Son hombres mayores, blindados contra el frío por sus chaquetas. Al comienzo pienso que están borrachos. ¿Qué los impulsa a salir de noche bajo aquella férula helada? Admiro su presencia que por sí sola alegra la calle, los restaurantes y cafés a esta hora repletos. El silencio con que pasan los transeúntes contrasta con nuestra espera. De repente, a una señal del trompetista, empiezan a tocar un jazz… Empiezo a grabarlos. Al momento aparecen varios turistas con sus celulares y los enfocan… La noche adquiere otro semblante y por unos minutos el frío de París sufre una deliciosa derrota. Más que borrachos, están embriagados de música.

 Para no sucumbir en invierno, los árboles se despojan de sus hojas, flores y retoños. Como esqueletos despeinados, impertérritos, recogen al máximo su ser para ahorrar energía y sostenerse de pie.

 Tanto fue lo que nos previnieron sobre el invierno en París que, confieso, llegué a sentir pánico por el frío. En los inconvenientes que tendría si me sucediera lo que en Lima, cuando una noche de viento y atmósfera amenazante, cuando visitamos el parque del agua, tuve necesidad de orinar una y otra vez… Pensaba también en mi garganta, la posibilidad de un resfrío como lo tuve en Suiza. O el peor caso: que se helaran mis pies hasta la hipotermia, como lo viví en Bogotá. Pero nada de esto sucedió y el paseo por Barcelona y París lo disfruté de lo lindo.

París sí existe y está aquí, miren.

 Sí existe. París sí existe y está aquí, en París mismo, donde ha estado siempre, pero que nos parecía un sueño, un mito, una ficción. Sin embargo, algo de irreal permanece en sus calles y edificios, en el río y en sus gentes. En sus ruidos apagados por el frío invernal, en sus vitrinas y en sus bares y restaurantes nocturnos. Es como si nos moviéramos en una postal inviolable, como si la realidad se mantuviera fuera de nosotros y se resistiera a profanar la imaginación. Vinimos con nuestra idea de París a cuestas y de que el mundo se había estremecido con la revolución de 1789 y la Comuna de París. Algo de todo eso nos lo dice el exquisito sabor del vino, los crepes, el pan… y al digerirlos traspasamos a nuestra saliva y al estómago, la capacidad cognoscitiva. Ponemos la mente en la lengua, el olfato y el jugo gástrico, para que la vibración de ese nuevo mundo, entre en nosotros de manera más primigenia, sin el filtro empobrecedor de la razón.

Un guía conversa con un grupo de niños visitantes del Museo D´Orsay

 El mundo detrás de una sonrisa. ¿Quién se ríe de quién? ¿El autor o su obra? ¿Da Vinci o La Gioconda? Miles de personas entran en oleadas al Louvre, como cumpliendo un ritual de sintonía.

 Y de pronto, en los Jardines de Luxemburgo, aparece un muchacho en pantaloneta y camisilla, trotando. Unos metros atrás lo sigue una chica esbelta y de balaca, también en pantaloneta y blusa deportiva. En aquel frío parece ficción que haya quien trote, vestido con aquella ropa más apropiada para el trópico. Sonreímos desde nuestro parapeto de trapos, gorros y guantes…

 París no ha dejado de ser un sueño. Lo que sucede es que ahora sabemos lo ancho que es.

Ser “descalzo” es una forma de vida

Ángel Galeano Higua

El río fue testigo es una especie de devolución de lo que tomé prestado a ese puñado de utopistas modernos conocidos como “los descalzos”. Durante 40 años les he seguido la pista a varios de ellos admirado por su entrega, por esa suerte de devoción casi religiosa con que construyeron a pedacitos un mundo nuevo en la década de los 80. Porque ellos alcanzaron a construir un mundo nuevo, aunque por poco tiempo, en algunos lugares de Colombia.

Tuve la fortuna de enrolarme como cronista de esa odisea. De la mano del soñador mayor, Francisco Mosquera, una antorcha siempre encendida, y con mi corazón prendado de una mujer que lo dejó todo por entregarse al servicio de los más pobres de nuestro país, valiéndose no sólo de sus conocimientos y destrezas en el campo de la salud, sino echando mano de una infinita capacidad de trabajo y sacrificio: Carmen Beatriz, una auténtica descalza.

Francisco Mosquera, el estratega de los descalzos (Foto archivo El Pequeño Periódico, 1984)

Un cronista con ínfulas de aprendiz de escritor, es decir, un hombre con su propio sueño, lo que equivale a algo inútil para la sociedad en términos económicos y prácticos. No obstante, esa aparente inutilidad puede proyectarse como una conciencia dispuesta a hablar. Está presente, vive, respira, fluye como un río y como un río es testigo, no sólo de lo que se extiende más allá de sus orillas, sino del torrentoso cauce que corre sin cesar.

