El otro viaje

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

 

La conversación corría, las palabras salían hacia delante, hacia la sabana, pero chocaban contra el vidrio y un poco atontadas se deslizaban como criaturas diminutas hasta el otro extremo del cristal desde donde saltaban hacia los oídos. Algunas caían sobre los desnudos hombros de Virginia y se escurrían por las tirillas de su blusa amarilla. Otras se fugaban por las ventanas como guirnaldas al viento y otras más chorreaban el tablero de los controles.
De pronto, Jairo notó algo nuevo, como si Virginia hablara desde otra parte, desde otra emoción. Al principio no le prestó atención. Habían dejado atrás los asuntos del trabajo y ahora Virginia exaltaba la belleza de la sabana cubierta de algodón, aquel “enjambre de motitas blancas palpitando bajo el sol”. Le dieron vueltas al tema hasta cuando él empezó a comparar las distantes y suaves ondulaciones de la tierra con el cuerpo de una hermosa mujer. Virginia se quitó la hebilla con que sujetaba la trenza sobre la nuca y su cabellera se explayó como una fiesta de bucles cobreados. Jairo hablaba de aquella línea que parecía la espalda de una bella dama. La respuesta silenciosa de Virginia se hizo tan intensa que Jairo volteó a mirarla y descubrió que tenía los ojos cerrados. Fue cuando el algodonal se hizo garganta vertiginosa, larga y recta, y Jairo sintió que un pánico desconocido se le metía en los tuétanos. Siempre había creído que el miedo aparecía sólo en las manos en forma de temblor, que la respiración se alteraba y que uno abría los ojos más de la cuenta. Pero no, en medio de aquel vértigo un pavor indescriptible lo había invadido y hasta lo sintió impregnándole la ropa e inclusive que llegaba hasta toda su historia pasada y futura, hasta toda su memoria y alcanzó a percibir que su propia sombra, la misma que proyectaba cada mañana cuando salía a caminar, parpadeaba atemorizada.
No podía creer que Virginia tuviera los ojos cerrados y que permaneciera rígida, sosteniendo el pie derecho hundido hasta el fondo del acelerador. Su primera reacción fue gritarle que los abriera: ¡¿Te has vuelto loca?!, ¡¿qué te pasa?! Pero ella iba en otro viaje. La zangoloteó: ¡Frena! ¡Nos vamos a estrellar! Pero Virginia parecía una estatua de mármol, mordiéndose el labio inferior y con una delgada línea ondulante, como el aletazo de un pájaro, cruzándole la frente. El carro rugía. Cada grito suyo lo asustaba más a él que a ella. Quiso controlar el timón pero Virginia lo sujetaba con firmeza. Metió un pie entre los de ella buscando el freno, pero aquellas piernas envueltas en la vaporosa falda estampada de tela hindú, parecían dos barras de hierro que se lo impedían. Se acercaban a una curva. Jairo pensó en lanzarse fuera y hasta alcanzó a abrir la puerta, pero al ver aquella larga y devoradora banda de pavimento, la volvió a cerrar. De nuevo quiso controlar el timón, por lo menos para evitar salirse de la vía, pero ella continuaba con las manos firmes en la dirección y el pie en el acelerador, al punto que carro y conductora parecían una sola pieza. Al llegar a la curva, Virginia, de repente, frenó, apagó el motor y abrió los ojos, que habían adquirido un nuevo y poderoso destello. En su rostro, un poco cansado, se dibujaba una dulce sonrisa.
— No te asustes, querido —susurró y descansó su mano en la rodilla de él. Jadeaba como una atleta que recién acababa de correr la gran prueba y se humedecía los labios con la punta de la lengua— Es apenas un ejercicio —Él la miraba aturdido, como si hubiera recibido una trompada. Al sentir aquella mano en su rodilla, algo, similar a una descarga de espasmos, le recorrió el cuerpo. No era la primera vez que su fogosidad lo confundía. Virginia cerró los ojos de nuevo y echó hacia atrás el cuerpo, la cabeza en el espaldar, irguiendo los senos bajo la blusa como un desafío.
— Déjame yo conduzco —dijo Jairo queriendo ser persuasivo, como si le hablase a un enfermo, deseoso de volver cuanto antes a la ciudad. En respuesta, ella, displicente, agitó la mano como si espantara una mosca y en el ademán Jairo vio, en uno de sus dedos alargados y finos, aquel anillo de oro en forma de serpiente enrollada, que siempre le pareció como si acabara de enroscarse. El viento acariciaba las matas de algodón y silbaba entre las despeinadas ramas de una acacia solitaria. Era lo único que se oía, hasta cuando Virginia aspiró tanto aire por la boca que pareció querer devorarlo todo y luego lo exhaló en un largo suspiro.
— ¿Por qué lo has hecho? —preguntó Jairo.
— ¿Qué?
— Correr como una loca.
— ¿No te gustó?
— Para nada…, me has dado un gran susto.
— ¿Creíste que nos mataríamos?… ¿lo creíste?
— Sí, por un momento sí. Dime ¿por qué lo hiciste?