En ese tránsito y con la mirada cargada de curiosidad y asombro, comprendí que no podía guiarme por un solo pálpito, ni una sola voluntad, sino que existían muchos puntos de vista y que mi deber como periodista y escritor era aprender de todos ellos para poder contarlo después. Ser cronista de “los descalzos”, de sus acciones y reveses, de sus nostalgias y temores, y también de quienes en las comunidades recibían esa ofrenda como un milagro humano. Tomar atenta nota de quienes los combatían desde todos los niveles del poder, con el camuflaje de “insurrectos errantes” que combinaban “todas las formas de lucha”, o la tosca posición de la autoridad local o nacional, o parapetados en la sombra delincuencial de los narcos y otras pandillas.

A nombre de todos los credos conspiraron contra el sueño de los descalzos y en esa medida propiciaron un abigarrado cuadro de personajes y situaciones, de los cuales un aprendiz de escritor no puede darse el lujo de despreciar a ninguno. Al contrario, con el júbilo de quien encuentra un tesoro, los he querido recoger en mi morral de viajero, a donde van a parar todas las historias que me asaltan en los caminos.

***

Algunos descalzos asistentes a la presentación del libro en Bogotá, (Nov. de 2017)

Los primeros descalzos que conocí regaban su pregón en los barrios surorientales de Bogotá. Los vi desarrollar tareas de organización en los barrios de invasión y en una monumental refriega con la policía del Distrito cuando, luego de varios meses de meticulosa preparación, cuajó un multitudinario paro cívico exigiendo transporte público hasta Juan Rey, en la carretera a los llanos, que nos desbordó a todos. Tomé mis primeros apuntes y coleccioné recortes de prensa que aún conservo, con la idea de escribir un libro de cuentos. Recuerdo a líderes excepciones de esa zona como la liberal gaitanista, Cecilia Camacho de Orellanos. Eran los años del gobierno liberal de Alfonso López Michelsen. Entonces cursaba estudios de Ingeniería Eléctrica en la Universidad Nacional.

Con la primera oleada juvenil que abandonó la ciudad, tuve la oportunidad de conocer el trabajo pionero en la zona cafetera, en una apartada vereda de Neira a orillas del río Cauca, a donde se había descalzado Arnulfo Cifuentes, uno de los activistas de los cerros surorientales de la capital, en compañía de Olga Lucía Giraldo. Allí los vi intentando, por primera vez, cambiar sus manos de intelectuales por los de labriego. Esfuerzos infructuosos a la postre. Cabalgué con ellos por esas empinadas cumbres llevando mi proyector manual de filminas, para proyectar en un telón improvisado de una finca las imágenes de un encuentro campesino realizado en la vereda La María. Los campesinos lanzaban exclamaciones, entre incrédulos y asustados al verse plasmados en esa sábana prestada por la esposa del mayordomo.

Después viajé a la región tabacalera del Carmen de Bolívar y Ovejas, donde me establecí durante más de un año. A pesar de las condiciones muy difíciles escribí mi primer libro relacionado con esta gesta, una especie de novela de más de 200 páginas, que recogía la vida del carmero Rufino Tamayo y su familia campesina dedicada al cultivo del tabaco, y a una mujer hermosa a la que llamaban La Turca, ataviada casi siempre con un turbante de colores vivos y que vivía en una casita de palma en las afueras de Ovejas, quien no sólo me invitaba a almorzar cuando la visitaba en compañía de Tito, otro descalzo oriundo de San Juan Nepomuceno, sino que nos contaba historias de su oficio de leer el tabaco. Entre los personajes resaltaba un maestro del colegio cuyo nombre, por desgracia he olvidado, quien me abrió varias puertas de amistad con pobladores de aquel pueblo donde había nacido el gran músico Lucho Bermúdez. Cuando terminé de escribirla la envié a Bogotá para evitar que la policía me la incautara, ya que en cualquier momento podía ser interceptado como sospechoso: no era de la región, no tenía empleo, y para completar me reunía con campesinos y líderes de la población. Varios años después, en una visita a Bogotá me dirigí a la casa frente a La Rebeca de la calle 26, buscando al secretario regional a quien había confiado mi manuscrito, pero para mi sorpresa me dijo, con todo el desparpajo, que no recordaba dónde la había dejado. Retomé mis estudios de ingeniería, pero mi pensamiento estaba ya en otro viaje.