— Te lo voy a confesar de una vez por todas… —los ojos de Virginia refulgían más allá del parabrisas y sobre el labio se adivinaban diminutas gotitas de sudor—. De un tiempo para acá, cuando paso por esta carretera y la veo como una provocativa línea recta, siento inmensos deseos de bebérmela, de recorrerla palmo a palmo en un instante, de volar, entonces cierro los ojos y acelero… —Virginia miró a Jairo como para corroborar que no hablaba sola y volvió sus ojos a la curva donde empezaba el altozano— A veces vengo de noche, cargada de tantos sueños que no me dejan dormir, vengo con la ilusión de encontrarme con alguien, pero con quien me encuentro es con mi soledad… En las noches no necesito cerrar los ojos, me basta apagar las farolas y acelerar al máximo… Todo es oscuro y delicioso, leve, si vieras, como si esta sabana fuera el socavón más profundo de la tierra. A veces, las estrellas y la luna se asoman y entonces cierro los ojos y me dejo ir… Pero no creas que ha sido fácil. Me llevó mucho tiempo quitar el temblor de mis manos. Parecía como si tuvieran miedo propio. Tuve que poner de acuerdo a mis pies: uno se negaba a empujar el acelerador a fondo, y el otro se entusiasmaba por pisar el freno… Ha sido una maravillosa experiencia, como de liberación… ¿Viste que ya aprendí a calcular el momento exacto de llegar a la curva? Han sido muchos meses de práctica, muchos, dos y tres veces al día, hasta convertirlos en un ejercicio que me embriaga y que ya no puedo evitar, que no quiero evitar… Y hoy, ¿sabes?, contigo a mi lado, me sentí feliz y quise compartirlo…
Jairo no supo qué decir. Quería huir. Sintió encima la mirada quemante de Virginia que lo confundía, como si tuviera el poder de estrujarle el alma y ponerla en entredicho. Quiso hacerla entrar en razón, pero se abstuvo porque en el fondo de su ser la admiraba. Él no sería capaz de hacer algo así, no tenía esos arrestos para jugar a sobrepasar aquellos límites.
— No sé qué decir… —dijo.
— ¿Nunca has sentido estos deseos de correr, de volar, de ser libre? —preguntó ella.
— Por supuesto que sí, pero en otras formas menos peligrosas…
— Te da miedo, ¿verdad?
— No, no es miedo…
— ¿Qué más puede ser?
— Quizás sea prudencia…
— ¡Prudencia! ¡Sensatez! ¡Cordura!… No veo cómo puedas volar con tantas tijeras cortándote las alas.
— Estás exagerando, confundes el instinto de conservación.
— Sigue así y tu vuelo no va a ser más alto que el de una gallina con instinto de conservación.
— Es mejor que nos vayamos —dijo de pronto Jairo, arrepentido de estar allí.
Virginia no se inmutó, quería descansar. Luego de aquellas jornadas terminaba extenuada pero dichosa.
— O quizás sea mejor que me dejes aquí —agregó él, en medio de un desconcierto que lo violentaba hacia una vergüenza insoportable. Cuando quiso abrir la puerta para abandonar el auto, Virginia, mirándolo con otro fuego muy cercano al desprecio, puso el motor en marcha.
— Eres cobarde hasta para conversar —le espetó, sin mirarlo ni darle tiempo para nada. Las llantas empezaron a rechinar en cada curva del altozano. Poco a poco, la sabana se fue extendiendo abajo, esplendorosa de algodón. Virginia mantenía alta la velocidad y fijos los ojos chispeantes en la carretera. Apabullado, Jairo guardaba silencio y se sujetaba a la silla y al borde de la ventanilla. Estaba pálido y se sentía sin fuerzas para mirar a Virginia. Las palabras le sonaban como si su cabeza se hubiese convertido en un tambor. Ella daba vuelta al timón en cada curva y su cabellera ondeaba como un manojo de cometas. Las llantas chirriaban. Virginia volvió a morderse el labio y en su frente empezó a dibujarse de nuevo aquel aletazo. Jairo miró de reojo aquellas manos delicadas que maniobraban con exactitud el timón. La serpiente de oro se desenroscaba entre los dedos, ahora más sensuales y ágiles.
— Valiente bobo me resultaste… —dijo ella en voz alta pero con tono distante, entre furiosa y frustrada, como si hablara consigo misma. Jairo no quería hablar más en todo el camino. Virginia, como si sus palabras fuesen una trivialidad, dijo al poco rato: — Apuesto a que no eres capaz de intentarlo.
Aquel reto entró en Jairo como una bofetada. Esas palabras corrieron a juntarse con las anteriores, amalgamándose en un corrosivo desafío. La palidez de su rostro se acentuó y sus dientes se apretaron como si mordieran una decisión. Debió hacer un grande esfuerzo para desanudar el trapo de su lengua, pues el reclamo de su amor propio, humillado, así se lo gritaba.
— Devolvámonos, quiero intentarlo —dijo Jairo, al cabo de unos segundos, con una voz que parecía prestada. Sorprendida, Virginia detuvo la marcha y lo miró interrogante.
— ¿Qué dijiste?
— Que nos devolvamos.
— ¿A dónde?
— A la sabana, quiero intentarlo…