En mi definitivo paso por Medellín y Antioquia, pude acompañar a varias delegaciones en campaña y comisiones del periódico, a diferentes poblaciones alejadas. Tomé apuntes de cuanto podía, entrevistas y anécdotas. En Medellín, por ejemplo, fui testigo de la marejada humana que llegó huyendo de la violencia, a lo que hoy se conoce como la Comuna 13. Esas montañas se poblaron de la noche a la mañana con miles de familias que buscaban donde detenerse en la desesperada carrera que habían iniciado en Urabá y otras poblaciones del noroccidente antioqueño por salvar su vida. Vi cómo esos compañeros se esmeraban día y noche por ayudarlos en la organización comunal, trazaban calles, establecían pilas de agua comunitaria, aunaban las fuerzas de los desplazados en medio de las contradicciones propias de aquel desorden.

De la mano de los dirigentes sindicales conocí los grandes centros de producción textilera en Itagüí, Bello y Medellín, los socavones de las minas de carbón de Amagá y Titiribí y estuve en el entierro de más de cien mineros que murieron achicharrados por la explosión del grisú, en una tragedia anunciada de la cual los responsables fueron la empresa y el gobierno. Asistí a muchos sindicatos en la elaboración de sus periódicos y aprendí de su coraje y su persistencia, pero también conocí de sus carencias culturales y las limitaciones impuestas por el establecimiento para dificultarles el acceso al mundo del libro, de la literatura, del arte y de la ciencia.
Y en todos estos trances, cada año, el “Día más luminoso de la tierra”, el Primero de Mayo, que sigo celebrando aunque sea en la intimidad de los recuerdos.

A finales de los años 70, estando radicado en Medellín como maestro del INEM, conocí a la descalza con quien he vivido desde entonces. Y con ella nos fuimos para el Sur de Bolívar, llevando con nosotros a nuestra pequeña hija Bárbara de dos años. Abandoné mis estudios que había retomado en la sede de la U. Nal en Medellín. Doble revolución para mí, desde entonces no he vuelto a ser el mismo. Fue una ruptura que tanto ella como yo quisimos que fuera total, hasta que a los 10 años de estar allí, se hizo imposible continuar por el grave peligro cernido en el Sur de Bolívar y en todo el país, por parte de los grupos armados, y tuvimos que regresar a Medellín para empezar de nuevo, desde cero.

El río fue testigo corresponde a este tramo y el puerto de Magangué como base principal desde donde irradiaron su acción más de 35 descalzos provenientes de diferentes regiones del país.

Aquí funcionó el Centro Médico de Especialistas, Calle de Las Damas de Magangué, desde donde los descalzos organizaron cientos de brigadas de salud para los pobladores del Sur de Bolívar. (Foto archivo de El Pequeño Periódico)

En este libro aparecen los hechos históricos tal como sucedieron y se constituye en mi alegato fundamentado y mi denuncia del asesinato de nuestros compañeros por parte de los grupos armados. Lo terminé de escribir por primera vez en el año 2000, fue publicado en el 2003, sin editar y ahora, con el concienzudo trabajo de relectura, corrección y edición que me llevó más de tres años, y el acompañamiento de mi mujer y mi hija, de algunos amigos y la mirada incisiva y crítica de Conrado Zuluaga, recorro el país entregándolo no solo a aquellos valientes e inolvidables descalzos donde quiera que estén, sino, y sobre todo, a las nuevas generaciones para que conozcan esta trascendental estrategia revolucionaria concebida y dirigida por Francisco Mosquera, única en el país y quizás en Latinoamérica.

Al contrario de lo que algunos puedan pensar, ésta no se ha agotado, sino que se proyecta como una necesidad para que Colombia ingrese, al fin, en el camino de la autonomía, la dignidad, la modernización y el auténtico desarrollo armónico fruto de la diversidad y las contradicciones. Ser descalzo es una forma de vida, una concepción y una ruta, sin importar dónde nos hallemos ni con quién. Los descalzos siempre dirigen su mirada hacia un horizonte en el que todos los colombianos disfrutaremos algún día con dignidad y en armonía, sin discriminaciones de ningún tipo, del gran misterio de la vida. ¿Cómo no escribir sobre esta generación y sus atrevimientos vigentes?

La peor desgracia que le puede pasar a una nación es que suceda una dislocación entre generaciones, una ruptura en esa cadena de la memoria. Por ello no debemos ahorrar ningún esfuerzo para contarles a los niños y a los jóvenes esta historia que sucedió, que es real, y que El río fue testigo recrea con la fuerza y la pasión propias de quienes la inspiraron. He venido a devolver lo que tomé de ustedes, los descalzos, con la vergüenza de no haber alcanzado la altura sublime que esta saga merece, pero con la alegría de haberlo intentado.
______

Palabras de Ángel Galeano Higua durante la presentación del libro El río fue testigo, ante un grupo de descalzos y amigos reunidos en Bogotá el 16 de noviembre de 2017.