Virginia dudó. Esculcó el semblante de Jairo como si hubiera pasado muchos años sin verlo. Aquella palidez y la extraña fuerza de su voz le inquietaron, pero no supo si era miedo o compasión lo que ahora le despertaba. Comprendió que lo había presionado demasiado y sintió en la garganta la acidez de un arrepentimiento atravesado. Consideró la posibilidad de confesárselo para que desistiera.
— ¿Intentar qué? —le preguntó.
— Intentar un tramo, quiero saber qué se siente…, si me gusta quisiera aprender contigo…
— Pero…
— Nada, volvamos allá —y la desplazó del volante, obligándola a bajarse y a intercambiar el puesto. Así desandaron el altozano, haciendo rechinar aún más las llantas, hasta donde empezaba la carretera plana y recta, justo donde Virginia había frenado luego de la delirante carrera.
— ¿Vas a intentarlo desde aquí? —preguntó Virginia, más preocupada que curiosa.
— Sí, desde aquí —Jairo se acomodó en la silla, dispuesto a emprender la carrera.
— ¿Y dónde te detendrás, si esta es la curva de llegada?
— Probaré en sentido contrario al menos un tramo y tú me avisarás cuando deba frenar —Aceleró varias veces pero sin quitar el otro pie del embrague, como un toro que rastrilla la arena con ímpetu antes de embestir. Ahora Virginia era la que no sabía qué hacer. Por un instante sintió deseos de bajarse, pero él la miró desafiante, sin la palidez de antes, sino con otra más amarfilada.
— Me avisas cuando deba detenerme —repitió Jairo y fijó sus ojos en la carretera. Luego, mientras iba retirando el pie del embrague, pisó poco a poco el acelerador hasta el fondo. Virginia se agarró con fuerza del borde de la ventanilla. El carro avanzaba cada vez a mayor velocidad. Jairo memorizó la alargada línea de la carretera—. Quedo en tus manos —dijo, y cerró los ojos, lanzándose a ciegas.
Nunca sabría con exactitud cuánto tiempo transcurrió. Sus manos y sus brazos se sostenían firmes. En su frente empezaron a hervir diminutas gotas de sudor. El motor resoplaba como si fuera a estallar. Jairo imaginaba las matas de algodón pasando veloces hacia atrás. Se vio sentado en aquella silla, sosteniendo el volante, como había visto a Virginia antes. ¿Y Virginia? ¿Qué estaría pensando? Cómo le gustaría verla. Seguro que iba pendiente. Pero, ¿por qué no le decía nada? ¿Por qué no le indicaba si así iba bien? De pronto sintió deseos de abrir los ojos, pero aguantó un poco más para vivir la misteriosa vibración de la que Virginia había hablado. Ella le avisaría cuándo debía frenar, al menos eso fue lo que él le pidió. Quiso preguntárselo, pero se reprimió. Quizás era muy pronto y la tremenda ansiedad que lo subyugaba lo hacía calcular mal. Además, aquélla era, también, una prueba de su capacidad para arañar los límites. Sin poder evitarlo, su mano derecha se levantó como si una agobiante duda le acosará: ¿sí iba ella allí, a su lado? Tocó su hombro y sobre la redonda frescura de su piel sintió la tirilla de su blusa. El carro titubeó. Esa piel suave le gustó, ¿por qué no la había acariciado antes? Las llantas chirriaron entre el polvo y el pavimento. Sobre el dorso de la mano con que tocaba el hombro de Virginia, Jairo sentía el acariciante cosquilleo de su cabellera agitada por el viento. El motor roncaba con angustiante resequedad. Virginia tomó la mano de Jairo entre las suyas y la acarició. Las llantas lamían con fiereza el borde de la cuneta. Ambos entrelazaron los dedos. El carro temblequeaba y las llantas tiraban hacia fuera del pavimento. Jairo sintió entre sus dedos la dolorosa presión de la serpiente enroscada. Las ruedas zigzagueaban. El brazo con que Jairo sostenía el volante empezó a temblar, sentía su cuerpo empapado en sudor. A medida que avanzaban en aquel atrevido ejercicio, la mano sostenida en la dirección iba dejando de ser una acerada tenaza, y el brazo una potente barra metálica, para convertirse en un amasijo de temblores sin control. La doble lucha que llegaba al cerebro de Jairo era contradictoria: por un lado Virginia con toda su carga y por otro, el cansancio de aquella masa de músculos y nervios encalambrados.
Sin poder soportarlo más, Jairo le preguntó a Virginia si debía frenar ya, pero no obtuvo ninguna respuesta. Apretó con desesperada fuerza la mano como si quisiese asfixiar la serpiente y llamar la atención de Virginia quien —sin duda ése era su juego— quería llevar las cosas hasta un extremo intolerable. Pero tampoco oyó su voz, ni recibió señal alguna de su mano. Entonces, hundido ya en la incertidumbre, abrió los ojos, y en el fogonazo de un parpadeo sólo alcanzó a ver que Virginia viajaba también con los ojos cerrados y que, al frente, a pocos centímetros, el áspero y formidable pecho color ocre, de una enorme roca, los esperaba imperturbable.

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Tomado de Palabras al viento y otros cuentos. Edit Fundación Arte & Ciencia.

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Cambio de renglón

Ángel Galeano Higua

(Cuento)

El tren metropolitano se deslizaba como la mantequilla en la sartén caliente. Yolanda había adquirido la costumbre de agregarle a aquel viaje, otro: el de la lectura. Aprovechando la vía sin altibajos se sentaba, sacaba su libro del bolso y se instalaba como si estuviese en la sala de su casa.

Cierto día, por la mañana, un brinquito imperceptible, como un hipo del vagón, hizo que los ojos de Yolanda saltaran dos palabras adelante en el renglón que leía. Atribuyó la pequeña variación a un parpadeo involuntario y devolvió la mirada para enlazar las palabras alteradas, continuando con la lectura como si nada hubiera sucedido.

carrilera-en-curvaLas idas y venidas siguieron pero ya no fueron los saltitos en el mismo renglón, sino el cambio evidente de línea lo que generó una especie de bucle en el hilo de aquella historia, que era la de un hombre que miraba mucho, obligando a Yolanda a desandar el relato. A la semana siguiente, el casi imperceptible brinquito le empujó la lectura dos renglones más abajo, donde el hombre que miraba mucho se hallaba estremecido por algo que había visto, no podía dormir y pasaba las noches enteras sumido en recurrentes visiones. El sutil movimiento del metro hizo que la mirada de Yolanda se desplazara varios renglones arriba, donde el hombre que observaba mucho aún no había entrado en el desasosiego y todavía dormía, aunque con los ojos abiertos.

La lectura sufría tales vaivenes que Yolanda empezó a sospechar que algo extraño sucedía, pero la conjetura le duraba sólo unos segundos porque luego retomaba el texto olvidándose del pequeño incidente. Dos días después descubrió que el pequeño salto sucedía en el mismo lugar. Suspendió la lectura en el retorno para prestar atención al instante en que el tren empezara a trepar el puente sobre el río. Desde allí se podía ver el Parque Norte con sus juegos mecánicos y el lago donde la gente iba a remar los domingos, se podía disfrutar la vista de la ciudad universitaria con sus campos deportivos y los edificios de las facultades y el teatro. A Yolanda le gustaba la fuente de la plaza central con su fiesta de agua cristalina aureolada por un pequeño arco iris. La película pasó pero sin que ella la disfrutara ese día porque su atención estaba puesta en el brinquito del vagón, atenta a cualquier alteración que le permitiera conocer la causa que afectaba sus lecturas. Pero no percibió nada extraño. Cosas de la vida, se dijo, recriminándose si no sería que imaginaba tonterías.

A punto estaba de olvidarse del asunto cuando, durante el viaje de regreso, el hombre que miraba mucho parecía a punto de enloquecer de tanto ver y en uno de esos recorridos que hacía con sus incansables pupilas resultó fijando su vista en ella, en Yolanda, que se leyó mirada por unos ojos color café, enigmáticos y a la vez curiosos. El tren metropolitano había sufrido de nuevo aquel sobresalto, desapercibido para los demás. Yolanda observó que sólo podía experimentarlo si iba leyendo. Así, a la mañana siguiente, pudo comprobar que cuando el metro iba en la mitad del puente sucedía el altibajo. Faltaba averiguar qué lo causaba.

Podría ser algo en los rieles, pensaba Yolanda. Pero ¿cómo comprobarlo? Tendría que ir a pie hasta el puente y eso no se lo permitirían. Lo más cuerdo sería informar al encargado del mantenimiento del metro. Sí, eso haría al día siguiente. Poco antes de abordar el metro se presentaría ante uno de los guardias, pediría que le permitieran hablar con el jefe de mantenimiento o por lo menos con alguno de los técnicos o de los empleados encargados de la seguridad de la vía y le contaría lo que estaba sucediendo, le diría que sus lecturas sufrían alteraciones por algo que había en la carrilera. No importaba si al principio no le creían, ella insistiría. ¿Acaso estaba inventando? Más tranquila por la decisión tomada, esa noche se acostó y soñó que el hombre que miraba mucho continuaba observándola como si quisiera decirle algo. A donde ella iba aquella mirada la seguía y cuando esos ojos entre enigmáticos y curiosos, le hicieron un guiño, Yolanda despertó sobresaltada.

Era tarde. Se duchó lo más rápido que pudo, pasó la peinilla por su cabello dos o tres veces, pero no alcanzó a maquillarse ni a desayunar, tomó su bolso a la carrera y bajó las escaleras de afán. Al regreso conversaría con los empleados del tren. A pesar de su esfuerzo no alcanzó a tomar el de las 6 y 15, el que acostumbraba todas las mañanas. Eso significaba que corría el riesgo de llegar tarde al trabajo, pues el próximo tren demoraría cinco minutos en pasar.

Contaba con ese tiempo, pero pensó que no le alcanzaría para conversar con el jefe de mantenimiento, así que de manera instintiva sacó el libro del bolso y se sentó a leer en una de las butacas. De tal manera se sumergió en el relato que no se percató de que hacía rato habían transcurrido los cinco minutos y el tren no llegaba. Sólo cuando terminó el capítulo final levantó sus ojos del libro y se asombró al ver tanta gente silenciosa y compungida en la estación. Quiso saber qué pasaba, por qué el retraso. Preguntó a unos y a otros, pero todos la miraban como sonámbulos. Al fin, uno de los guardias le informó que el tren se había descarrillado en el puente. Yolanda sintió que la abandonaban todos los parpadeos y que la garganta se le taponaba. El libro se le cayó de las manos y sin poder evitarlo se quedó lela mirando al vigilante quien, a su vez, la observaba con sus ojos cafés, enigmáticos y a la vez curiosos.

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NOTA :  Este cuento hace parte del libro Palabras al viento, con el cual el autor obtuvo el Premio Nacional de Cuento Cámara de Comercio de Medellín. Se han publicado dos ediciones de esta obra, la última de reciente aparición fue editada en Medellín por la FUNDACIÓN ARTE & CIENCIA, con la presentación del escritor y periodista Juan José Hoyos.